AURELIO ARTURO
Domingo 22 de febrero, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Aurelio
Arturo nació el 22 de febrero de 1906, con este motivo,
la escritora Gloria Cepeda Vargas escribió el articulo
"El Mágico decir de Aurelio Arturo" publicado por El Liberal,
del cual hemos extraído el texto.
Para las biografías de los citados
favor hacer clic sobre sus nombres.
Cordialmente,
***
El mágico decir de Aurelio Arturo
Escrito por Gloria Cepeda Vargas
lunes, 16 de febrero de 2009
[email protected]
El Liberal.
"Aparte de la significación gramatical del lenguaje, hay otra, una
significación mágica que es la única que nos interesa", dice Vicente
Huidobro en conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid en 1921.
No puedo evitar traer a la memoria estas palabras ya que el 22 de febrero de
1906 vino al mundo uno de los colombianos que mejor supo ahondar en el hechizo
poético. Me refiero a Aurelio Arturo, cuya palabra, nacida en la morada que
abraza nuestro sur, crece con la tejedura de una obra única hasta ahora en el
inventario de la poesía colombiana.
Dicen quienes lo conocieron que fue un hombre retraído y fiel a sus querencias
campesinas y familiares. De ahí viene su castellano de pura cepa, sazonado con
voces supervivientes a los exterminios del negro y del indígena.
Poeta insular, su voz no pertenece a ninguna de las familias literarias
establecidas en el continente. Ubicado por algunos analistas en el grupo de
Piedra y Cielo, ni el olor ni el sabor de su palabra corresponden a esa escuela
o a cualquiera de las que en determinado momento hicieron historia en el país.
Lo suyo es un silabeo de secretos y rondas donde "las lluvias inmemoriales/
de voz quejumbrosa" no cesan de caer.
Nadie como él bucea entre la niebla. Los días y las "noches mestizas"
suben hasta tocar el cielo para volcarse en una duermevela encantada que se
extiende como manto de lilas. Todo lo que oscila en el ir y venir de la
naturaleza es digno de su canto: su aroma saludable, sus músculos pujantes, la
grácil nervadura de las hojas, la savia cosmogónica de donde venimos y donde
seguramente habremos de volver.
La lírica colombiana del siglo XIX y del primer tercio del XX, dormía de
espaldas a su tiempo. Aparecieron entonces las voces poéticas que habrían de
hacernos corresponsables con las imposiciones del momento. Me refiero a Luis
Vidales y a Aurelio Arturo, nacidos respectivamente en Calarcá y en La Unión.
Pero mientras Vidales se abría sin esfuerzo a la revolución industrial que
transformaba el mundo, Arturo, recatado a la sombra de sus montañas tutelares,
corría con los vientos del sur "por los países de Colombia" o preguntaba
"a una agujita de agua" dónde fluían su levedad y transparencia.
De él sabemos que poseía vasto conocimiento de la literatura inglesa y que, como
Borges, aconsejaba cortejarla. Sin duda el recurso que le permitió despojarse de
lo prescindible, viene de esas lecturas. No existe entre nosotros un susurro más
poderoso que su tenue discurrir. La aristocracia del lenguaje y el secreto de la
mesura son suyas como suya es la sabiduría que se necesita para dialogar con lo
que alienta más allá de lo perceptible: "El viento ronda la casa/ hablando
sin palabras/ ciego, a tientas/ y en la memoria/ en el desvelo/ rostros suaves
que se inclinan/ y pies rosados sobre el césped de otros días/ en la canción del
viento que habla/ más allá de las palabras".