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| El principio, nacido del Caos. |
| Antes de todo existi� el Caos (1). Despu�s la Tierra, de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, que surge del T�rtaro tenebroso en las profundidades; y Eros, el m�s bello de los dioses inmortales, que quiebra los miembros, y que, tanto a los dioses como a los mortales, doma el coraz�n y la prudente voluntad. Del Caos nacieron Erebo y la negra Noche y de la �ltima, que qued� encinta por haber tenido amoroso consorcio con el Erebo, se originaron el �ter y el D�a. La Tierra comenz� a parir a un ser de igual extensi�n que ella, el Cielo Estrellado, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada segura y eterna para los bienaventurados dioses. Tambi�n puso al mundo las Altas Monta�as, gratos albergues de divinales Ninfas, que en ellas viven dentro de los bosques. Dio tambi�n a luz, pero sin el deseable amor, al est�ril pi�lago de hinchadas olas, al Ponto; y m�s tarde, acopl�ndose con el Cielo, dio origen al Oc�ano, de profundos remolinos, a Ceo, a Cr�o, a Hiperi�n, a Japeto (2), a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemosine, a Febe, la de �urea corona, y a la amable Tetis. Posteriormente naci� el Taimado Cronos, que fue el m�s terrible de los hijos del Cielo, y que odi� desde el principio a su prol�fico padre. Asimismo de la Tierra nacieron los C�clopes, de coraz�n violento, Brontes, Ast�ropes y Arges, el de �nimo esforzado. Los tres eran semejantes a los dioses, pero con un ojo �nico en medio de la frente (3). Su vigor, su coraje y sus ma�as pusi�ronse de manifiesto en todas sus acciones. En el transcurso del tiempo hab�an de proporcionar el trueno a Zeus y forjarle el rayo. De la Tierra y el Cielo nacieron a�n tres hijos, grandes y fuertes, de nefando nombre: Cotto, Briareo y G�as. �Prole orgullosa! Cien brazos ten�a cada uno de ellos; cien brazos invencibles que se agitaban desde sus hombros; y, por cima de esos miembros, hab�anles crecido cincuenta cabezas a cada uno. Temible era la poderosa fuerza que emerg�a de su enorme y proporcionada estatura. Estos son los m�s feroces de cuantos hijos procrearon la Tierra y el Cielo. Ya desde un principio se atrajeron el odio de su propio padre. Apenas puestos en el mundo, en vez de dejarlos que salieran a la luz, el Cielo los encerr� en el medio de la Tierra, goz�ndose en su mala acci�n. La vasta Tierra, henchida de ellos, suspiraba interiormente, y al fin ide� una enga�osa y p�rfida trama. Produjo en seguida una especie de blanquizco acero, con el que construy� una gran falce, y la mostr� a sus hijos y con el coraz�n irritado habl�les de esta suerte, para darles �nimo: "�Hijos m�os y de un ser malvado! Si quisi�rais obedecerme, vengar�amos el ultraje criminal de un padre, aunque sea vuestro padre, ya que ha sido �l el primero en maquinar acciones infames". As� se expres�. Sinti�ronse todos sobrecogidos por el terror, sin que ninguno osara desplegar los labios, hasta que el grande y taimado Cronos cobr� �nimo y respondi� a su madre veneranda de esta manera: "�Madre! Yo prometo llevar a cabo lo que convenga, pues nada me importa nuestro padre de aborrecido nombre. S�, �l fue el primero en obrar indignamente". Tal dijo, y la vasta Tierra sinti� que su coraz�n se le colmaba de alegr�a. Acto seguido ocult� a Cronos, poni�ndolo en acecho, con la hoz de agudos dientes en la mano, y le descubri� toda la trama. Vino el Cielo, seguido de la Noche, y envolvi� a la Tierra, �vido de amor, acerc�ndose a ella y extendi�ndose por todas partes. Entonces el hijo, desde el lugar en que se hallaba apostado, agarr� a su padre con la mano izquierda, y empu�ando con la derecha la grande hoz de afilados dientes, le cort� en un instante las partes pudendas y las arroj� detr�s de s�, al azar. Mas no fue un vano despojo lo que solt� su mano. Porque las gotas de sangre que de �l se derramaron las recibi� la Tierra, la cual pari� as� en el transcurso de los a�os a las robustas Furias, a los enormes Gigantes, que vest�an lustrosas armaduras y manejaban ingentas lanzas, y a las ninfas llamadas Melias (4) en la Tierra inmensa. Y las partes pudendas, que Cronos cort� con el acero y arroj� desde el continente al undoso ponto, fueron llevados largo tiempo de ac� por all� en la inmensa llanura del pi�lago, hasta que de la carne inmortal sali� una blanca espuma (5) y naci� de ella una joven que se dirigi� primero a la sagrada Citera y luego a Chipre, situada en medio de las olas. Al salir del mar y tomar tierra all� la veneranda hermosa deidad, brot� la hierba doquier que pon�a sus tiernas plantas. Dioses y hombres la llamaban Afrofita, porque brot� de la espuma; Citerea, la de hermosa diadema, porque se dirigi� a Citera; Ciprigenia, porque naci� de Chipre, la isla azotada por las olas, y Filomnedes, por haber surgido de las partes pudendas. Acompa��bala Eros y segu�ala el hermoso Deseo, cuando, poco a poco despu�s de nacer, se present� por vez primera al concilio de los dioses. Y, desde un principio, como privilegio s�lo a ella otorgado, tiene el honor entre los hombres y entre los inmortales de presidir y regir los paliques de las doncellas, las sonrisas y las fuller�as; y, adem�s, los dulces placeres, el amor y la amable tenura. El gran Cielo, increpando a los hijos que hab�a engendrado, los apod� Titanes porque, seg�n �l dijo, "tendieron" demasiado alto la mano para cometer un grave delito que el futuro castigar�a. |
| (1) El Caos o "vac�o" abierto sin l�mites. El poeta, con el Caos, representa el espacio que separa el cielo de la tierra, espacio infinito, puesto que, en su sentir, ni una ni otro tienen l�mite, tanto en su altura como por debajo. (2) El orden establecido aqu� para la cronolog�a de los Titanes no corresponde al que el mismo poeta nos presenta luego para enumerar la descendencia de aqu�llos. Cronos, por ejemplo, pasa delante de Japeto, por ser padre de Zeus, y por cuanto el advenimiento de Zeus ha de mencionarse antes que el episodio de Prometeo. Mientras que aqu� Cronos es citado el �ltimo porque es �l, �nicamente, quien toma parte activa en el episodio que sigue. (3) Al parecer, el verso habr�a de ser "C�clopes se les llamaba, porque un solo ojo redondo estaba colocado sobre su frente". (4) Las Melias, o sea las "Ninfas de los fresnos", parecen haber sido las madres de la raza humana en algunas cosmogon�as antiguas en las que el hombre nac�a del �rbol, como en otras surge de la piedra. En "Los trabajos y los d�as" el poeta nos dice que la raza de plata era hija de los fresnos. (5) No se trata de la espuma de las olas, sino del esperma del dios mutilado. |
| La Noche pari� a la odiosa Muerte, a la negra Ker y al Destino. Como pari� tambi�n al Sue�o y a la multitud de Ensue�os, sin que tal deidad, la tenebrosa Noche se acostara con nadie; y, posteriormente a Momo, a la dolorosa Aflicci�n, a las Hesp�rides (1), que tienen a su cuidado las hermosas manzanas de oro y los �rboles que las producen m�s all� del ilustre Oc�ano. Tambi�n engendr� las Parcas y Keres, inexorables en la venganza, pues persiguen a los culpables, sean hombres o dioses, y no templan jam�s su c�lera terrible hasta lograr imponer cruel pena al que ha cometido falta grave (2). La perniciosa Noche pari� asimismo a N�mesis, azote de los mortales hombres; despu�s de �sta, al Fraude, al Amor carnal, a la maldecida Vejez, y, por �ltimo, a Eris, la de coraz�n violento. La aborrecible Eris alumbr�, a su vez, el duro Trabajo, el Olvido, el Hambre, los lacrimosos Dolores, las Peleas, los Combates, los Asesinatos, las Matanzas, las Discusiones, las Palabras falaces, las Disputas, la Ilegalidad con Ate, su compa�era, a Horco, que es el que m�s da�a a los terrestres mortales cuando perjuran voluntariamente (3). |
| Los hijos de la noche |
| (1) Las Hesp�rides son hijas de la Noche porque ellas habitan el Extremo Occidente. (2) Todo este p�rrafo se refiere a las divinidades Cloto, L�quesis y �tropos, que dan la suerte o la desgracia a los mortales, seg�n �stos van naciendo. (3) Horco, o Juramento, es el dios encargado de recoger la palabra jurada y de castigar a los que la violan. Amenazador, se cierne en lo alto, sobre la cabeza de los mortales, y por esto a los perjuros se les da la denominaci�n griega de los sobre quienes est� Horco. |
| Rea y Cronos. Nacimiento de Zeus |
| Rea, sometida al yugo amoroso de Cronos, le dio estos famosos hijos: Hest�a, D�meter, Hera, la de �ureas sandalias; el fuerte Hades, que mora en su subterr�neo palacio y su pecho guarda un coraz�n despiadado; el estruendoso Poseid�n, que bate la tierra, y el pr�vido Zeus, padre de los dioses y de los hombres mortales, y que con el trueno hace estremecer la ancha tierra. Pero el gran Cronos fue devor�ndolos a todos, as� que saliendo del vientre sagrado de su madre, llegaban a sus rodillas con el prop�sito de que ninguno de los nobles descendientes del Cielo obtuviera entre los inmortales la dignidad real. Pues oy� decir a la Tierra y al Cielo Estrellado, como era fatal que �l, no obstante su poder, sucumbiera un d�a a manos de un hijo suyo, seg�n la decisi�n tomada por el gran Zeus (1). Por este motivo no vigilaba en balde sino que, permaneciendo siempre al acecho, iba devorando a sus hijos a medida que Rea los par�a, caus�ndole a la madre una cruel desesperaci�n. Mas al llegar el d�a en que Rea esperaba poner en el mundo a Zeus, el padre de los dioses y de los hombres, suplic� a sus progenitores, la Tierra y el Cielo Estrellado, que la aconsejaran para darlo a luz ocultamente y castigar la furia del padre, vengando a todos los infantes a quienes hab�a devorado el gran Cronos, el de intenciones perversas. El Cielo y la Tierra escucharon y complacieron a su hija, revel�ndole cuanto ten�a decretado el destino acerca del soberano Cronos y de su valeroso hijo. Y le enviaron a Lictos, en la rica comarca cretense, para que all� esperase el alumbramiento del gran Zeus, �ltimo de sus hijos. Y fue de ese modo la Tierra enorme quien recibi� al hijo en su regazo, para alimentarle y criarle en el dilatado pa�s de Creta. Rea, llevando a su hijo durante la oscura y r�pida noche, alcanz� las primeras cimas de Lictos, y all� lo ocult� con sus propias manos en las entra�as de la divina tierra, al fondo de una inaccesible gruta del monte Egeo, recubierto de bosques frondosos. Luego envolvi� en pa�ales una piedra enorme y se la dio al poderoso soberano, hijo del cielo y anterior rey de los dioses, quien la cogi� con sus manos y se la trag� aloj�ndola en su vientre. �Infeliz!, no pudo pensar que, gracias a lo que acababa de tragar, quedaba segura la vida de su invencible hijo; el cual, a no tardar, hab�a de someterla con la fuerza de sus brazos, quitarle la dignidad real e imperar a su vez sobre los inmortales. Pronto crecieron el vigor y los miembros ilustres del joven pr�ncipe; y, transcurridos los a�os, el grande artero Cronos, como consecuencia del enga�o que urdi� la Tierra, devolvi� cuanto hab�a tragado, y fue vencido por la destreza y la fuerza de su hijo. Lo primero que vomit� fue lo �ltimo que tragara, o sea, la piedra, y Zeus la fij� en la anchurosa tierra, en la divina Pito, m�s abajo de los valles del Parnaso, a fin de que constituyese un monumento para los venideros y una maravilla para los inmortales hombres. Zeus libr� en seguida de las perniciosas ligaduras a sus t�os paternos, hijos de Cronos, a quienes Cronos locamente hab�a encadenado; y ellos, agradecidos por tal favor, di�ronle el trueno, el ardiente rayo y el rel�mpago que antes la vasta Tierra ocultaba en su seno. Confiando en tales armas desde entonces manda Zeus sobre los mortales e inmortales (2). |
| (1) Este verso se considera sospechoso. Parece realmente extra�o que Zeus ordene el mundo antes de �l nacer. Sin embargo, los m�s competentes traductores no se atreven a suprimirlo del texto. Alegan, con raz�n, que contradicciones de esta clase hay m�s de una en La Teogon�a. En rigor, es la complicaci�n de divinidades y subdivinidades, as� como el cruzamiento entre ellas, lo que lleva al poeta a la confusi�n de admitir la existencia de la voluntad de Zeus antes de la existencia misma de Zeus, y que en nada se distingue del Destino. Es indudable que a Hes�odo le era dif�cil conciliar su fe en Zeus todopoderoso y el objeto de su poema: la aparici�n sucesiva de las generaciones divinas. (2) Antes de contarnos el robo del fuego por Prometeo, Hes�odo ha de poner en manos de Zeus el ardiente rayo. |
| J�peto y sus hijos. Prometeo |
| J�peto cas� con Climene, la joven Oc�anida de lindos pies; y �sta, habiendo compartido su lecho nupcial, pari� un hijo de �nimo esforzado, llamado Atlante; y luego al demasiado orgulloso Menetio, al vers�til y astuto Prometeo, y al imprudente Epimeteo, que fue, desde que naci�, una calamidad para los hombres laborioses, por haber admitido por mujer a una doncella creada seg�n los designios de Zeus. Al insolente Menetio, el l�cido Zeus hiri�le con el encendido rayo y arroj�le en el Erebo, castigando su maldad y su presuntuoso valor. En cuanto a Atlante, obligado por la necesidad, sostiene infatigablemente con la cabeza y con los brazos el anchuroso cielo, en los confines de la Tierra y frente a las Hesp�rides de sonora voz. Tal es el destino que le impuso Zeus. Y al astuto Prometeo el dios lo at� al centro de una columna con penosos e indisolubles lazos, y le envi� un �guila de anchas alas que le royera el h�gado inmortal, recreciendo por la noche la parte del h�gado que el ave aliabierta devorara en todo el d�a. Pero Heracles, el fornido hijo de Alcmena, la de lindos pies, abati� al �guila y libert� al Japeti�nida de tan grave castigo, arranc�ndolo as� de las torturas. Lo hizo no sin que Zeus Ol�mpico, que reina en las alturas, lo consintiese para que la gloria de Heracles, nacido en Tebas, se acrecentara. Con ese fin honr� Zeus a su ilustre hijo, y aunque lleno de c�lera, depuso la ira que antes sintiese contra Prometeo, quien hab�a rivalizado en astucia con el prepotente Croni�n. Era en la �poca en que se ventilaba una querella entre los dioses y los hombres, en Mecona. Prometeo, queriendo enga�ar a Zeus, les present� a todos con astuta idea un enorme buey dividido en dos partes: en una de ellas hab�a colocado, dentro de la piel, la carne y los intestinos con la lustrosa manteca, cubierto todo el vientre del propio animal; y en la otra parte estaba, dispuestos h�bilmente y con dolosa arte, los blancos huesos ocultos por una porci�n de luciente grasa. Ante lo cual, el padre de los hombres y de los dioses, dijo: "�Oh hijo de Japeto, el m�s ilustre de todos! �Con qu� desigualdad has hecho, amigo, las partes!" As�, ir�nico, habl� Zeus, el conocedor de los decretos eternales. Y el taimado Prometeo le respondi� con dulce sonrisa, sin olvidar la treta ideada: "�Zeus glorios�simo, el m�s poderoso de los sempiternos dioses! Escoge, pues, de esas dos partes la que te aconseja el coraz�n que tienes en el pecho!" As� dijo, con la m�s perversa intenci�n. Zeus, el conocedor de los decretos eternales, advirti� y no dej� de adivinar el enga�o (1), en su interior maquinaba funestos designios contra los mortales hombres, que luego hab�an de convertirse en realidad. Entonces quit� con ambas manos la blanca grasa, y su coraz�n se irrit� y la c�lera lleg� a su alma, al descubrir los albos huesos del buey colocados con arte enga�ador. Por eso en la Tierra y desde entonces, los hijos de los hombres queman los huesos desnudos de las v�ctimas sobre altares perfumados. Pose�do de gran indignaci�n, amonton� las nubes, exclamando: "�Ah Japeti�nida, que a todos superas en el consejo! �Oh amigo, bien veo que no has olvidado el arte p�rfido de fingir!" Estas fueron las palabras que, irritado por la c�lera, pronunci� Zeus, el conocedor de los decretos eternales; y en lo sucesivo, acord�ndose siempre del enga�o, dej� de proporcionar la fuerza del incansable fuego a los infelices mortales que habitan la Tierra. Mas el noble hijo de Japeto supo burlarle, y le rob� la llama del fuego inextinguible, visible a larga distancia, en hueca f�rula. Con ello irrit� m�s al altisonante Zeus, que pronto vio el resplandor de la llama flamear entre los mortales. Y en seguida troc� por otra plaga contra los hombres la privaci�n del fuego. Siguiendo su consejo, el per�nclito Cojo de ambos pies model� con barro la figura de una p�dica doncella: y Atenea, la diosa de los ojos brillantes, atavi�la con blanco vestido, p�sole un ce�idor y con un tenue velo bordado cubri�le la frente, que era maravilla para los ojos. Despu�s rode� su cabeza con una diadema de oro, forjada por las propias manos del ilustre Cojo de ambos pies, para complacer los mandatos del padre Zeus. En aquella corona ve�ase buen n�mero de art�sticas figuras de cuantos animales cr�an el continente y el mar, pues fueron muchas las que Hefestos grab� de modo tan maravilloso, que parec�an dotadas de voz y una gracia singular las esmaltaba. En cuanto el dios hubo hecho, en vez de una obra �til, esta hermosa calamidad, llev�la adonde estaban reunidos los dioses y los hombres. La doncella apareci� ufana de los adornos con que la hab�a engalanado la de los brillantes ojos, la hija del prepotente padre. Y puso en admiraci�n a los dioses como a los mortales hombres, la vista del excelso y enga�oso artificio contra el cual nada hab�an de poder los humanos. De ella procede el sexo femenino; en ella tuvo origen el linaje funesto, el conjunto de todas las mujeres, �calamidad grand�sima!, las cuales viven con los mortales hombres y por nada admiten la pobreza da�osa, y s� tan s�lo la abundancia de bienes. Porque as� como en las cerradas colmenas las abejas cr�an z�nganos, causantes de malas obras, y mientras aqu�llas pasan el d�a hasta la puesta del sol movi�ndose presurosas para formar las blancos y dulces panales, los otros permanecen en el interior y llenan su vientre con el trabajo ajeno; as� tambi�n Zeus altisonante produjo para los hombres una calamidad, las mujeres, autoras de angustiosas acciones, proporcion�ndoles, en vez de un bien, este otro mal. Quien rechaza, reh�ye la boda y el penoso trato con las mujeres, los cuidados que pueden darle �stas, cuando le llega la vejez maldita no encuentra apoyo en los �ltimos d�as; y, aunque no le haya faltado el pan para vivir, llegada la muerte, son los colaterales los que se reparten sus bienes. En cambio, aquel a quien la suerte le llev� al matrimonio y tiene una mujer casta e inteligente, ve que en su vida luchan de continuo el bien y el mal; y si, lejos de eso, tropez� con una mujer de raza perversa, vive con el �nimo y el coraz�n siempre angustiados, siendo los males que padece incurables. No es posible, en efecto, burlar la mente de Zeus, ni substraerse a sus designios. Ni siquiera el Japeti�nida, el ben�fico Prometeo, consigui� librarse de la vehemente c�lera de Zeus. No obstante su mucho saber, qued� necesariamente sujeto por fuerte v�nculo (2). |
| (1) Ello no le impide indignarse, cuando el enga�o ser� puesto al descubierto. No existe, pues, contradicci�n alguna que pueda hacer sospechoso el texto. (2) No debe sorprendernos la contradicci�n manifiesta de lo que se dice aqu� en relaci�n a la libertad de Prometeo. Un hecho religioso est� al margen del tiempo y, por lo tanto, igual puede considerarse en �l que fuera de �l. Prometeo ha sido perdonado; pero para el devoto de Zeus, que no deja de pensar en la venganza inevitable de su dios, Prometeo contin�a indefinidamente encadenado. Cristo resucita y vuelve al cielo, mas para el esp�ritu religioso sigue eternamente clavado a la cruz. La Teogon�a, [Trad. Mar�a Josefa Lecluyse y Enrique Palau], Barcelona, 1964 |