Yo recuerdo que cuando muy niño hubo un violinista de nombradía mundial que apasionó los públicos chilenos, Kubelik era su nombre, y alguien me obsequió, como premio, un autógrafo suyo, que, por cierto, guardo como reliquia.
De niño me propuse ser como él.
De hombre comprendo el error.
Pueda que me haya servido de estímulo. Pueda que me haya servido de zancadilla. Corrieron los años, y Kubelik no fue ya el punto de miras mío. La vida me enseñó a comprender que no todos podemos llegar a la cúspide.
También la vida me dio orientaciones, y comprendí que el virtuosismo era sólo un aspecto de la expresión musical.
También conocí un estudiante de música que anhelaba llegar a escribir sinfonías, nada más que escribir sinfonías. Hoy ocupa un puesto en una firma comercial o en la administración pública.
Sé que de los conservatorios y de muchos maestros particulares, hay cientos de alumnos que están inspirados por Paderewsky o Rubinstein. Queman su niñez, adolescencia y juventud, perfeccionándose en el arte del teclado, aspirando a culminar en la sala de conciertos de Europa o Norteamérica. Así habrán muchos que han nacido hoy, y que mañana también aspirarán a ser figuras de renombre mundial. ¿Y por qué no?
Es necesario estimular al alumno; es necesario que el estudiante de música busque sus ídolos o se señale metas.
Yo estimo que sería más laudable que al alumnado se le hiciera comprender la importancia que tiene un buen profesor de orquesta, que dejarle aislado, taciturno, emprendiendo una ruta falsa.
Es pecado, por consiguiente, que la pedagogía no esté atenta a estos problemas o no los quiera abordar.
Considero que el músico debe estar preparado en este sentido, cuando inicia sus estudios. Es preferible preparar buenos soldados, en gran cantidad, a formar unos pocos generales que no tengan a quienes comandar.
Es necesario evitar que el músico, aquel ser superior que estoy tratando de describir, siga siendo víctima inocente de infortunio.
La desorientación mayor del músico aparece al abandonar su conservatorio, academia o profesor, y tener que entrar al profesionalismo, en el caso de no abordar la enseñanza privada.
Entonces es cuando comprende el abismo que existe entre lo que él idealizó y la realidad estricta.
También es a partir de ese momento, cuando el músico queda desamparado, sin orientación, sin una luz que le ilumine, sin un apoyo o una orientación profesional auténtica. No hay quien rija los destinos del músico profesional, o por lo menos no ha habido hasta la fecha. De aquí surge un problema que deberemos considerar más adelante.
Largo sería analizar el espíritu de estas mismas enseñanzas, como también sería tarea difícil diagnosticar la visión que de la música y profesionalismo en general, han captado los mismos.
Un hecho es indiscutible, y es que la adaptación a la música que el profesional debe cultivar va a encontrarle en un plano de evolución bastante ajeno a aquello que él conoció.
Los conservatorios y academias no han sido, hasta ahora sino centros donde el alumno recibe instrucción en los aspectos más severos de la música. Nada le pueden brindar al alumnado que le acerque a aquellas expresiones un tanto mundanas, que es el pan cotidiano del profesorado orquestal.
Si bien es cierto que es imprescindible que un alumno conozca a fondo las escuelas clásicas, románticas y modernas, también es cierto que hay matices sensibles dentro de esas mismas manifestaciones evolutivas.
Yo sé de los problemas que asaltan al profesor de una orquesta sinfónica, que, habiendo tenido contacto solamente con Beethoven, Mozart, Wagner, Debussy, debe, de improviso, entrar en contacto con expresiones audaces, cual el jazz.
Sé del abismo que ellos mismos se crean al no querer adaptar las modalidades actualistas. La posición de deshonra que imaginan les crea acercarse a una obra de jazz.
Pero es odioso no hacerles comprender que hay mil formas de cultivar su arte, tal vez con mayores satisfacciones y garantías que siguiendo, atolondrados, un camino que solo traerá desengaños, ruina moral y espiritual.
Estamos viendo a diario la tragedia de mil hombres salidos de conservatorios y profesores privados, que, por haber quebrado sus carreras, son hombres desilusionados, pobres, instrumentistas o enemigos eternos del arte que una vez amaron con divina locura.
La desventura se mete en sus venas, y ya se torna irremediable. Dice Taine: «Cuando los hombres son excesivamente desventurados, se vuelven excitables como los enfermos o los presos». Nada más gráfico que esto. ¿Qué podemos esperar, entonces, de ellos?
Hablamos del músico que recibe su instrucción musical sólida, en conservatorios, academias o de profesores particulares. Estamos tomando por base a aquellos que entran al profesionalismo con una conciencia y una capacitación artística fundamental, o por lo menos bien cimentada.
Fuentes: Pablo Garrido: "Tragedia del músico chileno". Samuel Claro V y Jorge Urrutia B.: "Historia de la Música en Chile". Revista Musical Chilena. Biblioteca Nacional, sección Referencias Críticas.