El tiempo geológico es quizás
una de las concepciones mas dificultosas de aceptar para el entendimiento
cotidiano del tiempo en la cultura humana. La gran extensión
y lentitud sean quizás los factores que determinan esta
desproporción conceptual.
Durante siglos, desde la antigüedad, existió
la creencia de que la historia de la tierra se iniciaba de acuerdo
a algún acontecimiento de índole religioso y dependiendo
de la cultura, la edad que se imaginaba correspondía aproximadamente
al advenimiento o a la creación de los seres humanos.
Desde fines del siglo XVIII a comienzos del
siglo XIX, esta idea antigua comenzó a decaer ante la impresión
de que la historia terrestre se remontaba en un tiempo enormemente
mayor al comienzo de la historia de la humanidad. La idea de que
la corteza terrestre contenía señales indicativas
de procesos geológicos que fueron formando a la tierra
y que de ellos se podía deducir un tiempo de una escala
marcadamente diferentes a los tiempos humanos comenzaba a tomar
forma. La cronología bíblica, moldeada en unos pocos
miles de años y aceptada por muchos primigenios geólogos
que a lo sumo se atrevían a sumarle algunos que otros miles
de años más, de acuerdo a alguna falsa y acomodaticia
premisa, fue demolida quizás por la larga lucha de Lyell
y Hutton quienes afirmaron que la historia de la tierra con sus
ritmos de cambio llevados en un tiempo sin límites puede
explicar la historia mediante la observación directa de
los procesos actuales y sus resultados, esta idea es la teoría
uniformista: Un tiempo ilimitado en donde los procesos lentos
producen su efecto acumulativo y la tierra que no cambia en su
forma básica durante todo ese tiempo ilimitado.
De esta manera, el tiempo geológico comenzó
a aportar un margen amplio a la comprensión del mundo natural
y a la evolución biológica como parte de este.
El tiempo geológico y su comprensión se basan en
métodos de cálculo de edades:
El
tiempo relativo o el ordenamiento de procesos geológicos.
El tiempo absoluto medido por el
decaimiento radiactivo constante en el tiempo y espacio.
Estos métodos fundamentaron la velocidad
tanto de los procesos geológicos como de los cambios evolutivos.
En los inicios de intentar diagramar y cuantificar una escala
de tiempo geológico se tomaron como medidas el incremento
o denudación de la salinidad oceánica, la velocidad
de sedimentación e incluso el físico Británico
Lord Kevin (1866) llegó a calcular la edad de la tierra
en cien millones de años mediante la velocidad de la pérdida
de calor radioactivo o, si se quiere, el enfriamiento del planeta,
sugiriendo además que la historia de la tierra era breve
y direccional y no podía mantenerse estable y sin dirección
en un tiempo ilimitado refutando así al uniformismo de
Lyell. Sin embargo, en 1903 se descubrieron las sales de radio
que liberan calor de modo constante y la tierra joven de Kevin
se vino abajo tras cuarenta años de vigencia. Pero ni el
uniformismo, ni la tierra joven de Kevin estaban absolutamente
en lo cierto. La concepción actual surge de una síntesis
de ambas (aunque el uniformismo de Lyell se acerca mas) y la geocronología
fue la verdadera triunfante.
La geocronología es la rama de la geología
que obtiene datos indicativos del orden en que acaecieron los
procesos geológicos, su tiempo de duración y el
momento en que ocurrieron.
Se pueden identificar o categorizar tres cronologías
de acuerdo a la metodología y técnicas de trabajo:
la cronología relativa, la cronología cuantitativa
y la cronología radimétrica.