Documento preparatorio del IV Congreso de la CTA

 
Presentación

 

Los argentinos estamos viviendo una crisis profunda e integral, en la que se juega nuestro derecho a la vida misma y a la libertad. Se trata de una situación en la que es indispensable promover un debate consciente y profundo sobre la etapa que atravesamos y lo que esta exige de nosotros.

 

Nosotros creemos que sin una clase trabajadora decidida a construir su propio destino será difícil alumbrar un nuevo camino en la Argentina. Este documento resume buena parte de las discusiones que se vienen dando en la conducción nacional, que han sido compartidas y profundizadas en la reunión con los Secretarios Generales de todo el país realizada el 7 y 8 de Junio pasado y que pretendemos enriquecer con el aporte de las distintas Asambleas que nuestra organización realizará de cara a la construcción de nuestro próximo Congreso Nacional.

 

 

Introducción
Crisis y oportunidad

 

 

La actual crisis económica, política y social de la Argentina, parece exigirnos responsabilidades superiores a  la lucha exclusivamente gremial o reivindicativa. En nuestra Central siempre sostuvimos que “toda crisis es una oportunidad”, si se la asume integralmente y con vocación de vida y crecimiento. Pero eso implica definir en qué consiste esa “oportunidad”. Y no tan sólo eso, sino tratar de precisar el estado de nuestras propias fuerzas, tanto en lo objetivo como en lo subjetivo, para determinar correctamente el rol que nos cabe dentro de la presente dinámica de lucha del campo popular y frente a la falta de representatividad de la política tradicional, tal cual lo manifestáramos hace tres años, en nuestro anterior Congreso, celebrado en Mar del Plata.

 

La CTA ha ido consolidándose en la sociedad. A partir de la expansión social-territorial asumida en la disputa por la distribución de la riqueza, la democratización de la política y la defensa de la soberanía nacional, debemos afianzarnos en la propuesta de construir, junto con otros, el Movimiento Político Social que exprese nuestros intereses de clase y la lucha por la independencia de nuestra Patria.

 

La CTA toda, a lo largo y ancho del país,  ha venido haciendo una experiencia de lucha gremial, territorial, política y cultural a través de diferentes formatos multisectoriales; un ejercicio de alianzas basado, primordialmente, en la unidad de clase y, además, en la unidad de acción con otros sectores confrontados al modelo neoliberal. En tal sentido, se ha intentado avanzar (con logros importantes) hacia una construcción político-social que sea capaz de confrontar las políticas del bloque dominante y la lógica irracional de los poderosos.

 

La CTA , según lo reconocemos, está dando pasos que, sin obviar contradicciones al interior de sí misma y del campo del pueblo, procuran vertebrar una unidad de masas movilizadas en la  práctica y en la creación teórica, en la perspectiva de plantearse y desarrollar una nueva sociedad.

 

En el marco de una crisis capitalista de índole global, la Argentina expone, además, las consecuencias del modelo económico, social, cultural y político, impuesto a través del terror por la dictadura militar en 1976. Modelo que,  apenas con matices diferenciados, ha continuado durante los años de vida institucional hasta hoy mismo. En la actualidad, es evidente que ese modelo pasa por una crisis estructural. Han estallado diferencias hacia el interior del bloque dominante –signado por distintos niveles de ferocidad en la lucha intercapitalista-, y al mismo tiempo se vive el progresivo desmoronamiento de la gobernabilidad, defendida por las estructuras políticas tradicionales, y ahora desbordadas por movilizaciones populares. 

 

Este grado de movilización y conflictividad social tiene características especiales. Las iniciativas están siendo impulsadas por las organizaciones que protagonizaron la lucha de resistencia durante 26 años y también por nuevas formaciones políticas. Unas y otras han puesto en cuestionamiento la representatividad política institucional, subordinada a los dictados del poder real: grupos económicos y financieros concentrados, locales e internacionales.

 

Se trata de un escenario político-social altamente convulsionado, en el cual los factores de poder se definen de hecho cada día más represivos y criminales y con manifiestas y soterradas apuestas al caos.

 

Hay tres posibles “vías de salida” para la situación actual. Dos de ellas son, en el fondo, readecuaciones al orden vigente que perpetúan el predominio de los grupos empresarios locales, extranjeros y del FMI. La tercera es la que creemos que puede intentarse desde los sectores populares, los trabajadores y la comunidad. Para verlo con claridad, las tres posibles salidas son:

 

La posible reconstrucción de cierta hegemonía del bloque de poder para reinstalar una gobernabilidad con algún consenso social, sin que ello descarte formas de represión y terror.

 

el mantenimiento del orden vigente, sin ningún consenso y, por supuesto, con más autoritarismo y terror.

 

La afirmación de una nueva coalición política y social que instale una alternativa económica, política, social y cultural, capaz de alterar las presentes relaciones de dominación.

 

Esto última alternativa le exige a la CTA proponerse un desarrollo superior de todas sus fuerzas en el campo de la formación teórica y política, en materia de expansión y anclaje social; así como un mayor afianzamiento de sus estructuras organizativas. En el terreno de la comunicación propia, se impone también una definitiva decisión prioritaria que resuelva un contacto e intercambio en su base de cuadros y militantes y en su relación con el total de la sociedad para no depender del formato informativo del bloque dominante. O sea: de la lógica, los intereses y la ideología del bloque contra el que se lucha.

 

Hay que tener en cuenta que el bloque dominante, pese a sus crisis de hegemonía, avanza en la aplicación de planes y medidas que atentan contra la mayoría de nuestro pueblo. Entre otras cosas, quieren imponer el proyecto de Asociación de Libre Comercio de las Américas y las políticas e  instrumentos –Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y otros- que hacen al proyecto de dominación neocolonial impulsado por el gobierno de EEUU en América Latina.

 

Por eso la consigna levantada por la CTA, “hay que pararlos” es parte de un llamamiento múltiple que no se circunscribe a quienes componemos las filas de la Central y debe cobrar cuerpo político-institucional y social.

 

Tamaña tarea implica superar nuestras propias dificultades para mantener en el tiempo un accionar  integral y conjunto, como Central y con todos los que luchan. Esto requiere de parte de la CTA un nuevo ritmo en la constitución y consolidación del nuevo bloque popular.

 

Significa, concretamente,  una intensa labor en lo táctico-estratégico, para ir por encima de meras estrategias de coordinación en la voluntad de asentar las bases del Movimiento Político Social. Lo que supone la construcción de un nuevo Proyecto Histórico de carácter nacional, que plantee y defina la conformación de un bloque regional estratégico en América del Sur, frente a la crisis  capitalista y las manifiestas políticas guerreristas del imperialismo a escala mundial. Con ambas iniciativas,    se trata de pelear por la democratización de la política, la sociedad y la economía y por la institucionalización de una nueva legalidad.

 

 

Capitulo 1

Caracterización de la etapa

 

No pretendemos hacer una caracterización exhaustiva sino simplemente destacar algunos puntos que, entendemos, son de especial relevancia para definir nuestra intervención en el drama que vive el país.

 

Lo primero es destacar que se vive una CRISIS INTEGRAL, de HEGEMONÍA, y en el marco de una NUEVA SITUACIÓN INTERNACIONAL.

 

Veamos estas tres definiciones:

 

Una Crisis integral o sistémica

 

No estamos en presencia de una crisis parcial restringida a algún aspecto de la vida del país. No se trata únicamente de una crisis económica, ni tampoco de una crisis política. Estamos en presencia de una crisis general, global, del orden vigente en la Argentina.

 

Si bien lo que nos sucede se inscribe en el cuadro más general de la crisis capitalista, en nuestro país está particularmente cuestionado el formato económico, social, político y cultural impuesto en la Argentina a partir de 1976 y continuado durante los años de vida institucional. Las visiones de carácter parcial que pretenden imponer los sectores dominantes no son ciertas. No hay posibilidad de intervención en la presente crisis sin una estrategia integral.

 

Venimos, así, a confrontar con otras interpretaciones vigentes sobre la crisis actual. Sobretodo con las dos explicaciones que de manera central han pretendido imponer los integrantes del bloque dominante y el sistema político tradicional frente a la crisis registrada en el año 2001.

 

Hay quien pretende decirnos que el problema principal de la crisis debe ubicarse en el terreno de la economía. Por lo tanto, coloca la responsabilidad de la situación en la vigencia que durante el último cuarto de siglo ha tenido el paradigma neoliberal. Los que exponen esta visión armaron su discurso apelando a la defensa de lo nacional, de la producción y el trabajo y de la necesidad de romper con la alianza que el Estado había estructurado con el Sector Financiero.

 

En realidad, esta postura discursiva remite a las fuerzas partidarias tradicionales de la Argentina actual (Ejemplo: UCR-PJ-FREPASO provincial, partidos provinciales) y busca sustento estructural en el denominado Grupo Productivo (SRA-UIA-CRA-CGT). Para ser más precisos, este planteo fue, a no dudarlo, el eje vertebrador del actual gobierno.

 

La realidad es que estos supuestos defensores de la “identidad nacional” y la “producción”, son una parte del bloque dominante que fue y es tributario de la valorización financiera promovida por el neoliberalismo del último cuarto de siglo, y que en todo caso durante la última etapa de los noventa perdió parte de su influencia. Son claramente integrantes del bloque dominante y del sistema político tradicional.

 

 Los resultados concretos de su estrategia (la “devaluación”) han comenzado a mostrar rápidamente los límites de ese discurso . La pauperización y la humillación nacional siguen a la orden del día . Por eso es imprescindible desnudar la falacia de su argumentación.

 

Es absolutamente obvio que el paradigma neoliberal tiene una importante responsabilidad sobre lo que hoy nos ocurre. Sin embargo, debe consignarse que éste se puso en marcha en la Argentina a partir de la dictadura, y que de los 26 años transcurridos desde aquel momento, 19 tienen que ver con el presente orden institucional. Es decir tres de cada cuatro años se explican por el presente régimen.

 

Por lo tanto, ya no podemos seguir sosteniendo que el problema es exclusivamente el tipo de funcionamiento de la economía.

 

Es clave incluir en nuestra discusión  cuáles son las características de un orden institucional que ha convivido, convalidado, y ha resultado cómplice del proceso que viene viviendo nuestro país. No es cierto que la crisis sea sola y exclusivamente económica. También tiene un fuerte componente político institucional.

 

Y acá hay que destacar que los que intentan colocar el problema sólo en la cuestión económica, son los que por otro lado pretenden seguir defendiendo las prácticas tradicionales del sistema político (no sólo los partidos sino también el tipo de estructuras sociales y sindicales tradicionalmente dominantes).

 

Esas prácticas “tradicionales” no son inofensivas. Son funcionales a las estrategias de injusticia y concentración de la riqueza que dicen denunciar. Seguir ese razonamiento sería una profunda equivocación histórica. Es imposible que, con las mismas estructuras y con los mismos actores, se promueva una salida a la crisis actual.

 

 

La otra  versión es la que promueven los Bancos-Organismos Internacionales y Empresas Privatizadas.

 

Ellos dicen por todos lado que el problema no es el modelo económico sino la corrupción del sistema político. En tanto la política  es –para esta concepción- la responsable de lo que ocurre, no quieren ni hablar de cambiar el modelo. En esta presentación de la crisis no hay problema alguno en el orden económico imperante. El inconveniente es que “existe un régimen institucional corrupto que lo ha distorsionado”.

 

Se trata de poderosos agentes económicos que están dispuestos a sostener una nueva batalla simbólica que le permita retomar el control del rumbo del país.

 

Su estrategia apunta a la plena mercantilización de la educación y la salud pública, la liquidación de la banca estatal, con mayores restricciones al sistema de representaciones en el Estado (la denominada “reforma política”) y un reordenamiento del sistema de Estados Provinciales en base a la propuesta de regionalización. Una verdadera mutilación y modificación del actual esquema institucional.

 

Se trata, en suma, de un incremento en el control sobre la política interna y la economía a través del gerenciamiento de las riquezas del país, incluyendo el territorio, por medio de tecnócratas representantes de los intereses de los grupos económicos y los organismos de crédito.

 

Entonces, y para resumir, digamos que hay una interpretación que busca situar la responsabilidad en la economía para salvar al sistema político tradicional y hay una interpretación que busca colocar el problema en la política para salvar al poder económico.

 

Ambos enfoques intentan ocultar rasgos fundamentales de la crisis.

 

Nosotros sostenemos que la crisis vigente en la Argentina supone el colapso general en materia social, económica y política, de un régimen que se puso en marcha a partir de marzo del 76 y que, con distintas variantes se ha profundizado en los últimos 26 años.

 

Esta es la primera definición que nosotros queremos proponer. Lo que esta en crisis es el conjunto de las instituciones sociales, sindicales, partidarias, empresariales y culturales que han definido a la Argentina desde la dictadura militar en adelante.

 

LA CRISIS ECONÓMICA

 

En materia económica,  lo que colapsó es el régimen que se puso en marcha en 1976. Ese régimen tuvo, fundamentalmente una característica: transformó a la economía argentina en una economía de acumulación financiera y transferencia permanente de recursos al exterior por diferentes mecanismos, donde el endeudamiento fue uno y no la única vía de salida de recursos. 

 

Así, la economía nacional transfirió al exterior en las últimas dos décadas aproximadamente unos u$ 320.000 millones o, lo que es lo mismo, el equivalente a más de tres PBI de la Argentina actual.

 

Este orden económico se puso en marcha sobre la base de la llamada “apertura general de la economía” y tuvo dos pilares básicos que permitieron su funcionamiento:

 

El endeudamiento externo

El papel del Sector Público como promotor de dicho proceso. Fue éste (absolutamente subordinado a partir de la dictadura al bloque dominante) quien sostuvo y promovió una y otra vez por diferentes vías, ese endeudamiento.

 

El colapso de este régimen tuvo dos razones.

 

En primer término los cambios en el sistema financiero internacional determinan que hay menos fondos para países como el nuestro.

 

En segundo lugar, el grado de endeudamiento del Estado y de la economía argentina es tan alto que le impide seguir siendo sujeto de crédito. 

 

En consecuencia, el bloque dominante está en problemas. Los dos pilares en torno a los cuales funcionaba este régimen han desaparecido, y por esta razón está colapsando.

 

Este régimen de acumulación financiera implicó una dinámica particular, que caracteriza a la Argentina de los últimos 25 años.

 

Un país que hizo predominar la inversión financiera, donde la inversión productiva cayó de manera estrepitosa y donde la caída de la inversión productiva produjo una profunda destrucción del aparato productivo  (por el ingreso de producción importada).

 

Al destruirse el aparato productivo y desindustrializarse el país, además, se expandió el desempleo.  Y al expandirse el desempleo, este presionó hacia la baja los ingresos del conjunto de la población.

 

Es decir, que el círculo que caracteriza los últimos 26 años, como contrapartida de este régimen de acumulación financiera es: inversión financiera elevada- baja inversión productiva- deterioro del aparato productivo y desindustrialización- expansión del desempleo y caída de los ingresos.

 

LA CRISIS SOCIAL

 

Las razones del colapso y las tendencias básicas que definieron la economía del último cuarto de siglo, sostenidas durante los últimos 26 años, han puesto en crisis también la situación social.

 

Deben destacarse dos cuestiones fundamentales: la primera, el tema de la expansión sistemática y permanente de la pobreza en el país.

 

Para dar una medida gráfica del asunto: en 1975 en la Argentina había 22 millones de habitantes y menos de 2 millones de pobres. Sobre finales del 2001 tenía 37 millones de habitantes y  prácticamente 15 millones de pobres. Es decir, que la población creció en 15 millones y la pobreza en 13 millones.

 

Otra evidencia notoria de la involución social que tuvo la Argentina se explica por la casi desaparición de sus capas medias. Hoy, 6 de cada 10 pobres provienen de dicho sector social. Este empobrecimiento material de las capas medias no implica la desaparición de sus demandas y objetivos de ascenso social. Si bien, a comienzos de la década pasada, parte de las mismas dieron algún consenso al modelo imperante, hoy, ante su propia bancarrota, ejercen una fuerte presión social hacia el restablecimiento de sus derechos y garantías.

 

Las dificultades concretas del bloque dominante para incluir a este sector y dar respuestas a sus demandas, no les permite gobernar con “consenso”, como hace algunos años. Esto implica que el bloque dominante necesita imponerse con mayor autoritarismo.

 

Agreguemos que el desempleo, producto del régimen de acumulación vigente, ha desestructurado la organización social que en nuestro país giraba fuertemente alrededor de las relaciones laborales.

 

Los cambios en los sistemas y formas de producción, la terciarización y los cambios en las categorías profesionales generaron, entre otras consecuencias, la pérdida por parte de los trabajadores del control del proceso de producción y el debilitamiento consecuente de la capacidad de negociación.

 

Esta situación se agrava por la presencia de un Estado desfinanciado, que en lugar de benefactor y “prenda del equilibrio social”, es desembozado benefactor de los grupos dominantes. La precarización laboral alteró los términos de discusión salarial y confinó a los trabajadores formalizados a un lugar de franca minoría en la fuerza de trabajo. Esto desestructura a la sociedad y plantea una crisis sin precedentes al viejo modelo sindical. Crisis que no sólo condiciona el salario sino también la propia vida familiar.

 

La creciente exclusión social deteriora así la capacidad de ejercer los derechos ciudadanos, crece el temor y se recortan fuertemente las opciones de las organizaciones sindicales y sociales. Agreguemos, para visualizar la dimensión de la crisis, la pérdida del ascenso social por la vía del acceso a la cultura, que repercute fuertemente sobre las capas medias y los trabajadores en general.

 

En suma, aparecen nuevas demandas sobre las instituciones públicas y las organizaciones sociales excediendo sus objetivos y posibilidades y reclamando la transformación de las mismas. Además, se confirma que  en las distintas “crisis” (y en la actual también) los sectores dominantes tienen la capacidad de trasladar los costos al resto de la sociedad incrementando, en cada una de ellas, la desigualdad.

 

Es decir, cuando la economía crece, ellos crecen más que el resto, pero cuando decrece, ellos siguen creciendo. Rasgo este que define un cuadro de profunda desagregación social incompatible con la vigencia de una institucionalidad democrática.

 

LA CRISIS POLÍTICA

 

El colapso en materia política debe ser situado en términos de crisis de representación.

 

Y cuando la llamamos de ese modo no nos referimos sólo a los partidos sino al conjunto de las instituciones que convivieron, convalidaron y fueron conniventes con esta verdadera estrategia de la desigualdad.

 

Está en crisis la Justicia, el Parlamento, el Poder Ejecutivo Nacional, los gobiernos Provinciales, los municipios y concejos deliberantes, la Iglesia, la universidad, los sindicatos, las FFAA; es decir, la crisis atraviesa al conjunto de las instituciones.

 

Este es el otro problema fundamental. Las instituciones y organizaciones que se supone que son portadoras de intereses colectivos, son visualizadas por el conjunto como representantes de intereses privados.

 

La ruptura del llamado “contrato social” y el vaciamiento de la democracia representativa se reflejan en la absoluta disociación entre lo que la gente demanda y la vida de las instituciones.

 

Así, el consenso se sustituye en la práctica por el autoritarismo, la corrupción, la manipulación social -a través de caudillos y punteros que han frustrado el protagonismo popular- y la fuerte cooptación del sistema de representación por los intereses de los principales grupos económicos.

 

Los derechos constitucionales, las libertades y garantías son de aplicación restringida, parcial y discriminatoria. La pérdida de protagonismo y control social sobre los actos de gobierno hace que la denominada “democracia representativa”, no sea representativa ni mucho menos democrática. Y ésta no es una cuestión menor. La pérdida de crédito hacia la democracia y el consecuente ausentismo electoral  abren el camino a los autoritarismos mesiánicos siempre apoyados en estrategias antipopulares y sostenidos con la represión.

 

Por otra parte, el descrédito hacia las formas de ejercicio actual de la política y hacia los partidos tradicionales ,amenaza con  proyectarse también peligrosamente hacia la deslegitimación de toda forma de práctica política, de todo liderazgo y de toda búsqueda de una renovación democrática de los actuales esquemas de representación. Sabemos que esa forma de plantear el problema es funcional al objetivo de preservar en manos de los enemigos del pueblo el ejercicio concreto de la dirección del Estado.

 

 

LA CRISIS CULTURAL

 

El progresivo deterioro de nuestra estructura productiva, del Estado y de lo público-comunitario, así como el crecimiento de la pobreza y la desocupación impactaron fuertemente sobre las matrices culturales de nuestro pueblo. El “sálvese quien pueda” pareció ser el mandato oculto de un complejo proceso expresado en la vida cotidiana, en las prácticas institucionales, en la acción de los medios masivos y en las expresiones artísticas y culturales. Sin embargo es evidente que las políticas culturales del poder convivieron en nuestras familias, barrios y espacios públicos con las múltiples formas de la resistencia y la iniciativa comunitaria.

 

En este sentido, el neoliberalismo devenido en hegemónico pivoteó permanentemente sobre dos estrategias. El mensaje emitido de manera dominante desde los medios de comunicación y el papel de “justificadores del establishment” que adoptara una parte de la intelectualidad vernácula. Ambos convergieron cuestionando importantes conquistas del proceso de democratización de la cultura que había vivido nuestro país. Sin embargo, el proceso descrito no alcanzó entidad suficiente como para ocultar la realidad y destruir totalmente pilares históricos de la cultura nacional como el sostenimiento de la educación pública, el no arancelamiento, una cierta prensa comprometida, el clima cultural critico del cine, el teatro y la música, e incluso la emergencia de signos vitales de una nueva intelectualidad.

 

Las características principales de ese “nuevo sentido común” que pretendieron imponer se asentó en:

 

La naturalización de los procesos históricos y económicos y, por lo tanto, la expulsión de la noción de cambio. Cuestión ésta que pretende situar como único al modelo vigente y que ubica a la política en el terreno de la exclusiva gestión y del reconocimiento como no modificable de las relaciones de poder vigentes.

 

Cuestionar la histórica noción del Estado interventor, el cual apareció presentado como signo de ineficiencia, de atraso, de defensa de intereses espúreos (patria contratista).

 

Ubicar a la ideas sobre la distribución del ingreso y la riqueza en el territorio del populismo, la demagogia y la irresponsabilidad.

 

Situar al mercado como signo de progreso, democracia y eficiente asignación de los recursos.

 

El acento en las formas estereotipadas de gerenciamiento empresario eficiente y eficaz trasladado a todas las instituciones como eje del debate desprendido de los fines y objetivos sociales para los que han sido creadas.

 

La descalificación de las luchas y organizaciones populares, incluido el sindicalismo, señalados como rémora del pasado, inhibidores de la transformación necesaria y defensores de privilegios inaceptables como los estatutos laborales o los derechos sociales.

 

La presentación de la política como signo de corrupción, coima y deshonestidad

 

El acento en el individualismo y el deterioro de la solidaridad como forma de organización social y de acceso a las reivindicaciones.

 

La mistificación del estilo de vida consumista, trivial, superficial y depredador del planeta, instalada en los países desarrollados como única y superior meta.

 

Cierta elite intelectual, que otrora incluso sustentara un proyecto nacional, cumplió el rol de adaptarse rápidamente a los planteos que impulsaban el apoyo a las transformaciones en nombre de la trasnacionalización, de la aldea global y de la cultura única. Contribuyeron así a la afirmación de un sentido común alienado que repitió hasta el hartazgo el discurso dominador. En fin, intelectuales de países periféricos transvertidos por el financiamiento en tecnócratas al servicio de los organismos internacionales.

 

En consecuencia, a diferencia de las dos interpretaciones que  los sectores dominantes impulsan en la Argentina (visiones parciales y falaces de la crisis actual), entendemos que estamos en presencia de  la crisis general de un orden que no tiene, bajo estas condiciones, capacidad de seguir reproduciéndose con mínimos niveles de consenso.

 

 

Una verdadera crisis de hegemonía

 

El final del punto anterior permite explicar qué queremos decir cuando hablamos de Crisis de Hegemonía. Nos referimos a “aquel conjunto de relaciones que definen el funcionamiento de una sociedad y que en una determinada coyuntura histórica no pueden ser reproducidas bajo el liderazgo de las clases dominantes y, consecuentemente reconocidas por las clases subalternas”.

 

En este sentido el proceso social que se manifiesta durante el año 2001 debe ser entendido como una verdadera crisis de hegemonía de las clases dominantes de nuestro país. Tienen dificultades para seguir explicándole a la sociedad que es natural que las cosas sean como son. La sociedad ya no siente que las cosas deben seguir necesariamente así. Tampoco cree que este sea, necesariamente, el único rumbo posible. En estos términos, la hegemonía de  comienzos de los 90 hoy está visiblemente cuestionada. Pero, como en toda crisis de esta naturaleza,  la misma tiene dos componentes fundamentales.

 

El primero de ellos es la crisis al interior de los poderosos. La estabilidad capitalista propia de la década del noventa tuvo que ver con la consolidación de una verdadera “comunidad de negocios”, establecida en el marco de la acumulación financiera sobre la base de las privatizaciones. En esa “comunidad de negocios” coincidieron los intereses de los Grandes grupos empresarios de la economía argentina con el ingreso de nuevos integrantes del capital extranjero y con los Bancos Trasnacionales.

 

Desde mediados de la década, más puntualmente a partir del efecto Tequila, la citada comunidad de negocios comenzó a disolverse, fruto de las modificaciones en el escenario internacional (relación entre el dólar y las principales monedas, así como el debilitamiento de la experiencia del Mercosur)  y los procesos de compra venta de acciones y empresas, que determinan una menor presencia de la histórica cúpula empresarial local en los consorcios de las empresas privatizadas.

 

En el marco del colapso del régimen de acumulación financiera, dadas las restricciones vigentes en el plano internacional y con la devaluación en curso, están sucediendo dos cosas:

 

una puja entre ellos dirigida a determinar la distribución de las nuevas rentas así como de las pérdidas resultantes de la crisis vigente

el intento de imponer un nuevo ordenamiento de los predominios al interior de los históricos ganadores del modelo.

 

Está en discusión, en suma, quién conduce la salida de la crisis. Hay disputa entre los grupos empresarios y el sistema bancario, hay disputa entre ellos y los acreedores externos, hay disputa entre los acreedores y el resto de los que están aquí. Es decir, no logran, como sí lograron en el pasado, sintetizar una estrategia común para proponerle al conjunto de la sociedad.

 

Esto habla de una feroz lucha intercapitalista en la que no están ausentes incluso comportamientos de carácter mafioso.

 

La segunda cuestión que caracteriza a una crisis de hegemonía y que es el dato determinante que distingue el momento actual de otros que hemos vivido, es que por primera vez en mucho tiempo, más concretamente, desde 1976 para acá, hay hoy organizaciones sociales y niveles de movilización que están por afuera de las estructuras de poder económico y político tradicional en todos los terrenos(social, sindical, territorial, cultural e incluso partidario),.

 

Es decir: a diferencia de la crisis de 1989 (en donde el PJ aparecía como una opción y salida recientemente legitimada y que intervenía sobre el conflicto social, dado el peso sustantivo de la estructura sindical tradicional), hoy no hay oferta legítima del sistema tradicional. Tampoco están en capacidad de  controlar el conjunto de la movilización y organización social existente. Hoy hay otras realidades sindicales, otras realidades sociales e institucionales. Han emergido organizaciones y niveles de movilización que tienen autonomía respecto de los factores de poder político y económico tradicional. Es por esta razón que parece importante definir que el año 2001, representa desde la experiencia política de los sectores populares, EL FINAL DE LA ARGENTINA DE  LA DICTADURA.

 

A lo largo del año pasado tomaron cuerpo diversas formas de respuesta del campo popular que, sin lugar a dudas, refieren al hartazgo ante políticas económicas y sociales intolerables; pero, fundamentalmente, empiezan a sintetizarse las experiencias de los 26 años de resistencia organizada que contribuyeron a mellar el pensamiento único y el discurso hegemónico.

 

El año 2001 fue un año difícil para el poder desde sus comienzos, con el derrocamiento de López Murphy, (paradigma del ideario neoliberal); luego con las movilizaciones espectaculares que se realizaron en todo el país en contra de la política del déficit cero (movilizaciones que en todos los casos estaban por afuera de las estructuras políticas y sindicales tradicionales) y con la propia jornada electoral del 14 de octubre, en que la sociedad no sólo le dijo que no y le dio un cachetazo al gobierno de De la Rúa, (perdió cerca de 5 millones y medio de votos), sino que el propio triunfo del PJ se dio en el marco de una caída de su peso electoral (un millón de votos menos).

 

Fueron elecciones en donde el no voto, el voto en blanco y el nulo, así como el respaldo a nuevas opciones implicaron una advertencia de la sociedad al conjunto del sistema institucional. La propia consulta popular que  protagonizamos en el marco del FRENAPO entre el 14 y 17 de diciembre, donde la participación superó claramente todas nuestras expectativas, fue otra demostración de ese proceso social que se estaba dando en la Argentina. Por ultimo, las jornadas del 19 y 20 de diciembre donde la movilización popular logró, pese a las internas palaciegas, poner su sello confrontando con el Estado de Sitio y afirmando reclamos expresos en pos de mayores niveles de igualdad. Toda esta situación revelaba la envergadura del proceso que se estaba dando en el país.

 

Sin embargo, es necesario definir un poco más los alcances de la noción  de “crisis de hegemonía” que hemos propuesto como marco para la interpretación de esta etapa. Se trata de un momento político donde, frente a la ausencia de consenso para el bloque en el poder, se afirma un contexto de oportunidad para una intervención popular exitosa que ponga en cuestión el presente régimen de dominación.

 

Pero hay que distinguir que la existencia de crisis al interior del bloque en el poder no define que haya crisis de hegemonía. También hubo una crisis al interior de los poderosos en la Argentina de 1989, y no se trató de una  “crisis de hegemonía”. Ésta sólo existe (por eso existe hoy) en tanto emerge un contexto de no reconocimiento por parte de los dominados del liderazgo de las clases dominantes.

 

Ese “no reconocimiento” toma formas, además, en la emergencia de niveles de organización y movilización que desbordan las estructuras tradicionales de representación del régimen. Es decir, se trata de un momento donde la  dominación se encuentra en crisis porque no es percibida como “natural”.

 

La segunda distinción consiste en señalar que la existencia de una situación de crisis en la dominación no implica que la dominación haya desaparecido ni que el sistema se este derrumbando. Más aún, la dominación se sigue ejerciendo y es en las características de su propio ejercicio donde se juega la posibilidad de que los sectores dominantes puedan, incluso, reconstruir la hegemonía perdida.

 

Por lo tanto, hablar de crisis de hegemonía no es hablar de un momento prerrevolucionario sino de la existencia de condiciones de oportunidad para una nueva construcción política. Esa construcción política sólo existirá si  se interviene con una visión integral en el escenario descripto.

 

Hechas estas aclaraciones, corresponde finalizar estas precisiones reafirmando que  tanto desde la teoría como desde la historia, las opciones que suelen presentarse ante una Crisis de Hegemonía  -tal como se señala en la introducción-  son:

 

Reconstrucción hegemónica del bloque en el poder

 

Mantenimiento del Bloque en el poder por vía autoritaria

 

Afirmación de una nueva coalición política que haga posible un nuevo régimen sobre la alteración de las presentes relaciones de dominación   

 

 

Una nueva situación internacional

 

No podemos finalizar estos apuntes respecto a la etapa que transitamos sin incorporar elementos que aludan a la presente situación internacional. Es evidente que el carácter de la denominada fase global del capitalismo (que desde el punto de vista económico y en la práctica ha implicado la financiarización de la economía mundial) redunda en condiciones de mayor exclusión y pobreza para la humanidad. Estas se expresan tanto en la incapacidad manifiesta del sistema de garantizar tasas de crecimiento elevadas , como por la polarización exhibida en materia de distribución del ingreso tanto entre países como al interior de los mismos, incluyendo a los propios países centrales.

 

Asistimos a un proceso de liquidación del denominado Estado Benefactor en los centros y a la destrucción de las formas estatales populistas y desarrollistas en la periferia. Esa destrucción es acompañada en la práctica por la instalación progresiva de Estados que promueven la afirmación de plataformas exportadoras.

 

A esto hay que agregar que se manifiesta un cuadro creciente de recesión generalizada en los principales centros económicos del mundo, lo que induce una reversión en la dirección de los flujos financieros internacionales (ya no giran fondos con facilidad).

 

En la década del noventa se observaba una abundancia de fondos en el mundo, en busca de opciones para invertir en los países “denominados emergentes”. Esto permitió a nuestros países pagar vieja deuda con activos públicos y/o riqueza social acumulada, pero también con el acceso a nuevo endeudamiento). Digamos que en el escenario internacional hoy se registra exactamente lo contrario.

 

En el marco de la recesión vigente en los países centrales como consecuencia de la baja en la tasa de ganancia (que  supone la contracción en las compras que estos países realizan a la periferia), se observa una tendencia declinante en los precios internacionales de los principales productos que colocan estos países.

 

Esta situación revela una menor capacidad de pago sobre las deudas que acumulan dichas economías y habilita un proceso de fuga de los capitales; permanecer en los países de la periferia supone mayores riesgos que hace unos años.

 

Menor disponibilidad de financiamiento y menores precios para nuestros productos definen un cuadro de mayores restricciones económicas para la región latinoamericana. Ésta debiera organizarse nuevamente –y, al igual que ocurriera en la década del 80- como una verdadera zona económica de exportación de excedente hacia el centro del mundo.

 

Las tendencias generales que plantea la financiarización de la economía mundial  y la particular coyuntura recesiva determinan la incapacidad creciente del propio sistema para presentarse (cual  ha sido históricamente su estrategia de legitimación) como avanzada de la Civilización.

 

Hace algunos años tenía vigencia un discurso que asociaba a las políticas neoliberales con la afirmación de la democracia, sobretodo a partir de la caída del muro. Ese planteo hoy está fuertemente cuestionado.

 

La consolidación de resistencias sociales y culturales frente a la mundialización capitalista (movimientos antiglobalización - Foro Social Mundial) y la propia evideencia de los límites que las políticas vigentes le imponen a la construcción democrática, ha abierto una nueva situación en el plano internacional. Esta nueva etapa implica mejores condiciones ideológicas y políticas para el reposicionamiento de las fuerzas populares pero también supone un momento de mayor complejidad. Prueba de ello es la nueva vuelta de tuerca guerrerista del gobierno de los EE UU a partir del 11 de Setiembre, tras los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

 

La política bélica sostenida en la permanente capacidad del imperio para hacer reaparecer y desplazarse al fantasma del terrorismo, es la condición de posibilidad para limitar los mecanismos de consenso en la regulación de la sociedad mundial. Se trata de la clave de la unipolaridad que pretende afirmar  el gobierno de los EEUU  y el marco en el que se inscriben las nuevas estrategias de control colonial.

 

Política bélica y recesión mundial  explican la desaparición del discurso democrático de la agenda del departamento de Estado Norteamericano y le otorgan perspectiva al intento de transformar al mercado americano en un espacio de libre circulación y absoluta seguridad para sus mercancías y capitales, por vía del  ALCA, y destruir así toda posibilidad de desarrollo autónomo para la región latinoamericana.

 

En este escenario hay que inscribir el intento de golpe de Estado en Venezuela, la decisión de avanzar militarmente con el Plan Colombia, el intento de boicotear el triunfo de Lula en Brasil  y las definiciones relativas a la colocación de bases militares en la región (particularmente en nuestro país, en las provincias de Chubut y Tierra del Fuego) en el marco de la construcción  del denominado escudo antimisilístico.

 

 

Conclusión

 

Dijimos al comenzar este punto que no teníamos como objetivo hacer una caracterización exhaustiva sino que sólo buscábamos apuntar elementos que nos permitieran elaborar una conclusión política. En este sentido y considerando los aspectos reseñados en la caracterización, entendemos importante destacar que :

 

Dada la política norteamericana para el mundo y la región (de carácter bélico y colonial), es evidente que se busca sancionar a la Argentina como ejemplo continental y reforzar, así,  la dominación sobre nuestro país a efectos que éste siga desempeñando el papel de apéndice norteamericano en la región tal cual lo hiciera durante la década pasada. Esto se da en un contexto donde dicha estrategia exhibe problemas para afirmarse. Están estancados en el conflicto Colombiano, no han logrado desplazar a Chávez en Venezuela, Lula se mantiene firme en Brasil, el Frente Amplio se consolida como alternativa para el futuro uruguayo, y avanza la lucha popular en Bolivia, Perú y Paraguay. Por eso la estrategia hacia la Argentina adquiere especial relevancia para el gobierno de los EE UU.

 

En este marco, sin financiamiento externo abundante y en un contexto de precios declinantes para nuestros productos en el mercado mundial, la dirección adoptada en torno a la presente salida devaluacionista exhibe graves problemas. Argentina tiene un núcleo exportador que representa no más del 25% el PBI, donde apenas 80 empresas concentran el 70% del total exportado y en el que el componente de recursos naturales, la intensiva utilización de insumos importados y el bajo valor agregado de los productos son sus características determinantes. Por lo tanto, y en un marco donde la denominada salida exportadora debe garantizar un saldo comercial favorable de unos u$ 10.000 millones para reanudar los pagos externos, la perspectiva que en esta etapa pueden ofertar los sectores dominantes es la de un crecimiento lento (luego de arribar al piso de la crisis), con tasas de desempleo estructuralmente altas, con salarios bajos (donde los 100 dólares promedio de retribución salarial de la Argentina actual resultan elevados) y, por lo tanto, profundamente desigual.

 

Considerando las tres opciones que se plantearon como resolución de una Crisis de Hegemonía, corresponde decir que la posibilidad de que las clases dominantes en nuestro país puedan recuperar la hegemonía perdida descansa en la afirmación del segundo de los escenarios planteados (“mantenimiento del poder por vía autoritaria”).

 

Ellos necesitan mayor capacidad de represión. En un contexto de rechazo social al orden vigente, donde las tendencias futuras del capitalismo vernáculo no son portadoras de derrame alguno, necesitan una mayor restricción de las libertades individuales y de los espacios democráticos y una mayor presencia de las estrategias de control y coerción sobre las demandas populares.

 

Es en este plano donde deben ubicarse tanto la situación abierta en términos de violencia material y física que se descargara sobre la sociedad argentina desde Diciembre del 2001 en adelante, como la convocatoria a elecciones anticipadas realizadas por el presente gobierno.

 

Ciertamente, a partir del cuestionamiento masivo que la sociedad hiciera expreso durante el año 2001, la respuesta ha sido la puesta en marcha de un proceso brutal de redistribución regresiva de los ingresos y la riqueza (violencia material). Esto se expresa en la expansión de la tasa de desempleo, en la caída de los salarios reales, en la expulsión a la situación de pobreza de aproximadamente unas 750.000 personas al mes y en la confiscación de la riqueza de los pequeños y medianos ahorristas. Para permitir ese desguace se dieron fenómenos claros de represión física dirigidos a disciplinar la movilización popular tanto el 19 y 20 de Diciembre,  como en las amenazas que se suceden en distintos puntos del país y en el asesinato de los dos compañeros piqueteros en el Puente Pueyrredón.

 

En este marco de violencia económica y represiva la convocatoria electoral anticipada impide una síntesis política mayor del cuestionamiento que viene ejerciendo la sociedad argentina al modelo vigente. Buscan, en este sentido, evitar la amenaza de que emerjan condiciones institucionales que hagan posible un replanteo del régimen y del rumbo económico vigente.

 

Es decir que necesitan evitar la afirmación del tercer escenario que hemos planteado como resolución posible de una crisis de Hegemonía.

 

 

Frente a las elecciones

 

Objetivamente, mientras la lucha política orientada por la priorización del conflicto social potenciaba niveles crecientes de unidad política, el adelantamiento electoral tiene un objetivo claro: fragmentar la expresión popular de cuestionamiento al orden actual y a mejorar las posibilidades de triunfo del principal partido del régimen -el Justicialismo- .

 

Por eso se busca resolver su crisis interna por vía de las denominadas internas abiertas, o bien ley de lemas, articulando en una eventual segunda vuelta con las expresiones de la derecha, y aprovechando la persistencia de un importante nivel de ausentismo e impugnación sobre el conjunto de la dirigencia política.

 

En este sentido, el objetivo es recobrar condiciones de legitimidad y legalidad que permitan profundizar una nueva ofensiva del bloque dominante. Si lo logran, intentarán liquidar la banca pública, mercantilizar la educación y regionalizar la Argentina por vía del desguace de los aparatos institucionales de distintas provincias.

 

El carácter restrictivo y no democrático que exhiben las elecciones anticipadas se expresa en el formato que el adelantamiento le impone a las mismas. Quedan circunscriptas a elecciones sólo de Presidente y Vice sin renovación del conjunto de las Cámaras de Diputados y Senadores en un contexto de absoluta crisis de representación.

 

Aún en el caso en que se eligieran la mitad de los diputados y un tercio de los Senadores en la fecha establecida (Marzo del próximo año), éstos no asumirían hasta Diciembre del año 2003, por lo cual el nuevo Presidente deberá convivir durante sus primeros siete meses con el sistema institucional actual (el mismo Parlamento y la misma Corte Suprema de Justicia).

 

Es decir que además del efecto de fragmentación sobre el cuestionamiento popular, las elecciones anticipadas configuran un escenario donde incluso un eventual nuevo gobierno que quisiera modificar el rumbo imperante deberá confrontar a partir de sus primeras horas de gestión no sólo con la capacidad de los principales agentes económicos de desestabilizar la situación en tanto la misma afecte sus intereses, sino que además vería sumamente restringida su capacidad de acción institucional.

 

La “trampa” que supone este diseño es la respuesta a una realidad objetiva que al Poder le preocupa:  más allá de la violencia económica y represiva que se ha ejercido, la sociedad argentina ha seguido cuestionando el rumbo actual. Ha sido capaz, frente al intento de fragmentar los reclamos de ahorristas y trabajadores, de construir convocatorias que favorecieron y dieron veracidad a consignas tales como ”Piquetes y cacerolas la lucha es una sola” . Ha sido capaz de estructurar una jornada de paro y movilización  nacional en base a organizaciones que no poseen compromisos con el sistema político tradicional. Ha podido responder, incluso, con movilizaciones en todo el país y con niveles superlativos de unidad a los asesinatos y la represión.

 

Es decir, la sociedad sigue nutriendo y alentando la posibilidad de construir una nueva perspectiva y en cada una de las jornadas de lucha en que esto se expresa, nuestra Central ha aportado a la hora de garantizar la articulación y nacionalización de ese proceso.

 

En función de lo expuesto y del carácter tramposo y limitante que define a la convocatoria electoral del oficialismo es que se ratifica nuestra definición conceptual:

 

 No hay salida democrática en el marco del presente régimen. Transitamos, por lo tanto, su fase autoritaria y sólo habrá salida democrática plena en tanto la sociedad argentina sea capaz de poner en marcha un proceso de movilización y organización que garantice la construcción de una nueva coalición política.

 

 

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