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Vida
y Muerte del guerrilleiro
"Foucellas"

El guerrillero gallego Benigno Andrade, "Foucellas"
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Carlos Fernández (A Coruña)
1. La leyenda que acabó
en el garrote vil
"Si no te pones nervioso no te haré
daño", le dijo Mariano a Benigno tras tocarle suavemente
la nuca con las yemas de los dedos. Mariano, como buen verdugo,
sabía que una buena incisión del garrote vil causaba
la muerte en pocos minutos, que era lo que deseaba para el famoso
guerrillero Benigno Andrade, «Foucellas», de cuya
ejecución se cumple medio siglo el próximo miércoles.
Benigno había nacido el 22 de octubre
de 1908 en Cabrui (Curtis) en un lugar denominado As Foucellas,
del cual tomaría el nombre. Fue a la escuela primaria,
en donde aprendió las cuatro reglas y otras nociones
elementales, y muy joven comenzó a trabajar en Curtis
en las faenas del campo. También lo hizo en una lechería.
Los vecinos le recuerdan como un joven alegre, simpático,
extrovertido, amigo de divertirse en ferias y bailes.
Posteriormente trabajó en
las minas de carbón de Fabero (Ponferrada), retornando
después a Curtis, en donde se casó con la joven
María Pérez, española nacida en Argentina,
que trabajaba en casa del médico del pueblo, Manuel Calvelo.
Tuvieron dos hijos: Josefa y Sergio, que dado el trabajo de
su madre estuvieron recogidos en casa de una tía de aquella
en Maside.
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Benigno entró a trabajar luego en el depósito
de maderas de Torres, siendo entonces cuando simpatizó con la
célula comunista de Curtis, que dirigía el doctor Calvelo
y su esposa Isabel Ríos, funcionaria de Hacienda.
La Guerra Civil
Cuando el 20 de julio de 1936 se produjo en Galicia el
alzamiento contra la República, Benigno se encontraba en Curtis.
Su ardor en defensa del gobierno le hizo enrolarse en una columna que
se dirigía a A Coruña para ayudar a los resistentes, pero,
ante la imposibilidad de hacer algo práctico, se dio media vuelta
en el puente Pasaje y retornó a Curtis. Ya en casa, y temeroso
de las represalias a que se podían ver expuesto debido a su participación
en varias requisas de armas en Fisteos y de dinamita en la estación
de Teixeiro, Benigno, como otros compañeros suyos, se echó
al monte. Cayó víctima de un ataque de difteria y estuvo
refugiado por la zona de Curtis durante toda la guerra con la ayuda
de los habitantes de la comarca. En esta época de fuxido fue
llamado a filas y declarado prófugo por no presentarse a hacer
el servicio militar, apareciendo el clásico bando de «busca
y captura» por los ayuntamientos de la comarca.
Guerrillero
No fue hasta 1941 cuando la Guardia Civil le supuso al
frente de una partida de guerrilleros que operaba por la zona de SobradoArzúa
y que estaba mayormente formada por prisioneros republicanos escapados
de unidades disciplinarias instaladas en Galicia. Benigno -recordará
Isabel Ríos- tenía una ayuda importante en su hermana
Consuelo, que le servía de improvisada espía gracias a
su trabajo en el Cuartel de la Benemérita.
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Años después, parece que en el 43,
se unió al grupo del guerrillero denominado teniente Freijo
de Lugo. Actuaban mayormente en la zona de Curtis y Ordes e iban
bien armados. La mayor actividad de Foucellas parte, como la de
toda la guerrilla, del triunfo de los aliados en la guerra mundial.
Un ejemplo de sus famosos golpes de mano se produjo en febrero
de 1945, cuando se le atribuyó la muerte del cabo de la
Guardia Civil Manuel Bello, en Curtis.
No tardó el guerrilleiro en
tener problemas, y, a primeros de marzo del 45, Benigno se hirió
fortuitamente con su propia arma. Sabedora del hecho, la Guardia
Civil se desplegó por toda la zona, pero sus compañeros
consiguieron llevarlo a A Coruña para que fuese operado
en el sanatorio de San Nicolás, en plena plaza de Vigo.
Aún convaleciente, Foucellas fue trasladado
a una casa del barrio de Monelos, en donde permanecería
seis meses. Durante esta época, el guerrillero tenía
el desparpajo de asistir al estadio de Riazor para presenciar
partidos del Deportivo, de quien era ferviente seguidor, especialmente
del guardameta Acuña.
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El portero del Deportivo Acuña -jugador
favorito de "Foucellas"- en un intercambio de banderines
en el campo de Barreiro
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En enero de 1947 ya estaba en la lucha de nuevo. En
la parroquia de Olos, intervino en unos hechos en los que resultaron
muertos Antonio Mosquera y Manuel Sánchez. Sin embargo, pronto
cambió la zona geográfica de sus actuaciones debido a
las discrepancias con sus compañeros de partida Gómez
Gayoso y Seoane. La muerte de Manuel Ponte, en abril del 47, hizo que
Benigno marchase a Pontevedra como jefe de la Quinta Agrupación.
Los tiempos se tornaron dificiles para la guerrilla
y el 6 de noviembre de 1948 fueron agarrotados en A Coruña Seoane
y Gayoso. El olfato de Benigno se demostraría cuando se libró,
en octubre del 49, de la encerrona que la Guardia Civil le tendió
a Riqueche, jefe del destacamento Cortizas, y en el que cayeron numerosos
guerrilleros, Requeche incluido.
Mínima actividad
Esta caída masiva hizo que durante los años
50 y 51 las actividades de Foucellas fuesen mínimas, y provocaron
su traslado a la zona de Betanzos en donde se mantuvo con la única
compañía de Manuel Villar, Manolito, un joven que le era
muy servicial. La Guardia Civil fue estrechando el cerco hasta que el
9 de marzo de 1952 se produjo la detención definitiva, cuando
estaba en Costa (Oza de los Ríos). En la lucha habían
resultado muertos Manolito, otro guerrillero y un guardia civil. Benigno,
que resultó herido en la pierna, fue detenido con dos compañeros
más. Sin embargo, en los periódicos no se publicó
ninguna información de los hechos. Sólo al día
siguiente apareció una esquela del guardia civil Cesáreo
Díez en la que se decía: «Falleció el día
9 del actual en acto de servicio».
2. Una tortura refinada: La
tortura de mover un hueso roto
«Hábil interrogatorio» es la frase
tópica bajo la que se enmascara la tortura. La practicada a Benigno
fue ciertamente refinada. Dado que cuando le detuvieron, un balazo le
había producido fractura de un hueso de la pierna, le quitaron
el vendaje que le aguantaba el hueso fracturado y comenzaron a moverlo.
En medio de severos dolores, el guerrillero empezó
a «cantar». A pesar de que Isabel Ríos quiere presentarlo
como inasequible a la delación, lo cierto es que poco tiempo
después de su captura fueron detenidos varios alcaldes de la
provincia de A Coruña, así como personas de derechas,
acusadas de proporcionar ayuda al guerrillero capturado. Foucellas
no creía que le fuesen a condenar a muerte o, caso de hacerlo,
no pensó que lo ejecutasen, pues ya se estaba en los años
cincuenta y España quería dar la impresión de normalidad
interior.
El 26 de junio de 1952 tuvo lugar en la Agrupación
de Sanidad Militar de A Coruña la vista en consejo de guerra
de la causa 53/52. Presidió el tribunal el coronel de Ingenieros
Gaspar Herraiz; siendo vocal ponente el capitán auditor Narciso
Alonso; fiscal el teniente Balbino Teijeiro y defensor el capitán
de Artillería Benito Rivas Pichel.
Benigno entró en la sala apoyado en un bastón
y una muleta debido a la cojera de su pierna derecha. Los periodistas
que cubrieron la información para los diarios locales le presentaron
como «hombre de 43 años de edad, bajo de estatura, delgado,
vistiendo discreto traje azul, zapatos oscuros y camisa blanca, mostrándose
tranquilo y animado conversador».
Recordará Orestes Vara, redactor de La Voz: «Antes
de empezar el juicio y cuando Foucellas, custodiado por la Guardia Civil,
estaba esperando, pedí permiso para hacerle unas preguntas. Le
encendí un pitillo y, con permiso de los guardias, se lo ofrecí.
¿Cómo están los ánimos,
Benigno? le dije.
Me parece que esto está ya decidido.
¡Hay que animarse, hombre!
No puedo. Yo de aquí ya no salgo con vida.
Por su parte Emilio Merino, redactor de El Ideal Gallego
(posteriormente fue redactor jefe de La Voz), también asistió
al juicio señalaría: «frente a aquel aldeano que
antes de la guerra conoció en Curtis mi mujer, se presentaba
Benigno como una persona madura, despierta, cultivada, cualidades que
demostraría en el juicio».
El Juicio
A las diez y diez dio comienzo la vista, ordenando el
presidente la lectura del apuntamiento. Tras narrar el episodio de su
detención, se pasó a las declaraciones de Foucellas ante
el juez, manifestando aquel que el 23 de julio de 1936 huyó al
monte porque debido a sus antecedentes izquierdistas temía represalias
de algunos elementos de la comarca. Dijo que permaneció aislado
hasta 1945 en el que se unió a otros bandoleros, habiendo cometido
numerosos asaltos. Respecto a las muertes, reconoce haber participado
en algunas de las imputadas, pero que no había sido el autor
material de las mismas.
Añadirá el redactor de La Voz: «Foucellas
contestaba con voz segura, expresándose con facilidad, si bien
con modismos de típica fonética rural».
Calificó el fiscal a Benigno como «el mayor criminal de
cuantos en estos últimos años se han sentado en el banquillo»
y añadió: «Las tragedias griegas quedan pálidas
comparadas con lo que se ventila aquí. Aquello eran abstracciones
estéticas; hoy nos encontramos ante hechos reales integrados
en una espantosa cadena de delitos, que constituyen páginas funestas
en la historia de la sociedad».
Concluyó pidiendo para el procesado dos penas
de muerte, aparte una indemnización para los herederos de las
víctimas y las cantidades sustraídas. Seguidamente intervino
el defensor, que dijo que no podía juzgarse basándose
en suposiciones sino en hechos, remarcando finalmente: «Benigno
Andrade no ha cometido personalmente ningún delito de sangre.
Pasó además un año alejado de toda actividad terrorista
tras ser operado en A Coruña. Su único delito es haber
formado una partida de bandoleros. Es un ladrón vulgar al que
hicieron ingresar entre los bandoleros y lo hicieron testigo de sus
fechorías. La fama que ha adquirido no está justificada
por los hechos».
Veredicto: pena de muerte
A continuación, el presidente del Tribunal dijo
al procesado si tenía algo que alegar. Benigno se puso en pie
y manifestó: «Solamente quiero decir que espero del Tribunal
que me haga justicia. Nunca disparé sobre ningún ser humano
y si lo hice obligado fue al aire. Creo que está muy claro que
en nombre de Foucellas ha habido muchos atracos y que los seguirá
habiendo. En el año 45, estando en el sanatorio, todos cuantos
hechos se hacían eran en nombre de Foucellas. Pido otra vez que
se me haga verdadera justicia». El Tribunal se retiró posteriormente
a deliberar, tras lo que emitió su esperado veredicto: pena de
muerte.
3. Recuerdos de un compañero
de celda.
¿Cómo fueron las últimas
horas de «Foucellas», al que se ejecutó el 7 de agosto?
Un valioso testimonio lo aporta el guerrillero Couto
Sanjurjo, que posteriormente sería condenado a muerte en consejo
de guerra, aunque la pena le fue conmutada, y que entonces ocupaba una
celda de la prisión coruñesa próxima a la de Benigno
Andrade.
Couto se presentó espontáneamente a comienzos de los años
90 en la redacción de La Voz: «Yo, en realidad, a Benigno
no le conocía personalmente hasta que le ví en la cárcel
de A Coruña en la primavera del 52 (a su mujer, en cambio, sí
la conocía de Ordes). Salíamos al patio de la prisión
muchas veces juntos. El iba con muletas, pues no estaba recuperado de
la herida que le produjeron los disparos de la Guardia Civil el día
de su detención. Tenía un pie cinco centímetros
más bajo que el otro y le había tratado el doctor Gómez
Ulla, médico militar (...) Benigno tenía metido en la
cabeza que lo iban a matar. Nosotros nos enteramos de la confirmación
de la sentencia la noche anterior (lo mataron al día siguiente
a las seis de la mañana). Había llegado Mariano, el famoso
verdugo de Burgos y le aplicaron garrote vil.
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Varios oficiales de la prisión estaban
en contra de la ejecución, pues creían que ya no
era época de seguir matando a la gente si España
de verdad quería ser admitida en el mundo occidental. En
la mañana de la ejecución, cuando fuimos a desayunar
y pasamos por la cocina, vimos tiradas en el suelo el bastón
y la muleta de Benigno. Durante nuestra
estancia en la cárcel me pareció una persona con
un carácter muy especial. Siempre estaba alegre, o intentaba
estarlo. Tenía una personalidad atractiva y se hacia querer.
No era, sin embargo, inteligente, como Ponte, por ejemplo.
Antes de morir le fue permitido a Benigno ver
a su familia. Fue la noche anterior cuando la Guardia Civil de
Curtis llamó a la puerta de la casa donde estaban los familiares,
que era la de Fina Brañas, prima de Benigno. No querían
abrir, pues temían alguna nueva represalia, pero los guardias
insistieron y les dijeron que esa misma madrugada iban a ejecutarlo,
por lo que salieron de seguido para la cárcel, incluidos
sus hijos Pepiña y Sergio. Horas antes de morir, otorgó
testamento ante el notario José Roán Tenreiro.
En cuanto a la ejecución, se desarrolló
con normalidad. Benigno estuvo tranquilo y no le planteó
a su verdugo Mariano mayores problemas. El único incidente
fue un testigo, que casi se mareó cuando al reo se le colocó
la capucha. El cadáver fue enterrado en el cercano cementerio
de San Amaro.
Muerto Foucellas, entró en la leyenda
y pronto su figura fue mitificada. Pero no le mitificó,
como a Manuel Ponte, la poesía de Lorenzo Varela o Méndez
Ferrín, ni el carboncillo de Luis Seoane, o los libros
clandestinos que en París o Sudamérica publicaban
los intelectuales españoles.
A Foucellas lo mitificó el pueblo llano
y hasta las madres, especialmente las de la burguesía,
cuando querían meter miedo a sus niños les decían:
«Cuidado, que viene el Foucellas». Los niños
de pueblo, en cambio, se iban a los prados o a los montes a jugar
al Foucellas, al que en sus casas siempre consideraron como un
valeroso y simpático guerrillero.
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Dibujo de Luís Seoane (1971) dedicado
al guerrillero Manuel Ponte
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Josefa Andrade, hija de "Foucellas"
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La carta de su hija a Carmen Franco
Pepiña, la hija de Foucellas, que estaba
siendo hostigada continuamente por la Guardia Civil, quien se
presentaba en su casa de Curtis a cualquier hora del día
o de la noche para hacerla un registro o preguntarla por el paradero
de su padre. La niña decía que no lo sabía,
aunque si lo supiese no se lo diría pues, logicamente,
no iba a delatarla ella misma.
El gobernador, sorprendido por la fraqueza de Pepiña, le
dijo que no fuese más al cuartelillo de la Guardia Civil
y que ya hablará él con ellos para que no la molestasen.
No obstante, siguieron molestándola.
A pesar de este acoso, y cuando su padre ya había sido
condenado, Pepiña escribió una carta a Carmencita
Franco, la hija del Caudillo, en la que muy cortesmente le rogaba
que intercediese ante su padre solicitando clemencia para el guerrillero.
Carmencita le contestó diciéndole que comprendía
su dolor, pero que ella no podía meterse en asuntos políticos
y que sería lo que la ley dictaminase. Pepiña no
conservará dicha carta, pues la rompió un familiar
suyo por temor a que fuese descubierta.
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4. Josefa y Sergio
recuerdan a su padre.
El primer recuerdo que Josefa Andrade tiene de su padre
es temprano. Debía de tener cuatro años cuando le vio
en su casa de Curtis. «Vino a visitarnos e iba uniformado. Después
le vi a escondidas, en el monte y en alguna romería».
También le vi añade Pepiña en la vivienda
de varios sacerdotes e incluso en la casa de un teniente de la Guardia
Civil, en Curtis, y de un brigada del Ejército, en Ferrol, que
le ocultaban de sus propios compañeros de armas».
La hija del famoso guerrillero, en una entrevista exclusiva a La Voz
concedida en el verano de 1999, tampoco se olvidaba de María,
su madre, que había nacido en la Argentina: «La detuvieron
cuando iba a Lugo y llevaba una multicopista en una bolsa (era el año
46). Fue encarcelada en A Coruña y al final la desterraron a
Tordesillas. Acabó enfermando, de un aneurisma, y fue internada
en un hospital de Valladolid. Fuimos a verla y sólo estuvimos
con ella unos días, pues no teniamos dinero para quedarnos. Nos
fuimos, dejándola prácticamente moribunda y al poco tiempo
de llegar a Coruña nos dijeron que había muerto. Yo me
fui a vivir con una prima y mi hermano con unos tíos».
Juicio de su padre
La hija de Benigno recuerda el juicio de su padre: «Yo
estaba en la sala, junto a mi prima. Tres bancos más atras de
donde se encontraba. Llevaba un traje de chaqueta azul, con camisa blanca.
Estaba tranquilo. Cuando escuchaba las barbaridades que decían
sus acusadores, movía la cabeza hacia abajo, de un lado para
otro, y me miraba como diciendo: pero cómo es posible que digan
esto».
El día de la ejecución, el 7 de agosto de 1952, Pepiña
estuvo con su padre en la cárcel coruñesa hasta las cinco
y media de la mañana. «Estaba sentado en una silla recuerda,
fumaba y tenía al lado una botella de coñac, que no tocó,
a pesar de que yo le dije que bebiese algo. Quería estar sereno
cuando le llegase la hora. Después de su muerte, fui con mi prima
al cementerio de San Amaro a esperar el cadáver. Allí
estuve hasta las dos de la tarde, en que comencé a vomitar y
me tuvieron que llevar al médico. Al día siguiente volví
al cementerio y me dijeron que mi padre estaba enterrado en el nicho
312. Allí puse unas flores y siempre creí que se hallaba
allí hasta que en 1996 nos enteramos que se encontraba en una
fosa común».
Viaje a Francia
Seis años después de la ejecución
de su padre, Pepiña se fue a Francia. Se marchó con una
carta de recomendación que le había dado el cura del pueblo
para una monja que vivía en una residencia. Dado el estado en
que llegó, tuvo que ser sometida a tratamiento psiquiátrico.
«El daño psíquico que nos hicieron nunca lo perdonaré
sigue recordando. Nos destrozaron la juventud y todo porque
una persona tenía unas ideas».
Ya recuperada, Pepiña sirvió en casa
de un militar francés, casado con una aristócrata, que
la trataron con gran cariño. Después conoció a
un joven de Alicante, con el que se casó. Su primera hija la
tuvieron en Francia, volviendo más tarde a España, instalándose
en la ciudad natal de su marido, donde vive actualmente con sus hijos.
Sergio Andrade, el otro hijo de Benigno, nunca ha querido
hacer declaraciones sobre su padre y los difíciles momentos que
vivieron él, su hermana y su familia. Sin embargo, hemos podido
hablar con él con motivo del cincuenta aniversario de la muerte
de su padre. Casado, vive en A Coruña y
el año pasado se jubiló en una empresa relacionada con
la pesca. «Yo nací -nos dice- dieciocho días antes
del comienzo de la guerra civil del 36». «A mi padre añade
le acusaron de muchas muertes y atracos que él no hizo y así
se dijo en el juicio. El abogado que le defendió ya nos advirtió
que estaba condenado de antemano. Cuando él se encontraba hospitalizado
en A Coruña, muchas muertes que se producían se las seguían
atribuyendo a él».
Sergio también estuvo con su hermana visitando
a su padre poco antes de que le ejecutasen: «Fueron a buscarnos
a Curtis de noche los guardias civiles y estuvimos en la cárcel
con él hasta las cinco y media de la mañana. Era una sala
que estaba llena de gente entrando y saliendo. Antes, mi padre había
hecho testamento. Le vimos muy sereno y su única preocupación
era que no nos hiciesen nada a nosotros».
«A mi padre le habían prometido que no
nos molestarían y que podríamos ir donde quisiéramos,
pero bastante después de su muerte, mi hermana quiso ir a París
a ver a una prima y se le negó el pasaporte, aunque posteriormente
se lo dieron».
Sergio, igual que Josefa, reconoce que sufrieron mucho,
dolor que aumenta cuando se tienen pocos años y se encuentra
uno solo, o con pocas ayudas, frente a un mundo hostil. «Fueron
tiempos difíciles añade. Es mejor olvidarlos,
aunque a veces sea difícil hacerlo».
* Extractado de La
Voz de Galicia.
Carlos Fernández (A Coruña).
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