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Morbo,
morbo, morbo 
Cuando
ya me estaba
acostumbrando a los millones de programas del corazón de
todas las cadenas televisivas, y sólo me quedaba esperar
sentado a que pasara la moda, como ocurrió con los culebrones
venezolanos, ahora aparece una nueva modalidad de morbo: las cámaras
ocultas de la prensa rosácea.
Aunque
ésto se veía venir, con ejemplos tipo Gran Hermano,
el voyeurismo se está conviertiendo en el pan nuestro de
cada día. El morbo de ver sin ser visto. El morbo de oir
lo que dicen unos de otros cuando éstos no están.
Creía
que las cámaras ocultas sólo podían servir
para las absurdas bromas de programillas olvidados en cadenas
autónomicas o en horarios de mínima audiencia.
Y aunque
reconozco que el único motivo de su existencia podía
ser la denuncia de actividades ilegales, me sorprende con un uso
que raya, sino traspasa, la legalidad.
Está
bien que se denuncie a los intocables, algo que por otros medios
resulta imposible (compra-venta de títulos de belleza,
descubrir falsas apariciones, etcétera). Pero llevarlo
al extremo de grabar conversaciones privadas sin ninguna actividad
ilegal de por medio, me parece absurdo y poco ético. No
entiendo el interés periodístico de ver a un famoso
decir que otro es un gilipollas, que tal periodista es una maricona
o yo que sé que tonterías más.
En fin,
espero que ésto sólo haya sido el disparo que impide
aludes más grandes, el que hace que llueva para evitar
que granice y no el principio del gigantesco alud o la piedra
que destroza el cerebro de los televidentes.
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