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Centenario de la Cámara
Así era la Navarra de fin de siglo
Una sociedad agrícola, con una tenue frontera entre lo rural y lo urbano
"El Pensamiento Navarro" del 5 de abril de 1899 recogía la noticia del nacimiento de la Cámara en su primera página. Junto a la sección informativa, incluía otras notas de la Navarra de entonces que contaba en dicho año con 307.669 habitantes. La distribución de la población era muy diferente de la actual: Pamplona tenía tan sólo 28.886 habitantes, mientras que Tudela estaba próxima a los 9.500 vecinos, y Tafalla y Estella, por su parte, rondaban los 5.500.
A excepción de unas pocas e incipientes industrias, y de
un sector comercial poco desarrollado y repartido irregularmente por las diferentes
cabezas de Merindad, Navarra era una provincia eminentemente agrícola y ganadera. El
sector primario ocupaba al 71% de la población, mientras que el secundario empleaba al
13% y el terciario al 16%.
En aquella sociedad de base mayoritariamente agrícola, pervivían así mismo una serie de
actividades de tipo artesanal que permitían el autoabastecimiento de la provincia. Desde
mediados del siglo XIX, junto a dichos oficios tradicionales comenzaron a surgir diversas
iniciativas industriales, situadas la mayoría en la capital y en algunas cabezas de
merindad. Se trataba por lo general de empresas familiares de pequeño o mediano tamaño,
con un escaso número de trabajadores, y financiadas por un reducido grupo de empresarios
navarros.
En torno a 1900, las actividades industriales predominantes eran la producción de energía eléctrica y la transformación de productos agrícolas (harineras, bodegas, azucareras, conserveras). Con un peso menor, figuraban la fabricación de abonos químicos, la elaboración de materiales de construcción, de aperos y pequeña maquinaria agrícola, así como la producción de papel. Completaban el panorama económico dos actividades en expansión a finales de siglo, el pequeño comercio y la banca-seguros. Aunque estas nuevas iniciativas no llegaron a alterar la estructura económica de Navarra, sí le dieron un notable impulso, tras el cual estaban hombres como Serapio Huici, Domingo Elizondo y Virgilio Sagüés.
El comercio también funcionaba con unos esquemas muy diferentes a los actuales. Existían, para empezar, negocios hoy desaparecidos, o en trance de extinción, tales como cererías, aguardienterías, cordelerías, o fábricas de barras de hielo, que en su momento supusieron una auténtica revolución al evitar las incomodidades de recoger y almacenar las nieves en el invierno. Las tiendas abrían mientras había luz: desde el punto de la mañana hasta casi las nueve de la noche, y no cerraban ni para comer. El descanso dominical era obligatorio. Estaban exentos de esta prohibición los comercios que expedían artículos de "comer, beber y arder", que podían trabajar también los domingos hasta las doce del mediodía. De cualquier modo, la venta a escondidas por la trastienda era práctica habitual. Uno de los mayores avances que experimentó el comercio en aquellos años fue la introducción del precio fijo, en lugar del regateo que era frecuente incluso en establecimientos serios y con largos años de tradición en la ciudad.
Pamplona, recinto amurallado
Pamplona, la capital, era como un gran pueblo. Estaba rodeada de un cinturón amurallado con seis puertas que se cerraban todos los anocheceres. La población era fundamentalmente humilde y la inmensa mayoría de los vecinos vivía en unas difíciles condiciones. Lo habitual era la convivencia de pobres y ricos en una misma calle, y hasta en una misma casa, simbolizándose la diversidad social dentro de ella por la ubicación vertical de los pisos: ricos en los primeros y pobres en los últimos. Con el cambio de siglo llegarían algunas novedades, como el alcantarillado, el alumbrado público o el agua corriente, que se fueron extendiendo lentamente a los hogares.
Por lo que se refiere a la salud, y superada la epidemia de 1885, las patologías más frecuentes en las estadísticas de mortalidad de la Navarra de la época eran la tuberculosis, el sarampión, la escarlatina, la difteria, la pulmonía, la meningitis y la diarrea, entre otras. Algunos informes médicos insistían entonces en la necesidad de cambiar los hábitos de higiene personal, salubridad pública y alimentación, verdaderas lacras y causas más directas de la altísima mortalidad infantil, sobre todo en la capital, asfixiada dentro de las murallas y con graves problemas de hacinamiento.
En el terreno educativo, Navarra figuraba entre las primeras provincias del país en cuanto a su nivel de instrucción. A finales de siglo se hizo un notable esfuerzo, de forma que la población que no sabía leer ni escribir pasó del 51% en 1887 al 40% en 1900, si bien todavía seguían siendo importantes las diferencias entre hombres (32%) y mujeres (48%). La enseñanza primaria se extendía a la mayoría de los pueblos navarros y buena parte de la población infantil se encontraba escolarizada. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la asistencia diaria a la escuela no superaba una media del 70%, lo cual se explica por la pronta dedicación al trabajo, o a las tareas agrícolas, así como por las largas distancias que algunos pequeños debían recorrer a pie.
Polémica sobre el trabajo dominical
A siete meses de la constitución de la Cámara, originó la presentación de seis dimisiones en la junta directiva
Una de las primeras cuestiones en debatirse fue la del trabajo en domingo. La apertura del comercio en días festivos era práctica habitual en Pamplona. La prohibición de esta costumbre por parte del Ayuntamiento, mediante la aprobación de unas ordenanzas municipales, fue origen de constantes polémicas y discusiones, que acabaron con no pocas multas del Consistorio a los comercios, y frecuentes solicitudes de reforma de éstos a aquél.
El artículo 16 de la ordenanza prohibía "trabajar públicamente en los días festivos". El artículo siguiente prohibía asimismo "tener abiertas las tiendas en los domingos y días festivos, excepto las que se dedican a expender artículos de comer, beber y arder, las cuales podrán estar abiertas hasta las doce de la mañana en los días indicados, pero sin muestras y cerrados los escaparates que den a la parte exterior". El artículo 18 establecía que "cuando por la índole de los trabajos o por otra causa cualquiera, consideraran los industriales o comerciantes necesario continuarlos en días festivos" deberían "obtener permiso de la Autoridad municipal, la cual no lo otorgará sin que preceda la licencia de la Autoridad eclesiástica".
Diferencia de criterios
En el primer número del boletín de la Cámara se recogía una instancia del gremio de alpargateros y cordeleros pidiendo a la Cámara que gestionara ante el alcalde de Pamplona la reforma de las ordenanzas municipales, "permitiendo que por las mañanas de los días festivos puedan tener abiertos sus establecimientos como vienen haciéndolo hasta hoy" y argumentando que "los compradores son de clase jornalera que no pueden efectuar sus compras en los días laborables". No sólo el citado gremio estaba en contra de la medida municipal. La Cámara recibió escritos de otros comerciantes que manifestaban su indignación por la orden del cierre de las tiendas y por la imposición de multas.
La junta directiva apoyó las aspiraciones de los asociados y gestionó ante el Ayuntamiento la reforma de los citados artículos "por constituir una manifiesta transgresión a la libertad comercial", ya que esa reglamentación iba en detrimento del servicio que se debía prestar a los consumidores. También pidió que se dejaran sin efecto las multas impuestas.
No obstante, el asunto no se redujo a una pugna
Cámara-Ayuntamiento, sino que generó una fuerte tensión interna, que se tradujo en la
presentación de seis dimisiones en la junta directiva: señores Machinena, Sagüés,
Guerendiáin, San Julián, Onsalo y Astráin. Estos vocales consideraban que, por motivos
religiosos, debía guardarse el descanso dominical.
Las dimisiones se produjeron en el mes de octubre de 1899, a sólo siete meses de la
constitución de la Cámara. Se celebró una asamblea extraordinaria en la que el
presidente Ángel Artola explicó que la causa de la dimisión había sido la
"diferencia de criterios entre unos y otros" acerca de los artículos 16, 17 y
18 de las ordenanzas municipales. Las vacantes fueron cubiertas (por Sebastián
Gastearena, nuevo secretario general, Silvestre Garbayo, Nicolás Martínez, Florencio
Arteche, Miguel Ciganda y Pedro Echarri), y la Cámara siguió adelante en su
reivindicación frente al Ayuntamiento. Esta petición en ningún momento prosperó, y con
el paso de los años, el comercio fue reconociendo la necesidad del descanso semanal.
Actividad centrada en el comercio