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EL MUNDO / Domingo 21 de noviembre de 1999 / Número 8


 

HECHOS & IDEAS

En opinión del autor, presidente del Instituto de Estudios del Libre Comercio (Idelco), la restricción de horarios comerciales va en detrimento de la libre competencia y con daño para los consumidores. Asegura que el aplazamiento de pagos en la distribución tiene su justificación económica.

TRIBUNA DE LA ECONOMIA Pedro Schwartz
Abierto siempre en domingo

La distribución comercial en España es uno de los sectores más intervenidos y regulados de nuestra economía, en detrimento de la libre competencia y con daño para los consumidores. Las últimas manifestaciones del espíritu ordenancista que denuncio afectan a la libertad de horarios de apertura de los comercios, y a la libertad de contrato entre distribuidores y proveedores.

El pretexto para cercenar estas libertades económicas es siempre el mismo: la competencia sin restricciones, se dice, lleva a la aparición de oligopolios que abusan de su poder de mercado imponiendo a sus competidores y suministradores modos de funcionamiento inhumanos o condiciones de financiación usurarias. La realidad es bastante diferente, como hemos querido mostrar en dos publicaciones del Idelco.

Tras el estudio que hemos realizado en colaboración con el Instituto de Empresa, sobre la base de datos recogidos por la Cámara de Industria y Comercio de Madrid, el Idelco ha llegado a la conclusión de que España es uno de los países de la Unión Europea que más restringe los horarios de apertura del pequeño comercio, solamente superado por Austria y Grecia. En efecto, el pequeño comercio español no puede abrir legalmente más de 3.708 horas anuales, comparado con las 8.736 del Reino Unido o las 6.570 de Portugal, los segundos y quintos de la clasificación. Para comparar, elijo a dos países en los que la concentración empresarial es muy distinta: alta en el norte y baja en nuestro vecino.

El 1 de enero del año 2001, el Gobierno, de acuerdo con las comunidades autónomas, tendrá que revisar la actual regulación de los horarios comerciales, es de suponer que con el fin de liberalizarlos, tras el plazo de adaptación que se ha concedido a los comerciantes a la antigua para prepararse para servir mejor al público. Es claro que cuanta más libertad de horarios se conceda a los comerciantes, mayor podrá ser la adaptación del comercio a los deseos de los consumidores. No se trata de obligar a nadie a abrir más horas de las que quiera, sino de permitir que quienes tengan más espíritu competitivo y comercial puedan ponerse a disposición de los consumidores cuando estos necesiten proveerse de alimentos, periódicos, medicinas, ropa, tabaco o bebidas, según gusten.

La limitación arbitraria de los horarios supone una discriminación sobre todo contra quienes tienen un extenso horario de trabajo durante la semana, en especial las madres de familia cuyo esposo trabaja. Esta legislación antifeminista obliga a las familias a concentrar su grandes compras el sábado, cuando las tiendas están incómodamente abarrotadas, en vez de permitir que los comercios se pongan a disposición de sus clientes, como debe ser.

Los intervencionistas vierten sin embargo sentidas lágrimas ante la situación de los comerciantes desfasados, que se verían obligados a sacrificar su día de asueto para sobrevivir frente a la competencia del comercio moderno. Digo comerciantes desfasados porque los pequeños comercios modernos reunidos en centros comerciales no piden otra cosa que abrir en festivo y a horas tardías, para rentabilizar las inversiones de conversión de sus establecimientos en atractivos lugares de compra y ocio. No hay más que pasear por un centro comercial en un domingo de cierre obligado para ver la desolación de los cines y restaurantes faltos de público porque las tiendas han tenido que echar el cierre.

Si yo fuera pequeño comerciante, pediría precisamente que no hubiera restricciones de horarios comerciales, para poder ofrecer mis servicios al público en las horas en que los grandes almacenes y los hipermercados prefieren cerrar para evitar el pago de horas extraordinarias a sus empleados; y descansaría otro día de la semana.

Tenemos a mano un caso que nos permite barruntar lo que ocurriría si desaparecieran las restricciones de horarios. Hace cuatro años, quienes trabajamos en serio no podíamos acudir a las farmacias porque abrían a las nueve y media, cerraban para el almuerzo, y luego echaban el cerrojo a las ocho de la tarde.

Una farmacéutica en Madrid y otra en Valencia se atrevieron a enfrentarse con el macizo de la raza y abrir a deshora, incluso veinticuatro horas, siempre con presencia de facultativos. Han ampliado su plantilla, ofrecen un servicio que no exige complicadas lecturas de listas de locales de guardia, y supongo que se han hecho de oro.

La costumbre de las cadenas de distribución de aplazar sus pagos les ha expuesto al mismo tipo de argumento demagógico que los comerciantes que quieren trabajar para sus clientes. Se pinta el aplazamiento de los pagos a proveedores como un abuso de los poderosos para imponer condiciones de trabajo usurarias a los débiles.

El profesor Benito Arruñada, en una reciente publicación del Idelco, ha hecho ver que cuando un gran comerciante establece largos plazos de pago no lo hace por debilidad financiera, sino por las características de los productos que vende.

En la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos, va una disposición que señala un plazo de pago máximo de treinta días para los productos frescos. Ese plazo no puede ser el aplicable a los electrodomésticos, por ejemplo, o a las prendas de vestir, artículos en los que los clientes se toman un tiempo más largo para retornar el producto si no les satisface. Los plazos de pago y las demoras de los pagos ya aplazados tienen su justificación económica, que los ordenancistas no conocen ni quieren conocer.

Lo más curioso es que la patronal de la industria suministradora del comercio ha clamado con grandes voces porque la ley reduzca a sesenta días el aplazamiento de todos los pagos en el sector de la distribución. Tengo delante de mí una publicación del Servicio de Estudios del Banco de España, titulada El crédito comercial en las empresas manufactureras españolas, en la que aparece el aplazamiento medio de los pagos en 1996, de las industrias que dan sus datos a la central de balances del Banco, es decir, las más serias del país. Pues bien, esos fabricantes aplazaron sus pagos en término medio durante 105 días y algunos llegan hasta 187.

La viga en el ojo.

 

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Informe sobre las repercusiones de la mundialización y de la reestructuración del comercio en la esfera de los recursos

3. La liberalizaci�n de los mercados

Final del presente capítulo

3.1. Tendencias recientes

3.1.1. La liberalización

También se han realizado diversos estudios sobre las repercusiones de la liberalización de los horarios de atención al público. Sus resultados con respecto al empleo son análogos a los que han arrojado los estudios sobre la liberalización del establecimiento de grandes almacenes.

La mayor flexibilidad en los horarios de apertura refuerza la posición de las grandes empresas, que por regla general están mejor capacitadas para asumir las cargas derivadas de la prolongación de la apertura. Algunas tiendas pequeñas (por ejemplo, las organizadas en cadenas de atención en horario prolongado) pueden beneficiarse de esta flexibilidad, pero la mayoría experimentan una pérdida de sus partes de mercado con respecto a los grandes almacenes. Esta evolución se observa en particular en el sector de la alimentación en que, con toda probabilidad, los supermercados más pequeños y los almacenes de alimentación general seguirán perdiendo terreno ante los grandes almacenes.

Por otra parte, la liberalización de los horarios de apertura del comercio se traduce en un mayor bienestar para los consumidores. Estos disponen de más tiempo para buscar los artículos que les interesan, por lo que cobra mayor importancia la dimensión de «entretenimiento» que tienen las salidas periódicas a las compras. Los efectos que la apertura prolongada tienen en el empleo son sin lugar a dudas positivos, principalmente en razón del incremento de la mano de obra mínima indispensable para el funcionamiento de los locales, pero quizá también como resultado del aumento de las ventas.

En un documento de trabajo preparado para la OCDE, Dirk Pilat sostiene que la protección de las pequeñas tiendas contra la competencia ejercida por los establecimientos de mayores dimensiones con el fin de mantener el empleo pudiera ser inútil. La evolución del sector en los últimos decenios permite concluir que las pequeñas tiendas siguen ocupando un lugar importante en los sistemas avanzados de venta minorista, en particular fuera del mercado de la distribución masiva de alimentos. Las tiendas pequeñas están adquiriendo un carácter cada vez más especializado y orientado hacia la atención personalizada. Además, están desarrollando constantemente nuevos mecanismos para conservar su competitividad relativa frente a la gran distribución, por ejemplo, mediante el establecimiento de acuerdos de equipo cooperativo, como el sistema de franquicias, que les permite reducir costos y lograr economías de escala. Muchos minoristas están encontrando también los segmentos especializados del mercado que más les convienen. Con todo, es probable que los pequeños supermercados y los almacenes de alimentación general desaparezcan eventualmente debido a la presión que ejerce la competencia de los establecimientos de mayores dimensiones (y también los pequeños almacenes especializados), pero nada permite afirmar que este proceso afectará en general los niveles de empleo del sector minorista.

En realidad, las modalidades más recientes de organización del comercio minorista tienen una gran capacidad de absorción de mano de obra. Los grandes almacenes suelen necesitar niveles mínimos de plantilla importantes, sobre todo si tienen apertura vespertina o dominical, o si han optado por enfoques comerciales orientados a los servicios; por lo tanto, tienen altos coeficientes de ocupación de mano de obra si se les compara con los supermercados tradicionales o los hipermercados. Por su parte, las pequeñas tiendas especializadas están casi siempre fuertemente orientadas al servicio al cliente, y por lo tanto necesitan también de niveles de plantilla importantes. Por consiguiente, el sector de la distribución de los Estados Unidos, que sin duda es uno de los más avanzados del mundo, ha registrado invariablemente un rápido crecimiento del empleo durante los últimos 15 años. Por otra parte, la liberalización de la LGAM en el Japón, en curso desde hace cinco años, no se ha traducido al parecer en pérdidas de empleo. Más importante aún, algunos análisis efectuados en el ámbito de los países de la OCDE, en el marco de la investigación Jobs Study, indica que la disminución del ritmo del proceso de ajuste mediante la aplicación de medidas proteccionistas, ya sea a nivel internacional o nacional, no es la mejor respuesta a las preocupaciones que se manifiestan en cuanto al empleo y el desempleo.

3.2.3. La flexibilidad en la organización del trabajo
aumenta las posibilidades de obtener empleo

Las presiones que se ejercen en el sentido de aumentar la flexibilidad en los horarios de apertura se origina en parte en la convicción de que los horarios reducidos son contrarios a la demanda general que hoy existe de formas flexibles de organización del tiempo de trabajo. Esta demanda obedece en parte a la mayor diversidad en los horarios de trabajo que se observa en la economía en general, y también a la mayor participación de las mujeres en la fuerza de trabajo.

Según estudios realizados por Harriet Presser, de la Universidad de Maryland (Estados Unidos) un trabajador de cada cinco ejerce hoy sus funciones principalmente fuera del horario de trabajo tradicional, que va de las 9 de la mañana a las 5 de la tarde; por otra parte, una de cada tres familias con hijos se ubica en la categoría que ella denomina «pareja de turnos repartidos», en que uno de los miembros trabaja principalmente en horarios distintos del que se considera horario normal de trabajo.

En principio, la reglamentación de las horas de apertura del comercio tenía fundamentalmente por objeto uniformar el día de descanso por semana (por lo general el domingo) e impedir que los trabajadores se viesen obligados a trabajar en horarios excesivamente prolongados. En ocasiones, los sindicatos y el personal del comercio se han opuesto a la liberalización de los horarios de apertura, por temor a que esto se traduzca en una prolongación obligatoria de los horarios de trabajo. Ahora bien, en muchos países los horarios de trabajo están ya reglamentados por la legislación laboral. Por consiguiente, es posible que no se necesite adoptar nuevas leyes sobre los horarios de apertura del comercio, con el fin de evitar que se impongan horarios prolongados de trabajo al personal (recuadro 3.2).

Otra cuestión que preocupa mucho a los trabajadores es la del pago de gratificaciones por el trabajo vespertino y nocturno y durante los fines de semana, lo que dependerá fundamentalmente de la fuerza de negociación relativa de los trabajadores y de las empresas en el sector de la distribución. El escaso nivel de organización y la importancia relativa del trabajo a tiempo parcial y no declarado que caracterizan a este sector permiten suponer que la fuerza de negociación de los trabajadores sea bastante reducida.

De los resultados de una encuesta efectuada entre 5.000 trabajadores del comercio minorista en el Reino Unido se desprende que la mayoría de las personas que trabajan en este sector el domingo no tienen inconveniente en hacerlo. Casi todos han aceptado el trabajo dominical por motivos económicos, y cerca del 70 por ciento perciben una remuneración superior en -- por lo menos -- un 50 por ciento respecto al salario por un día de trabajo normal. En todo caso, así ocurre en el sector de la alimentación; por lo que se refiere a los trabajadores de las tiendas de bricolaje, la situación es distinta pues es menor la proporción de trabajadores que perciben gratificaciones, o las gratificaciones que reciben son de una cuantía inferior. Según el estudio, una proporción sustancial (un 34 por ciento) del personal de estas tiendas estaban contratados a tiempo parcial (menos de diez horas por semana), lo que indica que sólo trabajaban los domingos. Un estudio complementario puso de manifiesto que los gerentes de estas tiendas eran la categoría de trabajadores más descontenta por el hecho de tener que trabajar los domingos. Para ellos, la apertura dominical solía traducirse en tareas complementarias, puesto que en promedio los gerentes trabajaban un domingo de cada tres. Muchos lo hacían porque se sentían «obligados» en virtud de sus contratos o debido a la presión que sentían en relación con su progresión profesional.
 

Recuadro 3.2
El nuevo convenio colectivo de Carrefour France

En Carrefour France (53.000 empleados), la introducción obligatoria, en 1999, de la semana de 35 horas ha proporcionado a los sindicatos y a la dirección la oportunidad de revisar completamente el convenio colectivo a nivel de empresa. Esta renovación les ha permitido al mismo tiempo introducir un recorte gradual en el tiempo de trabajo, crear 1.000 empleos y avanzar mucho en la introducción del concepto de trabajo a tiempo parcial. Para los empleados, esto supuso que, desde el 1.º de junio de 1999 en adelante, su tiempo de trabajo quedó reducido a 35 horas (en lugar de las 35 h. 45 actuales) y que obtuvieron una sexta semana de vacaciones anuales pagadas. Los empleados a tiempo parcial (un 35 por ciento del personal) obtuvieron, entre otras cosas, un aumento salarial del 2,1 por ciento. En adelante, el tiempo de trabajo de los directivos se calculará en días: trabajarán 214 días al año, lo que supone también para ellos una semana más de vacaciones. Los días extraordinarios de trabajo remunerado se pagarán en base a una prima o por medio de compensaciones temporales. Se introducirá una ficha temporal variable (de 24 a 41 horas por semana), para tener en cuenta las horas punta y las horas de baja en los almacenes y para garantizar un promedio de 35 horas semanales a lo largo del año. Los empleados recibirán con tres semanas de antelación una «planificación de tareas» que se tendrá que repartir entre ellos, según sus preferencias. Por su parte, la dirección podrá introducir cambios en las fichas de su trabajo; también habrá una congelación de los aumentos salariales en 1999 y una congelación (para los que ya son empleados) o eliminación (para los nuevos empleados) de las primas por antigüedad, que sólo existían en determinados almacenes.

Fuente: Les Échos (París), 1.º de abril de 1991, pág. 21.

En los Estados Unidos, país en el que la reglamentación en materia de licencias comerciales y horarios de apertura no establece restricciones al funcionamiento de las tiendas, más de la mitad de todo el personal de caja trabajan según regímenes de tiempo parcial. Los horarios de trabajo se modifican frecuentemente en función de las necesidades del empleador. Por lo general, se presume que los cajeros aceptarán trabajar los fines de semana, en horario vespertino y en días feriados, conforme lo exijan las necesidades de los clientes. A cambio, muchos empleadores ofrecen la posibilidad de trabajar según horarios flexibles. Por ejemplo, el personal en régimen de jornada completa que trabaje un fin de semana recibirá tal vez tiempo libre de compensación durante la semana. Habida cuenta de que los períodos de vacaciones son los de actividad más intensa para la mayoría de los minoristas, muchos empleadores del sector limitan la posibilidad de que su personal tome vacaciones entre la fiesta del Thanksgiving Day (a fines de noviembre) hasta comienzos del mes de enero. Casi todas las condiciones de trabajo que se han descrito en relación con los cajeros se aplican también al personal de venta minorista.

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