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Fundadora de "Hastinapura"



¿Cuál es la Meta Final de nuestra existencia? ¿Qué nos dice al respecto la filosofía de los Upanishads? Sabemos que estos últimos, son reputados como contenedores del pensamiento metafísico más elevado y anciano del mundo.
Krishnananda, un sabio hindú, maravilloso educador de almas, clarísimo expositor de los Sastras, nos dice lo siguiente, apoyándose en el Brihadaranyaka Upanishad y su contenido:
"Se encuentra en uno de los capítulos del Brihadaranyaka Upanishad, un esplendoroso diálogo entre Balaki, sabio de profundos conocimientos, y el rey Ajatasatru. El diálogo en cuestión trata sobre Brahma condicionado, o Dios con forma y atributos, y Brahman, o Dios sin forma e incondicionado por ningún atributo. Mientras el sabio pandit insistía en la meditación a través de las formas visibles y manifiestas, el Rey, educado en otra línea de pensamiento, explicaba que ninguna forma, ninguna manifestación visible podía considerarse como completa en sí misma, a menos que tuviera en cuenta la Esencia invisible y eterna que le sirve de basamento. Así, toda la conversación entre ambos, giraba en torno al reconocimiento de lo universal que se escondía en cada modalidad particularizada, en cada forma dada en lo manifiesto, y este Divino universal, es una misteriosa Conciencia que apenas si se deja entrever en el estado de Sueño Profundo, cuando toda externalización del ser, yace recogida. Esta es la esencia de la conversación entre el sabio Balaki y Ajatasatru.
Hay pues, en este diálogo, una interesante, y a la vez enigmática instrucción que dice:
"Todo aquello que es cósmico, se encuentra también presente en lo individual, todo aquello que es Brahmanda, se halla también en Pindanda".
Los grandes Sabios, Vashista, Vishvamitra, Bharadvaja, Atri, Jamadagni, Gautama, Kayshapa, etc, se hallan en nuestros propios cuerpos, como supervisando los diferentes miembros de nuestra personalidad. Aún los mismos Devas o Dioses, tienen su asiento en nuestro vehículo físico. Los ojos, por ejemplo, que son la expresión más sutil de la materia ¿No se hallan regidos por Agni, el Deva de la Luz, del Fuego? En nuestro propio ser podemos vislumbrar la presencia de la Inteligencia Celeste; en nuestro propio ser, podemos, también, realizar a Dios.
Este pensamiento, que es la quintaesencia del pensamiento del Upanishad, nos es dado también a través de otro diálogo: el de la sabia reina Maitreyi, y su esposo, Yajnavalkya. Se trata de un mensaje de eternidad, de sabiduría profunda que trata de despertar nuestra conciencia al hecho de que, todos los amores, de un modo y otro, y sin que lo sepamos, es amor a Dios, así como toda satisfacción, todo afecto, tienden hacia El.
NA VA ARE SARVASYA KAMAYA SARVAN PRIYAM BHAVATI; ATMANASTU
KAMAYA SARVAM PRIYAM BHAVATI:
O sea:
"Nada es amado por sí mismo:
es por el Absoluto, oculto misteriosamente
en todas las cosas, que esas cosas son amadas".
Así, es la presencia de lo universal en lo particular, lo que despierta en nosotros el amor, el apego a "eso" que es, como decimos, particular. A causa del apasionamiento grosero de los sentidos, y la ceguera de la mente inferior, no podemos percibir lo Universal inmerso en lo particular. La felicidad que nos otorgan los objetos sensorios, las formas perecederas, son atribuidas a ellas mismas, y así decimos, "esto me gusta, esto me da placer", cuando en realidad es el Absoluto que mora en todas las cosas manifiestas, lo que nos otorga la dicha, la alegría.
Una enseñanza maravillosa es la siguiente:
"Lo Universal-Absoluto, nunca se manifiesta plena, totalmente en lo particular; puede manifestarse, sí cuando la personalidad se debilita, cuando el "yo" desaparece".
Siempre que exista en el hombre la tendencia a olvidarse de sí mismo,
como ego manifiesto,
inmediatamente surge en la mente un estado de felicidad:
A mayor olvido de nosotros mismos,
más puro el brillo de la alegría en nuestros corazones.
Así, el egoísmo lleva en sí su propio castigo: la continua queja "por lo que nos falta", el continuo dolor "por lo que no tenemos".
Podemos decir que, en las almas brillantes, en los seres humanos elevados, que alcanzan a menudo estados apenas presentidos por las personas comunes, se da como una urgencia de lo Absoluto por manifestarse allí, en lo particular. Cada forma que nos atrae lo hace porque sobre ella se proyecta, como una luz invisible, ese Divino Absoluto. Si nos quedamos "en la forma", apartando de ella la inefable Esencia que la envuelve, decaeremos y pereceremos con esa forma. Si, por el contrario, nos esforzamos por descubrir en todas las cosas, la presencia de Dios y su grandeza (recordemos a Cristo, frente al perro muerto, del que todos huían: él no lo hizo, él halló el Absoluto, aún en su cuerpo destruido, y así pudo decir "¡qué dientes blancos y hermosos tiene!"), si nada para nosotros es totalmente feo, radicalmente imperfecto, si nos esmeramos por hallar en todas las entidades manifiestas el sagrado esplendor del Ser, ganaremos en conciencia, y poco a poco nos transformaremos en criaturas de perfección, puesto que decidimos unirnos a lo Perfecto.
Eso es SAMADHI, encuentro con el recóndito Ser de uno mismo, y ese es el Fin, la Meta de la Vida. Como nos dice el Bhagavad Gita: "... Quien ahí llega, se funde en el seno de la Divinidad..."


Enséñame en él, a servir a tus hijos sonriendo.
Que mi corazón sea fuente lírica
y mil latidos de campanas salmodien en él sólo himnos de alegría.
La severidad, el rostro ceñudo, el andar en enfermizo silencio entre la gente, es propio tan solo del niño adulto, que aún no ha comprendido que Tú eres Gracia, Risa, Música. La espiritualidad no tiene que ver con ningún tipo de castración mental. No seremos mejores por tomar carta de ciudadanía en el oscuro país de los rincones, de las penosas renunciaciones, de los labios apretados, de los rostros rígidos y acartonados.
La espiritualidad es canto y alegría, es desborde de Amor y anhelo de llegada a Tus brazos. Comienza un nuevo año, Padre mío...
Dame la gloria de aprender en la escuela de sus días, No a meditar, No a orar, No a rezar: dame la gloria de aprender a pensar siempre bien de mi hermano, como perdonar sus faltas, como destruir en mí, al crítico que juzga, al enano que malquiere, al holgazán que no trabaja "deseoso del bienestar del mundo". Si mi mente se torna pura, comprensiva, piadosa, no necesitaré de ningún libro que me enseñe a meditar, porque me habré constituido en la morada de la meditación. Una mente compasiva, medita naturalmente, como la flor, naturalmente, da su perfume, o como brilla naturalmente el Sol.
Comienza un nuevo año, Padre mío...
Si soy negociante, concédeme la Gracia de no engañar, de no lucrar con la inocencia de la gente, de no vender a mil, lo que me costó cien, de no sonreír para convencer, falsear para ganar. Concédeme sobre todo la Gracia de NO MENTIR.
Si soy artista, te ruego Señor, que el talento que me conferiste, no sea utilizado para exaltar las pasiones de mis hermanos, sino, para resaltar lo Divino que hay en ellos, a través de mi arte. Entienda yo que todo lo que gano y todo lo que hago, valiéndome del reino de las sombras, acaudillado por el temor, la mentira, la hipocresía, por ese mismo reino de las sombras me será arrebatado, así como también, todo lo que hago en el Reino de la Luz, de la Verdad, de la Sinceridad, allí irá a fructificar y tener renuevo.
Comienza un nuevo año, Padre mío...
No se si en él me aguardan la felicidad, el dolor, la gloria o la muerte. Aprenda yo a vivir, corazón adentro, lo que tantas veces repitieron mis labios: "Nadie puede llegar a ser Perfecto, si no renuncia a la voluntad intencionada", o "Hágase Señor Tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo"...
Acepte pues, de Ti, lo que me das,
sin agradecerte tan solo por lo que juzgo bueno y feliz,
sino por todo cuanto pones en mi camino.
Tú sabes lo que me conviene, no yo;
Tú eres mi dueño y Señor, no mi deseo,
arrodillado siempre ante lo placentero, y en estampida ante lo que no comprende y cree que es un mal.
Comienza un nuevo año, Padre mío...
Si soy Maestro, sea humilde constructor de almas. No utilice yo la palabra, que es sagrada, para dogmatizar a mis semejantes, sino para liberarlos de todo dogma. Muchos hay, que con sus discursos ampulosos, sólo compran mortaja para sus espíritus, muchos hay, que con sus conferencias hacen que el fanatismo levante su trono y la antifraternidad su dominio.
Cante yo con mis palabras la sagrada Verdad de Dios Uno para todos los hombres de la Tierra, más allá de credos particulares, porque este es tiempo de Unión, no de división.
Comienza un nuevo año, Padre mío...
Si soy campesino, dame la semilla buena del Amor, para depositarla con ternura en los surcos del alma, y aparta de mí, Padre adorado, toda espina y toda cizaña. Si soy Idealista, si quiero el Bien para tus hijos de la Tierra, o si procuro su bienandanza y su fortuna espiritual, te ruego Señor, que me des la quietud insobornable de tus montañas. Aprenda a caminar llorando, lacerado, feliz o triunfal, pero... aprenda a caminar más allá de todo accidente del Sendero. No tenga mi paso el perfume de sus flores, ni tampoco sus piedras o espinas.
Comienza un nuevo año, Padre mío...
Dame por Reyes a quienes servir,
la Devoción a Ti, y el Amor al prójimo.
Que siempre halle regocijo
en la práctica de la Fe y el Servicio.
Gracias Señor, por esta nueva oportunidad de Crecer .


Atrévete a querer.
De Dios no nos separa ningún conocimiento metafísico,
ninguna ignorancia a nivel mental:
nos separa nuestra incapacidad de amar.
Los pobres ojos nuestros, dejan huellas muy débiles en la Casa del alma. No los pongas a andar y andar por el Universo del conocimiento intelectual... Que si la teología... que si el yoga... que las técnicas de meditación...¿Qué es todo eso? Para un corazón incapacitado de amar, el conocimiento no es sino otra forma erudita de disfrazar la Gran Ignorancia, el Gran Vacío. Entrega tu corazón a Dios, entrega tu corazón a la Vida, sé un latido, sé un canto de comprensión, sé una sonrisa eterna si quieres conquistar la Verdad. Sé simple, atrévete a ser simple, y entiende que es eso de la simpleza, sin la cual, según Jesús, Mahoma, el Bhagavad Gita, y todo libro y Maestro sabio, inútil es aspirar a la Vida Divina.
Este mundo, hermano querido, está abarrotado de intelecto y de intelectuales. Movemos mucho la mente, ejercitamos en demasía el pensamiento, mientras el corazón se nos muere por dentro, como un desierto estéril, seco, incapaz de dar flor.
No despertarás al Reino de la Fe pensando,
sino... amando.
El universo y tú son hijos del Amor. Erramos cuando permitimos que el alma golpee puertas de letras en busca de la Gran Sabiduría...¿Qué puede darnos el pensar? A Dios se lo llama desde el corazón a la Verdad, al Bien, y hasta a la Belleza, se los llama, como te digo, desde el corazón. La mente es la morada del miedo, y el miedo es..."¿Por qué?"... "¿Por qué estoy aquí?"... "¿Por qué tanto dolor en el mundo?"... "¿Por qué tanto infortunio, angustias, miserias?"... Es cierto que la mente puede darte respuestas al respecto, mas la firma, el sello final de todas ellas, la rúbrica que te permite entenderte con la Verdad, es puesta por el corazón humano. Una mente informada que para nada puede canalizar Amor, sentimiento abierto y constante, una mente ahíta de ciencias, que ahoga en sus aguas el sentimiento, sólo puede lograr una cosa: precipitarnos al vacío.
Entiende que no te digo: "Haz la mente a un lado"... Te digo que la pongas en el lugar que le corresponde, y ese lugar, es el de ser nodriza nuestra, nodriza de nuestro florecimiento interior, mas sólo eso, nodriza: florecer, debe ser virtud nuestra, y el ser humano asienta su vida total, no sólo la vida de su cuerpo, en el corazón. ¡Es allí donde florecemos!
Por mucho que sepamos, por mucho que investiguemos, por mil senderos intelectuales que tomemos... ¿Qué puede ser todo eso, en comparación con la Ciencia infinita de Nuestro Señor? Nada, simple hojarasca, polvo en el desierto de la ignorancia que nos viste...
Es cuando el ser humano abre las puertas de su sentimiento, que todo se le devela, cuando ama, que todo lo sabe, cuando se entrega a vivir por Amor y nada más que por Amor, es que Ve la luz rutilante de la Verdad... Ello tiene su por qué: al amar, y al hacerlo sinceramente, muere su egoísmo, se debilita su pequeño "yo" y nace espiritualmente. Y es que el "pequeño yo", sólo sabe cuidarse a sí mismo, se protege, se esmera en mil acicalamientos y mil fatuidades... Para que los otros sean en Mi, yo debo morir para "mi mismo"... Cuando matamos a nuestro egoísmo, nacemos al Espíritu universal y hallamos entonces a Dios, Nuestro Señor, develado no en forma de conocimiento huero, sino de vida perfectísima.
Ama a todo y a todos, al pájaro, la flor, la Madre Tierra, y sus hijos ¡Que cante tu corazón un himno constante al sentimiento,
sé plegaria, sé mano que acaricia, sé perenne ternura, sé bendición para todos y perdón...,
siempre perdón...
Sé más que un ser humano de justicia:
sé un ser humano de comprensión;
la comprensión es el "alter ego" de la justicia. No mide ya, sino que entrega todo. Es como luz, que una vez encendida, alumbra por igual la choza del anacoreta, el palacio del poderoso, la corola de la rosa... La justicia piensa, necesita pensar; la comprensión necesita amar. Nadie, en quien no resplandezca el amor, puede decir "comprendo".. Recuerda constantemente la vida de los ascetas, santos, anacoretas de la historia. ¿Qué aprendían a negar? ¿Qué era lo que ellos más temían? El dominio del pequeño "yo", el que ni mira la flor, ni entiende el lenguaje simple del río, el viento, las estrellas, el que no quiere a su hermano, el que sólo tiene cabida para sí mismo.
Se cuentan historias de santos, y todas ellas enseñan al ser humano lo mismo: cuando a San Francisco de Asís algo le atraía fuertemente, si se trataba de un objeto material, se apresuraba a regalarlo, si una pasión del alma, se apresuraba a exterminarla. Lo mismo acontecía con Santa Teresita del Niño Jesús: para ella eran las labores más difíciles dentro del convento del Carmelo, las que más rechazaba su personalidad mortal; de ese modo, iba limando sus aristas y preparando su vehículo para que este sea verdaderamente DIGNO COFRE DEL MAXIMO TESORO: EL SENTIMIENTO DIVINO. Nada tener, en esta Tierra, todo Dar al Hombre, usar lo mínimo en la casa de la vida manifiesta... pues, quien busca el Oro Celeste, rechaza el otro, su contraparte, y vive de mendrugos y en contentamiento. Todo esto ¿Puede lograrse mediante la especulación? No. Sólo por medio del sentimiento. Desdichadamente, se olvidan las palabras del Evangelio cuando este enseña: que ninguno puede servir a dos señores, pues, o aborrecerá al uno, y amará al otro, o se llegará al uno, y menospreciará al otro; no se puede servir a Dios y a Maamón a la vez... Para servir, pero servir de verdad, el corazón debe hallarse presente. De no hacerlo, no se puede llamar servicio, sino servilismo a la acción efectuada. Quien se inclina hacia Dios y busca Su Gracia, florece en afecto puro e inmaculado hacia el Creador, se halla como hechizado por Su Presencia, y El anhela, de modo que todo lo entrega por merecer la Gracia de una mirada Suya... y esa entrega es posible tan solo cuando es el corazón el enamorado del Señor.
Así, entonces, la gran tarea del ser humano es conquistar la llave del Amor, para que su corazón se abra. No escatimar esfuerzos para lograrlo, pues sólo con ello se alcanza la respuesta al Gran misterio: el de nuestra propia identidad.
No sabremos quienes somos
mientras permanezcamos indiferentes
a la energía del Amor.
Cuando se nos dice: "Conócete a ti mismo", hacemos muy mal en interpretar esa enseñanza como si se tratara del burdo conocimiento de la mente; conócete a ti mismo como criatura hecha de Amor, de Divino Amor, creada por el Padre de todos los Amores, conócete como Fuente inconmensurable de Amor... y cuando te diluyas por Amor en el Gran Amor, cuando pierdas tu pequeño "yo" a los pies de Aquello, sin que te importe nada de ti, pospuesto totalmente, enajenado totalmente por la virtud suprema que te ordena adorar la Causa de las Causas, entonces y no antes, sabrás la Verdad sobre ti mismo... el mundo... y Dios.


El desierto de Egipto, tan estéril físicamente, tan fecundo en Gracia Divina para los espíritus santos que buscaban refugio y cobijo en su inmenso regazo amarillo...
El joven Juan, quería ser santo. Había entendido que ese era el fin de la vida: la santidad, y a ella se abocó con todas sus ansias. Le llamaban "Kolobos", el "enano", o el "pequeño", por su cuerpo diminuto. Sin embargo, interiormente, era un gigante, y de tal fuerza, que pudo sumarse a la hueste de almas que en el desierto egipcio buscaban la comunión con su ser interior, con ese "Reino de los Cielos", que está dentro del corazón...
Como guía suyo, tomó a un viejo ermitaño, ducho en prácticas ascéticas.
-Toma ese palo seco, dijo a Juan uun día, y plántalo: ve luego al río y trae agua con la cual lo regarás. Todos los días deberás hacer lo mismo, hasta que lo veas llenarse de capullos y frutos. Juan observó el palo: estaba realmente seco. Se trataba de un viejo cayado, un bastón de los ermitaños, un pedazo de madera muerta, que hacía muchos años se había olvidado del beso de la savia perfumada y vital...
Por cinco años consecutivos, con gran humildad de corazón, cumplió la orden de su viejo Maestro. Iba hasta el río y acarreaba el agua. En silencio, con su ser consagrado a la virtud más difícil de todas: la santa obediencia.
Una fresca mañana de primavera, al ir a regar el viejo cayado, vio que su color era verde y que su milagroso verdor se transformaba en flores y las flores en rojos frutos...
-Comed, dijo el sabio ermitaño enttonces, comed la pulpa del fruto de la obediencia; y regalaba a todos los aspirantes a la santidad, ese fruto que nacía del Cielo Espiritual de Juan.
Opinaba Juan que un hombre de inteligencia, debía contactarse muy poco con el mundo y sus cambios constantes: quien busca la quietud de lo Eterno, debe saber hacia donde orientar sus energías. El río del tiempo, podía arrastrar en sus aguas, las raíces débiles de plantuelas crecidas a su vera, en las orillas... pero difícil era a su veleidoso movimiento, llevar las altas montañas en su seno...
Juan tejía cestas, pero a menudo, dejaba de hacerlo para consagrarse a la comunión con Dios. Ayudaba también a cuantos podía. La joven Paesia, que había caído en agudos desórdenes morales, retomó el Camino de la rectitud, conmovida por sus lágrimas.
-¿Qué mal te ha hecho Nuestro Señoor?, preguntó Juan a la joven, para que con tus actos hayas decidido alejarlo de tu vida?
Paesia, convertida por su doctrina de Amor, lo siguió al desierto, muriendo luego en oración, mientras su alma, ya purificada, ascendía a los cielos... El conoció también la mentira y el error de las luchas entre religiones. Dios es Uno, pero al hombre le resulta difícil comprender esto, le es difícil comprender que Dios es como el Sol, está en todos los Templos de todas las Religiones del mundo, y en todos los Maestros que, al fin de cuentas, siempre y por siempre, enseñan las mismas verdades: amar a Dios, amar al prójimo...
Así, cuando los adoradores de Alá, sitiaron Ezqueta, en el desierto, Juan cruzó el Nilo y se retiró a una cueva cercana al Mar Rojo...
Cuando sus discípulos le interrogaron, pidiéndole para sus almas, la sagrada enseñanza que había conducido tan bien a la suya, Juan, ya en su lecho de muerte, les dijo:
"Nunca he hecho mi voluntad, y nunca he enseñado nada que yo no hubiese podido practicar con anterioridad".
¡Hombres de la Tierra, escuchad mil veces esa sagrada enseñanza del santo! Hay verdades que, como la Primavera, el alba, la luz en las noches de Luna, hemos de hacerlas íntimas nuestras, a fin de que nos llenen de belleza y nunca las olvidemos:
"Nunca he hecho mi voluntad,
y nunca he enseñado nada
que yo no hubiese podido practicar con anterioridad"


En las últimas décadas del siglo pasado y las primeras del siglo actual, surgieron estudiosos de religiones comparadas, -Max Müller, Bournoff, etc- que buscaron similitudes entre ellas, o bien, equivalencias en sus mitos, tradiciones, leyendas. Tuvo su cúspide, y conoció también su declinación. De esos gigantes de la fenomenología teológica, de los estudios filológicos, etc, nos quedan sus libros y un sutil recuerdo, pero nada más. No es que no se siga investigando, pero... falta ahora el entusiasmo y la pasión por sus descubrimientos.
Hubieron eruditos que opinaron que estas "comparaciones" carecían de fuerza, y hasta de razón: se argüía que cada religión era como un bloque cerrado en sí mismo que, si bien puede presentar ciertas similitudes con sus vecinas, estas son algo así como una mera coincidencia... Lo cierto es que todo esto nos parece un maravilloso amanecer, que se quedó estático, como petrificado, en su primer nube de arrebol. ¡Cuánta falta le hace a la humanidad sabios que investiguen sobre las raíces universalistas de las diferentes religiones! A veces creemos que a estos pioneros mencionados les faltó una Gran Télesis, un supremo "para qué"... y desmayaron en el camino, agotada la curiosidad y el asombro ante tantas similitudes entre los diferentes sistemas de credos. Al hombre del futuro le tocará proseguir con el descubrimiento de esa Verdad, y para eso, como en las modernas clínicas médicas, que cuentan con innumerables aparatos científicos para prolongar la vida del cuerpo material, para eso, como decimos habrá que contar con todo el equipo que la tecnología pueda facilitar para que sus investigaciones logren ser más efectivas en el menor tiempo posible. Hace falta regresar al estudio de los jeroglíficos egipcios, las tabletas cuneiformes, lenguas como el arameo y sobre todo, hace falta un corazón abierto, universalista, amante de la fraternidad entre los seres de este planeta. Habrá que trabajar denodadamente y en equipo, regresar con optimismo a la filología, acuñar nuevas armonías dentro de la gnoseología mística.
Para los más viejos de espíritu, ningún sondeo espiritual es necesario para acrecentar la Fe en Dios Nuestro Señor; para muchos, como el Tomás bíblico, es preciso "ver para creer" y ellos son los que importan, ya que "si no ve, no creen"... y si no creen puede pasar cualquier cosa, ninguna de ellas demasiado buena, ya que el alma ciega, suele inclinarse por la violencia, fruto del error. Como en toda familia, en la Gran Familia Humana, los que demandan mayor atención son los niños; "niños" que incendian embajadas, matan y destruyen apoyados en el siniestro bastón de sus opiniones y envueltos en la capa de sus dogmas, esa nefasta vestidura de Satanás.
Como decíamos, para un espíritu de luz, sea este el de Ibn'Al Arabi, San Francisco de Asís, Ananda el budhista o Salomón el judío, basta mirar el corazón para saber todas las verdades y comprender que Dios mora en el interior de cada criatura humana, mas, el trabajo debe hacerse para los que afirman su Fe en los datos extraídos a través de arduas investigaciones. Con el andar del tiempo, ellos también aprenderán a
creer sin necesidad de "ver" reflejado en lo material, lo que es un axioma del espíritu: aquello que reza "Dios es UNO" para todos los pueblos y culturas de la Tierra, Uno y el mismo, allende los diferentes ropajes con que cada grupo étnico lo haya cubierto.
Es un largo, muy largo camino, pero... también es el último de los que se deberán recorrer, para que puedan quedar en él, las huellas firmes y arcanas de la tan buscada fraternidad entre los hombres de la Tierra.


Kavi Kah, era mendigo y era pobre. Un mendrugo de pan, solía alcanzarle para ser feliz durante días. Haulia, en cambio, era Rey, y los manjares más exquisitos, no bastaban para tenerlo contento ni un par de minutos.
Cierta vez, por esos azares del destino, una fuerte tormenta, arrojó al monarca de su cabalgadura a los brazos de un río. Vientos huracanados y una noche interminable por lo borrascosa, hicieron imposible el rescate, y el pobre Rey, fue a dar, malherido, semidesnudo y entristecido, a la humilde choza de Kavi Kah, situada en el centro del bosque. Como el mal tiempo continuaba, el rescate se hizo imposible, y así, el monarca se vio descansando en el suelo, cubierto con harapos y alimentado con mendrugos de pan y raíces conseguidas por misericordia Divina. Durante la noche, oía sin embargo, cantar a Kavi Kah con voz tan melíflua, bien timbrada, y tan llena de mieles de la devoción que el pobre Rey hubo de admitir que jamás ninguno de sus cantantes palaciegos había ejecutado iguales maravillas con su garganta.
Durante el día, Kavi Kah limpiaba su choza con sereno alborozo... sí, allí descubrió el Rey que puede darse un sereno alborozo.
-Es que agradezco a mi Señor esta choza, se disculpaba Kavi Kah ante el monarca... muchos hombres en esta Tierra mueren víctimas del frío, bajo la nieve, y no poseen para comer ni mis mendrugos ni estas raíces... yo tengo todo esto, y sobre todo, lo tengo a El en mi corazón... ¡Sí que Alah me ha dado razones para sentirme agradecido!
Los días transcurrían y el Rey fue sanando de sus heridas y poniéndose más fuerte. Dejando atrás sus costumbres soberanas, diose en ayudar a Kavi Kah en los menesteres cotidianos; acarreaba agua, barría la choza y cosechaba raíces. Aprendió sobre el canto de los pájaros, el valor de los frutos del bosque y el perfume de las diferentes flores.
Solía esperar ansiosamente la noche, para oír cantar al mendigo, y así, el asombro floreció en admiración, luego en anhelo y después en devoción profunda.
Con el transcurrir de los días, la crecida de los ríos dio paso a cauces normales. Cesaron los fuertes vientos y las lluvias intensas. Todo volvió a la normalidad, y con ella, la búsqueda del Rey por la comarca se hizo frenética.
Un atardecer, la caballería real dio con la choza, y el soberano por fin fue hallado.
Descendió de un palanquín el primer ministro y arrodillándose ante el Rey, le dijo:
-Por días lloró tu pueblo tu desapparición, Oh Señor. Este atardecer, en realidad es una aurora, puesto que te hemos encontrado y la felicidad inunda los corazones del reino.
Abrazó el Rey a su fiel servidor y con lágrimas en los ojos le confesó:
-La libertad del mundo viste el roopaje de esta choza, el corazón de la Fe se guarece en el corazón de este mendigo y el verdadero Reino de los Cielos eleva sus cimientos en su voz, cuando canta a Alah. No...no quiero volver a la mentira de un reino vacío de Verdad. Sin el canto de Kavi Kah me moriría como una rama separada de su tronco. Aquí he aprendido que puedo orar a Alah en la Gran Meca del universo cuya dirección se halla por todos los lados del mundo. Aquí estoy aprendiendo a ser Rey de Verdad, ya que el único Rey que impera sobre la Tierra, es el que impera sobre la ignorancia, y la ignorancia, ¡oh Ministro!, sólo tiene un nombre: ¡el desamor a Alah! Quien lo ama y se entrega a El, pasa de ser ciego a ser vidente, de no ser nada, a ser Todo. Ya no deambula, camina. ¡Permíteme pues, quedarme aquí, y que Su Misericordia proteja tu reino, y me oriente hacia el mío!
...Cuentan las tradiciones, que este episodio pasó hace mucho en las regiones de Badalah, y que los años que siguieron a la renuncia -o conquista- de este Rey, fueron colmados con toda clase de gracias. Nunca, ciertamente, se vio lugar más feliz sobre la Tierra que ese pequeño reino abandonado por el otro, el Verdadero Reino de Dios.


Resulta asombroso descubrir que toda la bien hilvanada metafísica Hindú, con sus sesudas y lógicas explicaciones sobre la vida, la muerte, la Inmortalidad del género humano, descansa sobre una minúscula idea, un hálito conceptual: la transmigración. Su filosofía es como un ciclópeo edificio apoyado sobre cimientos de cristal. El mínimo vientecillo de alguna hipotética comprobación científica en su contra, daría por tierra con todo su elaboradísimo artesonado. Allende nuestras simpatías -o antipatías- por esta creencia medular de los hindúes, lo cierto es que su verdad o fantasía, oculta su rostro en el misterio, como la legendaria esfinge del Nilo. Sería demasiado pueril basamentar nuestros imaginados axiomas en un Mozart componiendo a los cuatro años, o una Minou Dudet rimando a los nueve años como un viejo académico de la Sorbona. Si fuera tan fácil descubrir lo que es verdad con semejante endeble argumentación, el mundo se convertiría en el país de las Hadas, el universo del lirismo, el trono de la paranoia.
A su vez, ¿qué sería del Cristianismo, si por uno de esos azares de la arqueología, o la filología, o cualquier nuevo descubrimiento de la siempre curiosa Historia, se llegare a saber a ciencia cierta que el Maestro de Occidente no murió en la cruz?
Millones de criaturas humanas, sean estas hindúes, cristianas, budhistas, musulmanas, etc, se apoyan para decir "creo", en bastones de humo, bastones que por otra parte y de ninguna manera, fueron aconsejados para que se los porte por sus líderes religiosos. Ninguno de ellos dijo: "Apóyate en la historia de mi muerte y parte de allí al Cielo Interior", o bien..."Si no creyeras en la transmigración el Camino te será vedado"... Todos ellos, en cambio, fueron absolutamente categóricos en una unívoca gran enseñanza: la de la oración. Todos ellos hicieron del arte maravilloso del "rezo-comunión" con el Padre de todo lo Creado, la carta de ciudadanía de la Perfección Espiritual. Sin el recogimiento íntimo del alma en la oración, no hay posibilidad de trascendencia alguna.
¿Por qué -nos preguntamos- para decir "creo", hemos de tomar alguno de los innumerables senderos por donde nos conduce nuestro paladar mental? ¿Tiene que ver la Verdad con aquello que elegimos, del vasto universo de la gastronomía metafísica? ¿La Fe, se puede ordenar a algún "Maitre-Guru", para que nos traiga a la mesa, como si fuera una langosta o una milanesa? ¡Guardad la "carta" mental! Nos dicen los que Ven, los que Saben, aquellos que fueron UNO con el Padre... "Todo conocimiento no es sino ignorancia"... Aconsejamos pues, al lector, cuando trate de establecer un nexo con el Absoluto, recordar las palabras de Isaías: "Si no creyeres no entendieres".
Es la Fe quien debe ir adelante,
y la mente, con sus racionalismos, opiniones y discursos, seguirla con humildad.
Vasto, muy vasto es el océano del conocimiento, mas... "para un sabio espiritual las grandes Escrituras son como un hoyo lleno de agua, en medio de una inundación". De nada valen los trabajos escriturales de las innumerables ortodoxias para el corazón vacío del Amor a Dios.
Son naves de papel, que en modo alguno podrán jamás cruzar el río del Tiempo para llevarnos a la Eternidad de la Verdad.
Sigamos pues a Pablo cuando nos aconseja:
"Orad sin cesar",
a Mahoma, cuando nos habla del
"Recuerdo constante de Dios",
al indio, cuando nos enseña que
"Sólo por devoción, se alcanza a ser uno con el Señor"...
En cuanto a la mente... que lea sobre el Zen, el Tao, el Yoga, que lea... pero sepamos nosotros que ello es sólo una acción purificativa. Ninguna verdad cabe en la mente. La Gran Verdad-Hombre-en-Dios, es obtenida tan solo por la vía de la oración, pues en ella expresa el corazón su Amor a Aquel, única Gran Realidad, acabada Sabiduría .

Los grandes Maestros Espirituales dieron sus enseñanzas valiéndose de conceptos absolutamente simples; ninguno de ellos echó mano a metafísicas o ideas complejas. Todas sus palabras tuvieron siempre la sencillez, armonía y belleza de una flor. ¿A quién, cristiano o no cristiano, dejan de seducirle e impactarle las palabras del Sermón del Monte?
¿Quién no se conmueve ante aquello de "el odio no cesa con el odio, cesa con el amor", de Sidharta Gautama, el Budha? Tukaram, el santo Brahmín de India, decía que para llegar a Dios Nuestro Señor, sólo era menester cantar Su Nombre, cantar la gloria de Su Creación, desde el fondo del alma, porque ello purificaba el corazón de todas las máculas que, viviendo en el mundo material, habíanle sustraído su estado de Gracia. Santa Teresa nos habla de los cuatro grados de la oración, con un decir pleno de simpleza, magistralmente sabio, elevado.
En nuestro siglo actual, la espiritualidad suele confundirse peligrosamente con la curiosidad; la astrología occidental, o sea, la anti-astrología, se dedica al levantamiento horoscópico, hechura de cartas natales etc, etc, para husmear sobre el destino de un recién nacido, alguien que viaja, que está enfermo y quiere saber cuando se curará, o no. La Santa Madre, de esta "astrología" mongólica que viste y calza en nuestra era, esa Sagrada Santa Madre de la Astrología de Templos y Sacerdotes, estudiaba el inefable movimiento de planetas y constelaciones con el ánimo de hallar el momento propicio para serias meditaciones e invocaciones a seres angélicos, a fin de liberar a la criatura humana de las trabas que no le permitían concienciar su naturaleza superior. Era ciencia de gigantes: ahora es juguete de niños.
Está también el tarot, y la brujería, y el Vudu... y los mil y un "Yogas" (que no son tales) y las mil y una "Escuelas de Meditación" (que tampoco tienen nada que ver con ella) y los "Gurus"... y los "Videntes" y la cada vez más larga caravana de los buscadores de una "guía", de una orientación para sus interrogantes.
Mientras esto ocurre, agónicos y empolvados, los Tomás de Kempis, San Juan de la Cruz, el Dhammapada Budhista, etc, duermen en perdidos anaqueles, ocultando entre bibliotecas y telas de arañas, la herencia más sublime de la Humanidad, la medicina total para el alma de sus hijos, para la liberación de todos sus males a través de la única puerta de salida: la re-integración del hombre con Dios.
No necesitamos dar muerte a un pobre animal (como se acostumbra a hacer en ciertos ritos actuales), ni derramar sal, ni usar amuletos protectores contra el maleficio de nadie, no es preciso ningún "pase" magnético, ningún adivino, para atraer la gracia de la felicidad en nuestras vidas: todo lo que se precisa es sentir la presencia de Dios en nuestros corazones, orar más, estar más cerca Suyo, darle cabida a Su Luz en el alma... porque... "si buscamos el Reino de Dios lo demás nos será dado por añadidura..."
El hombre es criatura bendita; no mancillemos, no subajemos al Ser Divino que mora en él, llevándolo por caminos grises y lodosos en busca de la felicidad que lleva dentro cuando, ya purificadas las aguas de la mente se permite que ella, como un gran loto místico difunda su perfume y claridad en la vida.
San Pablo nos dice: "Orad sin cesar", la Vedanta hindú nos aconseja: "Posa tu corazón en Dios", y todo ello con palabras simples, sencillas y profundas.
NO BUSQUEMOS PUES
EL CAMINO DE SALIDA DE NUESTROS PROBLEMAS,
ALEJÁNDONOS DE DIOS NUESTRO SEÑOR.
Las mentes excesivamente complejas suelen esconder almas de niños.
Seamos aspirantes a la sencillez espiritual, y viviremos nosotros, y quienes nos rodean en paz, en fraternidad, y felicidad.


Era un ciego de rostro luminoso y sonrisa tan pura como indescriptible. Acostumbraba deambular por las calles del Cairo, entre el ir y venir de la muchedumbre, vendedores ambulantes, turistas, ejecutivos en sus autos herméticamente cerrados, damas musulmanas con el velo sobre el rostro y algunos animales, entre ellos unos pocos perros en busca de comida.
Se llamaba Gazim y tenía mil años o cuarenta.
Había nacido ciego, razón por la cual sus padres lo abandonaron a la puerta de un orfelinato al cumplir los siete años, completamente convencidos de que ya habían hecho lo suficiente, criando a ese desdichado, incapaz de valerse por sí mismo, privado de la visión como estaba...¿Para qué serviría en la familia? ¡Para pesada carga, nada más! Así, se deshicieron del pobre Gazim, que permaneció sentado allí durante todo un día y toda una noche, sin que nadie lo recogiera, ni para echarlo de allí ni para invitarlo a pasar. Cierto es que en el apuro por desembarazarse del niño, su padre lo abandonó en los umbrales de una puerta que jamás se abría, y no en la principal, temeroso de que se le hicieran preguntas sobre el pequeño, y no supiera como responderlas.
Pasó por allí un Iman que venía de Persia y para regocijo de Gazim lo llevó con él. Gazim se parecía en modo extraño a un hijo que tuviera en su juventud y al cual perdiera cuando este llegara más o menos a la edad que tenía ahora Gazim. Al buen Iman parecía no importarle en absoluto la ceguera de Gazim. Acariciaba ese rostro, igual a aquel otro, tan amado, y daba gracias a Alá por haberlo devuelto. Fue así como el niño aprendió a leer el Corán, interpretar sus enseñanzas, a obedecer rigurosamente las llamadas del Muezín para las oraciones. Alfombrilla en mano, gozaba internamente postrándose ante Alá, a quien, en su inocencia, suponía un gran Rey al que se debía rendir toda clase de respetos.
Con el tiempo, y a medida que pasaban los años, Gazim se hizo erudito en ciencias sagradas, permanecía junto al Iman constantemente y aprendía de este cuanto su mente ávida anhelaba saber. El Imán, por su parte, sentía tal afecto por Gazim, que volcaba su sabiduría, que era infinita, en el espíritu de su reencontrado hijo, con orgullo y alegría.
Muchos fueron los años que pasaron los dos en compañía, hasta que, como siempre sucede, el viejo Imán salió de la vida dejando toda su fortuna, que era mucha, y el tesoro de sus libros y sabiduría a Gazim, como único heredero.
Gazim, por su parte, construyó con el dinero el "Orfelinato para no videntes". Es claro que no se trataba de cualquier "orfelinato" sino de uno muy especial: era para quienes, si bien poseían la visión de sus ojos, y si bien tenían familia, eran ignorantes en la ciencia de Alá, su Fe se hallaba quebrantada por la duda, y la visión de sus almas era escasa, por no decir nula, en las sagradas enseñanzas del Profeta.
-No es importante para nada ver ccon los ojos físicos, decía Gazim. Estos, tarde o temprano se recogerán en las sombras de la muerte. Lo que sí es importante, es otorgar la Luz de la eternidad a quienes sólo poseen la visión de las cosas efímeras.
Un alma que carece de alimento divino,
lleva en sí, la peor de las cegueras: la tristeza.
Un ser triste, es un ser ciego.
La tristeza es hija de la falta de Fe,
porque la Fe es la visión del Espíritu.
Y como el número de sus discípulos creciera, y la gloria de las enseñanzas impartidas resonaban ya a lo largo y ancho del mundo alguien le sugirió a Gazim, cambiar el nombre de "Orfelinato para no Videntes" -que resultaba cursi y baladí- por el de "Universidad de Teología y Ciencias Metafísicas", o algo parecido.
-Si cambio el nombre, dijo Gazim, encumbraré a la arrogancia y al orgullo. Los que ingresen a este bendito centro, dirán pomposamente "soy un universitario del Colegio de Gazim" y la soberbia les llenará el corazón, donde debiera hallarse la humildad y el anhelo de servicio. De modo que nadie pudo convencerlo de lo contrario.
Gazim se hizo célebre en el mundo musulmán, por la claridad de sus enseñanzas. Manejaba la palabra bien dicha, como pocos, y cuando él daba una clase, era realmente un día de fiesta.
Hijos míos, decía a sus discípulos: todos los hombres somos huérfanos de Padre mientras no sintamos la Divina Paternidad de Alá. Todos los hombres carecemos de Hermanos mientras no concienciemos que leprosos y mendigos, presidentes y reyes son hermanos nuestros, mucho más hermanos que nuestros hermanos de sangre. Todos los hombres carecemos de Madre, mientras no nos arrullemos en el regazo de la Madre Fe y no escuchemos la canción de la Eternidad que es la canción de cuna que nos cantan sus divinos labios. Por eso, esta institución se llama así, "Orfelinato para no Videntes". ¿Por qué hemos de llamarnos "universitarios", cuando por dentro sólo nos sentimos emparentados con la duda, el desasosiego, la ignorancia, la ambición?
Gazim hizo discípulos realmente sabios, algunos santos o ministros de moral intachable, y muchos sacerdotes Imanes como aquel que fuera su benefactor, para gloria de Alá y su Profeta.
Sí, era un ciego de rostro luminoso y sonrisa tan pura como indescriptible. Acostumbraba a deambular por las calles del Cairo, como deambula el Sol, el viento y la Luna de nácar bendiciendo a todos con su presencia. Se llamaba Gazim y tenía mil años o cuarenta.
Nació para sembrar en las almas la semilla de la Eternidad. Al morir, dijo a quienes lo rodeaban sin apartar de sí, ni aún en ese momento, su eterna sonrisa: -voy a dormirme, pero me duermo por amor, para despertar luego de mi sueño, en el corazón de todos los hombres. Al triste, le enseñaré que Alá es suma alegría, al descontento, le diré que él es heredero del Cielo, al que duda, le hablaré de la Fe... Sí, este mundo es en realidad el "Orfelinato para no Videntes", pero... de la mano de Alá, que es quien lo dirige, al salir de él, todos recobramos la Divina Visión y nos tornamos sabios y felices.


Hermano querido: ¡ya has jugado demasiado tiempo a las escondidas! ¿Treinta, cuarenta, cincuenta años quizá? ¿Recuerdas tus juegos infantiles? Decías graciosamente a tus amigos:
-¡Todo el mundo a esconderse! ¡Conntaré hasta diez y saldré a buscarlos!
Luego, observabas cada rincón, cada árbol del jardín, cada cortinado de la sala buscando... buscando...
Creciste y ya médico o albañil, zapatero o dentista, imaginaste haber dejado atrás esos juegos de la infancia... pero te equivocas. Ya no buscas ahora detrás de los árboles o cortinados con alegría e inocencia; ahora continúas buscando, pero sin inocencia ni alegría los mil objetos de este mundo superficial que, según supones, te darán "felicidad"... "confort"... "estabilidad"... No aprendiste a quedar libre de ellos, no se detuvo la calesita pueril de tu mente fenoménica, no pudiste llegar a la Grande y Luminosa inmovilidad a la que llegan las criaturas atentas. ¡Todavía juegas a las escondidas!
¡Aprende ahora, no esperes que sea demasiado tarde! Aprende que sí, que es cierto, que algo se esconde en este mundo de las grandes ilusiones y que "eso" escondido, es el Hombre Gigante, el Hombre Real que se oculta de ese otro hombre pequeño e intrascendente, esa máscara, esa persona que hoy es y que mañana no será, se oculta sin querer ocultarse, como el Sol allende las nubes, el canto mirífico del ruiseñor en los ruidos ensordecedores de las cascadas.
Aprende Hermano a descifrar la milenaria sabiduría de ese Hombre silencioso oculto en tu propio corazón y conocerás el Supremo misterio de la Vida. Ella es un viaje, tu cuerpo-mente la nave, el mar embravecido, este mundo fenoménico, y el puerto hacia el cual te direccionas, tu propia Autorrealización, la conquista Suprema del jardín de las flores eternas, cuyas raíces se riegan con el agua del manantial de la Fe, y cuyas corolas pueden abrirse sólo, para poder contemplar con sagrado embeleso el fin de todas las búsquedas, el rostro bienaventurado de Nuestro Señor.


Une, hermano mío, las pequeñas perlas de conocimiento que te da la Vida, únelas con todo tu fervor y reconocimiento: es Dios en cada una de ellas que te está alcanzando el tesoro infinito de la Realización Espiritual, pero... esta es muy lenta, muy difícil, escabrosa como inaccesible montaña, peligrosa como el caminar sobre el filo de una espada.
El ser humano siempre tiene prisa. Un día cualquiera, ha despertado el anhelo por lo Divino. Busca entonces con premura un maestro, y del mismo modo en que termina un trabajo, diseña un plano, gana o pierde un juicio o arregla y remienda un zapato, de ese mismo modo, quiere YA llegar a los pies de Dios. Suele esta rara criatura viajar miles de kilómetros, internarse en oscuras selvas o altísimas montañas, buscando al maestro que lo llenará de luz: por su intermedio, piensa, la LUZ más plena lo poseerá: él saldrá de ahí realizado, él será un Perfecto.
He visto a muchos de ellos regresar, sin ninguna realización, pero sí, físicamente enfermos. Y es que al Cielo no se lo conquista a través de los consejos del ego altanero, sino con la ENTREGA AL CAMINO.
Cada vez que te digas... "Pero, yo amo al Señor, ¿por qué me cuesta tanto, entonces, sentir siquiera, remotamente, pálidamente, Su Presencia en mi vida? ¿Por qué no logro concentración, por qué mi mente vagabundea, y mi meditación se pierde y distorsiona?"
Cuando esto te preguntes, te ruego hagas cuentas:
¿Cuánto tiempo dispones en tu vida para Nuestro Señor? Te levantas, higienizas, vas a cumplir tus labores, comes, ves a tus amigos, vas a un cine, sales de paseo, compras alguna cosa en algún negocio, viajas, sueñas, imaginas o discutes, luchas por obtener un mejor sueldo, una vivienda mejor. Es claro, algo meditas, unos minutos piensas en Dios o lees algún capítulo de algún libro. Eso es todo. Tus matemáticas te dirán, si sumas bien, que tu mente se distrajo en los jardines de Maya, el mundo, la ilusión, el noventa por ciento de tu tiempo. A tus aspiraciones divinas, le diste apenas algunos minutos, arrinconaste a Dios en un pequeñísimo punto de tu día. En realidad, casi no le diste nada, tu conciencia estuvo siempre sumergida en la ilusión, en lo pasajero, en lo intrascendente. Luego, cuando llega un Maestro de Sabiduría, cuando alguien te alcanza un libro o te conectas con algún centro espiritual, corres ansioso esperando el milagro, pero... los milagros para los haraganes, son sueños imposibles.
Por ello es que te decía al comienzo de esta nota: une, enhebra con agradecimiento en el hilo sagrado de tu discriminación, cada perla de sabiduría que te alcanza la vida. Dile a Dios: ¡Gracias mi Señor! Desde la hondura de tu alma, y sigue sumando en ese hilo maravilloso, día a día, lo que cuando merezcas, ha de transmutarse en la llave con la que podrás abrir la cárcel que te mantiene prisionero: la ignorancia, madre del desamor.
Monjes muy pero muy sabios me decían en los Himalayas:
"Cada vez que llega un occidental a preguntarnos por algún método de meditación, permanecemos callados.
No existe un método:
existe sí, la entrega total al Nuestro Señor,
pero... es claro, ellos vienen por tres o cuatro semanas, o tres o cuatro meses, o años, mas, ese tiempo resulta poco para la transmutación del plomo en oro...".
Y agregaban algo muy cómico, pero, desdichadamente, muy real:
"Esta gente cree que se puede ensamblar un hombre en la "planta" de la Conciencia Divina, como se ensambla una heladera o un televisor en la "planta" de una fábrica"
Tu realización se dará de acuerdo a tu entrega. El proceso es simple: menos mundo, más Dios. Es claro que para buscar a este último, asegúrate muy bien de AMARLO SOBRE TODAS LAS COSAS. Si lo buscas caprichosamente, pero tienes tus amores puestos en el mundo, lo único que lograrás, será una mente enferma, que por haber querido dar un paso demasiado grande y abandonar todo aquello que todavía prefería, se hundirá en la tristeza y la depresión, sin poder ascender donde sólo la imaginación la ascendía.
Qué gloriosa es por eso la santísima virtud de la humildad y la obediencia.
¡SÉ FELIZ, CRIATURA!
¿No ves que en todo lo creado
Nuestro Señor tiene puesto Su Amor Infinito?
El te acerca a Su Lado, con ternura sin igual: lentamente, si te ve demasiado hechizado aún, por los juguetes del tiempo, apresuradamente, cuando tu inclinación hacia El es total. ¡Déjalo Hacer, y Canta con la inocencia de los niños! ¡Estás en el regazo de tu Madre-Padre, El te colma, te bendice, te abraza! Descúbrelo en todas Sus manifestaciones de Amor. Aún cuando crees que te hiere y castiga, El está puliendo tu corazón para acercarte a Su Luz.
En la dulcísima calma de tu Entrega, hermano mío,
es donde se devela Su Ser Glorioso.


Como la vida duele, a veces más, a veces menos, como parece que moramos en una trampa gigantesca, tratamos de salir de ella de cualquier modo. La búsqueda de la libertad se nos hace imprescindible. Anhelamos hallarnos felices, perfectos completos. Siempre imaginamos que nos falta algo para Ser así.
El sentimiento de nuestra imperfección ha hecho siempre que el hombre, cabalgando sobre el corcel negro de la ignorancia, trate de conquistar, para remediarlo, al gigante contrahecho llamado posesión. Así, acumula títulos, fortunas, fama, poder, hasta que descubre que ninguno de ellos lo ha podido sacar de la trampa de nuestra historia.
Por alguna hendija entreabierta de su vida, por algún libro leído al azar, por alguna charla escuchada al acaso, pareciera llegar ahora la llave salvadora, la que sí abrirá las puertas de esa maligna cárcel, ¡Ay!, de la existencia humana. De una u otra manera, oculta entre los pliegues de su ropaje mental, el hombre lleva siempre el trágico John Paul Sartre de "La nausea" que se escandalizaba ante la visión sufriente del universo.
Retornando a la llave de nuestra historia, ella se llamará ahora Samadhi, Moksha, Yoga o Enstasis o Extasis y Teresianismo. Se busca ahora salir de la trampa, logrando subir hasta la cumbre de esos estados de conciencia salvadores donde -según creemos- la vida abandonará sus espadas hirientes para acariciarnos con pétalos de rosas.
Pocos son los que saben que veintiún días continuados de ese supuesto Extasis o Samadhi bastarían para llevar a un hombre hacia la muerte física. Más de veintiún días, el hombre encarnado no puede resistirlos. Así pues, la verdad es muy otra, la verdad es que para salir de esa trampa, de esa vida alienada en el feroz condominio donde habitan las multiplicadas Parcas de la Religión Griega, el hombre debe vérselas día a día, hora a hora, minuto a minuto, con su mente, su vida o, al decir de Ortega y Gasset, sus circunstancias.
Abrimos la "trampa" cuando aprendemos a vivir, precisamente, con nuestras circunstancias. Ricos o pobres, jóvenes o viejos, sanos o enfermos, lo cierto es que estamos aquí para aprender a hacer, onticamente hablando, "buena letra".
Cada circunstancia que la vida nos presenta
nos está exigiendo el desarrollo de la paciencia,
la entrega del amor, del perdón,
el florecimiento de la bondad, de la rectitud, de la afabilidad.
Es como si se nos encerrara en una pieza oscura, en la cual se esconden lámparas y encendedores; el desafío es que podemos encenderlas para iluminarnos.
Cuando damos a luz a esa "trampa", cuando la llenamos de soles, ella desaparece y nos damos cuenta que la misma jamás existió. Creíamos verla, sólo cuando nos hallábamos entre sombras.
Cuando la luz nos posee, toda tiniebla se disipa. Los pequeños actos de amor para con el prójimo, el desarrollo de la dulce y difícil paciencia cotidiana, en fin, esas pequeñas obras nuestras de todos los días, son las madres Sagradas de los Verdaderos Estados de Conciencia Elevados, porque no se toma al Cielo por asalto, sino que se lo conquista día a día, aprendiendo a Ser.
 
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