Sin tener que rasguñar mucho la costra de la historia, nos encontramos de sopetón con este texto, que parecía haber estado al acecho nuestro, esperando que pasáramos por ahí. Fue escrito en 1939, y lleva la firma de Pablo Garrido.
No hace mucho tiempo que se escribió, no más de 70 años. Un escrito curioso, desde su título, que parece a ratos retratar la realidad actual de los músicos chilenos, aún si debemos cambiar algunos sustantivos, y obviar el estilo un tanto florido y elegante de la pluma del autor.
Pero ¿quién es este Pablo Garrido?
Uno de tantos baluartes entre los músicos -y no músicos- chilenos; vivió entre nosotros desde 1905 hasta 1982; fue el primero en formar, en nuestro país, una orquesta de jazz sinfónico, y en estrenar en Chile -por nombrar un hecho que muchos concordarán importante- "Rapshody in Blue", de George Gershwin. Se ha publicado ultimamente algunos textos que dan cuenta, al menos, de la existencia de Garrido, como un personaje destacado en la historia de nuestra música, especialmente en lo que se refiere al jazz y la música popular, pero hasta la década de los 90, cuando nos encontramos con "Tragedia del Músico Chileno", era mucho más ignorado. Aquí podemos atisbar su pensamiento, de primera mano.
No es un mensaje de miserias y dolores, el que vengo a daros en estos momentos. No pretendo deleitar exhibiendo el dolor.
Desgraciadamente el egoismo ponzoñoso de la humanidad destila babas de sonrisas demoníacas, al contemplar, gozoso, el pesar de su propio hermano. Schopenhauer, ese filósofo amargo y ceñudo, dice por ahí, en sus escritos sobre los Dolores del Mundo: «Por lo que atañe a cada uno en particular, la historia de una vida es siempre la historia de un sufrimiento, porque toda carrera recorrida no es más que una serie no interrumpida de reveses y desgracias, que cada cual se esfuerza en ocultar, porque sabe que lejos de inspirar a los demás simpatía o lástima, les colma por eso mismo de satisfacción».
Palabras crueles y fatales, pero de tan honda realidad que hasta odiamos el que hayan sido escritas.
Cuando el dolor es más intenso, cuando los cielos y constelaciones se nos oscurecen, todo huye y todos nos rehuyen.
Bien dice Emerson, que «En la aflicción, el mundo aparece desierto y empobrecido ante los ojos del sujeto». Es como si cayesen mil años de diluvio sobre nuestra cabeza clavada en el pecho. Nuestros músculos ceden, mientras desfallecen nuestros miembros. Un ruido de infiernos en hogueras pervade nuestros oídos, y ensimismados en nuestra tragedia olvidamos y hasta odiamos el piar de las avecillas. Cuelgan nuestros brazos desde los hombros desfallecientes, cual miserables criminales en las horcas, y aquellas manos que supieron siempre ser laboriosas y productoras, dicen solo de aniquilamiento y huídas.
Desaparece el sueño y el hambre se olvida. Los ojos se tornan estáticos, incapaces de un asomo a la alegría de una flor naciente o al solaz de una ronda infantil. Las palabras mismas se esconden en quién sabe qué rincón del alma, y es tal el anonadamiento, que las gargantas se secan cual estériles pozos milenarios.
Nadie puede penetrar en el misterio del dolor de cada cual. El que osa, solo escala el primer peldaño de una gradería que solo tiene su culminación en el infinito. Y es, también, inutil, porque el desconsuelo de cada cual sólo tendrá su consuelo en la prosecución de los hechos fatalmente señalados, como también en la amarga dulzura de los recuerdos perfectamente íntimos.
Y entremos en la tragedia del músico chileno, del músico de este país de tan bellos paisajes y de tan amargos cuadros íntimos. Recorrer las enseñanzas de nuestra niñez y recordar con la unción y reverencia que añorábamos escalar la cima de alguna de nuestras montañas eternamente nevadas, o sentir la brisa balsámica de aquellos lagos de leyendas impenetrables; recorrer la profundidad de nuestros sueños de adolescencia, cuando un crepúsculo, dorando las aguas tibias de nuestro océano, ponía un suspiro de naciente amor en nuestros labios rojos como granadas maduras; recorrer las avenidas de entusiasmos que nuestra juventud engalanaba con quimeras de triunfos, para llegar a esta plenitud de la vida, que en el hombre derrumba ensueños y dulces engaños para precipìtarnos, brusca y torpemente en la realidad absoluta del fatigoso batallar cotidiano: eso es la vida. Y esta vida, llevada tan dulcemente entre risas, jugueteos alocados e ilusiones por millares, va a culminar con esa via crucis salvajemente dolorosa de la incomprensión, del vacío y la negación.
Porque si hay un ser humano que puede auscultar las palpitaciones de la tierra, de la urbe enorme, del pueblo somnoliento -un ser humano que pueda vibrar junto al clamor de las hermosas y vetustas avenidas de la metrópolis, captar el polvo de los caminos cuajados de frutos maduros como muchachas cuyos pechos denotan el nacimiento de la futura madre-, ese ser humano es el músico.
Sus herramientas son tan sutiles, su material de trabajo es tan vaporoso. que nadie puede discutirle el derecho de poder expresarse mejor, a traves de medios más huidizos, diríamos casi inexistentes. Toma el músico una melodía del aire, del cosmos, la vierte en una pauta, y ha realizado un milagro; milagro que las alquimias más agudas no podrían realizar.
La materia desaparece, o se transmuta, pero la melodía, la armonía que el músico creara en vida, persiste el efecto de las edades. La química de los colores puede desnaturalizar el vigor del brochazo en un cuadro; un leve movimiento de tierra puede destruir las más viriles obras estatuarias, como también perderán equilibrio las obras arquitectónicas más recias de cualquiera cultura, de cualquiera época.
Aún admiramos las ruinas de templos griegos, los despojos de circos romanos. En cambio una música, anotada en papiros o por otros medios, como los mecánicos actuales, queda acoplada para siempre a la marcha inveterada de los tiempos.
Sin estar plasmada en papel, una melodía recorrerá, asimismo, siglos, mares, montañas y planicies. Pasan las modas, cambian las costumbres y piensan distinto los pueblos, y he aquí que el músico es siempre el bardo del futuro, el relator del presente y muestrario del pasado. Ayer se expresó en un fragil flautín de caña, luego en una lira celestial, después en instrumentos de cuerda, para entregar su cetro a un saxofón vivaracho. Siempre es, fué y será música. Música, porque hay en ella un toque divino de melodía y un tono cosmogónico de ritmo, de ritmo de leyes eternas.
Es el músico, entonces, el vate magnífico de la humanidad, de la especie. Por ello mismo, también, el músico será siempre el receptor de las más puras emociones. Captará la lozanía de una risa infantil, pero su alma avizora le estará indicando una ruta de amarguras futuras. Con ropaje de sonidos revertirá una pena; con guirnaldas de florituras esconderá una lágrima. Será más que un receptor de emociones; mago protector, bálsamo de vida, gran maestro del consuelo, bufón del dolor, juglar de la tragedia.
Ibamos a hablar del músico chileno. Vamos a hablar del músico chileno.
El problema nuestro es tan nuestro, que difícilmente podría ser aquilatado por aquellos que no hayan convivido su miseria. No miseria de espíritu. En esto quizás sea más rico que el músico de otras tierras; su resignación, su don de resignación, son admirables. Admirables, porque jamás vivió un artista, cual el que hemos pintado, bajo un imperio más odioso.
Descastado, desconocido y olvidado, su denigrante posición enloquecería mil veces a un personaje del mismo Dostoyevski. Yo admiro al músico de mi patria, porque aparte de músico es un cruzado; un ser magnífico, de una constitución espiritual atonante. Observo en él cualidades que jamás apuntaron en el contacto de músicos de otras banderas. No pretendo halagarle, pués eso, fuera de no estar dentro de mis normas de conducta, sería mofarse del dolor vivo. Yo sé que en el corazón de cada uno de ellos vibra, en estos momentos, todo un mundo de sueños agrestes trocados en maldiciones atormentadas- Sé que al hacer esta autopsia del músico mío, estoy desgarrando mi propio corazón. Quisiera hasta gritar, con mis pulmones henchidos de llanto, esta miseria que nos anuda la garganta. Este horror de haber nacido con un sino de artista, y esta pesadilla de tener que vivir jugando una partida donde todas las cartas están marcadas en contra nuestra.
Quién sabe si fuera necesario maldecir todo, negar todo y quemar las velas de nuestro barco de miserias. Pero tal vez sea más sensato seguir a la espera de una brisa que nos lleve a un puerto magnífico, una especie de oasis en el desierto de esta voz que clama sin ser atendida.
Cómo no he de admirar a mi músico chileno, si a cada rato veo en sus pupilas la bondad de una melodía que se retuerce desesperada sugiriendo amistad, suplicando amistad.
Fuentes: Pablo Garrido: "Tragedia del músico chileno". Samuel Claro V y Jorge Urrutia B: "Historia de la Música en Chile". Revista Musical Chilena. Biblioteca Nacional, sección Referencias Críticas. Clásicos de la Música Popular Chilena 1900-1960 SCD. Alberto Menanteau: "Historia del Jazz en Chile".