José Luis López Ibáñez

Morbo, morbo, morbo

Cuando ya me estaba acostumbrando a los millones de programas del corazón de todas las cadenas televisivas, y sólo me quedaba esperar sentado a que pasara la moda, como ocurrió con los culebrones venezolanos, ahora aparece una nueva modalidad de morbo: las cámaras ocultas de la prensa rosácea.

Aunque ésto se veía venir, con ejemplos tipo Gran Hermano, el voyeurismo se está conviertiendo en el pan nuestro de cada día. El morbo de ver sin ser visto. El morbo de oir lo que dicen unos de otros cuando éstos no están.

Creía que las cámaras ocultas sólo podían servir para las absurdas bromas de programillas olvidados en cadenas autónomicas o en horarios de mínima audiencia.

Y aunque reconozco que el único motivo de su existencia podía ser la denuncia de actividades ilegales, me sorprende con un uso que raya, sino traspasa, la legalidad.

Está bien que se denuncie a los intocables, algo que por otros medios resulta imposible (compra-venta de títulos de belleza, descubrir falsas apariciones, etcétera). Pero llevarlo al extremo de grabar conversaciones privadas sin ninguna actividad ilegal de por medio, me parece absurdo y poco ético. No entiendo el interés periodístico de ver a un famoso decir que otro es un gilipollas, que tal periodista es una maricona o yo que sé que tonterías más.

En fin, espero que ésto sólo haya sido el disparo que impide aludes más grandes, el que hace que llueva para evitar que granice y no el principio del gigantesco alud o la piedra que destroza el cerebro de los televidentes.

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