DIETAS

Al hablar de dietas con frecuencia nos vienen a la imaginación todas esas personas que cuando nos dicen que están "a dieta" solo piensan en adelgazar. En realidad, todos estamos a dieta, porque está palabra se refiere al tipo de alimentos que comemos. Hace siglos, al hablar de dietas, la gente se refería a todo el modo el modo de vida; hoy el término ha quedado reducido a la alimentación, aunque ésta se ve influida por el tipo de vida que llevamos. Las combinaciones de alimentos que en conjunto forman nuestra dieta, deben ser compatibles con una buena salud, ser agradables y desempeñar el papel social y psicológico que les corresponda. Existe una gran variedad de alimentos fibrosos tales como el arroz, maíz, trigo o patatas. Son muchos los factores que influyen en el tipo de dieta que adoptemos pero los más decisivos son: disponibilidad, medios para su adquisición y tradición. La disponibilidad de los alimentos depende de lo que nuestro medio cultive o importe. El cultivo sigue siendo importante para la mayoría de la población mundial, aunque no tanto para los países ricos, ya que pueden conseguir cualquier tipo de alimento simplemente comprándolo. Mientras que en los países pobres, la elección se ve limitada a aquellos productos que se pueden cultivar, en el mundo industrializado, podemos elegir entre una gran variedad de productos frescos o transformados. Paradójicamente, ésta sobre abundancia también ha ocasionado problemas.

 

 

 

 

 

Al disponer de tantos productos elaborados resulta fácil olvidarse de los grupos de alimentos fundamentales y seguir una dieta desequilibrada. La alimentación elaborada de los países industrializados de Europa y América es responsable en parte del predominio de ciertas enfermedades cardiovasculares, la diabetes y muchas otras, que cada vez son más frecuentes entre la población.

Ello se debe al aumento de aditivos en la elaboración de nuestro moderno sistema de alimentación, es decir, desde que hemos pasado desde la relación local de granjero/mercado/consumidor a una industria altamente mecanizada donde los diferentes tipos de alimentos básicos se concentran en regiones determinadas. Al alargarse la cadena entre el medio agrícola y el industrial también han aumentado las necesidades del envasado, es decir, de que los productos resulten atractivos y que se conserven durante mayor tiempo. Los alimentos producidos por el granjero salen del mer-cado transformados en un número creciente de productos que con frecuencia tiene muy poco parecido con el original, y que en algunos casos son incluso manufacturados en su totalidad.

Todas estas transformaciones exigen el empleo de diferentes sustancias químicas. Unas se necesitan para conservar el producto hasta que llega a manos de la tecnología y otras ocasiones sirven para dar calor, sabor, textura, etc. a los productos finales.

En resumen existen unas 1.000 sustancias químicas que pueden añadirse a los alimentos durante su transformación; su número exacto depende de las leyes que rigen cada nación.

La mayoría de los aditivos pueden evitarse, pero no así las sustancias químicas que se emplean en agricultura en el caso de que queramos comprar productos no transformados. También existe el problema de que este excesivo consumo ha desembocado en la obesidad, ya que nuestra capacidad para adquirir los alimentos y satisfacer nuestros deseos se ha visto incrementada, pero no nuestra capacidad para absorberlos. La forma de los cuerpos difiere enormemente: algunas personas son altas y delgadas, otras gruesas y bajas.

 

La ciencia no ha aportado nada, hasta hoy que permita modificar estos parámetros. Pero lo que si es seguro es que estos tipos constitucionales diferentes queman los alimentos de un modo distinto, por lo que en consecuencia, las personas gruesas no necesariamente consumen más que las delgadas. Hay una serie de alimentos de los que con frecuencia abusamos y que al mismo tiempo sobran y son superfluos para nuestras necesidades dietéticas. No conviene comer demasiadas patatas, arroz, pan, nata, bizcochos, galletas y pasas.

 

El elevado contenido de hidratos de carbono de estas sustancias significa que deberemos quemar grandes cantidades de energía para equilibrar el organismo. El alcohol, en forma de cerveza, o de vino, resulta muy agradable con frecuencia útil acompañando a cualquier comida, pero de nuevo su contenido en hidratos de carbonato es muy elevado por lo que estas bebidas deben tomarse con moderación.

 

 

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