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Reseña Histórica del Santo Rosario en el Nuevo Reino de Granada
Continuamos la transcripción de la obra denominada " PRACTICA Y DIFUSION DEL
ROSARIO EN EL SIGLO XVI EN EL NUEVO REINO DE GRANADA (Hoy
Colombia),escrita y presentada por el Padre Leonardo Ramírez Uribe, S.J.
en el Congressus Mariologici-Mariani Internationales Caesaraugustae Anno
1979 Celebrati.
IV - EL ROSARIO SE AFIANZA SOBRE ROCA FIRME
1.- Nuestra Señora del Rosario de Popayán
Me pareció oportuno tratar de ella en capítulo aparte, junto con otros episodios acerca del Rosario que por una u otra razón tiene resonancia todavía hoy y han hecho parte de la historia patria. En breves razgos, esta es la historia de la que, a mi modesto parecer, es la imagen más bella de nuestra Señora del Rosario que hay en todo el país (85).
En la capital de la Gobernación de Popayán se establecieron los dominicanos por primera vez en 1552, pero la fundación duró muy poco tiempo. El 28 de junio de 1575, el Padre Francisco Miranda la restauró, construyendo allí un convento y un templo, que el 2 de febrero de 1736 fueron arrasados por un terremoto. Así, pués, el claustro, ocupado hoy por la Universidad del Cauca y el templo de Nuestra Señora del Rosario ( como es su verdadero nombre, o de santo Domingo, como se le llama comunmente) datan del siglo XVIII. En su recinto se guarda y se venera " la imagen de la Virgen del Rosario, colocada en 25 de marzo de 1587 ( fecha en que conmemora la primer Ave María de la historia de la salvación), y costeada por Juan de Berganzo, Bernardo de San Juan, Francisco Arana, Pedro Sánchez Segura, Domingo López Losada, Pedro Cordel, Martín de Tolosa, Domingo de Gano, Pedro de Oñate, Juan de Ayequi y Martín de Axbestain, todos de origen vasco, quienes hicieron venir de España la citada imagen, a cuya devoción fue especialmente dedicado el templo" (86).
La imagen es majestuosa, de rostro fino y está admirablemente bien conservada, dentro de un altar de talla de cedro, dorado al fuego. A lo Largo de los ya casi cuatro siglos que va cumplir, sus devotos la han colmado de obsequios valiosísimos. Muchos de los cuales le arrebató Antonio Nariño para financiar la fracasada campaña del Sur (87).
La imagen no es propiedad de la Iglesia, sino de quienes la hicieron traer de España argumentando que " careciendo la Iglesia de Santo Domingo de una imagen de bulto, la cedían por la cantidad de trescientos ochenta pesos de oro de veinte quilates":
El Prior y los religiosos la recibieron como un depósito por no ser de su propiedad y la colocaron para darle culto en la capilla del Rosario, sin poder sacarla sin consentimiento de las personas expresadas o sus sucesores" (88).
Consta también en la escritura que, si el convento llegase a despoblarse, podrán los interesados colocarla en donde estimaren conveniente. La Escritura se halla en el libro de la Cofradía, la cual se fundó simultáneamente con la llegada de la imagen (89).
La ciudadanía de Popayán se ha mostrado particularmente devota de Nuestra señora del Rosario hasta nuestros días. La Cofradía ha sufrido muchas vicisitudes, sobretodo por la clausura del convento, que no contaba con ocho profesos, allá por el año 1832. Pero la fiesta de Nuestra Señora es muy solemne y la imagen está protegida por toda una serie de normas: Solo puede sacarse en procesión fuera del templo de acuerdo con la junta de veinticuatro y solo por una urgente y pública necesidad. Los payaneses consideran un honor pertenecer a dicha Junta, cuyo patrono es siempre el mayor de los varones vivos de la familia de Don Francisco Antonio Arboleda (90) por haber sido él quien reedificó el templo destruido en el siglo XVIII (91).
A la venerada imagen se le atribuyen muchos milagros y, así me salga un momento del siglo XVI, merece recordarse que uno de los hombres más hostiles a la Iglesia en Colombia en el siglo pasado, el General Tomás Cipriano de Mosquera, hermano del santo arzobispo de Bogotá, Manuel José Mosquera, que confiscó los bienes eclesiásticos, expulsó frailes, monjas, clérigos y aun laicos que se manifestaban católicos convencidos, ya en los últimos años de su vida, enfermo y solitario en su gran hacienda de Coconuco, se le oía musitar:" Virgen del Rosario, sálvame". Y efectivamente, antes de morir abjuró de su activa militancia masónica, en la que había manifestado tanta hostilidad a la Iglesia y recibió los sacramentos.
Con las galas propias de la ciudad, el primer domingo de octubre se celebra su fiesta. Solo ese día en el año, se usa un magnífico ornamento confeccionado en Sevilla, en crea de lino, sobre ella, un tejido finísimo en hilos de plata y sobre el tejido, un bordado de realce con hilos de oro y seda que imitan pequeñas flores (92).
2.- La Virgen del Rosario o de los Remedios de Cali
En 1580, cuarenta y cuatro años después de haber fundado Sebastían de Belalcázar la ciudad de Cali, hoy una de las más prósperas ciudades colombianas, situada entre las cordilleras central y occidental en el Valle del río Cauca, vivía allí el mercedario Padre Miguel de Soto, anciano doctrinero a quien los indios de la región amaban entrañablemente. Poco podía ya salir a buscarlos, debido a sus dolencias, y entonces ellos venían a visitarlo. Tenía en su aposento una imagen de la Virgen del Rosario, iluminada continuamente con una lámpara. Viéndola, uno de los indígenas le dijo que en lo más recóndito de la cordillera había una imagen de la "Reina de la Montaña", en el valle de El Queremal-y por eso la llamaban también " Reina del Quereme"-, regado por los ríos Anchicayá, Dagua y el Rapaso, lugar oculto de rara belleza.
LLevado por los mismos indígenas, el Padre Miguel fue a comprobar lo que le decían. Y en un nicho tallado en la roca por la naturaleza, vió una estatua de la Virgen María "de perdenal blanco, tan fino y duro, que despide chispa al menor contacto del eslabón. Constan Madre y Niño de una sola pieza, que mide más de un metro de altura, con el grosor proporcionado, pesa 25 arrobas, el vestido es túnica y manto, como se suele pintar comunmente la Santísima Virgen; la expresión de su rostro es tan perfecta que es imposible definirla; sus dulcísimos ojos miran al cielo en actitud suplicante...Estrecha contra su pecho al Niño, fruto de... su vientre, quien con la mano derecha toca el cuello de la Madre y con la izquierda empuña una fruta, parece ser una granada" (93).
Soto determinó de inmediato trasladarla a Cali, a su convento mercedario. Se valió para ello de los muchos indios a quienes adoctrinaban. Cuentan las crónicas que la noche misma del traslado a Cali, la imagen desapareció y regresó al agreste sitio de donde con tantos trabajos la habían traído, mas finalmente fue colocada en la iglesia de la Merced, hasta cuando se le construyó su propio santuario conocido con el nombre de la Ermita. Inicialmente la invocaban como a Nuestra del Rosario, hoy, debido a multitud de curaciones que ha prodigado a sus devotos enfermos, la veneran con la advocación de Nuestra Señora de los Remedios (94).
3.-Nuestra Señora del Rosario de El Molino (departamento de la Goajira)
Famosa allí desde el siglo XVI, su fiesta se celebra el primer domingo de octubre. El Molino es una pequeña localidad indígena, casi desconocida, asentada en la margen derecha del río Molino. No he logrado conseguir muchos datos precisos. Cerca de dicha población hay otra que lleva el nombre de Jagua del Pilar, dato significativo para esta asamblea. Sé de oídas que una reina de España envió con destino a El Molino la imagen, que es muy bella, que los vecinos la veneran con particular afecto y la consideran la persona más importante del pueblo. El día de su fiesta, en medio del ambiente caluroso y alegre de la Costa, la sacan en procesión por las calles del pueblo, que ese día se engala con lo mejor que cada uno tiene en su modesta vivienda. Contraste inmenso en la distancia, en el ambiente, en el sentido mismo de la religiosidad existe entre la aristocrasia del linaje de Popayán y la agreste sencillez de estos goajiros. Ambos sin embargo, en un mismo día y con una misma fe, veneran a María en su advocación del Rosario, desde el siglo XVI.
4.-Ibagué.Un pequeño Lepanto terrestre, Lanzas y Tedeum. Bernardino de Luna
En la Tierra que los conquistadores llegados de España bautizaron con el nombre de Nuevo Reino de Granada, no hubo ningún conglomerado humano, ninguna raza indígena más aguerrida que los indios pijaos. Aseguran que solo pueden comparársele los araucanos de Chile. Raza indómita, altiva y por naturaleza hombres de guerra, su principal cultura era la milicia. Dejaron relativamente pocos vestigios de orfebrería y alfarería, porque tenían que guerrear y conservar su libertad, a cualquier precio. Mientras los hombres del viejo mundo cabalgaban sobre animales llevados de Europa, ellos los desafiaban cabalgando estratégicamente sobre el lomo inmenso de la Cordillera Central. El formidable imperio de los Incas llegó hasta Puapaján (hoy Popayán) y siguieron por la Cordillera Occidental hasta Antioquia. Pero por la Cordillera Central no lograron avanzar un solo palmo de terreno: había una barrera infranqueable, podríamos decir en el lenguaje de la guerra del siglo XX: la línea Pijao o la cortina Pijao. La eficacia de sus actitudes puede reducirse a dos: eran maestros en la escaramusa y jamás se dejaban sacar por sus contrincantes a las llanuras, conocían todos los vericuetos de las montañas nativas nativas, como la palma de sus manos; jamás se aferraron a sus viviendas, ni a sus cultivos...ante todo la guerra y su fruto inmediato: ser libres. Este anhelo era lo único que los acompañaba hasta la tumba...Sabían engañar hábilmente a sus adversarios, ofreciéndoles pequeños grupos de guerreros que se sacrificaban por la causa de la raza: mientras este núcleo era el objetivo del adversario, ellos, la mayoría, el bloque enorme y poderoso estaba al asecho. Los enemigos se arrojaban sobre el pequeño grupo que servía como de carnada y cuando se creían a punto de vencer, el grueso del ejército pijao entraba a la acometida, sin perdonar nada, con el único objetivo de alcanzar la victoria. Su más prominente cacique se llamó Calarcá. Con él a la cabeza, estos inconquistables dominaron cerca de cincuenta mil kilómetros cuadrados de los dominios del Nuevo Reino y muchas veces saquearon la Villa de San Bonifacio de Ibagúe, fundada, conforme a la disposición de la Real Audiencia de Santafé, en 1551 por el capitán por el capitán Andrés López de Galarza, a modo de fortaleza para resistir la bravura de los indios. Con los españoles se unieron los indios coyaimas, agricultores pacíficos, fáciles presas de sus feroces vecinos. La guerra contra los pijaos duró más de sesenta años.
Contra estos hombres se enfrentó el poderío de la corona española. De propia mano del Rey había salido el nombramiento de un nieto de San Francisco de Borja, hábil estratega, Don Juan de Borja, para que dominara a los pijaos. Don Baltazar se llamaba el cacique de los coyaimas (95). Cuentan que se había enamorado de una preciosa andaluza, con quien tuvo un hijo, al cual Calarcá arrebató y dió muerte (96). El padre juró vengarse. Y se lanzó a la batalla. Entretanto, en Ibagué, las gentes rezaban el Rosario. Había allí una " imagén de Nuestra Señora del Rosario de rara hermosura, y de continuos milagros. Del oro que sacaba en los patios de su casa uno de sus vecinos le dió una Corona de Oro, y otra al Niño, que tiene en los brazos, en que están engastadas muy finas esmeraldas, perlas y ametistas (sic). Por los marcos que pesa, y fineza del oro, está apreciada en cuatro mil pesos" (97).
En medio de la crítica situación creada por las circunstancias descritas, vivía en Ibagué un hombre de Dios, el Padre Bernardino de Luna, nacido allí mismo, se ejercitaba " en continua oración y en la devoción del Santissimo Rosario, que en aquella Ciudad introdujo que se rezara á Coros en su Capilla" (98). Movidos por su ejemplo, los ibaguereños oraban a Nuestra Señora para pedir la paz de su ciudad.
Los combates eran frecuentes. Pero puede decirse que en el año de 1606, con la ayuda del cacique Baltazar se libró la batalla decisiva. Asegura Fray Pedro Simón que ya estaban los conquistadores y su aliado para batirse en retirada, cuando un soldado enarboló en un asta la imagen de Nuestra Señora de la Victoria y la suerte se trocó de inmediato para los invasores (99).
La alegría del triunfo embriagaba a todos, pero nadie como el cacique Baltazar se ufanaba de su lanza con la que había ensartado personalmente a Calarcá, a quien logró tender una celada y sorprenderlo lejos de los suyos. Los ejércitos y los parroquianos de la Villa de San Bonifacio de Ibagué acudieron a " la iglesia de la Virgen del Rosario, se cantó el Tedeum con misa de acción de gracias celebrada por el Padre Baltazar Bocanegra, hermano de uno de los jefes del ejército victorioso" (100).
La lanza de Don Baltazar estuvo largo tiempo en el arco toral de la catedral de Ibagué y después desapareció y se cuenta que una de las familias de más noble prosapia ibaguereña la conserva como una reliquia. El romancero de antaño habló de esa lanza así:
"Era tanta la puja
Del Señor Don Baltazar
que, cuentan, llegó a ensartar
ciento cincuenta en su lanza"
Verdaderamente son signos de los tiempos, ya pasados, ver a un grupo de hombres creyentes, acudir devotamente a celebrar con imponentes ceremonias religiosas el triunfo sobre una tribu indígena de manifiesta inferioridad en todo sentido. Pero el hombre vive su fe de acuerdo con la época y solo Dios tiene el juicio definitivo.
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