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EL Mensajero






Fundadora de "Hastinapura"












Hijo querido, recuerda siempre: el lugar que en tu vida no llena la Sabiduría, inexorablemente lo llenará el dolor, pues este es hijo de la ignorancia.

Así pues, sé amigo de los Libros Sagrados,
indaga, busca, abriga tu corazón con sus enseñanzas.


Elévate mas allá del país de la niebla, del confortable valle de tu sensibilidad y como el águila aspira tu a las alturas de las cumbres, pues ellas saben los secretos de estrellas y de ángeles.

Observa a tu cuerpo, como si fuera algo distinto de ti, no te identifiques con sus estados, ni con su edad, su forma, o el color de su piel. Tú eres diferente a ese enfermizo e intrascendente castillejo donde moras, y que más son los problemas que te causa que las alegrías que te prodiga.

Hazte amigo del tiempo... porque el tiempo es tu amigo. Gracias a él, escalas viviendo, tu propia cima. No te creas joven, ni hombre maduro, ni anciano, porque estarás, si lo haces, identificando tu ser a una mentira. Tú no tienes edad alguna, no eres hombre ni mujer, ni joven ni anciano: tú eres el Hijo de Dios (¿No lo llamas acaso "Padre"?) cuando te atreves a romper el espejo donde se contempla la ignorancia que habita en ti, y que te susurra "mira, eso eres tú, un anciano, o eres un joven pero nadie te quiere... o sólo eres un enfermo, un solitario..."

La Verdad es muy otra: eres cordaje donde habitan todas las músicas del universo, eres radiante como miles de Soles,

y vistes la más inefable de las glorias:
tienes a Dios como habitante de tu corazón.


Hijo mío, Tú eres la Eternidad, la Felicidad, el Amor Perfecto. ¿Sonríes? ¿Dudas? Regresa al país de tu infancia y recuerda los años en que no podías caminar bien, expresarte bien... Tu amigo Tiempo, sin embargo, desarrolló en ti muchas cosas y te hizo un hombre. ¿Sabes por qué? Porque lo dejaste actuar, porque no lo interferiste. Con tu mente adulta, en cambio, a menudo interfieres su acción con los caprichos de tu ego, y así, El no puede modelarte como debiera.

Cuando eras niño, tu entrega a El era total; ya adulto, esa entrega, como te digo, se halla interferida. Sin embargo, aún así, El seguirá haciendo de ti un ser de Luz. Le costará más, tal vez, pero inexorablemente hará eso de ti: un ser de Luz.

La razón de ser de la Vida, es re-integrarte a Dios. No hay otra. Caes, te levantas, lloras y ríes, y en cada instante de tus innumerables juegos te acercas más y más a la Conciencia Luminosa donde verás todo más claro: verás tu propio Ser, morando en el corazón de la Felicidad Perpetua; de la Perenne Armonía, de la Suprema Eternidad.





Mi padre, bendita sea su alma, me había narrado historias, siempre referidas a la grandeza de los Maestros Espirituales y la necesidad de dar con uno de esos benditos despiertos, para comprender mejor el significado de la vida.

Como a los niños se les cuentan historias de príncipes y magos, de guerreros y princesas, los míos eran de Maestros y discípulos. Me acostumbré a vivir con el alma arrobada a sus pies. No sabía quienes eran, ni si existían, ni si daría con uno de ellos alguna vez, allá, en esas tierras misteriosas del futuro. Les di mi amor, todo mi amor y mi devoción, porque sí, como la luz se entrega al día. Mucho caminé por el mundo. Todas las tierras del planeta tenían las huellas de mis pies... y de mis lágrimas. ¿Dónde estaban Ellos? Nunca los había hallado. Como el perfume de la flor del gaogal, que se esconde entre los brazos del viento, lejos de la corola que le diera vida, para protegerla de manos insensatas, así, esos amadísimos Señores del Camino, permanecían misteriosos y ocultos para mi sed.

-Tu mente los desea, pero es tu allma quien los encuentra, me dijo un santón sufí, de Pakistán y agregó:

-Pierdes miserablemente tu tiempo pensando una y otra vez en Ellos. No es ese el modo de hallarlos.

Purifica tu conducta, sé veraz, compasivo,
y, sobre todas las cosas,
jamás olvides a Dios en ninguna circunstancia.


El debe ser tu constante compañía y has de tenerlo más cerca que a tus propios ojos. Debes sentir los latidos de tu corazón, lejanos, comparados con Su Cercanía. Ese es todo el misterio del Camino. Lástima que sean tan pocos los caminantes.

No agregó nada más, y se marchó con su bastón y su escudilla, perdiéndose en un recodo de la senda.

Creo que fue entonces, que dejé de pensar en Ellos. Fundí mi alma con esos consejos, me alejé de todos, me hice ermitaño, entregué cuanto poseía materialmente, y me abracé al recuerdo constante de Dios Nuestro Señor. Su preciosa carga, ocupaba las espaldas sinuosas del caprichoso camello de mi mente. Del alba a la noche, pensaba yo en El, con un pensamiento manso, sin expansión, sin litigios, quieto. Poco a poco, igual que una hoja inexorablemente conminada a metamorfosearse en pétalo, esa única idea pereció diluyéndose en un arcano de devoción, como sombra absorbida por las luces del alba.

Entonces conocí la felicidad más perfecta: yo no era nada ya, yo estaba muerto; lo que de mí existía era sólo el Reino donde El moraba. Recordé entonces al santón sufí, y supe que él era el Maestro tantas veces anhelado. Me había dado la clave de todos los misterios, así, al pasar, sin demasiadas alharacas.

Desde entonces, me he dado a viajar nuevamente por el mundo, alertando a los dormidos, a quienes digo:

¡Tened cuidado! ¡Estad atentos! La Luz, por misericordia de Aquel, suele llegarnos de donde menos la esperamos.

- Abrid bien los ojos, no sea que la Sabiduría de la resurrección os llegue mientras permanecéis dormidos... Hay ángeles cuyas alas, nos acarician una sola vez en la vida... ¡Ay del que no logra siquiera besar su sombra!

El Camino hacia Dios es simple.
Sólo la mente lo complica,


sólo la mente teje y reteje sus razonamientos, conformando un bosque enmarañado que no permite ver la dirección del Sendero.

El espíritu des-mentalizado, encuentra lo que busca rápidamente. Todo es Dios, todo está en El. Recordadlo a cada instante, y naceréis al día cuyo Sol no conoce la crucifixión de los ocasos.





-Señor, dijo el discípulo a su Maestro, tantas son las Escrituras, Vedas, Upanishads, Puranas, que me hallo confundido en la selva espesa de esos árboles majestuosos. No puedo ver el Sol que con facilidad logran vislumbrar sus altivas copas. Vivo en el huerto de la ignorancia, entre las malezas de mis dudas. Se mucho y no se nada. Me agobio. ¿Qué hacer, Oh Señor? ¡Dame un poco de tu Luz!

Sonrió piadosa y comprensivamente su Instructor, y así le dijo.

-Hijo mío, la más sabia y santa dee las Escrituras Sagradas, te indica tan solo, donde está el Camino; su origen se halla en tu propio corazón, su origen... y su fin. Dios lo ha determinado así, para demostrarte con ello que tiempo y espacio existen sólo mientras permanecemos en el reino de la ignorancia. Cuando despertamos, sólo existimos en Su Amor.

No te agobien ni confundan las Escrituras. Son cayado para el ciego y algo inútil para el que puede ver. Tu amor por ellas tiene la medida exacta de tu ignorancia. Cuando tu visión interior despierta, su luz te aparta de lo que sólo hablaba de claridad. Lo que importa es el estado de tu Reino Interior.

¿Cómo se halla, Oh discípulo,
tu capacidad de perdonar, de comprender, de amar?
¿Has aquietado los latidos del corazón de tu mente?
¿Se encuentra ella aún, indómita como los cervatillos del bosque,
o ha conquistado ya la serenidad y quietud de los atardeceres?
Si ya tienes Reino interior, el Rey vendrá a habitarlo;
si por el contrario, sólo tienes una humilde vasija
en medio de una huta, ¿Cómo ha de venir el Rey, Hijo mío?


Cuando leas Escrituras, mira lo que se oculta en sus enseñanzas: tu alma inmortal está detrás de ellas, esperando ser rescatada. Te dicen que el tiempo es ilusión: da de beber del agua de ese conocimiento a tu espíritu a quien tu psique le arroja constantemente mendrugos elaborados en el tiempo. Te dicen que Dios es Uno. Deja entonces de querer atraparlo como a una mariposa en la red de un solo nombre, sea este Brahma, Jeovah o Alah. Te dicen que eres esencia de eternidad: abandona, pues, tu identificación con el cuerpo.

Tu confusión cesará entonces, Hijo Mío, y tú también como los árboles majestuosos que mencionabas, podrás ver la luz de Sol, porque para contemplarla nacieron todos los hombres de la Tierra.





¡Mi viejo Maestro! En su juventud, había levantado un mundo espiritual, dado alimento a miles de almas, fortalecido a millones de criaturas con su palabra, sus obras, su fuerza titánica. Era calmo y dulce... Una sola cosa lograba romper las puertas del país de su armonía: la desidia vista en sus discípulos, la pereza, la falta de impulsos contagiosos hacia lo celeste.

-Los hice pájaros -me decía una taarde- les enseñé el arte sagrado del vuelo. Transmuté átomo tras átomo, con infinita paciencia, su ser mundano... Ahora se, que hice pájaros sin alas.

Me sorprendió esta confesión. De golpe, me sentí poseído por una tristeza y desesperación infinitas.

-¡Dios misericorde! -exclamé- ¿Cómmo es eso de "pájaros sin alas", Maestro? ¿Puede haber algo más dramático bajo el Sol, que ver a esas criaturas hechas para el vuelo, sin poder remontarse en el espacio?

-Hijo -me respondió- las alas son brotes del paraíso; se añaden al Hombre, sólo cuando este logra arrebatar las Llaves del Reino de Dios, cuando es capaz de penetrar en El, y obligarlo a dárselas... Un Maestro, prepara al hombre para el Vuelo; un Maestro no puede otorgarle eso, precisamente, alas, a sus discípulos. Estas son conquistas de cada quien, esa es la Ley... Lo ha sido siempre, y siempre lo será.

Con el tiempo, fui comprendiendo a que se refería.

El Maestro enseña el arte del Camino, pero quien debe andarlo no es él, sino quien interrogó sobre el mismo y quiso conocerlo.

El Maestro comunica la ciencia del Vuelo: pero quien vuela hacia Dios no es él. Quien debe ahora batir sus alas y lanzarse al espacio es el que se ha iniciado en este Conocimiento.

Para "volar" se requiere del esfuerzo, de la tenacidad,
y sobre todo, del entusiasmo, el optimismo, la alegría interior.



Quien carece de todo esto, pues... tal vez sea pájaro, pero no supo conquistar sus alas. "Arrebatar las llaves del Reino de Dios", se traduce más simplemente por AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS. Un alma enamorada no conoce jamás barrera infranqueable. Con el Amor como escudo, el ciego ve, el cojo anda y el manco hila. Esa alma enamorada, puede tomar las llaves del Reino, porque Dios mismo se entrega a aquel que lo busca de la mano del Amor.

El Maestro enseña el arte de la meditación en Dios,
pero es el Discípulo quien deberá hacer el esfuerzo por practicarla.


La plasmación de la voluntad, corre por su cuenta; es él quien debe elevarla en sí, quien debe verticalizarse. El Maestro no puede hacer esto por él. Así pues, elige ser pájaro sin alas... o desplegar a estas en el espacio santificado de la Realización Interior, que es el "reino del cielo que está en nosotros"...

No basta la intelectualización de la Enseñanza:
lo verdadero, lo que cuenta, es llevarla a la práctica.


Los días son aciagos, la voluntad se desmorona... el mundo de maya toma todas nuestras fuerzas; es como una serpiente que se enrosca en el tronco vital nuestro, hasta ahogarlo. No nos quedan fuerzas... y es porque permanecemos desatentos... Ay, la atención, esa nodriza misericordiosa y celestial que, cuando la tenemos, nos aleja de tantos peligros, y que cuando nos falta, su ausencia hace que nos hundamos en cuantos cenagales, pozos, aguas lodosas y hasta abismos, se alcen a nuestro paso.

-¡Mira esos intelectuales, me decíía él, mi viejo Maestro! ¡Mira la selva tupida de sus mentes! Allí brotan árboles de magnolias perfumadas, gozosos y bellos pinos cantarines, jazmineros candorosos, ríos de rosales y dulcísimos sicomoros... Lástima que hayan brotado en lugar equivocado: en un espejo. ¿Qué es la mente sino eso?

Al primer movimiento generado por nuevos impulsos, nuevas vivencias, el paisaje desaparecerá, y quedarán los pobres tan vacíos como antes. Y es que han plantado mal, han cultivado en lugar errado.

Ninguna posesión de la mente es perdurable: sólo aquello que cruza sus dinteles y llega a la Casa del Espíritu permanece.

Mi viejo Maestro, tan sabio, tan puro, mi amado y desoído viejo Maestro... Era para mi corazón la Verdad, la misma Luz de Dios caída piadosa, compasivamente sobre mi Sendero... Todos los días me enseñaba algo, aprendía de su mano a andar todos los días un paso más en el Camino Interior.

Ahora sabía yo lo que eran los "Pájaros sin alas", y porque lo sabía por mi propia experiencia, me esforzaría por conquistar la fuerza necesaria para ese Supremo Vuelo, ese que nos otorga a la vez, que nos entrega como ofrenda, como regalo, la Suprema Distancia entre el Tiempo y la Eternidad, los días y las sombras, la conciencia... y la Nada...




Las Trampas del Diablo


Lo hallé junto a un inmensísimo árbol de sicomoro. Bajo su fronda, algunos discípulos suyos habían puesto una larga mesa cubierta de los más variados objetos. Había pequeños floreros, incensarios, estatuillas, cofres, libros, lapiceras, etc. A uno de los costados se veían pilas de ropas colocadas en perfecto orden.

Mi viejo Maestro contemplaba todo eso con gesto pensativo. Al verme, sonrió saludándome con calidez.

-Donaciones que debemos vender -diijo, señalando la mesa- a fin de reunir dinero para obras de caridad. Mucha gente vendrá este Domingo a nuestra Casa de Oración, y cada quien ofertará por alguno de esos objetos.

Casi todos son muy bellos, dije, observando cuidadosamente lo expuesto. Había piezas realmente hermosas. Algunas eran de cerámica artísticamente diseñadas y pintadas con un gusto exquisito.

-Ven, me dijo entonces mi viejo Maaestro. Voy a mostrarte algo. Comenzó a caminar hacia los sótanos de uno de los edificios. Se introdujo luego en él, yo lo seguía de cerca.

-Mira, dijo, prendiendo la luz. ¿PPuedes creer que todo esto haya sido comprado por criaturas humanas inteligentes?

-Es decir, añadió, esto nos demuesstra que cualquiera puede ser inteligente; el gran problema, es ser conciente, que es distinto. Y por mi parte, eché una mirada a mi alrededor. Si los objetos de la mesa bajo el sicomoro, habían llamado mi atención, muchos de ellos por su belleza, cuanto veía yo en ese momento, me dejó asombrado por su heterogeneidad. Había cajas de carteras de damas y zapatos en buena condición como para ser usados. Junto a una de las paredes, se hacinaban estatuas de todas las tallas y materiales. Del otro lado, cajones de libros. En fin, que sería imposible describir la multitud de objetos allí guardados.

- Todo esto nos traen como donacioones. Unos se deshacen de ellos y otros los adquieren nuevamente.

Me palmoteó la espalda sonriendo y dando media vuelta, encaminose nuevamente hacia la salida.

-Ten, Hijo mío, mucho cuidado con las trampas del diablo; se llaman objetos, me dijo, sentándose en uno de los bancos del parque que rodeaba al edificio.

-Parecen inofensivos, y hasta neceesarios, pero no es así: son verdaderos anzuelos del infierno. Persiguiéndolos, el hombre pierde, no sólo su vida: pierde su moral, asesina, miente, destruye, por ellos, lo más sagrado que posee: su propio Ser.

Yo permanecí en silencio, escuchándolo con toda atención.

-Como te decía, el objeto parece aalgo inofensivo, que no pide nada, por el contrario, da comodidad, placer. Tal vez sea así, pero el precio que pide para darlo es demasiado elevado; pide la propia vida y el alma. El buen sueño, el que es fruto de un día de honorable trabajo, sólo precisa un humilde lecho,

alguna sábana, alguna frazada. Esto no nos satisface. Hemos creado la industria del mueble, devastando selvas, y bosques; poluído la atmósfera para crear a satisfacción, la cama preferida por cada quien. Así, Hijo mío, en todas las cosas. Un cuenco de madera nos bastaría para nuestra sed; en vez de ello, nos ingeniamos para hacer desde vasos de vidrio hasta copas de cristal y oro. Es tan grande el valor de estas últimas, que se mata por ellas. Entre el cuenco de nuestro ejemplo y esa copa de oro y cristal, hay miles de recipientes que se llevan tras suyo nuestros ojos, nuestra admiración o nuestro deseo. No sabemos vivir, ni siquiera sabemos vestirnos o calzarnos. Con tres camisas o tres trajes o vestidos y dos pares de zapatos, nos consideramos los más pobres de la tierra. Hemos de tener todo en abundancia.

Hay alguien dentro nuestro que nos exige: "ten mucho de todo lo que quieres, mucho y si puedes, que sea costoso". ¡No hemos salido aún del Jardín de Infantes, por larga que sea nuestra barba o muchas nuestras arrugas! ¡Todavía deseamos mostrar a "nuestros compañeritos del Jardín Infantil del mundo, lo hermosos que son nuestros juguetes!

-Te estoy hablando de algunos de eesos "juguetes", porque enumerártelos a todos sería imposible. Esos juguetes, son la misma vida.

Esta noche en tu cuarto, antes de dormir, echa una mirada a lo que tienes en él. Verás que te cercan como sombríos guardianes de la nada, muchas cosas de las que podrías prescindir, pero que las compraste, que están allí. Cada una te quita parte de ti mismo. Te obliga a apegarte a él. "Eso es mío", dices... y tu mente se llena con el veneno de la posesividad. El Ente-Objeto te atrapa, destruye tu libertad, te obliga a cuidarlo, a pensarlo.

Si ese "Ente-Objeto" es valioso, codiciable, segregará su veneno invisible hasta las entrañas de tu ego hinchándolo de vanidades como el humo al escuerzo. Este último de tanto aspirarlo, estalla: ¡así la pobre criatura humana, que se deja poseer por esas trampas del diablo!

Además, ¿no te has dado cuenta que cada "Ente-Objeto" exige de ti, su propio espacio? ¿Nunca tropezaste con una silla o sillón innecesarios en tu casa o en tu cuarto? ¿No se encuentran millones de roperos en este mundo, llenos de cosas que jamás se usarán? El lugar que ocupan no es afuera; es dentro nuestro. La mente del hombre es su verdadera habitación.

Luego, cuando se cansan de verlos, tenerlos, gustarlos, pues, se los arroja fuera y se adquieren otros nuevos. Los que ya nos cansaron vienen aquí, son los que vistes, o van a la basura, o se rompen. Han bebido de las aguas de nuestro tiempo, han maniatado nuestra conciencia, nos han prohibido Ser. Hemos estado demasiado ocupados conquistándolos, pavoneándonos con todos ellos. Luego, es tarde ya para aprender el arte sublime del desasimiento...

Casi toda la Humanidad trabaja para tener los objetos de sus sueños.

¡Oh! exclamó, ¡Quien lograra la sagrada claridad espiritual de aquellos monjes, discípulos del Budha, a quienes seis o siete objetos bastaban para vivir! Un cuenco, un peine, una túnica, una sandalia... Objetos... objetos... siempre objetos, finalizó, poniéndose de pié, y agregó, antes de marcharse:

Quien permanezca indiferente ante ellos, tiene abiertos los portales del Cielo. Es en esa indiferencia, Hijo mío, donde siempre han brotado las semillas del Ser. Su amada presencia fue perdiéndose en el camino, pero sus palabras permanecieron resonando en mi corazón como música divina. Pensé en Elías Javaranam, el gran humanista indo-hebreo que enseñaba a sus discípulos allá por el siglo dieciocho diciéndoles:

Sólo el hombre desnudo, puede ser vestido por Dios"


Era hermosa la tarde; había dialogado con mi Maestro. Alguien sabía dentro mío, que, cada vez que lo hacía, estaba yo, un poco más cerca de la Luz, de la cual, él era su más sincero devoto.




La palabra Diamante


Me extrañó verlo en la conferencia del doctor Donald Mc Guire por el simple hecho de que mi viejo Maestro jamás asistía a ninguna.

-¿Qué estaría haciendo allí?, me ppregunté.

Pasaron varias semanas luego de este evento antes de que lo volviera a ver.

Cuando lo hice, su primera pregunta fue:

-¡Y bien! ¿Puedes comentarme algo referente a la conferencia del doctor Mc Guire?

-¡Oh, le dije, me pareció espléndiida!

-Si te pareció espléndida, segurammente habrás almacenado en tu memoria, siquiera las ideas principales de su disertación. ¿Puedes repetírmelas?, pidió en un tono al cual hallé algo burlón.

Me ruboricé como un niño.

-La verdad, Maestro, balbuceé, no recuerdo demasiado bien su argumento ahora-, enfaticé la última palabra, ahora, como dándole a entender que si me lo hubiera preguntado un instante luego de la conferencia seguramente sabría explicársela muy bien, pero no después de tantos días.

-Hijo querido, me dijo entonces. HHay palabras que están hechas de viento y como el viento, pasan y se van, sin dejar huellas. Hay palabras de agua; nos purifican y liberan de toda impureza. Hay otras que son como el fuego, inflaman al pobre madero de la personalidad y luego, pues ... huyen llama y calor, dejando sólo cenizas.

En verdad, la bendita palabra nuestra tiene mil formas e innumerables contenidos... Todos hablamos... o escribimos, o damos, como el doctor Mc Guire, grandes pláticas sobre temas importantes, pero... la palabra pasa, Hijo mío, la palabra deriva, pasa como los ríos, apenas tocando las orillas de nuestra conciencia.-

-Creo, dijo, que el olvido es el bborrador de Dios Nuestro Señor; El hace que olvidemos aquello que se halla divorciado de la Vida. Las palabras que la contienen jamás se alejan de nuestro corazón, pero... aquellas que sólo son hijas de hueras opiniones son como meras puntillas de los discursos eruditos; pasan y nada queda en el alma de ellas. Es como si el mismo Ser residente en nosotros, las rechazará.

Sonrió agregando:

-De modo que... no te avergüences de no haber recordado la disertación de Mc Guire. Es un buen hombre, pero tiene mucho camino que recorrer hasta hacerse merecedor de la Palabra.

-¿La... "Palabra"?, pregunté ansiooso.

-La Verdad, contestó. Cuando alguiien cuya esencia interior se transforma y hace UNO con Ella, con la Verdad, todo cuando dice, se transforma en Eternidad, y al ser eso, Eternidad, hace Eterno todo aquello que toca. Miles de millones de discursos se pronunciaron los últimos cinco mil años en miles de lenguajes por toda la Tierra: duran en ella sin embargo, las palabras del Gita, los Vedas, los Puranas. Moisés dijo: "Amarás a Dios sobre todas las cosas" y la criatura humana sigue repitiéndolas y emocionándose ante ellas. Es porque son PALABRAS DIAMANTES. Como en esa piedra preciosa, en ellas, el viejo carbono ha desaparecido. Sólo ha quedado un instrumento transmisor de la luz al que llamamos diamante.

Así, también, Hijo mío, cuando la pureza de tu corazón es muy alta, entonces desciende para habitar en tus labios la Palabra Diamante. Cuanto digas, hará posible que la criatura humana resucite desde sus sombras y nazca a la Vida Eterna. Más te acercas al Sol, más luz darás.

Por eso, crece, Hijo mío, ¡crece!. No por ti, sino por todos los que se hallan cansados de escuchar palabras de viento. Si logras acercarte a Lo Eterno, generarás Eternidad...

-A propósito, dijo sonriendo, ¿sabbes que Mc Guire, allá en su juventud, fue discípulo de tu viejo Maestro? Es decir, discípulo... no, pero... se acercó a la orilla, como tantos, para cruzar el río de la Gran Ilusión. Cuando comenzó a hacer su barca, en lugar de buenos maderos, utilizó los corroídos leños de la duda. Ya sobre las aguas, puso al timón al deseo y este, lo atrajo como imán hacia la misma orilla que pretendía abandonar.

Hoy es hombre de fama y fortuna, pero la felicidad no habita en él. Me di cuenta al escucharlo. Sus palabras aún son hijas del viento, finalizó.

¿Había acaso un leve dejo de amargura en la mirada de mi viejo Maestro? Entendí por que lo hallé en esa conferencia; fue a ver si ese Sol esplendoroso de la Vida, había logrado acercar a aquel ser querido suyo, hasta la palabra Diamante. Alguna vez, en un punto misterioso del Tiempo, inexorablemente, alguna vez, el viejo doctor Mc Guire hallaría los leños más fuertes y puros, para construir su Barca. Y ya no estaría, no, el deseo por lo mundano a su timón.




El Tiempo: un mal socio


Para mi viejo Maestro, ese era un día muy especial: se había abierto para el público la casa de un anticuario en el pueblo de Veilloux. Más de mil incunables se hallarían expuestos, algunos, eran manuscritos del siglo doce, la mayoría de ellos, de carácter místico-filosófico. Era todo un acontecimiento, para quienes valoraban esos viejos tratados hechos a mano, sabe el cielo por que copistas, cuando el arcaico invento chino de la imprenta dormía aún para los pueblos de occidente. En verdad las imprentas donde se utilizaban caracteres movibles, fueron conocidas en Asia, pero no en Europa, donde llegarían muchos siglos más tarde.

Yo lo acompañaba ese día. Me agradaba verlo deambular, observando con sus ojos capaces de descubrir el Cielo en todas las cosas, me agradaba ese modo inefable de vestir a los gestos de sus manos, cuando acariciaba apenas, como una mariposa a una flor, esos tratados poseedores del alma del Ave Fénix. Sabe Dios, por que raros sortilegios, ellos habían vencido al tiempo, estaban allí, ancianos, sabios, con centenares de años a cuestas... Si para los otros, esos libros eran una simple curiosidad, para mi Maestro se trataba de un milagro.

Luego de un par de horas maravillosas, abandonamos el lugar y buscamos asiento en un parque, bajo un árbol añoso. Eran los rincones preferidos por mi viejo Maestro.

El veía pasar la gente, la observaba en silencio. Grupos de jóvenes riendo, ancianos inclinados sobre sus bastones, niños jugando...

-El Tiempo, me dijo, ...el Tiempo suele tomarse sus vacaciones: nunca la Eternidad. El Tiempo de algún modo es como el Dios manifiesto, el Dios Creador de todas las Religiones: crea, conserva, y luego destruye aquello que ha creado. Mira, sino, las grandes culturas. En un momento, cuando llegan a su zenit, pareciera que nada ni nadie podría destruirlas, pero... todas perecen...

Es el Tiempo que se ha tomado su descanso entre civilización y civilización. Lo Eterno en cambio es la única vida verdadera que poseen todas las cosas, y es lo único que el hombre percibe a medias, "cuando" tiene la gloria de poder hacerlo.

Todos, quienes más, quienes menos, comerciamos con el Mercader Tiempo, pero... pocos son los que hacen negocios con la Eternidad.

Me miró sonriente, como si festejara sus propias palabras:

Imagínate, ¡hacer comercios con la Eternidad! Los Santos son expertos en esa clase de transacciones... Saben muy bien que el otro nombre del Tiempo es Derrumbe, porque nada en él permanece, de modo que no se comprometen con él. Es, por decir así, un mal socio... Ponen pues sus ojos espirituales, en lo auténtico y así, como te digo, saben muy bien comerciar con la Eternidad.

La Eternidad nos dice: "Entrégame de ti, todo cuanto es perecedero y quédate tan solo con aquello que has heredado de Mí".

La criatura humana, raramente obedece este mandato, este pedido.

No, dice, no. Yo puedo ver los frutos del Tiempo, pero... Tú no existes para mí, no te comprendo, no puedo asirte. Si realmente eres, no se como ni donde eres... Mejor sigo con mis comercios con el Tiempo.

He visto entre esos libros centenarios, uno que rezaba: "Tratado de Belleza auténtica", escrito por un monje de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Alcancé a leer lo que decían sus palabras preliminares:

"El hombre que se olvida del Tiempo,
se acuerda de Dios;
el hombre que se olvida de Dios,
cae irremisiblemente en las redes del Tiempo".


Medité las palabras de mi Maestro. El me observó a la vez.

¿Me has comprendido?, me interrogó. Y luego, sin esperar mi respuesta, como deseando explicar más ampliamente su contenido me dijo: tú no tienes ni veinte ni cuarenta ni ochenta años, pero... constantemente cuentas los que vas cumpliendo y así te dices:

"Ya tengo treinta, o cuarenta, o sesenta..." Deberías más bien decirte:

"El Tiempo 'en este cuerpo', cuenta con treinta o sesenta años..." Establece diferencias entre el Tiempo y tú: exígete establecer esa diferencia.

Es el Tiempo quien cumple años en todas las criaturas, y hasta en el mismo universo. La Esencia de la manifestación, lo sobrevuela y lo contempla desde otras dimensiones.

Se logra pues, la Belleza auténtica, dando la espalda a semejante socio mentiroso.

Quien da la espalda al reino de las apariencias, del cual él es Rey supremo, despliega sus alas espirituales para volar hacia el Reino de la Eternidad.

Sonrió, y me abrazó cálidamente, al tiempo que se ponía de pié.

Nosotros somos, en realidad, ese "Tratado de la Belleza auténtica". Contemplemos el paso del río del Tiempo, no le opongamos resistencia alguna, dejémoslo fluir... Ese, que lo observa pasar sin que lo perturben sus mil metamorfosis, ese, es Lo Eterno en nosotros y, eso es haber conquistado el Diamante Interior, donde se concentran todos los fulgores de Dios, o sea, lo auténticamente Bello.





Hoy es tu Vida y tu posibilidad de Ser o no ser. No es mañana, es Hoy.

Hoy es el taller donde se esculpe tu templo donde amar a Dios.

Hoy el cañamazo donde puntada tras puntada se borda el paisaje de tu mundo interior.

El mañana no existe. El mañana es invento de los haraganes.

"Hoy no lo haré" -dicen ellos- y agregan: "lo haré mañana".

Mañana, hermano mío, mañana es la esperanza de los ciegos de espíritu; los que pueden Ver dicen Hoy y hacen Hoy.

Cuanto malezal te brota desde la tierra sin trabajar de tu mente, se alza pletórico de ensueños y fantasías sobre lo que harás en el futuro. Mañana y futuro son los brazos de la tenaza que destruye al hombre y termina por matarlo.

Alguien muy sabio te ha dicho: "basta al día su afán". ¡Cuánta gloriosa enseñanza para el alma nuestra, en ese simple decir que tanto nos cuesta entender!

Busca a Dios Hoy,
sé fraternal Hoy,
cuida a los seres que necesitan de ti Hoy,
porque mañana sólo Nuestro Señor sabe lo que pasará;
tú sólo supones, pero no lo sabes.


En el cielo plomizo de tu no-saber es donde se remontan las alas negras del cuervo de tu personalidad y se balancea voluptuosamente fantaseando... fantaseando... Muere hermano tu ángel mientras tanto, y muere en tu presente descuidado, ese presente que arrinconas, que minimizas, que apenas si ves, ocupado como estás por entero en la diagramación de tu futuro. Es por eso que los Sabios de Oriente nos dicen: "practica Sadhana" y "Sadhana" que es "modo de vida", quiere decir "practica vivir hoy como debes... y verás que no es tan fácil..."

En el crisol de tu Día, vierte la Sabiduría Eterna la dulcísima poción que convierte la hiel en ambrosía celeste. Sé bueno Hoy, perdona Hoy, comprende Hoy, trabaja para los demás que no sabes, pero son tú mismo-Hoy, y verás descender desde lo alto, el beso sacratísimo que Dios confiere a Sus Hijos más amados, el beso de la Paz y la Serena Bienaventuranza.






"Lo esencial consiste en presentarse ante Dios,
con el intelecto encerrado en el corazón,
y perseverar así noche y día hasta el fin de la vida."


Alguna vez, hemos leído esta frase en algún libro. Alguna vez, quien sabe, tuvimos la suerte de repetirla por días, o semanas o meses y hasta años. Luego, fue olvidada, quedó en algún rincón de los recuerdos, y el alma ya no bebió de su sabiduría clara, no se alimentó más con el néctar de sus enseñanzas.

"Encerrar el intelecto en el corazón", nos dice, pero... EN PRESENCIA DEL SEÑOR. Y nos dice más: nos dice que eso es "LO ESENCIAL". Uno lee y relee esta frase y recuerda a los hombres que derivan de una a otra organización, de uno a otro Maestro, buscando "El" Maestro que sueña en sus fantasías, porque... buscar un Guía es fácil: lo difícil es descubrir a Aquel que Dios nos puso en el corazón; "ESE" es el que entiende que es lo esencial para nosotros.

Como si esta gran enseñanza quisiera abrirnos paso hacia la Eternidad, nos señala todavía más: el camino de la perseverancia: "hasta el fin de la vida..."

¡Cuántos lectores de platos voladores, tarots, buscadores de joyas mágicas, de clarividencias inútiles! ¡Cuánto bucear en lo fenoménico, cuánto dar la espalda a la oración, al rezo constante, que es lo que despierta al alma dormida al Amor a Dios!

Hoy leemos más los libros de "Juan Pérez" sobre astrología y tarots, que "El Castillo Interior" de Santa Teresa... Hoy creemos más en el "best seller" de último momento, que en las palabras de los santos... Y pensamos: si Santa Teresa de Avila viviera AHORA, y nos hubiera escrito AHORA su "Castillo Interior"... ¿Sería un "best seller", o sería el último libro en leerse, arrinconado entre montones de otros libros místicos, diabólicamente desplazado por el último "hit" sobre "el arte de tirar las cartas" o " los tarot egipcios"?

Desdichadamente, no creemos que, en el momento actual, lograría éxito, ni ese libro, ni sus iguales místicos de todos los otros credos. Es como si lo fenoménico hubiera desplazado a lo que pertenece al Reino del Ser. Lo fenoménico es más afín con nuestra personalidad; de hecho, lo fenoménico "ES" nuestra personalidad, con su innata curiosidad, su bucear en el polvo, en la herrumbre, su querer conocer sin saber, su gusto por la carroña, lo insubstancial.

Sin embargo, todos los grandes santos de todas las grandes religiones, nos repiten hasta el cansancio una y otra vez:

Alcanzas a Dios, llegas a la Verdad,
Conquistas la Visión de la Sabiduría,
sólo a través de una única actitud: LA ORACION.


Se piensa: "orar es aburrido"... "orar es para viejos"... "orar es para monjes"... y nosotros preguntamos: "¿Y qué es para nosotros? ¿El jazz, la aventura, las crónicas policiales, los cambios de política y políticos, las informaciones de última hora?".

Aún el conocimiento más sublime y la música más bella, cambian en las manos del Tiempo. Dios en el hombre NO. Una vez que lo hallamos permanece en nosotros siempre, una vez que lo hallamos, hemos arribado al Reino de lo imperecedero.

Es menester entonces, abrir los ojos del espíritu para saber la dirección del Camino, y no equivocarnos en la elección, es menester decir una y otra vez, repetir hasta el cansancio, la frase con la cual comenzamos esta Editorial: enamorar al alma de lo Eterno. Sabemos que no es empresa fácil. El tiempo nos muestra demasiadas cosas aparentemente bonitas, como para dejarlas a un lado... y perseguir lo invisible, que es, como alguien dijo, lo Esencial.

Todo depende de nuestra estatura interior, pero... se crece, cuando se alimenta el alma de la Verdad que nos permite vislumbrar, esa gloria de Dios heredada por los hombres: el discernimiento.

Vamos hacia la purificación, a través del discernimiento, y a través de este, es como llegamos a hacer nuestra, la gloria inefable de la gran enseñanza hebrea: "Amar a Dios sobre todas las cosas"... y olvidar nuestros juguetes psíquicos, olvidarnos de la astrología, el tarot y los platos voladores, curiosidades donde se encadenan al inocente corazón humano que como un chiquillo, se enamora de cualquier novedad.





Las Grandes Religiones son Pasos Sagrados que el Señor da, para llegar al corazón del Hombre.

Cristianismo, Hinduismo, Budhismo, etc, son níveos capullos de Sabiduría, perfumados y abiertos a la mirada del Alma.

Lo maravilloso de los Libros Sagrados, en las Grandes Religiones, es que casi todos fueron escritos en poesía; la prosa en ellos, es desconocida, la prosa era considerada una mera sierva de la literatura a la cual no acudía ningún grande para proclamar su Verdad Divina. Esta última debía transmitirse valiéndose del ritmo, la métrica, la rima perfecta; debía poder cantar, debía embriagar el corazón humano con el vino supremo de la Suprema Belleza, que no es la que detectan caída sobre la materia, los ojos mezquinos del cuerpo, sino esa otra Gran Belleza del Espíritu, a la que logra inteligibilizar el ojo sagrado de la mente purificada, no de cualquier mente; la mente purificada "ve"; ella es como la corriente cristalina y transparente de un río, que permite otear su fondo ambarino donde reposan piedras multicolores y navegan peces, como pequeñas barcarolas biológicas, construidas con total precocidad por el Gran Arquitecto Divino.

La mente purificada puede asomarse al Misterio y descubrirlo. Su naturaleza es como la del Sol y como este, ilumina y desnuda de sombras el cuerpo de las horas.

Fue con esta mente así purificada, que los Avataras de las Grandes Religiones escribieron los Libros Sagrados. No podemos ocuparnos de todos, no podemos recordar la gloria de Homero poeta, de Hesíodo, de los Upanishads.

Recordamos aquí, la gloria de otro Libro Sagrado tan inefable como los mencionados anteriormente; recordamos al Corán del Islam, palabra esta última que muchos traducen como "consagración a Dios".

Publicado en un lapso de veintitrés años, todo El es canción de Bienaventuranza.

Con tristeza pensamos en la traducción catastrófica del pobre Du Ryer, que mezclara con infantil irrespetuosidad los versículos entre sí, quitándole su Divina estatura literaria. Como defensa para su insensatez, podríamos decir que no cualquier erudito puede trasladar la grandeza poética que posee el idioma árabe, al inglés o al alemán.

En efecto, músicos y poetas, gozaban de la más alta consideración entre los pueblos árabes.

Nos narra la historia, que, cierta vez en que el famosísimo vate, Labid Ebn'Rabi'a expusiera algunas obras de su creación a las puertas del Templo de la Meca, amedrentó con su belleza a todos sus otros competidores de tal modo que estos no quisieron recitar sus poemas. Alguien, sin embargo, exclamó:

"Existe una poesía superior a la de Labid..."

Y cantó seguidamente el segundo capítulo del Corán. Labid idólatra, pero poeta al fin, abrió las puertas de su corazón para que penetrara en él, la cándida y sagrada luz de ese nuevo amanecer religioso... ¡Sí! ¡No había duda alguna! Esa poesía era maná del Cielo, venía aureolada de Verdad, Gracia y Sabiduría.

El mismo universo, como misterioso Titán inclinó su redonda cabeza ante ese nuevo altar de la fe y la vida misma, le rindió homenaje.

Es imposible conservar la armonía de los sonidos y las rimas árabes al traducir sus versículos. A veces, su poesía se viste de misterio; otras, de canción, otras de alabanza y otras más de profecía.

Ninguno de los discípulos de Mahoma -Abubekar, Alí, Cadige- ninguno de ellos pudo jamás penetrar, seguramente, el entendimiento metafísico y único que existió entre Mahoma y Alah.

Todo el Corán fue compilado luego de la muerte del Maestro y dicha compilación, no guardó ni remotamente el orden que tuviera al nacer "del corazón del Señor, al corazón de su Hijo Mahoma"... Pero ella es poesía, y esta flota como manto purísimo del Cielo en cada uno de sus versículos... en cada uno de ellos que siempre comienzan con la misma sagrada letanía:

"En el Nombre del Señor Clemente y misericordioso".

¡Sí! Las Grandes Religiones son los pasos sagrados que Dios da, para llegar al corazón de su Hijo el Hombre: y todos esos Celestes pasos, traen la música de donde provienen. No hacen ruido, no se arrastran pesadamente sobre los caminos del mundo: tintinean, cantan, creando la Suprema Melodía de la Verdad, única que puede enamorar el corazón del Hombre, y hacer posible que este regrese a su Hogar. Belleza y verdad van siempre unidas; no puede haber Verdad sin que la Belleza se manifieste. Es por eso que todos los Libros Sagrados Cantan; lo hacen porque el alma del ser humano necesita de esa Canción para despertar de su largo Sueño en el país de la Ilusión.

¡Ay! ¡No tener un lenguaje único en nuestro pequeño planeta, para poder prescindir de traductores e intérpretes, que las más de las veces, sin querer, desfiguran el rostro nimbado de Gracia de un Upanishad, un Salmo de David, un canto de Hesíodo!

Lector: cuando un Libro Sagrado halle cobijo entre tus manos, recuerda siempre que atesoras en ellas la más gigantesca y perfecta de las sinfonías. Cantan entre tus dedos, aves del paraíso, y murmuran armoniosamente sus letanías los ángeles del Cielo.

Si miras ese Libro con los ojos físicos, sólo verás la mera segregación de una Editorial, con páginas impresas en cualquier máquina... Si lo vuelves a mirar con tus ojos de Verdad, los ojos de tu divina Conciencia, los podrás escuchar cantar... Te cantan a ti, a la Humanidad, la canción del Alumbramiento Espiritual.

Todos los Sagrados Libros son sagradas auroras. Dios, como el más misterioso y dulcísimo de los soles, viaja en ellos buscando con cada uno de sus rayos el despertar de tu corazón.





Crecimiento real es igual a ascensión.

Si creces, pero no asciendes, en realidad te expandes; para esto último necesitas la colaboración de dos mentirosos: tiempo y espacio. Tú eres Eternidad -y el tiempo se opone a ella-; eres Ser -y el espacio es la mansión de las formas.

Para crecer debes aprender el arte de la Divina Ceguera, que consiste en no ver la pequeña vida que se genera en el mundo y se diagrama a tus costados.

Crece como los Santos, hacia Dios que mora en ti. Para ello tienes que perder. Es imprescindible que pierdas porque es necesario que te conquistes, no que conquistes.

¿Anhelas poseer todo cuanto posee tu vecino? Y, ¿Cómo sabes lo que él tiene, sino porque has detenido tu vista en sus conquistas materiales?

Caro te costará este ver; has dado asilo dentro tuyo a la semilla de la codicia, el apego.

Trabajarás ahora, como un esclavo, durante todas las horas de tu vida, con la mente fija en eso que te atrajo de tu prójimo. Te estarás abortando para el Cielo.

Querrás luego interpretar la palabra de los Divinos Sabios, pero... la intuición, ese don sagrado del espíritu, estará ausente de tu generada mazmorra cerebral, donde fuiste a encadenar las alas de tu alma, con los eslabones de tus caprichos.

Tantas cosas tienes para anhelar del Reino de la Verdad, y sólo te quedas acariciando los deseos de esta vida, morada de las tinieblas. No. No se trata de ninguna visión pesimista de la existencia: tu salud es quebradiza, tus afectos no perduran, tu cuerpo viaja a la muerte y se acerca a ella cada segundo, pero... tú sigues contemplando hacia los costados. Mansiones que se derrumban con los años, amistades con la consistencia de los vientos, no es lo que has venido a buscar en este mundo.

Vence a tus miedos, vence a tus apegos, y crece, como te digo, ascendiendo.

Esa es la verdadera razón de tu existencia: convertirte en AMOR TOTAL.


Que no quede en ti la más mínima semilla que pueda ser trágica planta en el jardín de la Gran Marioneta -Maya o Ilusión- porque el perfume de sus flores, narcotizará tu corazón bueno y lo pondrá a dormir para que no cante de gozo y aspiración al encontrarse con la Felicidad.

Amor Total te dije y es lo que eres: sólo falta que te descubras, aprendiendo a no ver la Gran Máscara del Dragón Mundo. Es cuando no lo ves, que ves lo Real. Deja que jueguen los niños con sus juguetes inconsistentes. Ve tú, a volar con los ángeles ya vestido de Amor, en el Reino de las Cosas Perfectas y Eternas.





Cuando nos interesamos en este tema, debemos tener presente lo que sigue a continuación:

Todo intento de meditar SIN FE Y SIN AMOR A DIOS, se debilitará con el tiempo, hasta desaparecer en el horizonte de la indiferencia y el olvido.

En las últimas décadas de este siglo, llegaron desde oriente muchas Escuelas que hablaban sobre meditación, técnicas para acallar la mente, para serenarla... pero... como rosas que quisieron florecer en el desierto, con el paso de los años, fueron perdiendo fuerza y terminaron convertidas, la mayoría de ellas, en pequeños grupos que ya no canalizaban las multitudes de otrora.

Las rosas no florecen en los desiertos: es menester la tierra fértil de la Fe en Dios para que la gloriosa corola de la meditación esplenda y otorgue su perfume.

No olvidar: el Amor a Dios y la Fe en Dios
son basamentos imprescindibles al alma
para que esta llegue a su estado de quietud
y luego se encamine hacia la Bienaventuranza.


Es claro que se podrá argüir: "Sí, pero... ese "Amor a Dios"... ¿cómo se alcanza?". No se puede llegar a él sólo con diagnosticar que ese es el remedio correcto, sino que se debe poder adquirirlo, pero... ¿cómo?

La contestación de los Grandes Maestros Espirituales de todos los tiempos es siempre la misma: "orad sin cesar" (San Pablo), "Piensa en Dios constantemente" (Bhagavad Gita), "Mucho más que a la muerte debemos temer al olvido de Dios" (Islamismo).

Si para un ser virtuoso en el arte del teclado es menester practicar ocho horas diarias por incontables años, si para realizar exitosamente una operación de apéndice se debe estudiar lustros enteros, si para cualquier actividad, por mínima que sea, se requiere constancia, paciencia, esmero... ¿No pedirá lo mismo el desarrollo más elevado de la existencia humana, esto es, alcanzar la gloria de la Re-Unión con el "Sí Mismo Interno", que es el verdadero Reino de los Cielos?

Logramos conquistar ese Amor a Dios, de la misma manera en que logramos ser mundanos: nos "hacemos mundanos" por vivir en el mundo, en contacto constante con los sentidos y la mente inferior; también logramos SACRALIZARNOS poniéndonos en contacto constante con lo sagrado; visitar Templos Budhistas, Cristianos, Islámicos, Hebreos, pero... visitar Templos con el mismo interés o alerta mental con que el mundano recorre teatros, vidrieras, lugares de veraneo, casas de modas, etc. Todos los Templos tienen en sí, Fuerza Celeste, y es de esa Fuerza que se debe alimentar el corazón.

Además, ayudarnos constantemente con lecturas de Libros Espirituales. No cualquier libro: los Libros, recalcamos, Espirituales, que son las SAGRADAS ESCRITURAS DE TODAS LAS RELIGIONES, sea el Dhammapada Budhista, el Bhagavad Gita Hindú, la Biblia Cristiana o el Corán del Islam.

Cuidado: lecturas espirituales no son libros sobre tarot, astrología, colores del aura, elementales, etc, etc. Por el contrario, todo el llamado "ocultismo" debe ser descartado por una mente seria, que ya no juega, y que va en pos de la Verdad, no de la fantasía.

Ultimamente, el mundo de Occidente ha sido invadido por una multitud de "videntes", "sensitivos", "astrólogos", "hechiceros", "lectores de cartas", etc, etc, como un río poluído por materiales que lo envenenan.

La falta de Fe en Dios, ha derramado sobre el corazón del hombre todas esas sombras y es que, allí donde no nacen las rosas, crece la cizaña: el hombre alejado del Amor a Dios, busca respuestas en la oscuridad sin darse cuenta que en ella sólo hallará tinieblas.

Los que creen que hay otro sendero distinto al Amor a Dios, y que este es el del "conocimiento" (Gnana en sánskrito), olvidan que ese "gnana" no reside en la erudición, sino que él es el develamiento de nuestro "reino interior" al que se llega unido a Dios, por Amor, con Fe total en Aquel que nos creara.

Para que la meditación nos purifique y nos renueve, ella debe alzarse sobre ese AMOR A NUESTRO SEÑOR: ese Amor es el soporte de nuestras horas de meditación: sin él, ninguna meditación puede tener un éxito sino momentáneo.

CONSEJOS PRACTICOS
PARA AVANZAR EN EL CAMINO ESPIRITUAL


1.
Orar diariamente, meditar.

2.
Leer vidas de Santos de todas las Religiones
o de aquellas que son afines a nuestro sentir.

3.
Visitar Templos.

4.
Leer los Evangelios Cristianos, el Dhammapada Budhista,
el Bhagavad Gita Hindú, etc.

5.
Evitar el desmedido movimiento de la mente.

6.
Escuchar discursos espirituales.

7.
Una vez por día, permanecer en silencio y soledad
todo el tiempo que fuera posible.





Los que saben nos enseñan que una cosa es ser bueno y otra muy diferente realizar buenas obras. Estas últimas, suelen nacer en los jardines de la personalidad, como orquídeas a las cuales el ego exhibe ante los ojos del mundo. Ser bueno, en cambio, es ser en Dios, vivir en El y para El.

Para el hombre bueno, el Cielo está ya ahora en su alma. El vive en la Eternidad para sí mismo y en el tiempo sólo para aquellos que no pueden captar su Realidad.

El secreto del hombre bueno es uno sólo:
él ha renunciado a su voluntad.
Es Casa del Señor y sólo de El, escucha Sus mandatos.


Pequeñito, casi invisible para los negocios del mundo, por nada de este se siente atraído, ni gusta de sus bienes ni quiere ni se apega a sus tesoros de humo.

Para las cosas Divinas, en cambio, su altura sobrepasa al mismo Cielo.

Es un canto de Amor que abraza en cada nota el recuerdo de Su Idolatrado, una oración constante que sólo puede repetir su eterna letanía:

Pon tu Amor en el Señor;
Sé Su devoto;
Sacrifica tus apegos mundanos por amor a El;
Póstrate ante Dios y no ante el mundo y sus alabanzas.


El hombre bueno -repetimos- no es el que hace buenas obras: el hombre bueno es el que desnudándose de su altiva voluntad se somete a la del Padre. No hace buenas obras sino que se constituye en la Obra del Señor; él es la Obra del Padre, él es el hombre bueno.



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