Poemas de Poetas Puertorriqueños 

Famosos

 

 

 

JULIA DE BURGOS


Río Grande de Loíza


¡Río Grande de Loíza!... Alárgate en mi espíritu
y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.

Enróscate en mis labios y deja que te beba,
para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oir voces de asombro en la boca del viento.

Apéate un instante del lomo de la tierra,
y busca de mis ansias el íntimo secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.

¡Río Grande de Loíza!... Mi manantial, mi río,
desde que alzome al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.

Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.

¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron
mis formas, en espiga de sol recién abierto?

¡Quién sabe en qué remoto país mediterráneo
algún fauno en la playa me estará poseyendo!

¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra lejana
me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!

¡Río Grande de Loíza!... Azul. Moreno. Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando bajo la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.

Río hombre, pero hombre con pureza de río,
porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.

Muy señor río mío. Río hombre. Unico hombre
que ha besado mi alma al besar en mi cuerpo.

¡Río Grande de Loíza!... Río grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.

 

Poema para mi muerte


Ante un anhelo


Morir conmigo misma, abandonada y sola,
en la más densa roca de una isla desierta.
En el instante un ansia suprema de claveles,
y en el paisaje un trágico horizonte de piedra.

Mis ojos todos llenos de sepulcros de astro,
y mi pasión, tendida, agotada, dispersa.
Mis dedos como niños, viendo perder la nube
y mi razón poblada de sábanas inmensas.

Mis pálidos afectos retornando al silencio
-¡hasta el amor, hermano derretido en mii senda!-
Mi nombre destorciéndose, amarillo en las ramas,
y mis manos, crispándose para darme a las yerbas.

Incorporarme el último, el integral minuto,
y ofrecerme a los campos con limpieza de estrella,
doblar luego la hoja de mi carne sencilla,
y bajar sin sonrisa, ni testigo a la inercia.

Que nadie me profane la muerte con sollozos,
ni me arropen por siempre con inocente tierra;
que en el libre momento me dejen libremente
disponer de la única libertad del planeta.

¡Con qué fiera alegría comenzarán mis huesos
a buscar ventanitas por la carne morena
y yo, dándome, feroz y libremente
a la interperie y sola rompiéndome cadenas!

¿Quién podrá detenerme con ensueños inútiles
cuando mi alma comience a cumplir su tarea,
haciendo de mis sueños un amasijo fértil
para el frágil gusano que tocará a mi puerta?

Cada vez más pequeña mi pequeñez rendida,
cada instante más grande y más simple la entrega,
mi pecho quizá ruede a iniciar un capullo,
acaso irán mis labios a nutrir azucenas.

¿Cómo habré de llamarme cuando solo me quede
recordarme, en la roca de una isla desierta?
Un clavel interpuesto entre el viento y mi sombra,
hijo mío y de la muerte, me llamará poeta.

 

Tres caminos


Tres caminos me duelen...
Tú,
mi madre
y el río.

Una dulce sonrisa se hizo
horizonte triste
en mi cielo angustiado
desde que Ella partió
inocente y feliz hacia su alba perpetua.

Tú te tragaste el grito
de mi existencia cósmica,
con capullos,
palomas y rocíos, y lastimantes
lágrimas,
y tal vez una sombra de mis voces felices.

Entre mi soledad desarropada,
tú,
nostalgia incansable de ayeres
y futuros,
solo entre sombra y eco,
labio del infinito que te inundas
profundo
en el azul que es mío.

Tú,
solamente tú,
Río Grande de Loíza,
podrás darme la risa para
el camino eterno,
allá, bajo tus aguas.


Dadme mi número


¿Qué es lo que esperan? ¿No me llaman?
¿Me han olvidado entre las yerbas,
mis camaradas más sencillos,
todos los muertos de la tierra?

¿Por qué no suenan sus campanas?
Ya para el salto estoy dispuesta.
¿Acaso quieren más cadáveres
de sueños muertos de inocencia?

¿Acaso quieren más escombros
de más goteadas primaveras,
más ojos secos en las nubes,
más rostro herido en las tormentas?

¿Quieren el féretro del viento
agazapado entre mis greñas?
¿Quieren el ansia del arroyo,
muerta en mi mente de poeta?

¿Quieren el sol desmantelado,
ya consumido en mis arterias?
¿Quieren la sombra de mi sombra,
donde no quede ni una estrella?

Casi no puedo conn el mundo
que azota entero mi conciencia...

¡Dadme mi número! No quiero
que hasta el amor se me desprenda...
(Unido sueño que me sigue
como a mis pasos va la huella.)

¡Dadme mi número, porque si no,
me moriré después de muerta!

 

Poema del hijo no nacido


Como naciste para la claridad
te fuiste no nacido.

Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.

No quisiste la orilla de la angustia
ni el porqué de unas horas que pasan lentamente
en la vida,
sin dejar un sollozo,
ni un recuerdo,
ni nada.

No quisiste la aurora.
Ni quisiste la muerte.
Rechazaste el olvido,
y en la flauta del aire avanzaste perpetuo.

No quisiste el amor en féretro de olas
ni quisiste el silencio que deja el túnel breve
donde ha dormido el hombre.

Tuyo, inmensamente tuyo,
como naciste para la claridad
te fuiste no nacido,
nardo entre dos pupilas que no supieron nunca
separar el eco de la sombra.

Manantial sin rocíos lastimeros,
pie fértil caminando para siempre en la tierra.

Canción hacia adentro


¡No me recuerdes! ¡Siénteme!
Hay solo un trino entre tu amor y mi alma.

Mis dos ojos navegan
el mismo azul sin fin donde tú danzas.

Tu arco iris de sueños en mí tiene
siempre pradera abierta entre montañas.

Una vez se perdieron mis sollozos,
y los hallé, abrigados, en tus lágrimas.

¡No me recuerdes! ¡Siénteme!
Un ruiseñor nos tiene en su garganta.

Los ríos que me traje de mis riscos,
desembocan tan solo por tus playas.

Hay confusión de vuelos en el aire...
¡El viento que nos lleva en sus sandalias!

¡No me recuerdes! ¡Siénteme!
Mientas menos me pienses, más me amas.


Canción desnuda


Despierta de caricias,
aún siento por mi cuerpo corriéndome tu abrazo.
Estremecida y tenue sigo andando en tu imagen.
¡Fue tan hondo de instintos mi sencillo reclamo!

De mí se huyeron horas de voluntad robusta,
y humilde de razones, mi sensación dejaron.
Yo no supe de edades ni reflexiones yertas.
¡Yo fui la Vida, amado!
La vida que pasaba por el canto del ave
y la arteria del árbol.

Otras notas más suaves pude haber descorrido,
pero mi anhelo fértil no conocía de atajos:
me agarré a la hora loca,
y mis hojas silvestres sobre ti se doblaron.

Me solté a la pureza de un amor sin ropajes
que cargaba mi vida de lo irreal a lo humano,
y hube de verme toda en un grito de lágrimas,
¡en recuerdo de pájaros!

Yo no supe guardarme de invencibles corrientes.
¡Yo fui la Vida, amado!
La vida que en ti mismo descarriaba su rumbo
para darse a mis brazos.

 

Canción amarga


Nada turba mi ser, pero estoy triste.
Algo lento de sombra me golpea,
aunque casi detrás de esta agonía,
he tenido en mi mano las estrellas.

Debe ser la caricia de lo inútil,
la tristeza sin fin de ser poeta,
de cantar y cantar, sin que se rompa
la tragedia sin par de la existencia.

Ser y no querer ser... es la divisa,
la batalla que agota toda espera,
encontrarse, ya el alma moribunda,
que en el mísero cuerpo quedan fuerzas.

¡Perdóname, oh, amor, si no te nombro!
Fuera de tu canción soy ala seca.
La muerte y yo dormimos juntamente...
Cantarte a ti, tan solo, me despierta.



Te quiero


Te quiero...
y me mueves el tiempo de mi vida sin horas.

Te quiero
en los arroyos pálidos que viajan en la noche,
y no terminan nunca de conducir estrellas a la mar.

Te quiero
en aquella mañana desprendida del vuelo de los siglos
que huyó su nave blanca hasta el agua sin ondas
donde nadaban tristes, tu voz y mi canción.

Te quiero
en el dolor sin llanto que tanta noche ha recogido
el sueño;
en el cielo invertido en mis pupilas para mirarte cósmica;
en la voz socavada de mi ruido de siglos derrumbándose.

Te quiero (grito de noche blanca)
en el insomnio reflexivo de donde ha vuelto en pájaros
mi espíritu.

Te quiero...

Mi amor se escapa leve de expresiones y rutas,
y va rompiendo sombras
y alcanzando tu imagen
desde el punto inocente donde soy yerba y trino.

 

Poema de la íntima agonía


Este corazón mío, tan abierto y tan simple,
es ya casi una fuente debajo de mi llano.

Es un dolor sentado más allá de la muerte.
Un dolor esperando... esperando... esperando...

Todas las horas pasan con la muerte en los hombros.
Yo sola sigo quieta con mi sombra en los brazos.

No me cesa en los ojos de golpear el crepúsculo,
ni me tumba la vida como un árbol cansado.

Este corazón mío, que ni él mismo se oye,
que ni él mismo se siente de tan mudo y tan largo.

¡Cuántas veces lo he visto por las sendas inútiles
recogiendo espejismos, como un lago estrellado!

Es un dolor sentado más allá de la muerte,
dolor hecho de espigas y sueños desbandados.

Creyéndome gaviota, verme partido el vuelo,
dándome a las estrellas, encontrarme en los charcos.

¡Yo que siempre creí desnudarme la angustia
con solo echar mi alma a girar con los astros!

¡Oh, mi dolor, sentado más allá de la muerte!
¡Este corazón mío, tan abierto y tan largo!


A Julia de Burgos


Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz,
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;
y el más profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fría muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesanas hipocrecías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta; yo no;
que todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres solo la grave señora señorona;
yo no; yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a todos,
en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento; a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas; a ti todos te mandan;
en ti mandan tu esposo, tus padres, tus parientes,
el cura, la modista, el teatro, el casino,
el auto, las alhajas, el banquete, el champán,
el cielo y el infierno, y el qué dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se lo debes,
mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor social,
somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticias quemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injusto y lo inhumano,
yo iré en medio de ellas con la tea en la mano.

 

Poema perdido en pocos versos


¡Y si dijeran que soy como devastado crepúsculo
donde ya las tristezas se durmieron!

Sencillo espejo donde recojo el mundo.
Donde enternezco soledades con mi mano feliz.

Han llegado mis puertos idos tras de los barcos
como queriendo huir de su nostalgia.

Han vuelto a mi destello las lunas apagadas
que dejé con mi nombre vociferando duelos
hasta que fueran mías todas las sombras mudas.

Han vuelto mis pupilas
amarradas al sol de su amor alba.

¡Oh amor entretenido en astros y palomas,
cómo en rocío feliz cruzas mi alma!

¡Amarilla ciudad de mis tristezas:
soy el verde renuevo de tus ramas!

¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!

Agigantada en cósmicas gravitaciones ágiles,
sin reflexión ni nada...



Dame tu hora perdida


De tu existencia múltiple dame la hora perdida,
cuando vacío de todo, no sientas ni la vida.

Cuando te encuentres solo, tan lejos de ti mismo
que te pese la mera conciencia del mutismo.

Cuando sientas tan fuerte desprecio por lo humano
que hasta de ti te rías, cual de cualquier gusano.

Cuando estés tan distante del farsante murmullo
que deshagas la fórmula de tu arrogante orgullo.

Entonces, ya vacío de todo, con tu nada
acércate a mi senda y espera mi llegada.

Yo te daré la nota más cierta de mi vida.
Tú me darás la nada de tu hora perdida.

Yo te daré inquietudes, sentidas emociones
que turben tu vacío y broten en canciones.

Tú me darás la nada de la inmortal mentira
de eternizar las cosas en su inmortal mentira.

Yo te daré las verdades de todo lo tangible
para pesar la nada de tu vida insensible.

Y así, tú te darás en mí como si fuera
mi vida un aletazo de la ida primavera.

Que nunca ha sido, y siempre se extiende en nuestras almas
como verdad de nada, igual que las no almas.

Y yo me daré en ti como futuro incierto
de tiempos que no han sido, y canción que no ha muerto.

Y alzaremos en ritmo vibrante y alocado
la sublime mentira de habernos encontrado.

Yo, en la nada insensible de tu hora perdida,
y tú, en la también nada de mi frívola vida.



Yo misma fui mi ruta


Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.

A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.

Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos;
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía de adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.

Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.

Y fui toda en mí como fue en mí la vida...

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.



Canción de la verdad sencilla


No es él el que me lleva...
Es mi vida que en su vida palpita.
Es la llamada tibia de mi alma
que se ha ido a cantar entre sus rimas.
Es la inquietud de viaje de mi espíritu
que ha encontrado en su rumbo eterna vía.

El y yo somos uno.
Uno mismo y por siempre entre las cimas;
manantial abrazando lluvia y tierra;
fundidos en un soplo ola y brisa;
blanca mano enlazando piedra y oro;
hora cósmica uniendo noche y día.

El y yo somos uno.
Uno mismo y por siempre en las heridas.
Uno mismo y por siempre en la conciencia.
Uno mismo y por siempre en la alegría.

Yo saldré de su pecho a ciertas horas,
cuando él duerma el color en sus pupilas,
en cada eco bebiéndome lo eterno,
y en cada alba cargando una sonrisa.

Y seré claridad para sus manos
cuando se vuelquen a trepar los días,
en la lucha sagrada del instinto
por salvarse de ráfagas suicidas.

Si extraviado de senda, por los locos
enjaulados del mundo, fuese un día,
una luz disparada por mi espíritu
le anunciará el retorno hasta mi vida.

No es él el que me lleva...
Es su vida que corre por la mía.


El rival de mi Río


Yo te fui contemplando desde la carne al alma,
y me sentí culpable de un extraño delito
que me subía a los ojos en chispeantes miradas,
y se rompía en mi rostro en rubor infinito.

De pronto fue tornándose en pájaro mi boca,
y un sentimiento cósmico inundó mis sentidos;
me escondí en el secreto que estalló en tus pupilas,
y adiviné en tu rostro al rival de mi río.

¡Río Grande de Loíza!... Alárgate en su vida.
¡Río Grande de Loíza!... Alárgate en su espíritu,
a ver si te descubres en la flor de su alma,
o en el sol de sus ojos te contemplas tú mismo.

El tiene en sus caricias el gesto de tu abrazo,
y en sus palabras cuelgan rumores parecidos
al lenguaje que llevas en tu boca de agua
desde el más quieto charco al más agreste risco.

Tú me besaste un día despertándome el alma;
él también me ha besado con un beso tan límpido,
que no sé allá en mi espíritu si posar extasiada
en el beso del hombre o en el beso del río . 

¡Quién sabe si al vestirme con mi traje de carne,
y al sentirte enroscado a mi anhelo más íntimo,
surgiste a mi presencia en el río de sus ojos,
para entregarte, humano, y sentirte más mío!

¡Quién sabe si al bajarte del lomo de la tierra
para besarme toda en un loco delirio,
te humanizaste en su alma, y brotaste en corrientes
que una a una en mi tierra de emoción hizo nido!

¡Oh rival de mi río!... ¿De dónde me llegaste?
¿En algún país remoto te bañaste conmigo,
mientras en otra playa, con alguna doncella
se entregaba en amores mi voluptuoso río?

¿Me sorprendiste acaso en algún aguacero
violando claridades y callando suspiros,
portavoz ambulante de una raza de agua
que me subió a las venas en un beso del río?

¡Río Grande de Loíza!... Yo lo fui contemplando
desde la carne al alma: ese fue mi delito.
Un sentimiento cósmico estremeció mi vida,
y me llegó el amor... tu rival presentido.

El encuentro del Hombre y el Río


Recuerdo que los árboles recogieron sus sombras,
pálidos como sueños paralelos a mi alma.
Nubes recién bañadas se asomaron a verme
y un silencio de pájaros adornó mi llegada.

(Aparecía en el valle la luz de aquella niña
que venía por las tardes a seguir las quebradas.
La novia del Río Grande dibujaba a lo lejos
su rostro hecho de plumas y caricias de agua.

Volvía la amante suave, por los ojos del río,
la adolescente frágil que su cuerpo entregaba,
la que se fuera en las noches a espiar las estrellas,
y que un día entre los hombres su vestido enredara.)

Mariposas que nunca levantaron el vuelo
fueron a dar al río la noticia anhelada.
Cuentan las margaritas que por breves momentos
la emoción de mirarme le detuvo las aguas.

(Desde aquel vago instante en que perdí su senda,
no levantó los ojos, ni enamoró más algas.
Me imaginaba siempre jugando en las orillas,
o dormida de amor, sobre su blanda espalda.

Envuelta en el misterio de ser mujer o sueño,
yo caminaba a ciegas sobre mi propia alma.
De frente, mi amor loco por el río se encendía,
y a mi lado, mi amante, la emoción me inundaba.

Cuando perdí en mis pasos el impulso del río,
me le solté a la vida con voz desesperada,
y ya dura de golpes, sorprendí entre mis años,
una mano que en luces mi dolor levantaba.

Yo le amé, por sus hondas incursiones celestes,
que callaron el hondo silencio de mi alma,
y noté que mis venas se poblaban de instintos
cada vez que sus brazos con mis brazos rozaban.

Su amor fue recogiendo los vírgenes paisajes
que al río, en su locura de amor, se le olvidaran; 
y la humana corriente que saltó de su anhelo,
fue más ancha que el mar, y más fuerte que el agua.

Recuerdo que algún día yo le hablé de mi río,
y una como tormenta se agitó en sus entrañas.
No sé si fue mi pecho que tembló de recuerdo,
o si fueron mis ojos que asomaron nostalgias.

Me tomó de la mano como flor de misterio,
y siguió los guijarros que un día desandara.
Así fue que los valles recobraron inquietos
la chiquilla silvestre del sendero de plata.

Por un instante el alma se me fue de los pasos,
y me olvidé la vida, y me doblé las alas:
por entre las cortinas de extraviados relámpagos,
enteros de verdad, hombre y río se miraban...

¡Nunca tuvo más fuentes la bondad de mi amante!
¡La locura del río nunca tuvo más alma!
Los dos, claros de fuerza, se amaron en mi espíritu,
y besaron a un tiempo, mi emoción que lloraba.

Unos juncos morados que a mi lado dormían
recogieron el eco de unos labios de agua:
dicen lirios ingenuos que los juncos sensibles
nunca se despertaron por no herir la montaña.

(Tal vez en lo más íntimo del corazón del río
presenciaron los lirios una muerte de alma...)


LUIS PALÉS MATOS

Esa mujer


Esa mujer se parece a mi madre.
A mi madre, perdida en la distancia
del pueblo viejo, donde estará ahora
cayendo un agua cadenciosa y mansa.

Esa mujer se parece a mi madre.
Yo siento la onda azul de su mirada
envolviéndome en una cosa tibia
de mansedumbre, de éxtasis, de alma.

A fuerza de sufrir se ha vuelto buena,
a fuerza de llorar se ha vuelto diáfana,
a fuerza de callar se ha vuelto triste,
a fuerza de querer se ha vuelto santa...

Esa mujer se parece a mi madre.
¡Oh, qué deseos tengo de abrazarla
contra mi corazón; ver sus arrugas;
besar la nieve noble de sus canas,
y lavar mis pecados y mis vicios
en el rocío puro de sus lágrimas!

Esa mujer se parece a mi madre.
Transportado, no dejo de mirarla,
sin poder explicarme este momento
sentimental porque mi vida pasa...
A mi madre, perdida en la distancia
del pueblo viejo, donde estará ahora
cayendo un agua cadenciosa y mansa.



Pabellón rojo


Porque tu carne difunde una vaga
claridad zodiacal y hialina
cuando estás en las sombras desnuda,
seas bendita.

Porque tu cuerpo parece una antorcha
en la alcoba nupcial encendida
para alumbrar las tragedias profundas,
seas bendita.

Porque al contacto del beso resurges
como una fronda de zarza florida
y desgarras con uñas y dientes,
seas bendita.

Porque bajo mis hombros ondulas
como una honda y cálida linfa
y tus brazos arrollan como olas,
seas bendita.

Porque tu carne es la yesca abrasada
por el fuego interior que crepita
en combustiones monstruosas de ansia,
seas bendita.

Porque tu vientre es la tierra fecunda
en donde cuaja la heroica semilla
y eres como un gran predio salvaje,
seas bendita.

Seas bendita porque eres el fuego.
Seas bendita porque eres la linfa.
Seas bendita porque eres la tierra.
¡Seas bendita!



Oración


Para que haya pan blanco en nuestra mesa
y cada sol realice una promesa.

Para que hoy se renueve lo ayer hecho
y cada noche sea nuevo el lecho.

Para que esté fecunda tu belleza
como tu madre la naturaleza.

Para que lo que siembren nuestras manos
no lo coman orugas ni gusanos.

Para que tu velamen de azucena
se hinche de amor en la sensual faena.

Para que por la concha de tu vientre
una harina de perla se concentre,

y cuaje, tras recóndito amasijo,
en el fruto seráfico del hijo.

Para que haya una sábana de armiño
y un caballo con alas para el niño.

Para que haya una aguja laboriosa
para la mano de la buena esposa.

Para que el hombre en el taller propicio
sobreponga la ciencia de su oficio.

Y así, por tu favor y nuestro tino,
florecerá el hogar sobre el camino,
y estará murmurándole al que pasa:
-agua fresca, salud. Esta tu casa-
Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero. Amén.


Dilema


Contigo estoy perdido, contigo estoy salvado.
Eres gozo y tormento, sentencia y redención.
Por ti desciendo al vórtice llameante del pecado,
por ti alcanzo la gracia divina del perdón.

Arcángel o demonio, me tienes condenado
a este vivir de muerte que arrastra el corazón.
Pasas -soplo del cielo- por mi amor angustiado,
y me quemas la sangre como una maldición.

Tu voluntad me ha hecho mendigo o potentado.
Júbilo y desaliento pones en mi canción.
Soy, en tus manos crueles, el burlador burlado,

y en el torvo dilema que afronta mi pasión,
te amo, con el más negro odio desesperado,
te odio, con las más clara y limpia adoración.


Yo adoro


Yo adoro a una mujer meditabunda
de larga y ondulosa cabellera,
que va agrandando el surco de su ojera
con el riego de llanto que la inunda.

Esta blanca sonámbula, ¿qué espera?
¿De qué novela trágica y profunda
ama el protagonista que circunda
de amor su joven alma lastimera?

Yo adoro esta obstinada soñadora.
La realidad en ella se colora
con una novelesca fantasía;

y la adoro sin prisa ni demencia,
con una suave y mística paciencia
¡porque yo sé que nunca será mía!



Los funerales del amor


Alegoría


El cielo sucio del creyón, el viento
sugeridor de danzas espectrales;
las montañas monstruosas en la cruda
pesadez de la atmósfera; las calles
sombrías y terribles con sus casas
húmedas y sus hórridos zaguanes,
y con la pesadilla lujuriosa
de sus hombres sanguíneos y carnales.

Ella estará aburrida
viendo tras los cristales
de su ventana, cómo van cuajando
las sombras de las nubes. El paisaje:
afilados cipreses, tierras blancas,
rocas de cal y caminos de almagre,
se rendirá en un bíblico sosiego,
y la pompa enfermiza de la tarde
perderá el oro vago de sus lustres
en las espesas brumas fantasmales.

Habrá una hilera lila
y en beatitud de tenebrosos frailes,
a cuyos puntiagudos cráneos secos
dará un macabro fósforo la tarde.

Entonces ella sentirá en el alma
congelársele informes claridades,
inmensos candelabros esqueléticos,
cirios gastados como tiernas carnes,
y un leve hedor de rosas putrefactas,
húmedas de rocío y de vinagre.
Después, las blandas tierras removidas,
y el rumor de las palas implacables.
Se tapará los ojos
y una campana doblará en la tarde,
mientras bajo las sombras pensativas
de los cipreses orarán los frailes.

Luego, la inanidad, los horizontes
inútiles, las torvas soledades,
afilados cipreses, tierras blancas,
rocas de cal y caminos de almagre,
y una luna sulfúrica y tremenda
toda bañada en sangre.


Danza negra


Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
Es el sol de hierro que arde en tombuctú.
Es la danza negra de Fernando Póo.
El cerdo en el fango gruñe: pru-pru-prú.
El sapo en la charca sueña: cro-cro-cró.
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.

Rompen los junjunes en furiosa ú.
Los gongos trepidan con profunda ó.
Es la raza negra que ondulando va
en el ritmo gordo del mariyandá.
Llegan los botucos a la fiesta ya.
Danza que te danza la negra se da.

Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.

Pasan tierras rojas, islas de betún:
Haití, Martinica, Congo, Camerún;
las papiamentosas antillas del ron
y las patualesas islas del volcán,
que en el grave son
del canto se dan.

Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.
Es la danza negra de Fernando Póo.
El alma africana que vibrando está
en el ritmo gordo del mariyandá.

Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.




Preludio en boricua


Tuntún de pasa y grifería
y otros parejeros tuntunes.
Bochinche de ñañiguería
donde sus cálidos betunes
funge la congada bravía.

Con cacareo de maraca
y sordo gruñido de gongo,
el telón isleño destaca
una aristocracia macaca
a base de funche y mondongo.

Al solemne papalúa haitiano
opone la rumba habanera
sus esguinces de hombro y cadera,
mientras el negrito cubano
doma la mulata cerrera.

De su bachata por las pistas
vuela Cuba, suelto el velamen,
recogiendo en el caderamen
su áureo niágara de turistas.

(Mañana serán accionistas
de cualquier ingenio cañero
y cargarán con el dinero...)

Y hacia un rincón -solar, bahía,
malecón o siembra de cañas-
bebe el negro su pena fría
alelado en la melodía
que le sale de las entrañas.

Jamaica, la gorda mandinga,
reduce su lingo a gandinga.
Santo Domingo se enminga
y en cívico gesto imponente
su numen heroico respinga
con cien odas al Presidente.
Con su batea de ajonjolí
y sus blancos ojos de magia
hacia el mercado viene Haití.
Las antillas barloventeras
pasan tremendas desazones,
espantándose los ciclones
con matamoscas de palmeras.

¿Y Puerto Rico? Mi isla ardiente,
para ti todo ha terminado.
En el yermo de un continente,
Puerto Rico, lúgubremente,
bala como cabro estofado.

Tuntún de pasa y grifería,
este libro que va a tus manos
con ingredientes antillanos
compuse un día...

... y en resúmen, tiempo perdido,
que me acaba en aburrimiento.
Algo entrevisto o presentido
poco realmente vivido
y mucho de embuste y de cuento.



Majestad negra


Por la encendida calle antillana
va Tembandumba de la Quimbamba
-Rumba, macumba, candombe, bámbula-
entre dos filas de negras caras.
Ante ella un congo -gongo y maraca-
ritma una conga bomba que bamba.

Culipandeando la Reina avanza,
y de su inmensa grupa resbalan
meneos cachondos que el gongo cuaja
en ríos de azúcar y de melaza.
Prieto trapiche de sensual zafra,
el caderamen, masa con masa,
exprime ritmos, suda que sangra,
y la molienda culmina en danza.

Por la encendida calle antillana
va Tembandumba de la Quimbamba.
Flor de Tortola, rosa de Uganda,
por ti crepitan bombas y bámbulas;
por ti en calendas desenfrenadas
quema la Antilla su sangre ñáñiga.
Haití te ofrece sus calabazas;
fogones rones te da Jamaica;
Cuba te dice: ¡dale, mulata!
Y Puerto Rico: ¡melao, melamba!

¡Sús, mis cocolos de negras caras!
Tronad, tambores; vibrad, maracas.
Por la encendida calle antillana
-Rumba, macumba, candombre, bámbula-
> va Tembandumba de la Quimbamba.


Mulata - Antilla


En ti ahora, mulata,
me acojo al tibio mar de las Antillas.
Agua sensual y lenta de melaza,
puerto de azúcar, cálida bahía,
con la luz en reposo
dorando la onda limpia,
y el soñoliento zumbo de colmena
que cuajan los trajines de la orilla.

En ti ahora, mulata,
cruzo el mar de las islas.
Eléctricos mininos de ciclones
en tus curvas se alergan y se ovillan,
mientras sobre mi barca va cayendo
la noche de tus ojos, pensativa.

En ti ahora, mulata...
¡oh, despertar glorioso en las Antillas!
bravo color que el do de pecho alcanza,
música al rojo vivo de alegría,
y calientes cantáridas de aroma
-limón, tabaco, piña-
zumbando a los sentidos
sus embriagadas voces de delicia.

Eres ahora, mulata,
todo el mar y la tierra de mis islas.
Sinfonía frutal cuyas escalas
rompen furiosamente en tu catinga.
He aquí en su verde traje la guanábana
con sus finas y blandas pantaletas
de muselina; he aquí el caimito
con su leche infantil; he aquí la piña
con su corona de soprano... Todos
los frutos ¡oh mulata! tú me brindas,
en la clara bahía de tu cuerpo
por los soles del trópico bruñida.

Imperio tuyo, el plátano y el coco,
que apuntan su dorada artillería
al barco transeúnte que nos deja
su rubio contrabando de turistas.
En potro de huracán pasas cantando
tu criolla canción, prieta walkiria,
con centelleante espuela de relámpagos
rumbo al verde Walhalla de las islas.

Eres inmensidad libre y sin límites,
eres amor sin trabas y sin prisas;
en tu vientre conjugan mis dos razas
sus vitales potencias expansivas.
Amor, tórrido amor de la mulata,
gallo de ron, azúcar derretida,
tabonuco que el tuétano te abrasa
con aromas de sándalo y de mirra.
Con voces del Cantar de los Cantares,
eres morena porque el sol te mira.
Debajo de tu lengua hay miel y leche
y ungüento derramado en tus pupilas.
Como la torre de David, tu cuello,
y tus pechos gemelas cervatillas.
Flor de Sarón y lirio de los valles,
yegua de Faraón, ¡oh Sulamita!

Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico,
fogosas y sensuales tierras mías.
¡Oh los rones calientes de Jamaica!
¡Oh fiero calalú de Martinica!
¡Oh noche fermentada de tambores
del Haití impenetrable y coduista!
Dominica, Tortola, Guadalupe,
¡Antillas, mis Antillas!
Sobre el mar de Colón, aupadas todas,
sobre el Caribe mar, todas unidas,
soñando y padeciendo y forcejeando
contra pestes, ciclones y codicias,
y muriéndose un poco por la noche,
y otra vez a la aurora, redivivas,
porque eres tú, mulata de los trópicos,
la libertad cantando en mis Antillas.


La búsqueda asesina (Poema Inconcluso)


Yo te maté, Filí-Melé: tan leve
tu esencia, tan aérea tu pisada,
que apenas ibas nube ya eras nieve,
apenas ibas nieve ya eras nada.

Cambio de forma en tránsito constante,
habida y transfugada a sueño, a bruma...
Agua-luz lagrimándose en diamante,
diamante sollozándose en espuma.

Fugacidad, eternidad... ¿quién sabe?
¿Cómo seguir tu alado movimiento?
¿De qué substancia figurar tu clave,
y con qué clave descifrar tu acento?

Yo te maté, Filí-Melé: buscada
a sordos tumbos ciegos, perseguida
con voz sin cauce, con afán sin brida;
allá en agua de sombras resbalada
sobre arena de estrellas encendida;
allá en tumulto de olas espumada
-flor instantánea al aire suspendida- por la gracia y la luz arrebatada
y en aire sin recuerdo devenida.
De sol a sol, jornada tras jornada,
desde la puesta hasta la amanecida;
tenso afán de tenerte y penetrarte
mi amor ya no fue amor para quererte,
era viento de sangre para ahogarte,
red de oscura pasión para envolverte.

¡Oh lirio, oh pan de luz, oh siderado
copo de espuma virgen que con fiero
y súbito ademán hube tronchado!
¿Cómo volverte a tu fulgor primero?

Eras en mí, dentro de mí, presencia
vital de amor que el alma sostenía,
y para mí, fuera de mí, en ausencia,
razón del ser y el existir: poesía.

Y ahora,
silencio, soledad, quietud que añora...

¿Qué trompa de huracán hace más ruido
que este calmazo atroz que me rodea
y me tiene sin aire y sin sentido,
sordo de verbo y lóbrego de idea,
y que se anuda a mí con cerco fiero
en yelo ardiente y negro congelado,
cual detrito de acoso y desespero
por mi íntima tensión centrifugado?

Zumbel tú, yo peonza. Vuelva el tiro,
aquel leve tirar sobre el quebranto
que a masa inerte dábale pie y giro
haciéndola cantar en risa y llanto
y en sonrisa y suspiro...
¡Vuelva, zumbel, el tiro,
que mientras tires tú me dura el canto!


Pueblo


¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
donde mi pobre gente se morirá de nada!
Aquel viejo notario que se pasa los días
en su mínima y lenta preocupación de rata;
este alcalde adiposo de grande abdomen vacuo
chapotando en su vida tal como en una salsa;
aquel comercio lento, igual, de hace diez siglos;
estas cabras que triscan el resol de la plaza;
algún mendigo, algún caballo que atraviesa
tiñoso, gris y flaco, por estas calles anchas;
la fría y atrofiante modorra del domingo
jugando en los casinos con billar y barajas;
todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas
en este pueblo viejo donde no ocurre nada,
todo esto se muere, se cae, se desmorona,
a fuerza de ser cómodo y de estas a sus anchas.

¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo!
Sobre estas almas simples, desata algún canalla
que contra el agua muerta de sus vidas arroje
la piedra redentora de una insólita hazaña...
Algún ladrón que asalte ese Banco en la noche,
algún Don Juan que viole esa doncella casta,
algún tahur de oficio que se meta en el pueblo
y revuelva estas gentes honorables y mansas.

¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
donde mi pobre gente se morirá de nada!


VIRGILIO DAVILA

La Tierruca


Es el móvil Oceano
gran espejo
donde luce como adorno sin igual
el terruño borincano
que es reflejo
del perdido paraíso terrenal.

Son de fáciles pendientes
sus colinas,
y en sus valles de riquísimo verdor
van cantando bellas fuentes
cristalinas,
como flautas que bendicen al Creador.

Primavera sus mejores
atributos
nuestra siempre generosa en Borinquen.
En los campos siempre hay flores,
siempre hay frutos:
¡Es Borinquen la mansión de todo bien!

Así nace el puro ambiente
que respiro,
y se asienta la morada en que nací,
y ese sol resplandeciente
que yo admiro,
aquí nace, aquí brilla, y muere aquí.

De mis padres fue la cuna
y ella encierra
las más sanas afecciones de mi ser.
¡Yo no cambio por ninguna
esta tierra
donde tuve el privilegio de nacer!

Es el móvil Oceano
gran espejo
donde luce como adorno sin igual
el terruño borincano
que es reflejo
del perdido paraíso terrenal.


Lo que dice la tierruca


Mediaba ya la noche, y en la imponente calma
la voz de la tierruca metióse por mi alma.
¡Oid lo que decía!
¡Porque ella es vuestra madre, lo mismo que es la mía!

"El mar cantó sus ansias, y en un abrazo ardiente
ciñó a la hermosa tierra del Nuevo Continente;
y gloria del Eterno, del mundo maravillos,
de aquel abrazo ardiente surgieron las Antillas."

"Yo soy una de ellas. Borinquen es mi nombre,
y tengo, cual ninguna, la admiración del hombre."

"Un príncipe que irradia más brillo que el rubí,
que todo cuanto mira lo llena de arrebol,
al contemplar mis galas, se enamoró de mí.
Yo le amo, y soy la esposa de ese príincipe: ¡el Sol!"

"Porque soy de mi padre la más grata delicia,
él me tiene en sus brazos, me arrulla y me acaricia.
Porque soy de mi esposo el más grato embeleso,
me manda en cada beso
los vívidos matices que extiende en su paleta,
bordando de primores mi túnica gentil.
(En mi campo y mi cielo pinta el rojo, el violeta,
el gualda, azul y flavo, el verde y el añil)."

"Mi padre da el tesoro divino de sus aguas.
Mi esposo, con el fuego potente de sus fraguas,
les quita la amargura;
las baña de dulzura,
y las transforma en mieles
en el laboratorio del tallo de mis cañas;
les lleva a que fecunden mis plácidos verjeles,
y hagan cuajar el grano, señor de mis montañas,
y amante las dirige al seno de mis rocas
para que surja el hilo que, después arroyuelo,
deleite con su linfa las sitibundas bocas,
y perle de mis faldas el vaporoso vuelo."

"¡Ya ves! Padre y esposo me dan en holocausto
lo que mi vida llena de incomparable fausto,
y todo lo que tengo, y todo lo que soy,
a ti, que en mí naciste, ufana te lo doy,
no más con que en mi suelo, por toda pleitesía,
realices del Trabajo la santa hegemonía."

"Yo te daré la copa de lícitos placeres;
la no igualada esencia que flota en mi campiña,
el bello panorama de mis amaneceres,
el corazón sin dolo de la impoluta niña
que tiene por guedejas hilachas de la noche,
por tez, el róseo nácar de fino caracol,
para el festín del beso, un perfumado broche,
y bajo sus pestañas, el fuego de mi sol."

"Regalaré tu oído con la divina orquesta
de las canoras aves que en mi gentil floresta
nos dicen su cantar,
y arrullarán tu sueño la voz de mi cascada,
la charla peregrina de mi sutil quebrada,
la risa de mis silfos, y el trueno de mi mar."

"Para obtener los hilos de perlas orientales,
y cuarzos, y esmeraldas, y primorosos chales
que de tu amada eleven el mágico esplendor,
darán oro, el cafeto que vive en mis montañas,
el jugo de mis cañas,
y de mis naranjales el globo ignicolor."

"En cambio -ya lo dije- de los brillantes dones
con que sembrar anhelo de dichas tu vivir,
conságrale el trabajo fecundas oblaciones
que brinden a tu patria soberbio porvenir."

"Si el campo te enamora, oficia de labriego,
y ofrece a mis entrañas de tu sudor el riego.
Si de la muchedumbre ser redentor prefieres,
tu corazón aleja del sórdido egoísmo;
predica al ignorante que cumpla sus deberes,
y dale, con tu ejemplo, lecciones de civismo."

"Canta, si eres poeta,
mis regios esplendores;
si émulo de Murillo, surja de tu paleta
la copia de mis llanos, mis cumbres y mis flores,
y haz, si, mentor, diriges la cándida niñez,
que de la patria sea gloria, y orgullo, y prez."

"Jamás por necia moda reniegues del pasado,
ni a cuanto da el presente le brindes tus loores.
¡Fulgores y negruras España nos ha dado!
¡De América nos vienen negruras y fulgores!
Haz que conserven puras sus almas mis doncellas,
para que siempre brillen con resplandor de estrellas;
que el fuego en los hogares no extingan mis matronas,
para que brillen siempre sus fúlgidas coronas."

"Mantén esplendoroso tu idioma peregrino
y el culto hacia lo bello que te legó el latino,
y del sajón emula, como altas cualidades,
su orgullo por la patria y sus actividades.
Sé Washington en eso de odiar la tiranía;
pero sé don Quijote en punto a cortesía.
¡El gesto del gran Roosevelt admira con tesón,
sin olvidar el gesto de Alfonso de Borbón,
y ten, de ibero y yankee, la hermosa valentía.
Así será el criollo, en no lejano día,
más grande que el latino, más grande que el sajón!"

"No vendas al extraño ni un jeme de mi suelo,
porque vender mi suelo será venderme a mí;
y cuando el alma tuya remonte a Dios el vuelo,
la fosa que te guarde cobíjela mi cielo,
para que me devuelvas lo mismo que te di."

Tal dijo la tierruca. Con pálidos fulgores
iluminó la aurora la bella lejanía.
Las aves despertaron, abriéronse las flores,
y el atiempo que en la tierra, en mi alma amanecía.



El jíbaro


En la montaña, junto al río,
y bajo el techo de un bohío
que el buen labriego de mi padre tejió con yaguas del palmar,
llegué a la vida en esa hora
en que la tierra se colora,
porque recibe apasionada el primer ósculo solar.

Tuve el trabajo por escuela;
tostó mi cuerpo la candela
del astro rubio que a Borinquen le pone trajes de arrebol;
bebí del campo la alegría,
y soy alegre como el día,
como la abeja laborioso, y tan ardiente como el sol.

Surge la aurora,, y de la cama,
oigo el pitirre que me llama
con sus canciones monorrítmicas desde lo alto de un cupey;
el lecho dejo con premura;
llevo mi daga a la cintura,
y con orgullo de cacique poso mi planta en el batey.

Si el caminante se extravía,
se abre una puerta, que es la mía;
para las mozas que conozco, siempre en mi labio hay una flor;
para el que ofende a mi terruño
tengo el perrillo y tengo el puño,
y mi desprecio más solemne para el servil, para el traidor.

Es mi delirio mi caballo;
en las contiendas de mi gallo,
es la victoria, y no el dinero, lo que cautiva mi interés;
no hay, como yo, quien salve un risco,
ni quien domine un potro arisco,
ni quien soporte la fatiga en seguimiento de una res.

Yo bailo el seis y la cadena
con en la tierra macarena
puede bailar un zapateado el más donoso bailarín;
tengo ribetes de coplero,
y al son del tiple vocinglero,
décimas bellas da ni numen, como da flores el jardín.

Yo sé del libro de un Cervantes
que, con sus prosas elegantes,
en un hidalgo -Don Quijote- a todo un pueblo retrató;
sé del hidalgo alguna hazaña;
y si ese hidalgo era de España,
poner en duda no es posible que de españoles vengo yo.

Desde la hora placentera
en que se anima la pradera,
hasta que el sol, como un borracho, va en los abismos a caer,
en los rastreron batatales,
en los hojosos platanales,
doy a la tierra donde aliento las energías de mi ser.

Si entre las hojas de esmeralda
de la riquísima guirnalda
en que el cafeto enreda al monte desde su base hasta su fin
lucen cual pálidas estrellas
las olorosas flores bellas
que son más tarde granos verdes y luego granos de carmín.

Si por diciembre cubre al llano
el aterciopelado soberano
con que a Borinquen da prestigio el ondulante tabacal;
si espigas dan los arrozales,
y dan mazorcas los maizales,
y brinda glóbulos de fuego el rumoroso naranjal.

Si de la caña los flautines
llevan a todos los confines
el nombre augusto de la patria como el de un nuevo Potosí,
esta magnífica riqueza,
esta aureola de grandeza
con que se nimba mi terruño, ¿a quién la debe, sino a mí?

¡Ved la campiña de mi tierra!
¡Cuanto ella vale, cuanto encierra,
es el producto generoso de mi fructífera labor!
Ved la campiña... ¡y ved si miente
el que me tacha de indolente,
y con el jugo de mi vida pasa la vida a su sabor!


La jibarita


Por la vereda angosta que baja de la sierra
y con el calabazo terciado en el cuadril,
poblando viene el aire de rústicas canciones
la jibarita anémica, la jibarita triste,
como una flor escuálida de malogrado abril.

¡Y es bella! Son sus ojos humedecidas murtas
prendidas en jirones de cielo tropical,
su talle y pie menudos; sus labios fueron hechos
de la rosada pulpa que brinda la guayaba,
y son sus blancos dientes botones de azahar.

Allá en la verde cumbre levántase el bohío
de yaguas superpuestas a débil armazón;
en él jamás penetra la luz de la alegría;
lo bañan a su antojo las lluvias torrenciales,
y mécelo a su antojo del ábrego el furor.

Y allí ¡la pobre! habita... Su traje es un harapo
que cubre a duras penas su cuerpo virginal;
algún jergón le sirve de lecho miserable,
y raros son, muy raros, los venturosos días
en que sus manos tocan el codiciado pan.

Por eso en sus canciones se nota el dejo amargo
del que la ausencia llora de un suspirado bien;
por eso cuando ríe parece que solloza
la bella adolescente de talle y pie menudos
que alberga en sus montañas la pobre Borinquen.

Simbólica figura de esta región tendida
entre apacibles mares y cielo de zafir,
allá va con su carga por la vereda angosta
la jibarita anémica, la jibarita triste,
como una flor escuálida de malogrado abril.


No des tu tierra al extraño


No des tu tierra al extraño
por más que te pague bien.
El que su terruño vende
vende la patria con él.


Dios, el mundo concluido,
tiróle un beso al azar;
y el beso cayó en el mar,
y es la tierra en que has nacido.

En ella formas tu nido,
de amor rendido al amaño;
ella un año y otro año
te brinda con su tesoro;
ella vale más que el oro.
¡No des tu tierra al extraño!

Mira sus campos. Arriba
es ornato de la loma
la breve y fragante poma
del café, púrpura viva.

Fruto que la mente aviva
y es del criollo sostén
al par que orgullo. Si hay quien,
extraño, quiera tu suelo,
que no se colme su anhelo
por más que te pague bien.

De sus llanos la grandeza
admira la gente extraña.
En ellos canta la caña
la canción de la riqueza.

Como una enorme turquesa
allá el tabacal se extiende.
¡La imaginación se enciende
ante ese cuadro admirable!
¡Qué bajo y qué miserable
el que su terruño vende!

En la playa el cocotero,
con su penacho elegante,
es asombro al navegante
y tentación al logrero.

No des por ningún dinero
tu pedazo de verjel,
que eres tú patriota fiel
y de legítimo cuño,
y el que vende su terruño
vende la patria con él.

Nostalgia


"¡Mamá! ¡Borinquen me llama!
¡Este país no es el mío!
¡Borinquen es pura flama,
y aquí me muero de frío!"


Tras el futuro mejor
el lar nativo dejé,
y mi tienda levanté
en medio de Nueva York.

Lo que miro en derredor
es un triste panorama,
y mi espíritu reclama
por honda nostalgia herido
el retorno al patrio nido.
¡Mamá! ¡Borinquen me llama!

¿En dónde aquí encontraré
como en mi suelo criollo
el plato de arroz con pollo,
la taza de buen café?

¿En dónde, en dónde veré,
radiantes en su atavío,
las mozas, ricas en brío,
cuyas miradas deslumbran?
¡Aquí los ojos no alumbran!
¡Este país no es el mío!

Si escucho aquí una canción
de las que aprendí en mis lares
o una danza de Tavárez,
Campos, o Dueño Colón,
mi sensible corazón
de amor patrio más se inflama,
y heraldo que fiel proclama
este sentimiento santo,
viene a mis ojos el llanto...
¡Borinquen es pura flama!

En mi tierra, ¡qué primor!
En el invierno más crudo
ni un árbol se ve desnudo,
ni una vega sin verdor.

Priva en el jardín la flor,
camina parlero el río,
el ave en el bosque umbrío
canta su canto arbitrario,
y aquí... ¡La nieve es sudario!
¡Aquí me muero de frío!


Elegía de Reyes


Ahora es igual que los otros
el que fue nuestro gran día.
¡Ay! ¡Madre Melancolía!
¡Que ya no somos nosotros!


Tiempos atrás, al acento
del tiple y de la maraca,
saltaba yo de la hamaca
entusiasmado y contento.

Mas ahora salir no intento
ni en el mejor de mis potros;
que el reyar para nosotros
no es el que enantes solía.
¡Ay! ¡Nuestro clásico día
ahora es igual que los otros!

¡Llora! ¡Llora, corazón
que ves pasar al olvido
lo que en nosotros ha sido
encanto, dicha, ilusión!

¡Ya se fue la tradición
que más nuestros nos hacía!
¡Ay! ¡Madre Melancolía!
¡Que ya no somos nosotros!
¡Ahora es igual que los otros
el que fue nuestro gran día!

Ya en el batey no me espera
para ser mi cumarracha
la decidora muchacha
fresca, linda y sandunguera.

Ya la copla lisonjera
no bulle en la mente mía.
Ya no fulgura este día
como en los años que se fueron...
¡Ya los Reyes se murieron!
¡Ay! ¡Madre Melancolía!

Asoma ya el seis de enero
que antaño aguardé impaciente
para montar diligente
en mi chiringo jobero.

¿A qué salir al sendero
si en él no piafan los potros?
¿Si ahora, es igual que los otros
el que fue nuestro gran día?
¡Ay! ¡Madre Melancolía!
¡Que ya no somos nosotros!


Visión del porvenir


¡Ay! ¡Qué soberbia cúpula tu cielo!
¡Qué emporio de colores tu llanada,
y qué ricos estuches tus colinas,
y qué beso inefable el de tus auras,
y qué mar apacible el que, amoroso,
en holocausto a tu beldad, te canta!

¡Qué mísero! ¡qué triste!
¡qué lleno de infortunio
quien no ha visto jamás tu sol espléndido
abrir en el oriente su capullo,
no vio la luz de tus estrellas pálidas,
ni gozó de tus dulces plenilunios!

¡Oh, la música grata de tus mares,
y el alegre bullir de tus cascadas,
y las risas del silfo cuando juega
en los airones de tus rubias cañas,
y el trino de tus pájaros canoros,
y el madrigalizar de tus fontanas,
y la queja de amor que da a los aires,
al son de la guitarra,
el rimador de sueños,
lamentando el desdén de la que ama!

¡Eres una canción, eres un himno
que brota de mil arpas,
y que, por darle adoración cumplida,
el Universo a su Creador levanta!

¡Qué grato olor despide el limonero
de sus albas corolas!
¡Qué grato olor el arrayán del bosque!
¡Cómo huelen tus rosas,
y qué perfume dan tus madreselvas,
tus claveles, tus lirios y tus violas!

¡Eres un pebetero
donde la tierra pone sus aromas
para que jueguen con la brisa, y vayan
hasta Dios mismo, en calidd de orobias!

¡Calida tierra mía!
¡Con qué orgullo te veo,
dueña de tus destinos,
libre como las aves en el viento,
celebrando tus bodas
-enamorada hurí- con el Progreso!
¡Patria de mis mayores!
¡Hogar de mis ensueños!
¡Qué placer inefable
este placer que siento,
al ver salir el humo de tus fábricas,
multiplicarse del saber tus templos,
y atravesar los mares
en navíos soberbios,
con noble afán de conquistar el orbe,
los ricos frutos del vergel riqueño!
¡Cuál mi delicia al percibir el vaho
de tu humífero suelo,
cuando el corte recibes
de la reja de acero,
para que el sol fecunde tus entrañas,
y te abone la lluvia con sus besos,
y la gramínea en sus flautines de oro
cante la gloria de tu valle espléndido,
y nos deslumbre el tabacal undoso
con sus verdes y raros terciopelos,
y luzcan esmeraldas y rubíes
en sus ligers copas los campos
y su altivez de emperatriz la piña,
y el naranjal sus glóbulos de fuego!

¡Ay! ¡Qué matronas las que a ti te ilustran,
y que varones los que en ti batallan,
y qué doncellas las que en ti suspiran,
y qué poetas los que a ti te cantan!

Yo en ti he nacido, y en tu valle hermoso
quiero dormirme de la muerte al beso,
para volver a tu bendita entraña...
¡porque todo lo mío te lo debo!
¡Yo te debo el sentir de mis cantares,
la lumbre que destella en mi cerebro,
las fibras de mis músculos,
el arpa de mis nervios,
la sangre de mis venas,
y la cal de mis huesos!

¡Qué placidez la de la muerte mía
si, al hundirme en la fosa,
me acompañara la visión radiante
de que, al surgir en épocas remotas
los elementos que mi ser integran
de ese crisol que todo lo transforma,
han de ofrecer en tu conjunto egregrio
alarde rico de belleza y gloria,
siendo pluma, en el ala
de alguna de tus aves más canoras;
una perla en el fondo de tus mares;
un hilo de tus linfas nemorosas;
un granito de oro en tu montaña;
en tu vergel, un pétalo de rosa;
un átomo de fósforo, en el cráneo
de tu hijo más patriota;
una chispa de numen en la mente
del bardo que pregone tus victorias,
y una gota de sangre
del corazón de una mujer criolla!



 

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