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Los olinaltécos utilizan los siguientes materiales para su obra: aceite de chía, aceite de linaza, tierras y pigmentos industriales. La chía llega de Tepalcingo, de la tierra caliente y de la zona de la montaña, pero su precio subió considerablemente a partir de 1974, cuando la falta de lluvias perjudicó los cultivos. A la fecha de esta investigación la maquila de 3 1/2 kilos costaba de 100 a 120 pesos.

Las tierras se obtienen de yacimientos cercanos a la población, como del lugar que llaman Toltictic (Toltiqui). Los colores y el aceite de linaza se adquieren en la ciudad de México, aunque hay comerciantes establecidos en Olinalá que los venden al menudeo.

Para hacer el aceite de chía, se tuesta la semilla en un comal durante 30 minutos aproximadamente, hasta que adquiere un tono café; luego, se muele en un molino de mano. Al polvo que se obtiene se le agrega agua caliente (para una maquila de 5 litros de semilla se requiere un litro de agua), a fin de que despida el aceite y cuando se enfría se amasa a mano durante una hora, añadiendo, agua fría (litro y medio) poco a poco, conforme se va ablandando la pasta. Cuando el aceite comienza a escurrir entre los dedos se hacen bolas y se llevan a la prensa de madera para extraer todo el aceite. Una maquila de cinco litros de semilla da sólo un litro de aceite.

Las tierras empleadas son el tecostle, el tóctel y el tesicalte, que se muelen en el metate o se majan y hay personas del pueblo o de cuadrillas cercanas -La Libertad, por ejemplo - que se dedican exclusivamente a surtirlas. En el mismo caso está el hollín, la cáscara de encino quemada que sirve para dar el color negro. Por cierto, el negro se hace también con olote, el corazón seco de la mazorca del maíz, pero el tono es poco firme.

Estas tierras, con nombre diferente, tepetate e ixtatetl, se emplean en Acapetlahuaya, el otro centro laquero de Guerrero, que impermeabiliza sus jícaras con idéntico procedimiento al de Olinalá, aunque en aquel lugar, además de los pigmentos industriales, se usa un elemento distintivo y ajeno, la cochinilla o grana, para delinear algunos motivos de la decoración.  La cochinilla, un insecto parásito del nopal, llega de Oaxaca y los artesanos la preparan en agua, agregándole tierra (la tierra empleada en las lacas) y alumbre. Luego, la dejan podrir durante ocho días para que suelte el bello color rojo oscuro característico de este tinte animal utilizado en México desde la época prehispánica y que de ninguna manera puede dejarse perder.

Los colores empleados en la decoración de la laca dorada, semejantes al óleo, no se adquieren preparados, sino que "se arreglan" en Olinalá, siguiendo una técnica muy antigua llegada de Europa y que se ha conservado hasta nuestros días. Los artesanos compran los pigmentos en polvo y los mezclan con siza. La mezcla se efectúa en la paleta de batir colores, los cuales pueden permanecer en ella hasta seis meses sin secarse, debido a la costra que se les forma encima.

La siza se prepara a la manera tradicional, agregando al aceite un poco de azarcón en polvo y un poco de tecostle, que sirve como catalizador y que permite el secado rápido de la pintura. La mezcla se pone a fuego lento hasta que toma cierta consistencia que se reconoce soltando una gota en agua fría. Cuando la gota se esparce sobre la superficie del agua se dice que "falta cocimiento" y cuando se va al fondo, el aceite "está a punto".

 

La Laca

 

    Por las descripciones de algunos cronistas de la antigüedad, nos enteramos de que, a la llegada de los españoles a México, los indígenas acostumbraban a pintar la cáscara seca de ciertas especies de calabaza que utilizaban como vasijas en su vida cotidiana.

Según, por ejemplo, a mediados del siglo XVI, enumera distintas clases de jícaras que vendían los comerciantes, entre las cuales había unas "untadas con barnices que les dan lustre". Fray Jerónimo de Mendieta, que llegó a México en 1554, precisa: "otros vasos hacían de ciertas calabazas muy duras y diferentes de las nuestras, y es fruta de cierto árbol de tierras calientes.  Esta las pintaban y pintan hoy día de diversas figuras y colore; muy finos y tan asentado, que aunque estén cien años en el agua nunca la pintura se les borra ni quita... Son vasos muy lucidos y vistosos".  Fray Diego Durán, quien escribía hacia 1580, alude a las "jícaras ricas" que se vendían en los tianguis y en las ferias efectuadas por orden de los reyes indígenas. Castaño de Sosa alaba unas "jícaras muy galanas", y Torquemada cita hacia 1609 "un vaso muy pintado, hecho de calabaza, que llaman xicalli".

Es bastante claro entonces, que los baules, cajas, charolas y jícaras decoradas con barnices o pinturas y que fueron de uso común en el México precolombino, no eran otra cosa que las lacas indígenas, cuya manufactura se extendía probablemente a toda Mesoamérica.

Algunos investigadores, entre ellos Miguel Covarrubias y Daniel Rubín de la Borbolla, afirman que había sustancias y colores que se usaban tanto en la laca como en la cerámica y sugieren que algunas piezas arqueológicas de barro policromado fueron decoradas con la técnica de la laca.

Con todo, según Gutierre Tibón, el ilustre historiador, autor de una extraordinaria monografía de Olinalá, es posible que en el siglo XVI no se hiciera laca allí sino únicamente en otros pueblos de la región, como Cualac y Chiepetlán, de donde según la tradición que él encontró a su llegada a Olinalá hace poco más de 15 años, los olinaltecos aprendieron el oficio de la laca. Ahora ni Cualac ni Chiepetlán hacen esta artesanía. Sólo se conserva en Olinalá y Temalacacingo un pequeño y cercano pueblo indígena, que surte a los olinaltécos de diversos objetos de su exclusividad.

Los olinaltécos llaman "obra" a su trabajo, y dicen: “la obra que se vende en las ferias es de tipo corriente", "estoy arreglando obra" o "ahora no tengo obra". Y todos manifiestan gusto y orgullo por su hermoso trabajo a pesar de lo laborioso que resulta. Hay gente que empieza a trabajar desde las seis de la mañana y termina con la luz del día o sigue trabajando de noche para no perderle el punto a la obra".

 

 

 

   

 

    La laca es trabajo de hombres y mujeres, pero éstas desempeñan algunas de las tareas más pesadas: muelen las tierras en el metate, untan la madera, bruñen, calcan y limpian las piezas. Tal vez a su activa participación, paralelas los quehaceres domésticos y a la atención de los niños, se debe la fuerte intervención del elemento femenino en los asuntos relacionados con el negocio familiar. Aquí las damas no se marginan a la cocina como en otros centros artesanales, en los que se mantienen alejadas de la actividad del marido. Las olinaltecas, por, el contrario, opinan, deciden y participan en todo, e inclusive hay mujeres solas que trabajan la laca, como Guadalupe Valdez, Aurelia Ayala y otras. No obstante, en la actualidad, las jóvenes olinaltecas no quieren ya aprender a preparar las tierras ni saben "untar".

 

 

 

 

 

Árbol de linaloe

Madera olorosa 

 

                                                                                                      

 

 

 

 

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