Ocurre, a veces, cuando observamos el arte que nos es contemporáneo,
que nos sorprende por un cierto "atrevimiento", y así es si lo miramos
con el pensamiento monolítico de la estética clásica o clasicista, sin
pararnos a meditar que las variables estéticas de otros siglos, épocas
y países, fueron el resultado de las complejas circunstancias que en
cada tiempo y lugar han presidido la vida de los hombres. Por ello,
al acercarnos a cualquier exposición de arte de los últimos años, es
preciso considerar el tiempo que vivimos con sus bondades y sus problemas,
con sus avances y soluciones, pues el artista no es en absoluto un ser
ajeno a la realidad, sea la propia o la circundante, sino que está plenamente
inserto en el mundo que le ha tocado vivir y es de este universo del
que extrae sus propias experiencias estéticas. El ejercicio de la creación
artística es el resultado de muchos componentes que se acumulan y funden
entre sí, configurando el aprendizaje y la experiencia como un primer
escalón necesario pero que en absoluto resulta ser el único, sino que
ha de darse otro componente, intelectualmente más abstracto, que permite
a las obras realizadas ser apreciadas por valores más permanentes. Todo
ello es lo que ocurre con la obra de María Alonso, en la más joven y
fructífera generación de artistas de Albacete, cuyo mundo particular
lo es también el universal de esta época dominada por importantes transformaciones
sociales, y por un mayor conocimiento de las culturas de otras geografías
que a la mente abierta subyugan e interesan, y cuyas aportaciones estéticas
son especialmente apreciadas por cuanto de conceptual ofrecen.
María Alonso tiene ya una larga experiencia en el campo de la plástica,
un extenso curriculum en el que se dan la mano exposiciones, becas y
premios, referencias en catálogos y otras publicaciones que son fruto
de un trabajo constante y de una incansable búsqueda. Esa búsqueda ella
misma ha sintetizado como un proceso acumulativo en el que los apuntes,
los bocetos, o los ensayos, son una constante a la par que un instrumento
en el logro de otras inquietudes. Son estas las del entorno de la sociedad
actual, dominado por las imágenes de tipo fílmmico y digitales; por
las ciudades de vida trepidante pero también con rincones apacibles;
por el descubrimiento de otras culturas con sus creencias y pensamientos;
por la lectura de las obras de arte de otros tiempos y lugares; pero
también por preocupaciones que han interesado desde siempre a quienes
ejercitan el arte: el color, la luz, las formas, la composición, y la
técnica. Y es desde el juego de estos elementos y desde el marco de
lo actual, donde hemos de situarnos en el juicio estético, ello nos
dará una posición objetiva para observar su obra, sus inquietudes y
sus experiencias.
Durante un tiempo sus preocupaciones se centraron en lo que podemos
denominar la sociología urbana en relación con las imágenes, fueron
los años entre 1994 y 1998 cuando intervino en el Calvario de Pedreguer
bajo el tema del ciclo de la vida y de la muerte. En esa línea se inserta
las proyecciones en una de las fachadas del centro histórico de Jávea,
o la instalación - en tierras inglesas - que denominó Boundaries (Límites)
y definió como "compuesta por una pieza audiovisual interactiva y un
room drawing con el símbolo de infinito. Se basaba en mis experiencias
como extranjera en otra cultura (la británica), y defendía lo ilusorio
de los límites entre espacios (temporales, mentales, artísticos-noartísticos,
nacionales, de pertenencia...)". Estas actuaciones enlazan su preocupación
por la imagen grabada manipulada mediante las posibilidades que ofrece
la luz a través del vídeo o de la fotografía (uno de sus premios fue
en esta modalidad), fruto de ello fue la grabación de A Project on Self
hate-love (1995) basado en el tratamiento de la luz y del espacio; A
black & white story (1998), y la serie fotográfica Dar (2001-2002).
Entre 1999 y 2001 se interesó por aquellos elementos culturales que
son comunes a las religiones cristiana, budista, y a los conceptos más
primitivos de las creencias africanas, que expresó a través del proyecto
que denominó iyalo, que enlaza con la exposición que hoy se presenta.
María Alonso, partiendo de invariables a todas las culturas en la representación
formal (no estética) de la imagen, inicia los dibujos que agrupa en
distintas series. La primera tiene que ver con los elementos de la naturaleza
y la figura humana, algo que de siempre ha preocupado al hombre, para
cuya representación utiliza colores primarios como símbolos de los mismos.
La segunda es la titulada Mis Madres, que, como ella misma ha apuntado,
explora las representaciones de Mandalas en diferentes culturas, o lo
que es lo mismo, esa áurea de recogimiento que envuelve a la figura
de la madre en cuanto imagen de la vida, y que la iconografía ha representado
a través de parámetros similares, sea cual sea el motivo de tal imagen.
En esta recogida de las aportaciones de otras épocas, que no es sino
la observación en la historia del arte, se sitúa otra de las series
en torno al tema de la Anunciación que aborda bajo el título genérico
de Una Luz, inspirada en los iconos renacentistas. Una cuarta serie
la dedica a la evocación de las imágenes de la Villa de los Misterios
en Pompeya, donde el color, el drama y el movimiento en un espacio neutro
son sus ejes compositivos principales. Finalmente incluye una serie
de bocetos que bajo el título de Las Mesas recrea la perspectiva en
el espacio como forma simbólica.
Toda esta temática, tratada con elementos muy simplificados, voluntariamente
escogidos, son los que conforman las preocupaciones actuales de María
Alonso; sus búsquedas y sus intenciones, lejos de recreaciones inútiles
o de elementos superfluos, se sitúan en esa línea intangible entre el
pensamiento y las formas esenciales que, de siempre, preocuparon a quienes
ejercitaron la actividad artística.
Rubí Sanz Gamo
Directora del Museo Arqueológico Nacional.