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ROY
DISNEY, CINEASTA, SOBRINO DEL GENIAL FUNDADOR DE LA MULTINACIONAL
“Mi tío Walt Disney no está congelado”
Lo
entrevista Víctor M. Amela en La Vanguardia y cuando a Roy Disney
le piden que se defina, lo hace así: "Tengo 74 años.
Nací y vivo en Los Ángeles. Estoy casado y tengo cuatro
hijos... ¡y 16 nietos! He escrito, dirigido y producido muchos largometrajes
para Disney. Soy conservador y me casé por la Iglesia con una católica,
pero no soy muy practicante. He reconstruido el corto de animación
“Destino”, de Dalí y Disney: véalo en CaixaForum"
-He crecido convencido de que Walt Disney, al
morir, pidió que le congelasen...
–Ya, ya, para volver un día a la vida, ¿no?
–Eso es: cuando la ciencia lo permita.
–Pues olvídelo: mi tío Walt no está congelado, criogenizado, hibernado
ni nada.
–¿No?
–No. A los dos días de su muerte, lo incineramos. Y sus cenizas
reposan en un cementerio a pocas millas de mi casa.
–¿De dónde surgió ese bulo entonces?
–De las ganas de que Disney viviese... ¡Ojalá..! De nuestra ansia
de inmortalidad...
–Dalí la tenía: creyó ese bulo sobre Disney.
–Ja, ja... Se caían muy bien, Disney y Dalí. “He contactado
en Hollywood con tres surrealistas americanos: Disney, Hitchcok y los
hermanos Marx”, escribía Salvador Dalí a André Breton en una carta
de 1937. En 1945 trabajaron juntos en “Destino”.
–Circula otra historia sobre Walt Disney: ¡que era hijo de un
almeriense!
–Ah, sí, ja, ja... Es fácil desmentirla: hay fotos en las que estoy
yo con mi padre, mi tío Walt y mi abuelo: ¡y tenemos todos la misma cara!
Walt no pudo tener otro padre, ¡seguro!
–¿Quién cree que pudo inventar tal bulo?
–Quién sabe. Me han comentando que a Franco le encantaba detectar
ascendencia española en personajes relevantes del mundo. Alguien debió
de escribir eso por halagarle...
–Me hablaba de su cara: me recuerda a la de algún personaje Disney,
pero no caigo...
–No sé. Siendo niño me picaban diciéndome que mi cara fue modelo
para Goofy...
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Roy
Disney: "mi tío Walt no está congelado, criogenizado, hibernado
ni nada. Sus cenizas reposan en un cementerio a pocas millas de
mi casa."
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–¿Cómo era su tío Walt en la intimidad?
–Cuando yo tenía seis años, veía en el jardín de casa a mi padre
y a sus hermanos competir en deportes, disputar... Eran cuatro hermanos:
mi padre –Roy Disney– era el mayor, y Walt era el pequeño.
¡Yo veía a mi tío casi como a un travieso hermano mayor!
–¿Ya había creado a Mickey Mouse?
–Hacía poco: yo nací en 1930, y Mickey dos años antes. ¡Es el único
personaje Disney más viejo que yo! Y con él empezó todo...
–¿Veía usted de niño todas esas películas?
–¡Claro! Más aún: yo veía cómo dibujaban a lápiz muchas escenas
hoy muy célebres...
–¡Qué privilegio!
–Cierto, pero yo entonces no sabía que lo era... Me paseaba por
los pasillos de los estudios y aquellos dibujantes míticos bromeaban conmigo,
me mostraban sus dibujos...
–¿Por ejemplo?
–La escena en que Blancanieves es agarrada por los siniestros árboles
del bosque nocturno: ¡aún no he olvidado el miedo que sentí al ver aquel
dibujo a lápiz! Aterrorizaba más a lápiz que luego coloreado y animado.
–Walt Disney era un poco sádico, ¿no?
–Él sólo hacía lo que siempre hicieron los tradicionales cuentos
de hadas: implicar emocionalmente al niño.
–Matando a la madre de Bambi, encerrando a la madre de Dumbo...
–Matando al padre del rey León... Así es cómo deben ser las narraciones:
¡tienen que apelar a sentimientos básicos! Y nada entiende mejor un niño
que la sensación de desamparo, de sentirse perdido.
–¿Profesó Walt Disney ideas filonazis?
–¡No! Basta con ver las películas que rodó durante la Segunda Guerra
Mundial, de apoyo a nuestras tropas, rabiosamente antinazis: recuerdo
una escena en la que vemos al pato Donald haciéndole pedorretas a Hitler.
–Si Walt Disney ha hecho alguna aportación a la humanidad, ¿cuál
ha sido?
–Revolucionó la animación y la llenó de arte. El proceso técnico
del dibujo animado, tan mecánico y frío, a él le apasionaba, y se volcó
en mejorar esa tecnología, y además le añadió emoción. ¡Cuánto disfrutaría
hoy con los ordenadores, con estas tecnologías!
–¿Qué opinaría de los dibujos japoneses?
–Le interesarían, claro, pero pensaría como yo, creo: a una mente
occidental le cuesta identificarse con esos arquetipos.
–¿Qué proyectos tenía su tío al morir?
–Una ciudad llamada Epcot.
–¿Una ciudad?
–Sí. Compró grandes extensiones de terreno en Florida para fundar
lo que llamaba “la ciudad experimental del mañana”: habría
ahí las empresas más modernas, las casas más avanzadas, tecnologías pioneras...
–¿Y por qué no se hizo esa ciudad?
–“¡Hagamos un parque de atracciones: es lo que dará dinero,
Walt!”, le decía mi padre. Eran socios en Disney: Walt era el idealista
y mi padre el que firmaba los cheques.
–El realista.
–Sí. Al morir mi tío Walt, su proyecto de Epcot quedó aparcado.
–¡Y triunfaron los parques de atracciones!
–El negocio estaba ahí, desde luego. Es que mi padre no quería otras
crisis como las que estuvieron a punto de quebrar Disney...
–¿Cuándo fue eso?
–No estaríamos aquí hablando de esto de no haber sido por “Blancanieves”:
su estreno, en 1938, dio dinero por primera vez a la Disney, que aún no
sabía lo que era eso.
–¡Vivan los enanitos!
–Sí, pero después de la Segunda Guerra Mundial la Disney estaba
apunto de quebrar de nuevo. ¡Esa vez la salvó la “Cenicienta”!
–Oiga, ¿y para cuándo “Don Quijote”?
–Lo teníamos casi a punto... pero Michael Eisner, en el último instante,
lo tumbó.
–¿Qué ha hecho usted en la compañía?
–Rodar películas. Entré a los veinte años. Walt era severo, exigente...
y mi padre temía que, por ser su sobrino, me machacase...
–¿Y le machacó?
–¡Aprendí todo lo que sé! El gran talento de Walt Disney era ése:
extraía de cada uno mucho más de lo que uno creía tener dentro.
Periodistadigital.com,
21 de febrero de 2004
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