e
acuerdo con una antigua leyenda irlandesa, Ossyan, el bardo/guerrero
hijo de Finn McCumhall, alcanzó la edad de trescientos años,
y así es como él mismo relató sus andanzas, al
regreso de Tirnanoge:
Luego de acallarse los últimos ecos bélicos de la batalla
de Gavra, donde cayeran tantos de nuestros hombres, estábamos
con un grupo de guerreros fianna cazando en la ribera oeste del Lough
Lein, una hermosa mañana de primavera cuando, mientras galopábamos
tras un enorme ciervo de ocho puntas, divisamos a un jinete que avanzaba
hacia nosotros, proveniente del oeste. Mirando atentamente, pudimos
ver que se trataba de una mujer, montada sobre un magnífico
y brioso potro blanco como la nieve. Tanto mi padre, Finn, como el
resto de la comitiva —incluido yo, por supuesto— quedamos
tan sorprendidos ante la presencia de tan hermosa doncella, que el
ciervo escapó rápidamente, perdiéndose en la
espesura del bosque de Athlone.
La bella y desconocida joven, pues no tendría más de
diecisiete años, vestía un suntuoso vestido negro, salpicado
de estrellas de oro rojo, y ceñía su talle con una cadena
del mismo metal. Su cabello dorado, que caía en cascada por
su espalda, cubriendo en parte el respaldar de la silla, estaba ceñido
en su frente por una diadema, también de oro, guarnecida de
esmeraldas y rubíes. Sus ojos celestes eran tan límpidos
y claros como dos gotas de rocío y, mientras su mano diminuta
y marfilina sostenía las riendas de seda recamadas en oro,
se mantenía erguida sobre la silla con más gracia que
los cisnes de Lough Lein. El blanco corcel estaba cubierto con una
fina gualdrapa de seda roja, y en toda Erín no habría
podido encontrarse un potro más hermoso ni mejor plantado que
aquél.
Al llegar junto a nosotros, la doncella se dirigió a Finn con
una voz tan dulce y gentil como ninguno de nosotros había oído
jamás:
—Finn McCumhall, rey de los fianna, he llegado aquí luego
de un muy largo y cansador viaje, ya que mi país se encuentra
al otro lado de Erín, en el Mar Occidental. Soy un hada, pero
también soy la hija del rey de Tirnanoge, la princesa Niamh,
La de los Cabellos de Oro.
—¿Y cuál es la causa que te ha hecho venir desde
tan lejos, atravesando el mar y toda Irlanda? ¿Te ha abandonado
tu esposo? ¿O quizás has tenido algún otro inconveniente
peor? —Mi esposo no podría haberme abandonado, porque
jamás tuve uno, ni estuve comprometida con hombre alguno. Pero
mis poderes mágicos me han permitido conocer a tu hijo Ossyan
y me he enamorado de él; eso es lo que me ha traído
a Erín. Sin embargo, no creas ni por un minuto que mi amor
se debe simplemente a un capricho o un impulso; mis poderes, como
te he dicho, me permitieron apreciar su valor en la batalla, su gentileza,
su bondad y su condición de caballero sin tacha, y esto me
ha llevado poco a poco a enamorarme de él. Créeme que
no me ha sido fácil decidirme; muchos príncipes y nobles
de mi padre han solicitado mi mano en matrimonio, pero jamás
he aceptado sus propuestas, ni he permitido que mi padre lo hiciera,
hasta que comprendí que mi corazón sólo podría
latir por tu gentil hijo Ossyan.
Al contemplar y escuchar a la hermosa doncella pronunciar estas palabras,
sentí mi pecho inflamado de amor por ella; acercándome,
tomé su blanca mano y le murmuré, desde lo más
profundo de mi corazón, que era una dulce estrella, plena de
brillo y de hermosura, y que, de allí en más, no podría
existir otra mujer en mi vida.
—Entonces te impongo un geis que los héroes auténticos
jamás violan: me acompañarás en mi corcel hasta
Tirnanoge, el país de la eterna juventud —dijo la rubia
Niamh—. Es la más placentera y atractiva de todas las
regiones del orbe; allí abundan las joyas y los metales preciosos,
pero nadie los atesora, porque no son necesarios. Las plantas fructifican
todo el año y el alimento se obtiene sin esfuerzo alguno. Te
proporcionaré los caballos, los sabuesos, las ropas y las armas
que tu capricho te dicte, entre ellas una arma dura y una cota de
malla que no pueden ser traspasadas por arma alguna, y una espada
templada mediante un hechizo, de la cual ningún hombre ha escapado
vivo. Obtendrás majadas incontables de ovejas con vellocino
de oro, rebaños enteros de vacas que te proporcionen su carne
y su leche, y cientos de arpistas y gaiteros que te acompañen
en tus relatos. Miles de guerreros estarán bajo tu mando, y
ostentarás el escudo que mi padre, el rey de Tirnanoge tiene
reservado para ti, y que te protegerá en las batallas y todos
los peligros que puedan surgir en tu camino. Por tu cuerpo no pasará
el tiempo, y no sufrirás la degradación de la vejez
y las enfermedades; serás eternamente joven y tu actual fuerza
y gallardía no te abandonarán jamás. Gozarás
de todos estos beneficios y muchos más, que sería demasiado
largo enumerar, y yo seré tu esposa, si aceptas venir conmigo
a Tirnanoge.
—No habría sido menester que me mencionaras todas esas
maravillas, ni que me pusieras el geis para inducirme a ir contigo
a cualquier lugar, ya sea de este mundo, de otro, o al mismo infierno,
si fuera necesario. Desde el momento mismo en que mis ojos se posaron
en tu hermosura, tú eres la única mujer para mí.
Te acompañaré extasiado al País de la Juventud.
Cuando mi padre y los fianna me oyeron pronunciar estas palabras,
lanzaron un grito de pena al comprender que los abandonaría,
y Finn, acercándose, estrechó fuertemente mi mano, diciendo
con tristeza:
—¡Ossyan, hijo mío, nos abandonas a todos, y algo
en mi corazón me dice que no volverás mientras haya
vida en nuestros cuerpos!
—Finn, amigo y padre mío, no os preocupéis por
algo que ya se ha repetido cientos de veces. En muchas ocasiones he
estado separado del hogar, en batallas y conquistas, y siempre he
regresado. ¡Esta vez no será distinta de aquéllas!
—Pero algo en mi interior hizo que mirara fijamente el hermoso
y viril rostro de mi padre, empañado por el dolor, porque yo
también presentí que no volvería a verlo vivo.
Nos abrazamos estrechamente y luego me despedí de mis amigos
y camaradas de armas y de cacerías, mientras la bella Niamh
se movía hacia adelante en la silla, haciéndome lugar
a sus espaldas; monté, y la doncella dio una orden a su corcel,
que partió rumbo al oeste con un galope fácil y sereno
hasta que, luego de cruzar todo el territorio de Erín, llegamos
a la orilla del Mar Occidental. Allí, cuando sus herraduras
de oro tocaron las aguas, se detuvo sólo un instante y relinchó
tres veces, pero a una nueva orden de Niamh, reanudó su sostenido
galope, esta vez por sobre la cresta de las olas, a una velocidad
que ni la más ligera de las barcas habría alcanzado
bajo el impulso de un viento huracanado.
Inmediatamente perdimos de vista la costa; ante nuestra mirada sólo
podían distinguirse olas y más olas, rompiendo unas
contra otras en feroces marejadas que, sin embargo no nos mojaban
ni afectaban en lo más mínimo. Aparecieron otras costas
y otros continentes, y pronto fueron quedando atrás uno tras
otro; a nuestro paso, sin embargo, fueron desfilando escenas prodigiosas:
pueblos y ciudades gigantescas; mansiones blancas como la nieve, rodeadas
de maravillosos jardines, y casas pequeñas y humildes, desde
las cuales nos saludaban sus moradores, ocupados en sus labores. En
una oportunidad cruzó ante nuestra vista un fuerte ciervo de
grandes cuernos, que saltaba ágilmente de la cresta de una
ola a la próxima y, siguiéndole el rastro de cerca,
en actitud de caza, un enorme sabueso blanco de rojas fauces. Vimos
también pasar a una joven doncella, de singular hermosura,
que llevaba una manzana de oro en su mano y cabalgaba un palafrén
tordillo, y, junto a ella, un gallardo guerrero jinete en un brioso
potro negro; luego, ambos se sumergieron en las aguas, mientras la
roja capa de la niña revoloteaba, juguete de las olas.
Sintiéndome azorado por la contemplación de todas aquellas
maravillas, pedí a mi amada que me explicara su significado,
pero ella quitó importancia a lo que estábamos contemplando:
—No te dejes impresionar por estas imágenes, Ossyan;
todos estos portentos no son nada comparados con lo que verás
en Tirnanoge.
Algún tiempo más tarde pudimos ver a la distancia una
nueva costa y allí, sobre un empinado risco, el palacio más
hermoso que hubiera visto en mi vida; sus torres y sus minaretes fulguraban
bajo el cálido sol de la mañana como si fueran de oro.
Pregunté a Niamh a qué casa real pertenecía aquella
maravilla, y qué reino era aquél, y ella me respondió:
—Esa es la Isla de las Virtudes. Su rey es un gigante formaré
4 de nombre Ardiûs, que en su lengua significa "el más
alto de todos". Su esposa, la reina, es la hija del rey de la
Tierra de la Vida, a la que Ardiûs se llevó por la fuerza
de su propio país y la retiene prisionera. Sin embargo, ella
le impuso un geis, por el cual el formoré no puede desposarla
ni hacerla suya hasta que aparezca un campeón que luche contra
él en un combate individual; si el gigante gana, ella deberá
convertirse en su esposa, y quedará libre si el forastero vence
en la lid.
—Jamás he escuchado música alguna que suene tan
melodiosa y embriagante como tu voz; ¡que Dios te bendiga por
ella, mi hermosa Niamh! —le dije, porque repentinamente sentí
la necesidad de hacerlo así—. Me agrada tanto escucharte,
que por un instante casi paso por alto las penurias que debe de estar
pasando esa princesa. Pero, si tú me lo permites, dueña
mía, deseo ir a ese palacio, para enfrentarme con ese formoré
y liberar a la dama.
—Esas, y no otras, son las palabras que esperaba salieran de
tus labios — respondió Niamh. De modo que llegamos a
tierra y, cuando nos aproximábamos a palacio, salió
a nuestro encuentro la joven y bella cautiva, que nos dio la bienvenida
y nos condujo al interior, donde nos invitó a sentarnos en
sendas sillas de oro y plata. Luego nos sirvieron un opíparo
banquete con exquisitas viandas y cornucopias llenas de hidromiel
y metheglyn,5 al término del cual la princesa abordó
el tema de su cautiverio y nos narró con más detalles
lo mismo que yo ya había escuchado de labios de Niamh. Al terminar,
mientras las lágrimas corrían por sus rosadas mejillas,
se lamentó diciendo:
—¡Jamás podré regresar a mi tierra ni volveré
a ver a mis padres, mientras ese cruel y gigantesco formoré
siga viviendo!
—Seca ya tus lágrimas y tranquilízate —la
consolé, sintiéndome conmovido hasta lo más profundo
de mi ser—. Yo enfrentaré a ese vil gigante, y lo mataré
o caeré muerto en tu defensa —agregué, estrechando
su mano para sellar mi promesa.
En ese preciso instante escuchamos unos pesados pasos que se acercaban,
y el portal del salón se ocupó casi completamente con
el corpachón de Ardiûs, que llevaba sobre sus hombros
un lío de pieles de ciervo y un enorme garrote de roble en
su mano derecha. Al vernos, arrojó al suelo su carga de pieles
y, sin saludarnos siquiera, echó a la princesa una mirada amenazante
y me desafió a luchar inmediatamente.
En lo que a mí respecta, jamás me ha inquietado una
provocación, ni me asustaba aquel enemigo en particular, por
muy grande y terrorífico que pareciera, así que me lancé
al combate de inmediato, sin ningún temor en mi corazón;
sin embargo, aunque en mi vida había librado infinidad de batallas
en Erín, ya fuera contra invasores extranjeros, animales feroces
y hechiceros malignos, jamás me había costado tanto
enfrentar a un enemigo. Luchamos sin detenernos durante tres días
con sus correspondientes noches, sin dormir, sin comer y sin beber,
pues el formoré parecía incansable, y yo no estaba dispuesto
a dar el brazo a torcer. Al cabo del tercer día, cuando miré
a las dos princesas, abrazadas y con los ojos desorbitados por el
temor, evoqué las formidables hazañas guerreras de mi
padre y decidí que no podía deshonrar su nombre, pereciendo
a manos de aquel ser vil y despreciable. Entonces, sacando fuerzas
de flaqueza, lancé una fulminante embestida, arrojando al formoré
por tierra y, antes de que pudiera recuperarse, le seccioné
el cuello, separando la cabeza de su tronco.
¡Cuál no sería la alegría de las princesas
al ver al monstruo muerto, tendido sobre las losas del patio! Profiriendo
gritos de regocijo, corrieron hacia mí y me condujeron al interior
del palacio porque, es preciso reconocerlo, yo tenía heridas
y magullones en todo el cuerpo y, ahora que la excitación de
la lucha había cesado, sentía vahídos y estaba
a punto de desmayarme. Pero cuando Aileen —que así se
llamaba la hija del rey de la Tierra de la Vida— me aplicó
un ungüento y me dio a beber una pócima de hierbas, me
recuperé rápidamente y, en poco tiempo más, ya
estaba en posesión de todas mis facultades físicas.
Al día siguiente cavé una tumba suficientemente amplia
y sepulté en ella al formoré, levanté con piedras
un gran túmulo y coloqué sobre ellas otra roca con su
nombre grabado. Esa noche descansamos plácidamente y al alba
Niamh me dijo que era tiempo de partir nuevamente hacia Tirnanoge,
de modo que nos despedimos de Aileen, quien lloró de pena ante
nuestra partida, hecho que nosotros también lamentamos profundamente.
Una vez montados sobre el soberbio potro blanco, éste, a una
orden de Niamh, partió raudamente hacia el oeste, lanzó
los tres consabidos relinchos al tocar sus cascos el agua, y pronto
no vimos a nuestro alrededor más que olas y espuma, y nos adentramos
en el mar azul y transparente con la ligereza y la suavidad del viento
de primavera sobre las colinas de Leinster. Volvimos a ver a la doncella
de la manzana de oro seguida por el joven guerrero, y poco después
al ciervo perseguido por el sabueso blanco. También volvimos
a pasar junto a nuevas ciudades, islas desconocidas y palacios de
increíble arquitectura.
Repentinamente, ominosas nubes comenzaron a ocultar el sol, y pronto
estalló una terrible tempestad, iluminando el mar con sus constantes
relámpagos; sin embargo, aunque el huracán soplaba y
se arremolinaba desde los cuatro horizontes, y las olas rugían
embravecidas a nuestro alrededor, el potro blanco proseguía
impertérrito su recta travesía, con la misma velocidad
y seguridad que antes, sin que las salpicaduras ni los rayos demoraran
un ápice su marcha ni alteraran su rumbo en lo más mínimo.
Tiempo después, cuando la tempestad amainó y el sol
volvió a brillar sobre nosotros, pude ver, a corta distancia,
una tierra verde y florida, un país de herbosas praderas, agrestes
picos y azules lagos y cascadas. Junto a la costa, al pie de un risco,
divisé un palacio cuyo lujo y esplendor no desmerecía
en nada al de la Isla de las Virtudes. Todos sus tejados y cúpulas
estaban enchapados en oro, y en sus paredes, recubiertas de ónice,
había engarzadas gemas de todo tipo y color, formando hermosos
diseños. A su alrededor podían verse acogedoras casas
construidas en diversos tipos de piedras por los arquitectos más
hábiles que había visto en mi vida. Le pregunté
a Niamh el nombre de aquel país y me contestó con una
voz en que se notaba su orgullo:
—Este es mi país natal, Tirnanoge. En él encontrarás
todo lo que te he prometido, y muchas cosas más aún.
Tan pronto como hubimos llegado a tierra y desmontado, se acercó
a nosotros, viniendo desde el palacio, una comitiva de guerreros de
noble apostura y suntuosas vestiduras, que se apresuraron a recibirnos
y darnos la bienvenida. Los seguía una chispeante multitud,
encabezada por Caerius, el rey y padre de Niamh, que lucía
una refulgente túnica recamada en plata y una rutilante corona
de oro, con esmeraldas, diamante y rubíes engarzadas en ella.
A su lado la reina, acompañada por un séquito de un
centenar de doncellas, vestía una clámide blanca como
la nieve, bordada con hilos de oro y una diadema tan brillante como
la corona de su esposo. A pesar de haber visto muchos nobles en mi
vida con Finn, me pareció que aquella pareja real superaba
largamente a cualquier otra del mundo en belleza, gracia y majestad.
Una vez que los reyes hubieron besado a su hija y desahogándose
de su larga separación, Caerius tomó mi mano y se dirigió
en alta voz a la multitud, que no era otra cosa que la totalidad de
los habitantes de la Tierra de la Juventud que habían venido
a saludar a su adorada princesa:
—¡Pueblo de Tirnanoge!, éste es Ossyan McCumhall,
hijo de Finn McCumhall, por quien mi hija y vuestra princesa cruzó
el Mar Occidental hasta la verde Erín. El será el esposo
de Niamh, el hada de cabellos de oro. Valiente Ossyan —continuó,
dirigiéndose a mí—, te damos nuestra más
calurosa bienvenida. En nuestro país te espera todo tipo de
placeres sin pecado, para disfrutar de los cuales serás eternamente
joven. Si has accedido a venir con ella es porque deseas que mi hija,
la gentil y dulce Niamh, sea tu esposa, y yo, el rey de Tirnanoge,
así lo dispongo.
Agradecí sinceramente al rey sus palabras y besé la
mano de la reina, después de lo cual regresamos a palacio,
donde encontramos servido un espléndido banquete. Los festejos
y las demostraciones de afecto del pueblo y los nobles duraron diez
días con sus noches, tras de los cuales Niamh y yo nos casamos.
Viví en el País de la Juventud durante algo más
de tres años, pero al cabo de ese tiempo, comencé a
sentir un acucioso deseo de ver a mi padre Finn y a mis viejos camaradas
de armas, y pedí al rey y a mi adorada esposa que me permitieran
visitar Erín. El rey me dio su permiso, pero Niamh me dijo:
—No puedo hacer otra cosa que aceptarlo, pero con un profundo
dolor en el alma, porque mucho me temo que nunca volveremos a vernos.
—No debes albergar dudas ni temores de ninguna clase, porque
los lazos que me unen a ti son más fuertes que cualquier otro
que jamás haya tenido sobre la tierra; además, el corcel
blanco conoce perfectamente el camino, tanto de ida como de vuelta,
y me llevará y me traerá de regreso sano y salvo.
—Entonces ella pronunció estas palabras, que en ese momento
me parecieron muy extrañas, pero que no tardaría en
lamentar no haberlas comprendido:
—No puedo negarme a tu pedido, aunque tu viaje me ocasiona la
inefable congoja de saber que es casi seguro que no vuelvas a Tirnanoge.
Erín no es ahora el país que dejaste cuando vinimos
aquí. Cuando llegues allí habrán transcurrido
trescientos años, y el gran rey Finn McCumhall y sus fianna
habrán desaparecido; en vez de ellos, encontrarás una
multitud de sacerdotes cristianos, encabezados por uno llamado San
Patricio. Ahora, escucha bien mis palabras, pues de ello depende que
volvamos a vernos: si bajas una sola vez del corcel blanco, si por
alguna circunstancia pones un pie en la nueva Erín, jamás
volverás a mí.
Le prometí —quizás sin asimilar en toda su profundidad
el significado de sus palabras— que no olvidaría sus
consejos y que no me apearía del potro blanco por ninguna razón.
Mi alma se sentía agobiada al mirar su dulce rostro e intuir
su pena; pero, aun así, mi corazón palpitaba aceleradamente
ante la idea de volver a ver a Erín. Me despedí tiernamente
de mi amada Niamh y ella reiteró su advertencia:
—Te suplico que lo tengas presente: si posas de nuevo los pies
sobre la verde hierba de Erín, jamás podrás regresar
a este hermoso país.
Cuando monté el potro blanco, éste galopó en
línea recta hacia el este, en dirección al mar, y avanzamos
tan rápidamente como antes sobre su superficie, esta vez calma
y tersa como la de un lago. El viento quedó a nuestras espaldas
mientras galopábamos sobre las olas, y volví a pasar,
esta vez solo, junto a muchas islas y ciudades, cruzándome
con personajes ya conocidos, como el ciervo perseguido por el sabueso
y la doncella de la manzana dorada; incluso, desde lejos, saludé
a la princesa —ahora reina— de la Isla de la Virtudes,
quien respondió mi saludo desde una ventana de su maravilloso
castillo.
Finalmente, tocamos tierra en las verdes riberas de Erín y,
mientras atravesaba todo mi país a lo ancho, miraba detenidamente
a mi alrededor, pero tenía grandes dificultades en reconocer
los antiguos paisajes y lugares, porque todo parecía extrañamente
distorsionado. Llevado por mi extraordinario corcel, llegué
finalmente a Leinster, pero no vi rastro alguno de Finn y sus fianna,
y las palabras de Niamh comenzaron a cobrar un nuevo y aterrador significado
en mi mente. Al llegar a los alrededores de Alien, donde otrora se
había erigido el palacio de mi padre, distinguí a lo
lejos a un grupo de pequeños hombres y mujeres, algunos de
ellos montados sobre caballos tan diminutos como ellos,6 y cuando
me acerqué, me observaron con gran curiosidad, asombrándose
ante mi estatura y mi prestancia.
Alentado por su bienvenida, me di a conocer y les pregunté
por Finn y sus fianna, si vivían aún, o si habían
sido aniquilados por algún enemigo o alguna repentina catástrofe,
y un anciano que parecía ser el más sabio del grupo
me respondió:
—Todos nosotros hemos oído hablar, de un modo u otro,
del héroe Finn McCumhall, que rigiera a los fianna de Erín
en tiempos remotos, y cuyo valor y sabiduría no tuvo igual
en toda Irlanda. Los bardos y filidh7 han narrado sus hazañas
y las de sus fianna, pero todos ellos han desaparecido hace ya mucho
tiempo. También hemos oído decir que el hijo de Finn,
llamado Ossyan, se fue con una hermosa y joven hada a Tirnanoge, el
País de la Juventud, y jamás regresó. Su padre
y sus amigos, que sufrían por su ausencia, trataron de localizar
el lugar y para ello fletaron innumerables expediciones, pero jamás
fueron capaces de ubicarlo.
Al escuchar estas palabras del anciano, mi alma se sintió agobiada
por la pena y, silenciosamente, aparté el caballo de aquella
gente que me contemplaba asombrada y me dirigí en línea
recta hacia Alien, cruzando las verdes planicies de Leinster, en las
que tantas veces habíamos cazado ciervos con mis camaradas
fianna. Pero al llegar allí recibí la más amarga
de las sorpresas, ya que encontré la colina desierta, sin rastro
alguno de los aldeanos que habían poblado el lugar, y el castillo
de mi padre en ruina y cubierto por la maleza. Con renuencia, aparté
lentamente el potro blanco de lo que había sido mi hogar durante
muchos años, y recorrí la región en todas direcciones,
en busca de indicios de quienes alguna vez —las palabras de
Niamh martillaban amargamente mis oídos— habían
sido mis amigos. Sin embargo, lo único que hallé fueron
pequeños grupos de pobladores desconocidos, que me contemplaban
con una actitud desconfiada, y nadie reconocía en mí
al hijo de quien había sido el rey absoluto de aquella región.
Visité todos los rincones que alguna vez habían regido
los fianna, pero todos sus feudos estaban como en Alien, solitarios
e invadidos por la cicuta y las ortigas.
En mi peregrinaje, finalmente arribé a Glenasmole, donde tantas
veces cazara con Edwin McEntyre, uno de mis camaradas fianna, y allí
vi a un gran grupo de gente reunida alrededor de una enorme roca.
Tan pronto como me vieron, uno de ellos se dirigió rápidamente
hacia mí y me dijo:
—Poderoso héroe, a la primera mirada se ve que tú
eres un hombre generoso y de grandes fuerzas; te suplico que nos ayudes
en este apuro, porque de lo contrario muchos de nosotros vamos a encontrar
la muerte aquí.
Acerqué mi caballo al centro del grupo y pude ver que trataban
en vano de desplazar una enorme piedra, lisa como una laja. Esta se
hallaba semilevantada del suelo por un extremo, y varios de los hombres
se habían introducido debajo de ella, pero no eran lo suficientemente
fuertes para terminar de alzarla; peor aún, ni siquiera eran
capaces de soportar su peso mucho tiempo más, por lo que estaban
en un inminente peligro de ser aplastados por ella.
Mi primer sentimiento fue de vergüenza, al ver que tantos hombres
fueran incapaces de levantar una laja que mi amigo Edwin, de haber
estado vivo, hubiera tomado con una sola mano y la hubiera arrojado
a mil yardas de aquella débil muchedumbre. Sin embargo, después
de haber comprendido el verdadero peligro que corrían aquellas
gentes, la piedad se impuso rápidamente a este sentimiento
e, inclinándome hacia adelante en la montura, tomé la
piedra con la mano izquierda y la levanté más de dos
pérticas de su posición anterior, permitiendo así
que los hombrecillos abandonaran su peligrosa posición.
Pero aquel acto solidario significó mi perdición: el
inusitado esfuerzo rompió la cincha que sujetaba la silla de
oro a la espalda de mi corcel y, al echarme hacia adelante para evitar
la caída, me vi repentinamente parado sobre mis dos pies; ¡parado
precisamente sobre aquella tierra de Erín que mi adorada Niamh
me había anticipado que no debía pisar, so pena de no
volver a verla nunca más!
El potro blanco, por su parte, apenas se vio libre de mi peso, corcoveó,
lanzó un prolongado relincho y partió con la velocidad
de un relámpago, dejándome allí de a pie, sumido
en la más profunda desesperación al saber que ya no
podría regresar jamás a Tirnanoge.
Instantáneamente después de la partida del corcel blanco,
un irreversible cambio físico comenzó a producirse en
mi cuerpo: mis cabellos rubios se convirtieron en hirsutas guedejas
de un gris ceniciento; mi vista se enturbió hasta no poder
distinguir mis dedos frente a mis ojos; mi rostro se transformó
en una horrible máscara surcada por arrugas y pústulas;
perdí mis fuerzas hasta el punto de no poderme tener en pie,
y me desplomé al suelo, transfigurado en un anciano, arrugado,
casi ciego, marchito y enclenque.
Jamás volví a ver al corcel blanco, que sin duda debe
de haber regresado a su hogar; jamás recuperé mi juventud,
mi vista ni mis fuerzas. Desafortunadamente, tampoco me fue concedida
la merced de la muerte, y así continué viviendo en esta
espantosa carcaza semihumana, recordando siempre la forma en que había
abandonado a mi padre Finn y mis compañeros de armas, y eternamente
acongojado por la pérdida de mi esposa Niamh, el hada de los
cabellos de oro.