Represiones
Como ya hemos anunciado, creemos que
las principales razones por las que la masa asiste a toros son del orden
psicológico y cultural, las cuales inciden en mayor o menor grado y
de diversas formas en cada sujeto. Una evidencia de la represión en
los aficionados se constata en la dicotomía entre lo que desean y lo
que hacen, por ejemplo, la mayoría de los aficionados dicen no compartir
la suerte de baras, la suerte de banderillas, ni tampoco la suerte de
matar dicho en lenguaje honesto, dicen no gustarles la tortura y el
asesinato del animal, sin embargo, pagan para que alguien le haga al
toro lo que ellos mismos, aunque tuvieran las garantías para su propia
seguridad, no le harían al animal con su propia mano. Si tenemos en
cuenta la hipótesis de Freud según la cuál la represión es quien crea
la división entre el sistema consciente e inconsciente (obviamente Freud
habla de una represión sexual, que es casi el fundamento de sus investigaciones
sobre lo inconsciente), vale la pena preguntarnos si la represión en
otros campos distintos a la sexualidad, como por ejemplo la sociabilidad
también incide (y creemos que sí) en el inconsciente. Es apremiante
indagar como se dá esa represión y como es en sí misma, si un individuo
asiste a una corrida a causa de su inconsciente como en efecto se dá
y teniendo en cuenta lo anterior, deducimos que en él está mediando
una represión relacionada con aquello que se va a presenciar o a disfrutar.
Evidentemente la represión de dá a través de los códigos morales y jurídicos
que nuestras sociedades necesitan implantar para contener la animalidad
de sus individuos como el hecho de declarar pecaminoso y delictivo el
acto de matar y por tanto desaparecidas estas categorías dentro de las
plazas, el público estará dispuesto a satisfacer dentro de ellas el
salvajismo que afuera le es reprimido, esto quizá nos remite a Lévi
Strauss y su concepto de que hay una consustancialidad entre la prohibición
y el origen de la sociedad.
CONCLUSIONES
El toreo, al igual que la guerra o que las cosas sublimes del ser humano
como la justicia y las artes (las verdaderas artes) son reflejo del
estado evolutivo de su espíritu. Esto nos debe hacer meditar en cual
será el destino que finalmente emancipará a la especie humana, si el
que ella esquiva o el que ella crea... poco importa la respuesta, porque
en cualquier caso, esperamos que su arrogancia sea mancillada. El toreo,
como muchas otras invenciones del hombre, es producto de esa insaciabilidad
suya, que sin medir costos ni consecuencias se adentra ciegamente en
caminos, que por engañosos, son resbalosos y por resbalosos, entrañan
insospechados peligros que amenazan no sólo la sobrevivencia de las
otras especies, sino la permanencia de nuestra civilización y de la
vida misma sobre el planeta. Estos engañosos y peligrosos caminos en
los que marcha sin avanzar el hombre, tal vez los podemos resumir en
la indomitez de su espíritu y en la insaciabilidad de su carácter a
través de la búsqueda desbordada de placer, de poder, y de inmortalidad.
Estas tres premisas han moldeado la estructura psíquica mental, social,
cultural, política, productiva, científica e intelectual del ser humano...
Esta indomitez e insaciabilidad de su espíritu y de su carácter han
llevado al hombre a romper su vínculo materno filial con la tierra,
descentrando a los sujetos y a las sociedades mismas de su función biológica
y de su misión universal, llevándolos a contemplar ilusa y vagamente
a lo lejos el logro de sueños que por insostenibles son quiméricos y
todo esto sobre su pedestal de papel... de papel moneda. Por eso, aunque
parezca paradójico, una de las pocas formas de que el homo sapiens sapiens
se sacie, sea reconociendo su propia insaciabilidad.