Yo no voy ahora a defender el jazz, pues el jazz no necesita defensa. Deseo, sin embargo, hacer notar que el advenimiento de este nuevo tipo de música ha puesto al profesor de orquesta en un plano especialísimo.
El músico que cultiva el género sinfónico, en nuestra tierra, no concibe las audacias del jazz, y si las concibe, las cataloga como degeneración musical. Esto es exacto y no necesita comprobación.
Hay aquí un complejo de inferioridad que Freud habría podido analizar, o psicoanalizar, muy fríamente.
El jazz, para desgracia nuestra, jamás ha sido vertido en su forma auténtica. Cuando se ha llegado a presentarlo, de esto hace muy pocos años (demasiado pocos como para poder sentar reales definitivos), ha sido desnaturalizado. De aquí que por jazz se haya entendido, durante largos años, bullicio, ruido, desarticulación y deshonra.
Cierto es que ha estado en manos de verdaderos piratas de la música, y aun lo sigue estando. Esto, también, es materia que trataremos oportunamente.
Decía que el músico que cultiva el género sinfónico, o de cámara -"serio"-, no concibe en el jazz una manifestación estrictamente musical. También siente heridos sus sentimientos más nobles frente a esta música de voluptuosidad rítmica y de coloraciones audaces. Todo esto es justo, y debe ser así. Debe ser así, en el caso del músico nuestro, ya que nada se hizo -durante su adiestramiento fundamental- en el sentido de prepararle o inculcarle un espíritu de «recherche», de investigación.
En su instrucción no se le dio oportunidad para que el espíritu tomase la elasticidad necesaria a los procesos evolutivos que la música debe fatalmente sufrir.
En su cultura general no se le preparó para los advenimientos lógicos a los trastornos en las ideas, costumbres y avances de todo orden. Salvo contados casos el músico toma contacto con la evolución de los pueblos. En su Filosofía del Arte, dice Taine: «Cada nueva situación tiene que producir un nuevo estado de espíritu y, por consiguiente, un grupo de nuevas obras». Esta es una ley que no tiene más remedio que ser acatada.
¿Puede esperarse, luego, que el músico reaccione rápida y favorablemente, a la aparición de estas nuevas obras? De ninguna manera. No está preparado. Deberá, pues, asumir una actitud conservadora, de defensa propia, de desesperada defensa propia.
Todo será inútil. Todo ha llegado demasiado tarde para que él evolucione. Comprenderá, posiblemente, pero no lo dará a entender. Pudiendo desplegarse en forma musical, habrá en él un fatalismo «sui generis» que le ligará involuntariamente al pasado. Derrumbe de toda una vida, derrumbe de toda una muerte. Tragedia de tragedias. Vejez prematura, inadaptación irreflexiva. Ha muerto, en el músico, el soplo que anima la obra de arte, el soplo que sublima al artista, al creador.
El jazz es creación. No podría existir el jazz si en el no se manifestara la personalidad, la vitalidad imaginista, del intérprete.
En cambio, yo lamento que nuestros músicos, nuestros verdaderos músicos, no hayan podido acercarse primero que nadie, al jazz. Lo lamento, porque ahora tenemos la triste realidad que está siendo vilipendiado por individuos de la más baja especie, que ni el nombre de músicos pueden ostentar sino sea engañando, gesticulando y prostituyendo.
Yo lamento que la música de hoy esté, en Chile, en manos de muchos desvergonzados que se escudan en la publicidad -ese virus fatídico- aprovechándose de la ignorancia que el ambiente mismo presenta.
Dice La Bruyere: «Si ciertas personas pudieran conocer a sus subalternos y conocerse a sí mismas, se avergonzarían de sobresalir». Nada más oportuno que esto, ya que hay directores de orquesta que tienen el descaro de declararse tales, abusando de que el profesorado orquestal necesita vivir, necesita comer.
Yo no condeno tanto al músico como a aquel que se deja engañar a sabiendas. Pero esto ha de tener su merecido; esto ha de terminar. Es preciso que los músicos de verdad despierten de este letargo, que abran sus ojos, alarguen sus oídos, y que la tragedia que ya llevamos encima, por tantas causas señaladas, no se torne en cataclismo.
Es necesario defender la música de los músicos. Es decir, de aquellos que se declaran enfáticamente músicos.
Es por esto mismo que la desorientación que el verdadero músico siente al surgimiento de nuevas formas expresivas, favorece el auge de mediocridades. No quiero negar el hecho de que los valores musicales deban renovarse continuamente, lo exige así la misma movilidad del pensamiento contemporáneo, y lo ha marcado aún más el cinematógrafo norteamericano, que a fuerza de grandes fortunas desplegadas en cada film, presenta verdaderas maravillas en materias de orquestas o solistas de las más variadas especies.
Hay que darle paso a la juventud, es cierto; pero también debemos vigilar que esa juventud entre a la lid en forma óptima. Nada bueno podemos esperar para el porvenir de nuestra música, si permitimos que los hombres de mañana sean iletrados o advenedizos.
Tenemos la obligación y el derecho de cuidar por nuestra música, nosotros mismos. Sabemos ya, que nadie nos dará nada. ¿Pesimismo? De ningún modo; solamente experiencia larga y dolorida. Pero de esta experiencia debe nacer una posición viril, debe nacer una conciencia serena y límpida.
La tragedia del músico chileno es el abandono total de parte de quienes justamente debieron tendernos una mano firme y alentadora. Este abandono trae consecuencias funestas para el progreso de las manifestaciones artísticas del país, y forma una casta de parásitos, de inadaptados, de seres poco menos que reprobados, y que -sarcasmo de la vida- son ni más ni menos que los puntales de la sociabilidad ciudadana.
Producimos belleza, damos alegría, engendramos idilios, consolamos dolores, auspiciamos sonrisas y alentamos carcajadas de humor, cuando en el fondo, para nosotros todo es negación, miseria, dolor, tragedia.
He querido pintar el cuadro interior de cada músico, de cada músico de esta tierra tan hermosa, de esta tierra que amamos, a pesar de todo. He querido poner frente a vosotros todas aquellas notas patéticas que dan tinieblas a nuestras almas. Las he querido poner para que, como si nos mirásemos en un espejo, notáramos todos sus contornos y, en un afán de desesperada coquetería, comprendiéramos como actuar mejor.
A veces, los corazones afligidos se apaciguan, dando vía libre al llanto: es necesario, a veces. Creo que ahora hacía falta proceder de tal modo. Cuando se precisa decir algo y no se dice, el arrepentimiento es vano, vano y tardío.
Podría haber hablado de fórmulas como solucionar cada cosa, cada situación. Todos tenemos ideas, muchas ideas. Pero de nada sirven si tras ellas no va la acción. Faltan, generalmente, los medios como desarrollar esa acción. A eso debemos ir, vamos hacia la obtención de medios como poder remediar esto que parece irremediable.
Dije al comienzo que esto no era un mensaje de miserias y dolores, que no pretendía deleitar exhibiendo el dolor. Creo haber cumplido mi aseveración. Mucha amargura pueden haber destilado mis palabras, pero nunca tanta como la hay en el fondo del corazón del músico chileno.
Pablo Garrido
Fuentes:
Pablo Garrido: "Tragedia del músico chileno".
Samuel Claro V y Jorge Urrutia B.: "Historia de la Música en Chile".
Revista Musical Chilena. Biblioteca Nacional, sección Referencias Críticas.
Nos aproximamos al hot jazz, máxima expresión del arte musical contemporáneo. Pocos son, en realidad, aquellos que han logrado compenetrarle. Como toda nueva escuela, está bañada de una luz de tinieblas, si se me permite la paradoja. Como toda nueva manifestación de arte, está representando una curva en el espacio y el tiempo.
Al hot jazz hay que estudiarlo no a través de los cánones o leyes antiguas. Hay que crear para él, una especie de telescopio inédito. Querer encontrar en él, vestigios de otras músicas, es como querer encontrarle a la teoría de la libido razonamiento de antiguo cuño.
Porque no es lo mismo haber recibido una instrucción básica y poder alzar la frente con orgullo, sabiendo que se es músico, porque se ha nacido músico, a gritar a diestras y siniestras que se es músico, cuando la realidad no es más que un explorador vulgar adiestrado en el arte del engaño.
Todo está, resumiendo, en nosotros. Entonces, es preciso que cada uno de nosotros sea un baluarte. Desentendernos de ello, es criminal. Que mañana nuestros hijos no se avergüencen de los padres que supieron de esta tragedia y nada hicieron por suavizarla.
Santiago de Chile, Noviembre 21 de 1939