HISTORIA DEL PESEBRE
Miércoles 19 de diciembre, 2007
De Mario Pachajoa Burbano.
Amigos:
En 1999 y en 2002 publicamos sendos artículos sobre el libro
"pesebres de trapo"
en Popayán y el arte de la payanesa
Emérita Malo. Hoy
Elisa Mujica nos ilustra
sobre este tema, en su articulo de la Revista Credencial Historia
(Diciembre,1990).
Cordialmente,
***
Foto libro Jaime Paredes obra Emerita Malo
De la historia del pesebre sabemos, y no sobra repetirlo, que San Francisco de
Asís inició en Greccio, en el siglo XII, la costumbre de reproducir a lo vivo el
nacimiento de Cristo, cada año, el 24 de diciembre. La práctica se propagó en
Italia. En ocasiones, las personas y los animales verdaderos se reemplazarían
por imágenes. Poco a poco éstas se reducirían de tamaño, para hacerlas más
fácilmente transportables y que su precio no excediera las posibilidades de los
simples fieles.
Ya adelantada la centuria del XVIII, una mujer, María Amalia de
Sajonia, esposa de Carlos III de España, anteriormente rey de Nápoles, que había
adquirido allí la devoción franciscana, aprovechó la industria de porcelana Capo
di Monte, floreciente entonces en Nápoles gracias a la protección real, para que
se elaboraran en ese material las figuras queridas. De ese modo, su papel en la
celebración se popularizó aún más y, al trasladarse los reyes a España, donde
establecieron cerca de Madrid otra fábrica de porcelana la de La Granja—, María
Amalia consiguió que los conjuntos navideños se regaran por la Península, de
donde pasaron rápidamente a América. El crítico de arte Francisco Gil Tovar ha
estimado que de Quito se difundieron a las demás colonias, en primer término a
Popayán y Santafé de Bogotá, ya fuera en las frágiles porcelanas de María
Amalia, ya en tallas de gran expresividad y belleza producidas por los maestros
quiteños.
Es claro que en ese tiempo el pesebre no se llamaba pesebre sino “nacimiento” o
“belén” “Pesebre”, como extensión del nombre de la artesa que sirvió de cuna al
Niño Dios, para aplicarlo a la totalidad de la escena bíblica, es un
colombianismo, aunque según don Rufino José Cuervo se usó antiguamente en
Cataluña. Aceptado el término por la Real Academia, desde hace rato se emplea en
España.
Entre un pesebre y un árbol de navidad, que sólo requiere un gajo de pino y unas
luces —olvidado el sentido religioso que lo caracterizó en su origen—, hay mucha
distancia. El pesebre es cada año el mismo y sin embargo distinto. Vinculado a
la tradición de los países, participa de su idiosincracia. En Europa las
imágenes se elaboran de preferencia en materiales preciosos: maderas finas,
porcelana, marfil, incluso oro. En el monasterio de las Descalzas Reales, en
Madrid, se exhiben algunos ejemplares admirables
en coral y oro, en filigrana de plata, en jade. En Colombia, aunque también se
labró la madera como en Quito y se realizaron maravillas en marfil vegetal o
tagua, seguramente por el interés de los pobres de contar con uno de su
propiedad, se apeló pronto a la arcilla y al recurso universal del trapo. Así
surgieron —aparte de la Sagrada Familia con su acompañamiento de la mula y el
buey (animales que, por cierto, no se mencionan en el relato evangélico, pero
que Francisco de Asís colocó en el establo como connaturales a éste), de los
pastores que acuden a adorar al Niño y de los reyes magos con su séquito,
guiados por la estrella— muchos y variados personajes.
En opinión de Gil Tovar,
los pueblos americanos, en particular el nuestro, se han valido del pesebre a
fin de incorporar escenas "ajenas en absoluto al hecho del nacimiento de Jesús
(...) a menudo descriptivas de su sociedad y hasta con intención de denuncia
social o humorística, transformando la conmemoración en una variada, anacrónica
y divertida expresión popular artesanal y a veces artística, donde la devoción
se hace folclore y testimonio de una época". Esta visión del mundo trasmitida a
un pesebre "a la colombiana", le confiere su fisonomía peculiar, sin que
signifique desviación del sentimiento religioso, como teme Gil Tovar.
En nuestro siglo pasado y principios del actual, las abuelas, ya licenciadas de
sus funciones de madres y educadoras, y recluidas en los oratorios, las cocinas
y los cuartos de costura, se entregaron alegremente a la tarea de copiar lo que
las rodeaba: campesinos en sus sembrados, arrieros con sus caballerías,
revendedoras del mercado, serenateros con sus instrumentos, cuanto les pareció
adecuado y de mayor colorido. Los retazos que sobraban de los trajes de la
familia suplían sus necesidades, junto con las medias de seda retiradas de la
circulación, que servían para confeccionar brazos y caras, y cuyos hilos
estirados formaban los cabellos (lo que ahora resulta imposible: el nylon no se
presta para ese resultado). Con carbón de palo se reteñían los ojos y los picos
de las aves de corral. Sembrarlas de plumas no era empresa fácil. Exigía horas
seleccionar las saraviadas, negras tornasoles o amarillas brillantes, de curva
apropiada para incrustarlas en el preciso lugar anatómico, pegándolas
cuidadosamente con almidón a fin de tapar los menudos cañoncitos. Y estaban las
ovejas de algodón apelmazado, con el inevitable cordero perdido y hallado,
abrazado tiernamente al cuello de su pastor.
Como en todo proceso creativo, en éste se consolidaron varios estilos.
El más
notable fue el de Popayán, cultivado por Emérita Malo y sus hermanas de aguja y
dedal. De las arrugadas manos de las artistas criollas brotaron pastorcillos y
zagales que parecen de porcelana, tal es su grado de perfección y finura.
Habrían conquistado a María Amalia. Jaime Paredes les dedicó un hermoso libro.
Desde Palmira, en el Valle, Rosa Cardona y compañeras competían con las
popayanejas confeccionando figurillas estilizadas en las que basta una puntada
en los ojos como dos líneas, para indicar la intención exacta, subrayada por el
ademán resuelto de las manos de alambre.
El trapo... Elemento de fácil consecución, pero también perecedero. Ya no quedan
sino contadas muestras de aquellas producciones. Los coleccionistas las guardan
celosamente. Sus autoras no las trabajaban en serie y su valor en monedas nunca
compensó la entrega que pedían. No rígidas como las de Lency, sino flexibles y
adaptables, a cualquier posición, cambiantes de expresión según el peinado y el
vestido, en su humildad eran únicas, irrepetibles, como las personas y las obras
de arte. Hacían juego con las casas de La Candelaria, que fueron su reino en la
Nochebuena.