Nuestra Fe Catolica
En los Hechos de los Apóstoles encontramos una descripción de la antigua comunidad
parroquial cristiana. Este libro del Nuevo Testamento traza la vida de la Iglesia
desde la ascensión de Cristo y a través de las primeras décadas. En los primeros
capítulos de este libro encontramos que los cristianos "acudían asiduamente a la enseñanza de
los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2,
42). Es fácil ver este prototipo de nuestra propia parroquia, donde también nos reunimos
para hacer lo mismo que congregaba a las antiguas comunidades cristianas. Nos reunimos para rezar. La iglesia, la casa de Dios, es un lugar de oración. Cuando
entramos a una iglesia lo hacemos conscientes que aquellos que han venido lo han
hecho no para conversar con nosotros sino para hablar con Dios. Cuando nos reunimos
para rezar públicamente o para un culto litúrgico, reconocemos que éste es el momento y
el lugar para hablar con Dios. Aún al entrar a una iglesia en la que no se está celebrando
la liturgia, generalmente queremos encontrar momentos de calma y quietud para abrir nuestro corazón a Dios o para pedir la intercesión de sus santos. La iglesia es una
casa de oración y hoy en día sigue haciendo la misma función que hizo cuando se reunían
las primeras comunidades de cristianos.
Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que también se reunían para escuchar las enseñanzas
de los apóstoles. El púlpito es un lugar importante en cada santuario. En algunas
iglesias el púlpito es un bellísimo santuario de la palabra que ha sido esculpido
en mármol o decorado en madera. Cualquiera que sea la decoración del púlpito, es el
lugar desde donde en cada misa y cada domingo, con toda la asamblea cristiana reunida,
se proclaman las enseñanzas de los apóstoles, que es la palabra de Dios.
Es desde allí que el sacerdote ofrece sus instrucciones y enseñanzas en la forma de
homilía, que tiene la finalidad de instruir a la comunidad cristiana.
Una de las razones por las que las primeras comunidades cristianas se reunían fue
la celebración de su vida de comunidad. Hoy, esto sigue siendo la misma razón. Nos
reunimos en la misa para reafirmarnos los unos a los otros en la fe, fortalecer nuestros
propios lazos de comunidad y ofrecer a cada uno el apoyo, que es tan necesario para
vivir nuestra vida espiritual en este mundo secular y materialista. En el corazón de la comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles estaba
la Eucaristía. Hoy continúa siendo el centro de nuestro culto, nuestra celebración
del domingo. La pieza central de cada iglesia católica es el altar, que es la mesa
del Señor. Ahí se convierten el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor
y es a esa mesa que nos dirigimos para ser nutridos con el pan de los ángeles.
Por esta razón, el domingo se debe dedicar y hay la obligación de "abstenerse de entregarse
a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del
día del Señor, la práctica de las obras de misericordia y el descanso necesario del espíritu y del cuerpo" (2185).
Existe algo natural en la necesidad de detenernos, descansar, refrescarnos y renovarnos.
No podemos continuar día atrás día sin "detenernos para percibir el aroma de las
flores" y sin una pausa para meditar por qué estamos en esa actividad frenética durante los demás seis días de la semana. Si el domingo no se hubiera establecido por razones
espirituales, seguiría siendo necesario para nuestra recreación. Sin embargo, ese
día está destinado para que tenga un mayor significado.
Ese día nos recuerda la alianza de la creación, la alianza de la resurrección, la
alianza de la nueva creación, de manera que podamos participar individual y colectivamente
como Iglesia, como el pueblo de Dios.
Quizás la próxima vez que estemos tentados a reducir el domingo a un día más, cuando
se nos pida que lo usemos como un día regular de compras, para terminar aquel trabajo
que nos quedó del resto de la semana; recordémonos el Tercer Mandamiento, que es
un mandamiento para nuestro bien, nuestro reposo y para la gloria de Dios.
Mons. Donald Wuerl es Obispo del Diócesis de Pittsburgh.
Para Reflexionar
Por qué debe ser el domingo diferente de los demás días de la semana?
Por qué ha perdido el domingo su carácter especial?
Qué tiene de especial la celebración de la Eucaristía en el domingo?
Qué entiende usted acerca de la obligación de asistir a la misa del domingo?
Por qué se llama a la Iglesia "la casa de Dios"?
Qué significa reunirse como comunidad en la misa y no sólo como individuos?
Qué oportunidades tiene en su horario tan ocupado para una renovación espiritual?
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