ormac,
hijo de Art y nieto de Conan, El de las Cien Batallas, fue uno de
los más grandes reyes que tuvo Erín en toda su historia,
sobre la cual reinaba desde su corte de Tara.
Un día en que había salido de cacería, acompañado
de algunos de sus nobles, encontró caminando por el bosque
a un joven aldeano, que llevaba en su mano una rama de manzano, de
cuyos tallos flexibles y semicubiertos por las lozanas hojas verdes,
pendían siete manzanas de brillante color rojo.
—¿Qué es esa rama que llevas en la mano, joven?
—preguntó el rey.
—Es una rama mágica de uno de los manzanos del hada—diosa
Rhiannon — respondió el aldeano.
—¿Y qué tiene de mágica? A mí me
parece una rama común. —Tiene la virtud de que, cada
vez que se agita ante alguien que se encuentra atribulado, apenado,
herido o enfermo, el doliente se ve envuelto en una música
maravillosa e inmediatamente desaparecen sus padecimientos. Ninguna
persona en el mundo puede sentir angustia o dolor cuando la rama se
agita para él.
—¿Y cómo es que la tienes en tu poder? —quiso
saber el rey. —La misma diosa me la obsequió, como pago
por haber herrado su caballo
—¿La venderías —se interesó Cormac—.
Y en ese caso, ¿cuánto pedirías por ella?
—No deseo cambiarla por dinero —contestó el joven—,
pero, si te la entrego, ¿me darás a cambio lo que te
pida?
El rey le dio su palabra de que así lo haría, y entonces
el joven le entregó la rama, pidiéndole a cambio a su
esposa, a su hija y a su hijo. El monarca sintió que su pecho
se desgarraba ante el dolor, y lo mismo sucedió con su esposa
y sus hijos, pero había comprometido su palabra de rey y no
podía dejar de cumplirla. Pero luego agitó la rama delante
de su familia y ellos, cuando escucharon su dulce música, olvidaron
todas sus angustias y preocupaciones y partieron a encontrarse con
el joven, con el cual marcharon rumbo al norte, desapareciendo en
poco tiempo, sin dejar rastros.
Toda Erín estalló en llanto cuando los pobladores se
enteraron de cómo había sido engañado su rey,
y fueron a reunirse frente a palacio; sin embargo, cuando Cormac agitó
la rama frente a ellos, la aflicción y la congoja abandonaron
rápidamente sus corazones.
Pero el mismo Cormac McArt, si bien no sentía dolor por su
soledad, jamás pudo olvidar del todo a su familia, y al cumplirse
un año de la nefasta fecha, reunió a sus nobles de mayor
confianza y les dijo:
—Hoy es el aniversario de la marcha de mi esposa y mis hijos.
Voy a seguir sus pasos por el mismo rumbo que tomaron al partir y
trataré de averiguar qué ha sido de ellos.
A continuación hizo preparar su caballo y se alejó del
castillo rumbo a los lejanos montes hacia donde había enfilado
el joven con su familia. Pero tan pronto como hubo recorrido un corto
trecho, una extraña niebla oscura se condensó a su alrededor,
impidiéndole ver más allá de las orejas de su
caballo; al poco tiempo, sin embargo, la bruma se disipó tan
misteriosamente como había llegado, y Cormac se encontró
cabalgando por una maravillosa pradera de suave y ondulante hierba,
en la cual se encontraba un numeroso grupo de trabajadores, tratando
de techar una casa.
¡Pero, cuál no sería el asombro de Cormac, al
descubrir que el material con que estaban tratando de hacerlo, eran
plumas de aves exóticas, que sacaban de unos grandes sacos
de piel! Sin embargo, al acercarse más, pudo ver también
que, tan pronto como una de las alas del techo estaba concluida y
los hombres se dirigían a recoger más plumas, se levantaba
un fuerte viento que devolvía las que ya habían sido
colocadas a sus sacos originales. Azorado, el rey permaneció
un rato contemplándolos y luego continuó su viaje.
Al cabo de cierto tiempo, llegó junto a un joven hachero que
talaba árboles para encender un fuego pero, tan pronto como
derribaba uno, el otro ya había sido consumido por las llamas,
por lo que Cormac dedujo que, al igual que la labor de los techadores,
la del hachero tampoco tendría fin.
A la mañana siguiente, cuando reanudó su camino divisó,
a la vera de un fresco arroyuelo, una gran fuente compuesta por tres
enormes pozos, al interior de cada uno de los cuales caían
chorros de agua procedentes de tres gigantescas cabezas de piedra
que estaban colocadas sobre ellos; apoyada sobre las tres cabezas,
había una inmensa artesa, también de piedra, que recogía
el agua de un límpido manantial, que rebosaba por sus bordes,
para caer sobre las gárgolas.
Al acercarse más, Cormac pudo notar que la primera cabeza recibía
en su boca abierta un chorro de agua procedente de la artesa, y de
ella surgían dos, que iban a caer al pozo correspondiente;
la segunda gárgola recibía, a su vez, dos chorros, mientras
que sólo uno surgía de su boca; finalmente, de la boca
de la tercera cabeza surgían tres chorros, aunque ella no recibía
aporte alguno.
Extasiado ante una visión tan extraña y misteriosa,
Cormac pensó para sí: "Me quedaré un rato
observando esta fuente, a ver si puedo descifrar su significado. Si
no lo logro, buscaré a alguien que me lo explique".
Así lo hizo y, al no poder descubrir el misterio, continuó
su camino, hasta llegar a una gran casa rodeada por un hermoso jardín,
en cuyos arbustos trabajaba una pareja de edad madura, ambos altos
y de noble apostura, vestidos con ropas de variados colores, aunque
elegantes y de fina confección. Los dos se acercaron al rey
y lo saludaron amablemente, invitándolo luego a pasar la noche
en su morada.
Al entrar en la casa, la esposa pidió a su marido que fuera
a buscar la cena, mientras ella departía con el recién
llegado; el hombre se levantó y salió, volviendo al
rato con un enorme cerdo, ya desollado, sobre sus hombros, y un gran
tronco bajo el brazo.
—Aquí está la carne y aquí está
la leña —anunció—. ¿Podrías
hacernos el favor de cocinarla tú mismo? —preguntó
a Cormac.
—Es que no sé cómo hacerlo —confesó
el rey, que siempre había tenido sirvientes que lo hicieran
por él.
—Pues yo te enseñaré —dijo el hombre—.
Primero parte este trozo de Leña en cuatro partes y divide
el cerdo en otros tantos cuartos. Luego coloca un trozo de madera
debajo de cada porción y cuéntanos una historia; si
ésta es verdadera, cuando hayas terminado, la carne estará
perfectamente asada.
—Empieza tú por narrar la primera leyenda; luego puede
hacerlo tu esposa y yo relataré la última—sugirió
Cormac.
—Bien, hela aquí: tengo en mi chiquero siete cerdos exactamente
iguales al que está aquí trozado, y con sólo
ese número podría alimentar al mundo entero porque,
si mato y como uno hoy, solamente necesito reunir los huesos, colocarlos
en el chiquero, y mañana volveré a encontrarlo vivito
y coleando.
Y la historia era verdadera porque, cuando el hombre terminó,
el primer cuarto estaba listo para ser comido. Entonces le llegó
el turno a la mujer, quien llenó sus jarros de leche para acompañar
la cena y comenzó su narración:
—En el prado detrás de la casa tengo siete vacas blancas
y negras, que cada día llenan para mí otras tantas ollas
de leche; te doy mi palabra de que ellas solas podrían satisfacer
la sed de toda la humanidad, ya que esas siete ollas pueden multiplicarse
tantas veces como yo quiera, sin que se acabe nunca.
También esta historia resultó cierta, porque el segundo
cuarto del cerdo quedó perfectamente asado, y llegó
el turno de Cormac de contar su propia historia. Luego de pensarlo
un momento, éste narró a sus huéspedes la razón
por la que se encontraba buscando a su mujer, su hijo y su hija, a
quienes había entregado a un joven a cambio de una rama mágica,
y que éste los había apartado de su lado hacía
ya un año.
Al terminar la narración, el hombre, que había estado
contemplando el cuarto de cerdo perfectamente cocido, le dijo:
—Lo que has contado es cierto y, por lo tanto, tú eres
Cormac, hijo de Art, nieto de Conan, El de las Cien Batallas y soberano
de toda Erín.
—Ese es exactamente quien soy —afirmó el rey.
—Pues, come tu carne ahora —le indicó el dueño
de la casa—, y luego nos retiraremos a descansar.
—Es que nunca he cenado en compañía de sólo
dos personas —objetó Cormac.
—¿Te sentirías más a gusto si hubiera tres
personas más a la mesa? —preguntó entonces la
mujer.
—Sería perfecto si esas tres personas fueran mis seres
más queridos —respondió el rey.
Al pronunciar estas palabras, como por arte de magia se abrió
la puerta del frente y por ella entraron la esposa y los hijos de
Cormac McArt, que inmediatamente se lanzaron a sus brazos, demostrándole
que ellos tampoco se habían olvidado de él. A continuación,
Mannawydan Ab Llyr, que no otro era el dueño de casa, recobró
su verdadera apariencia y le dijo:
—Yo fui quien, cambiando mi apariencia, se llevó a tu
familia, Cormac, y fui yo quien te dio la rama de manzano, con la
que tanto beneficio pudiste ofrecer a tu pueblo. Considero que esto
bien puede valer un año de permanecer alejado de su familia.
—¿Podrás explicarme el significado de las tres
extrañas cosas que he visto en mi camino hacia aquí?
—Sin duda que puedo, y lo haré mientras comes —accedió
Mannawydan—. Los trabajadores que techaban la casa con plumas
simbolizan a las gentes que se lanzan a la ventura, recorriendo el
mundo en busca de riquezas y poder y que, cuando regresan, vencidos,
encuentran que sus casas están vacías y desnudas, y
ya no logran restaurarlas jamás. El joven que hachaba los árboles
para encender el fuego, representa a aquellos que trabajan para terceros;
realizan esfuerzos agotadores, pero ellos nunca reciben el calor de
las llamas. Las tres cabezas sobre los pozos encarnan a las tres clases
de hombres: los que entregan con generosidad cuando reciben algo;
los que entregan con más generosidad aún, aunque no
reciban nada, y los que reciben mucho pero entregan mucho menos. Estos
son los peores de los tres, Cormac, y debes desterrarlos de tu reino
—concluyó el mago.
Luego de estas explicaciones, el rey y su familia se sentaron a la
mesa, y Mannawydan extendió un mantel ante ellos.
—Ahora que has aprendido estas tres lecciones, Cormac, te mostraré
uno de los objetos más preciosos de este mundo —dijo
el mago, señalando el tapete que había colocado sobre
la mesa—. No existe comida alguna, por exótica o complicada
que sea, que este mantel no pueda servirte al instante mismo de pedírsela.
A continuación, Mannawydan metió la mano entre sus ropas
y sacó de ellas una copa, que colocó sobre el mantel,
diciendo:
—Esta copa tiene tres cualidades mágicas maravillosas:
la primera de ellas es la de satisfacer el deseo de cualquier bebida
que se le solicite; la segunda, romperse en cuatro partes cuando alguien,
frente a ella, cuenta una mentira o una historia que no es verdadera,
y la tercera, volverse a unir cuando oye una afirmación cierta.
—Debo decirte, en rigor de verdad, que posees maravillas, Mannawydan
—dijo Cormac.
—Las he preparado especialmente para ti, al igual que la rama
—replicó el mago—, para que puedas convertirte
en el rey justo y generoso que Erín se merece.
Dicho esto, comieron un suculento banquete servido por el mantel,
acompañado por la más exquisita colección de
vinos proporcionados por la copa mágica, y se retiraron a dormir.
Al despertarse, luego de un sueño reparador, la familia se
encontraba en su castillo de Tara, y sobre la mesa de la alcoba de
Cormac estaban el mantel, la rama y la copa, con la ayuda de los cuales
éste se transformó en el
monarca más admirado y querido de Erín.