Cadena perpetua: SI

La sociedad pide a voz en grito cadena perpetua para los criminales y asesinos, y la clase política, servidores del pueblo, hace oídos sordos

 

Hace unos días estuve durante más de dos horas y media en la esquina de Correa Arauxo con León XIII, a unos treinta metros del portal por donde entraron el asesino de Marta del Castillo y su hermano, el encubridor de tan horroroso hecho, a reconstruir el crimen.

Dos horas largas dan para mucho y se pueden oír cantidad de comentarios que se realizan en la espera de no se sabe muy bien qué.

Yo sé a lo que iba. Fui a ver el espectáculo que se podría montar tras ver por la televisión cómo estaba de gente la calle. Allí me planté para comprobar in situ lo que sucedía sin que ninguna redactora o presentadora de programa “friqui” del corazón me lo tuviera que decir; fui para comprobar por mí mismo el circo mediático que se ha montado entorno a este luctuoso y triste asunto, por un lado, luego el de la masa informe y a los de uniforme.

Espectáculo en tres órdenes o vertientes podríamos decir. Uno el civil, de la gente, el pueblo llano, los curiosos…, otro el “militar” de policías uniformados, un centenar de ellos al menos, y el otro el de los medios de comunicación de los que puede contar entre cámaras y redactores o locutores, otro centenar.

Con esos mimbres, fácil, pero que muy fácil el que se produjeran escenas de todo tipo; desde el rastreo de los medios por la masa civil en busca de testimonios más o menos sensacionalistas, pasando por alguna carrera de unos policías para neutralizar a un exaltado con un placaje al más puro estilo de tres cuartos de rugby, a los comentarios más o menos morbosos, y alguno de ellos obsceno, de un grupito de periodistas –entre los que me encontraba-, que especulaban con la comida –por el tiempo que llevaban allí de pie sin comer- y lo que podrían estar haciendo dentro de la casa, los acusados y demás personal judicial y policial. Comentarios de un mal gusto y una desconsideración absoluta hacia el hecho en sí de que una menor había sido asesinada justo allí enfrente y que por prudencia y dignidad profesional no voy a reproducir aquí, si bien quiero dejar claro mi gesto de autocrítica, y desde luego mi pesar, por no haber reaccionado en el momento y haberles llamado indecentes e inmorales. Además de sinvergüenzas, por lo que estaban comentado, así que entono un mea culpa que nada tiene que ver con el corporativismo, sino con la propia situación en sí de no querer enfrentarme a ninguno de ellos en aquel momento y contribuir aún más al lamentable espectáculo que se estaba dando.

Un verdadero circo que rayaba en ocasiones con una violencia desmedida, sobre todo, cuando sacaron a los dos imputados y los metieron en los coches para trasladarlos a la cárcel de nuevo.

La muchedumbre se amontonaba en la calle, en las aceras, y me resultó particularmente curioso el tipo de personas que estaba situada más cerca de los cordones policiales. Era gente joven, especialmente un grupo de niñas que parecían de raza gitana –lo más seguro es que lo fueran-, y jóvenes con las cabezas rapadas, unos, otros a lo heavy y otros a lo indio shoshone que se mezclaban con otros claramente “canis” como se les conoce aquí en Sevilla.

Llamaba la atención, a mí al menos, la cara de odio que tenían. Rezumaban excitación y se veían los tonos del rencor y de la rabia en sus caras. Sus yugulares se engordaban en el grito de ¡asesino, hijo de puta! que coreaban y que no dejaron de repetir hasta que salieron en avalancha a intentar interceptar los coches de la policía donde iban. No querían justicia, no, querían su justicia: la de la violencia. Habrían sido capaces de lincharlos allí mismo, y me pregunto si ante esta actitud no debemos preguntarnos por el por qué de verdad del fondo de esta cuestión.

Por qué ese fanatismo que pedía justicia cuando no era justicia lo que querían, querían un desahogo personal y particular de ellos para con aquellos y contra ésos mismos con los que seguramente muchos de los que estaban allí hubieran sido compañeros de fechorías, e incluso piensen del mismo modo y vivan como ellos.

Esto es un mal de nuestra sociedad y toda ésa gente –me atrevo a decir gentuza por mucha justicia que estuvieran pidiendo-, son producto del sistema de libertades que gozamos, yo diría más bien, que padecemos y no libertad sino libertinaje.

Quien siembra vientos recoge tempestades y por manida que esté la frase, es la evidencia y la consecuencia de lo que vemos y vivimos diariamente, o sea: inseguridad de los ciudadanos de a pie, que somos la inmensa mayoría, ante la impunidad de los golfos y delincuentes que se han multiplicado por miles en poco más de treinta años de democracia que llevamos vividos y que campan a sus anchas impunemente por todos sitios, lo que me ha llevado a preguntarme a menudo, qué es más importante, si la libertad de opinión -que es de lo que se carecía en la dictadura-, por ejemplo, o la seguridad ciudadana. Si es más importante la libertad ideológica y los partidos políticos, o una justicia independiente que juzgue y sentencie con mano firme y dura a los delincuentes y les deje entre rejas de por vida a quienes se lo merezcan por sus hechos como en el caso que nos ocupa.., y a los demás, claro.

Este es el quid de la cuestión y de nuevo se plantea una lucha entre la sociedad y la clase política. Como son ellos (los políticos) los que deciden y no ha salido de ellos –como en el caso de cambiar la Constitución por el tema de la sucesión a la Corona, o lo de los Estatutos-, la sociedad no importa, y me sumo –además de cómo republicano confeso-, a las palabras tan sumamente elocuentes, nada retóricas ni demagógicas como a las que nos tienen acostumbrados estos politicastros que padecemos, del padre de Marta del Castillo: “dormimos igual con un rey o una reina, pero no si nos falta un hijo”, para pedir la cadena perpetua para asesinos, violadores, terroristas, pederastas y maltratadotes.

 

Miguel Ángel García Gil.- 26 de Febrero de 2009

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