Las corrientes filosóficas en la historia de México

 

Aclaración

 
El presente estudio es un esquema para una obra ulterior. No pretende analizar el tema en toda su profundidad y en sus múltiples aspectos. Se trata de una guía para examinar las raíces y no sólo los resultados de las ideas que han influido en la vida de México, orientándolo en las diversas etapas de su evolución histórica. Los nombres de los trabajos que no se citan en el texto, aparecen al final, en la parte bibliográfica.
Rarámuri, Septiembre de 1963.
Vicente Lombardo Toledano
 
Origen de la Ideología Mexicana
 
Tratándose de la filosofía, distingo entre la filosofía docente y la filosofía que influye en la vida de un país. Aquella tiene una importancia pedagógica; ésta posee una significación política y es la que interesa a la historia de un pueblo y de sus manifestaciones culturales
 
La evolución de las ideas en México es el proceso del pensamiento de un pueblo surgido del choque entre la civilización española del siglo XVI y la civilización de las poblaciones indígenas de la América septentrional. El encuentro engendra una raza distinta a la indígena y a la española: la mestiza, que no sólo tiene características biológicas propias, sino también una fisonomía sicológica diferente a la de los troncos sociales que la producen. El mestizaje es el origen del pueblo mexicano, que irá influyendo en el curso del tiempo, lo mismo en el pensamiento indígena antiguo que en el español, hasta transformarlos, siempre con la ayuda de las ideas universales renovadoras de la vida social.
 
Nada hay original, al principio, en la vida de México en el campo de las ideas. Porque la filosofía de las tribus indígenas, su manera de concebir la existencia, las relaciones humanas y la perspectiva para la comunidad, fue implacablemete perseguida por los conquistadores, lo mismo a sus obras materiales que a las formas de su cultura, paralizando su desarrollo y separando con la espada y con nuevas ideas a la vieja generación vernácula de las que le siguieron, refugiadas las más rebeldes en las regiones montañosas, hasta que van incorporándose de un modo paulatino, en el pueblo nuevo que se multiplica.
 
Las ideas que prevalecen una vez consumado el sometimiento de las poblaciones indígenas, son las de España y las de Europa a través de España, hasta que hacia la mitad del siglo XVIII, cuando las condiciones para la revolución de independencia maduran, los sectores ilustrados de la Colonia pierden el temor a la censura, a las prohibiciones y aun al castigo que se aplica a los heterodoxos, y acogen públicamente las ideas avanzadas que transforman al Viejo Mundo. Por la misma causa, en las etapas siguientes del proceso histórico de México sus sectores sociales más dinámicos seguirán abrevando con ansiedad en las ideas revolucionarias, en tanto que los sectores enemigos del progreso se aferrarán a las ideas del pasado.
 
Si se examina con profundidad y de un modo objetivo el curso del pensamiento mexicano, en cada período del desarrollo del país se encontrarán siempre, frente a frente, defendiendo intereses opuestos, las dos corrientes ideológicas: la que mira hacia el futuro y la que pretende mantener la estructura material y espiritual establecida.
 
Por eso es un grave error metodológico examinar las ideas surgidas de un pueblo o aplicadas a sus condiciones peculiares, sin tomar en cuenta el cuadro social de cada momento, porque sólo situando las ideas en el espacio y en el tiempo se puede valorizar su contenido. Las ideas son la expresión superior de un periíodo determinado en el devenir de una comunidad humana y no del anterior ni del siguiente. Arrancadas de su marco propio pierden su valor y se convierten en objetos de la arqueología política. Examinadas, en cambio, dentro de su época, arrojan luz para entender el pasado y preveer el futuro. Pero hay que considerar además de la significación temporal de las ideas, otro hecho de igual importancia: la clase social que las ideas representan. En toda sociedad divididad en clases y sectores antagónicos, las ideas no son comunes a todos sus componentes. La lucha de clases no se limita a los intereses económicos, sino que abarca a todos los aspectos de la vida social. La clase que se halla en el poder, porque domina los medios de la producción económica impone sus ideas al resto de la comunidad. Sin embargo, las ideas de los sectores sometidos por la fuerza a la clase dominante, surgen también y entran en conflicto con las otras. En cada estadio de la historia es necesario, en consecuencia, tomar en consideración las ideas dominantes y las opuestas a las de la clase social que detenta el poder.
 
La vida de México, vencidos ya sus viejos pobladores, principia en el siglo XVI. Pero como no es una comunidad libre y soberana, sino una colonia de la Monarquía Española, es preciso examinar las ideas que, provenientes de la Metrópoli, tuvieron influencia en la vida del país conquistado. Proceder de otra suerte equivale a ver sólo una parte de la realidad y, por tanto, a no conocerla.
 
Así encuadradas las doctrinas filosóficas que han tenido repercusiones importantes en nuestra historia, para iniciar su estudio es necesario partir del examen de los propósitos de la Conquista. Olvidarlos o adulterarlos conduce a hacer una pintura mentirosa de la vide de México en el momento en que aparecen los elementos fundamentales para su ulterior desarrollo. Porque no hay peor sistema para el examne de la realidad que el intento de hacer prevalecer lo subjetivo por encima de lo objetivo. La vida humana, individual o colectiva, es parte de la realidad del mundo, y aun cuando también existen los valores subjetivos, éstos cuentan sólo cuando se nutren de lo que existe. Lo subjetivo, sin conexión con la realidad que se halla fuera de la conciencia humana, es una fuga de la vida, y tratándose de las ideas entra en el campo de las creencias religiosas, ajenas a la filosofía.
 
La conquista de América por la España del siglo XVI, tuvo el propósito principal de acrecentar los recursos económicos y financieros de la Corona hasta hacer de ella la potencia hegemónica del mundo de su tiempo. Pero como para obtener las riquezas que ambicionaba y de las cuales tenía noticias, que se confundían a veces con la fábula, era necesario contar con el trabajo de las poblaciones aborígenes, el complemento de la empresa militar fue la imposición de sus ideas y sus creencias a los habitantes de las tierras que se incorporarían en su dominio. Este fue el papel de la filosofía en la primera centuria de la Nueva España.
 
Y como en España se libra por largo tiempo un debate de trascendencia entre las ideas del Renacimiento y las de la Edad Media, la discusión se traslada a las colonias de América que iba formando. Todavía hay escritores que niegan la existencia de un vigoroso Renacimineto español, y otros que lo prolongan arbitrariamente cuando su luz había dejado de existir. La verdad es que en un período relativamente breve desde el punto de vista histórico, España pasó del esplendor a la sombra, de una fuerza intelectual admirable a una reacción apasaionada contra lo que acaba de ser ella misma, de la reforma del pensamiento a la contrarreforma. Este ascenso seguido de la caída, se refleja en el mundo de su Imperio, no sucesivamente, sino de un modo simultáneo, como ocurrió en su propio seno, impregnando su vida de conflictos políticos graves y de encendidas controversias ideológicas. Ese drama, porque hasta ese grado llega el debate tomado en su conjunto, es la contradicción entre un modo de vida que no quiere morir y otro que aspira a la plenitud, sin trabas ni misterios
 
El renacimiento en España
 
Los críticos más capaces, los nuestros y los ajenos, del brillante período con el cual se inaugura la historias moderna, están contestes en afirmar que España fue conmovida también, como otros países de Europa, por el movimiento revolucionario del Renacimiento. Jaime Fitzmaurice Kelly, sin embargo le señala un limite: "La victoriosa carrera de los españoles, dice, espléndida en las letras como en las artes y en las armas, fue, lo mismo en unas que en otras, relativamente breve. La edad heroica de su literatura abarca unos ciento cincuenta años, desde el advenimiento de Carlos V hasta la muerte de Felipe IV".
 
Si se glosan las Tablas cronológicas de la Literatura Española, de Pedro Henríquez Ureña, se llega a una conclusión semejante, que se apoya en los siguientes trazos. Durante los siglos XII y XIII el pensamiento español se distingue apenas por las leyes que establecen los fueros y por los cantares épicos, las obras líricas o narrativas y el arte trovadoresco. El Cantar de Mío Cid es el más famosos de ese género. El siglo XIII tiene características semejantes; pero aparecen ya los tratados de ciencia y artes y la Crónica General -Historia de España- y las Siete Partidas, compuestas por orden de Alfonso X, el sabio. En esta centuria surge Ramón Lull, el filósofo que escribe en latín, en catalán y en árabe. En el siglo XVI aparece Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, con su Libro de Buen Amor, y lo acompañan otros escritores destacados que continúan con mayor exito el trabajo de las crónicas. En las postrimerías de ese siglo y en el comienzo del siguiente, se presentan el Cantar de los Infantes de Laura, y el Cantar de Rodrigo, sobre las mocedades del Cid, y se forma la escuela trovadoresca en lengua castellana. En el siglo XV prepara ya la gran época: el Marqués de Santillana, Iñigo Lòpez de Mendoza, Juan de Medina, Gómez Manrique y Juan Alvarez Soto, preludian la vida nacional española. Principia la época de los Reyes Católicos, Fernando V e Isabel I (1474-1516): la poesía alcanza mayores niveles con Jorge Manrique y Jan Encina; el teatro con Fernando de Rojas, el autor de La Celestina; con el portugués Gil Vicente; con Antonio de Lebrija, que escribe la gramática de la lengua castellana, y con Fernando del Pulgar, el historiador de los Claros Varones de Castilla. Este es el siglo también del Cancionero General, formado por Hernando del Castillo; de Garci Rodríguez de Montalvo, con su Amadís de Gaula. Se presenta en la escena Leon Hebreo (Judas Abrabanel) con sus Diálogos de Amor, y surge la importante figura del cardenal Francisco Ximénez de Cisneros.
 
De 1516 a 1556 se despliega el reinado de Carlos V, Primero de España. Principian los "siglos de oro". En poesía, teatro, novela, historia, nombres famosos hasta hoy cubren la época: Garcilazo de la Vega, Boscán, Cristobal de Castillejo, Fray Antonio de Guevara, Lope de Rueda. Aparecen la novela picaresca y los libros de historia referidos al Imperio Español que está formandose: Gonzalo Fernández de Oviedo, Hernán Cortés, Fray Bartolomé de las Casas, Francisco López de Gomara.
 
Pero el reinado de Carlos V no se refiere sólo a las letras. Es también la etapa de la revolución ideológica bajo la influencia de Erasmo de Rotterdam, que hace escuela. La de Luis Vives, de Fray Francisco de Osuna, de Juan de Valdez, de Juan de Avila, de Fray Luis de Granada, de Miguel Servet, de Francisco de Vitoria, de Domingo de Soto, de Sebastián Fox Morcillo, de Gómez Pereira, de Juan Guines de Sepúlveda, y también de los españoles que comienzan su obra en ultramar, especialmente en la Nueva España: Fray Juan de Zumárraga, que escribe su Doctrina Cristiana, uno de los primeros libros impresos en América, y Francisco Cervantes de Salazar.
 
El reinado de Felipe II viene después, de 1556 a 1598. España ha salido de la península ibérica y se extiende al Nuevo Mundo. Nombres famosos cubren ese período, como los de Fernando de Herrera y Alonso de Ercilla y Zuñiga, el autor de La Araucana; de Herrera, el cantor de la Batalla de Lepanto; de Bernal Díaz del Castillo y Diego Hurtado de Mendoza en la historia. En la literatura religiosa Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León y Cipriano de Valera, que refunde la versión castellana de la Biblia hecha por Casidoro de Reina. Es el siglo de Miguel de Cervantes Saavedra y de Felix Lope de Vega y Carpio.
 
Y como si el país produjera de golpe más hombres superiores para compensar el tiempo en que sus luces se hallaban apagadas, hay que agregar a Tirso de Molina, al Inca Garcilazo, del Perú, al padre Juan de Mariana, el historiador; a Bernardo de Balbuena, el cantor de la ciudad de México; a Lupercio y Bartolomé Reinaldo de Argensola; a Francisco de Quevedo; a Juan Ruiz de Alarcón, nacido en México; a Luis de Góngora; a Pedro Calderón de la Barca y, en filosofía, a Baltazar Gracián. Con ellos han concluido los siglos de oro; pero en la Nueva España surge Sor Juana Inés de la Cruz, y todavía en la Metropóli el padre Benito Jerónimo Feijóo.
 
¿Cuáles son las causas de este Renacimiento español que brota con tanto brillo y se extingue de repente, allá y aquí, y en las otras colonias españolas de América? No es excesivo, en un estudio tan breve como éste, recordar, en unas palabras, el proceso de la formación de la nación española, porque sin su ayuda no se puede apreciar con exactitud lo ocurrido en México.
 
En el año 711 se realiza la invasión sarracena de España y con ella comienza el conflicto cristiano-árabe que constituye el hecho fundamental de la Edad Media en la peninsula ibérica. Se defiende España de la invasión y, al mismo tiempo, se convierte en instrumento transmisor al mundo occidental, de la cultura de los árabes superior a la suya. La monarquía visigoda (476-711), aque abarcaba a la península, se desintegra al establecerse el feudalismo, dando origen a diversos reinos. A partir del siglo VIII, España queda aislada de muchas maneras del resto del Continente. A pesar de que los árabes y los hebreos también, más cultos y ricos que todos, representaban la civilización y el pensamiento superior, la Reconquista era la mayor finalidad política de aquel tiempo y para lograrla se emprendieron las grandes empresas militares en las que Rodrigo de Vivar, el legendario Cid Campeador, desempeño un papel importante. Pero una vez lograda la unidad de la nación, el viento nuevo de la Reforma llega a la península. El Emperador Carlos V fue partidario de Erasmo y la inteligencia española acoge sus ideas. El Renacimiento italiano también penetra y conmueve al país; pero ante el avance del movimiento reformista, se levanta la reacción católica. El Papa decreta la defensa del dogma cabal y España se convierte entonces en un Estado-Iglesia, cabeza de la Contrarreforma. A partir de 1538, comienza la persecución implacable del erasmismo, bajo la influencia del Concilio de Letrán (1512-1517) y regresa el país al período prerrenacentista, para convertirse en escudo del dogma católico.
 
Pero como la evolución histórica de un pueblo no depende sólo de la voluntad de quienes lo gobiernan, la lucha entre la Reforma y la Contrarreforma, entre el Renacimiento y la resistencia a lo nuevo, continúa y tiene diversas manifestaciones, tanto en españa como en sus colonias de ultramar. Por una parte, frente a la visión del hombre como eje del universo, del humanismo basado en la primacia de la razón, la Contrarreforma opone con mayor fuerza que nunca la concepción dogmática de la vida, la pureza de la fe católica, para consolidar a la nación libre ya de heterodoxos, musulmanes y judíos. El ideal del español es el caballero, religioso y soldado, abiertamente antiburgués. Contra este ideal se hallan los renacentistas que luchan por la "edad de oro" de la infancia de la humanidad; pero no para regresar a ella, sino para establecer la felicidad perdida en el mundo de su tiempo. Nada encarna mejor esa visión que El Quijote y la obra de los misioneros que, iluminados por la claridad de la nueva época, cumplen su misión de consolidar el Imperio Español naciente; pero reconociendo el alto valor humano de las poblaciones conquistadas.
 
La Nueva España del siglo XVI
 
Johanes Bühler en su obra Vida y Cultura en la Edad Media, al referirse a la concepción medieval de las clases sociales, menciona el hecho de que preguntada Hildegarda de Bingen, por qué sólo admitía en su convento damas nobles y de alta alcurnia, siendo así que Cristo se había rodeado de pescadores, de gentes sencillas y de pobres de solemnidad, la santa, adoradora por aquel entonces como el oráculo de Occidente, contestó con estas palabras: "Dios vela cerca de cada hombre porque las clases bajas no se eleven nunca sobre las altas, como lo hicieron un día Satánas y el Primer Hombre, que quisieron remontarse por encima de su Estado". Y así, la edad Media, con su pensamiento estático, consideraba y la iglesia era su mayor exponente ideológico, que Dios había asignado a los campesinos, a los caballeros, a los burgueses y a los sacerdotes, funciones muy definidas dentro de la sociedad y por el hecho de nacer dentro de una determinada clase, el individuo ocupaba ya para siempre en la vida la situación personal y asumía los deberes que Dios se había servido señalarle
 
Si esa era la concepción de la vida social que la Contrarreforma habría de transportar a los dominios de Esapaña, es fácil comprender los propósitos de las instituciones temporales y religiosas establecidas en la Nueva España para someter a los indígenas y explotarlos. Fueron considerados no sólo como el sector más bajo de la Colonia, sino que aun se llegó a dudar de su carácter de seres racionales. Contra esta opinión se levantató la de los misioneros renacentistas que, a pesar de ser religiosos sinceros, reprobaron la forma cruel y bestial en que eran tratados.
 
El siglo XVI en México es el siglo del dominio de las poblaciones aborígenes y de la fijación de los límites geográficos de la Nueva España. En 1521 cae Tenoxtitlán. En 1529 Nuño de Guzman realiza, a sangre y fuego, la conquista de los territorios que hoy forman los Estados de Guanajuato, Jalisco, Nayarit y Sinaloa, estableciendo la capital de la Nueva Galicia en la población indígena de Tepic. Dos expediciones del mismo capitán incursionan sobre Sonora, Durango y Zacatecas. Al año siguiente, en 1530, parten de Acapulco, Manzanillo y Tehuantepec, las expediciones para conquistar las tierras del Mar del Sur, que hoy llamamos Océano Pacífico. En ese mismo año Hernán Cortés descubre la peninsula de Baja California. En 1539 Francisco Vázquez de Coronado realiza su expedición por el norte, partiendo de Compostela. Cruza Nayarit, Sinaloa, Sonora y lleva a cabo exploraciones en Arizona y Nuevo México. En 1554 Francisco de Ibarra descubre ricos minerales de oro y plata en Zacatecas, en Durango y en parte de Chihuahua, que sirvieron para construir en 1563, la Nueva Vizcaya, con una extención mayor. Hacia finales del siglo XVIII, la última etapa de la colonización se encomienda a don José Escandón, que conquista Tamaulipas, organizándos la provincia del Nuevo Santander. De esta manera, el territorio de la Nueva España se extiende desde California hasta Texas; desde Oregón hasta Guatemala; desde Florida hasta Yucatán.
 
Al mismo tiempo se organiza el régimen interior de la Colonia. En 1535 nace el Virreinato de la Nueva España. El gobierno central se entrega al Virrey y a la Audiencia. En las Provincias a los Gobernadores, Corregidores y Alcaldes Mayores, y en los Municipios a los Cabildos. Se estructura también el poder eclesiástico. Como en España, aunque privado de soberanía, comparten el poder la autoridad civil y la eclesiástica. Ellas se encargaran de consolidar el régimen, para lo cual se establecen los primeros Colegios; los de Tlatelolco, Tiripitío, de Todos los Santos, de San Pedro y San Pablo, de San Gregorio, de San Idelfonso, y por cédula del 21 de septiembre de 1551, el Emperador Carlos V acuerda la fundación de la Universidad Real y Pontificia de México.
 
La Universidad se convirtió en el eje de la cultura de la Nueva España, porque los Colegios tenían por objeto "extirpar la idolatría, decir misa, rezar el oficio divino, predicar, catequizar, bautizar a un inmenso número de niños y adultos, confesar, casar, asistir a los enfermos, enterrar a los difuntos, y para todo ello recorrer largas distancias". La obra la llevan a cabo los misioneros franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas, que empezaron a llegar en 1523. De los Colegios alcanzaron fama mayor el de Tlatelolco, para los hijos de los indígenas principales, y los de los jesuitas, que entrarían en competencia con la Universidad y acabarían por adueñarse de la educación de la Nueva España.
 
El plan de estudios de la Real y Pontificia Universidad, obedecía al propósito -empleando el lenguaje de hoy- de formar los cuadros superiores para el gobierno civil y eclesiástico. La Universidad medieval, común a toda Europa, desde la antigüedad, tenía substancialmente el mismo programa: las "Siete Artes liberales", o sea el Trivium y el Quadrivium, el triple y el cuádruple camino. El Trivium abarcaba el estudio de la gramática -el latín y la lectura de los clásicos, de la retórica -arte de redactar documentos, instrumentos oficiales, cartas y otros escritos- y de la dialéctica, que a veces se refundía con la retórica. A partir del siglo XI, bajo la influencia del escolasticismo, la lógica teórica y práctica va pasando, cada vez más, a primer plano, por encima de la gramática y de las lecturas clásicas. El Quadrivium estaba formado por la enseñanza de la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. Después seguían los estudios de teología. Al principio el profesor explicaba sus lecciones a base de la Biblia; más tarde tomaba como punto de partida cualquiera de las Sumas. Así se fundó la de la Nueva España: "edificóse en esta Insigne y Real Universidad, dice Cristóbal Bernardo de la Plaza y Jaen, su cronista, una casa de Doctos Maestros que se fundó con Siete Columnas, esto es, siete cátedras. Púsose la mesa para que se repartiesen las ciencias de Teología, Escritura, Cánones, Leyes, Artes, Retórica y Gramática... La Primera Columna, como en quien se funda la fe, la Facultad de Sagrada Teología Escolástica, su cátedra de Prima para defender y enseñar las santas y seguras opiniones de los Santos Padres, impugnar, destruir, desvanecer y enervar las que no fueran muy conformes y ajustadas a nuestra católica religión".
 
El primer maestro de la materia fue Fray Pedro de la Peña, discípulo de Santo Tomás. El primer catedrático de Sagrada Escritura fue el Maestro Alonso Gutierrez, de las Universidades de Alcalá y Salamanca, que al llegar a la Nueva España tomó el hábito de religioso de la Orden de San Agustín y optó por el nombre de Fray Alonso de la Veracruz. Los maestros de las otras Columnas eran también gentes doctas en su oficio y habían sido escogidas para formar a los directores espirituales y políticos de la Colonia, de acuerdo con la escolástica vuelta al cause de su pureza originaria.
 
Al principio del siglo XIII, dice el historiador Alfredo Weber, la Europa cristiana no conocía a Aristóteles sino apenas una parte del Organon, en la traducción latina atribuida a Boecio. La Iglesia, desconfiando de un filósofo pagano, condenó la física aristotélica en 1209 y su metafísica en 1215; pero poco a poco fue cambiando de criterio. Consistió en que se dieran en París cursos públicos sobre Aristóteles y cincuenta años más tarde el Estagirita se había convertido en su filósofo oficial, a tal punto que no era posible contradecirlo sin hacerse sospechoso de herejía. ¿Cuál fue la razón para ello? Ya se estaba familiarizado con la noción de naturaleza. Se hablaba de la naturaleza y de su acción respecto de Dios y de los efectos de su voluntad. Al desarrollarse el pensamiento cristiano, no podía dejar de volver a esta pieza angular de la ciencia; y la Iglesia, por su parte no podía oponerse a ello, como no había podido evitar la formación de los Estados europeos. No pudiendo destruir estos Estados, los había sometido; no pudiendo extirpar la noción de naturaleza, era preciso que la hiciera esclava suya. Y a este efecto le sirvió a maravilla la metafísica de Aristóteles. La naturaleza, para Aristóteles, es un sistema jerárquico del que Dios es la base y a la vez la cúspide. Y por eso, por ser la única expresión auténtica de la razón, su autoridad se substituía a la del libre pensamiento. De esta suerte la razón se disciplina y queda reducida a un código invariable. Al adoptar como suya la filosofía de Aristóteles -bloque de sus fundamentos y convertida sólo en método formal- la Iglesia se servía del más ilustre de los pensadores clásicos para encadenar el pensamiento.
 
Tomás de Aquino es el supremo artífice de la nueva metafísica de Aristóteles. Su Summa Teologicae es su obra principal. La filosofía propiamente dicha o primera tiene por objeto el ser como ser. Hay dos especies de seres: los que existen esencialmente y los que no son más que abstracciones del pensamiento o negaciones. Las esencias, substancias o seres, se dividen, a su vez, en esencias simples o puras y en esencias compuestas de forma y de materia. Sólo hay una esencia simple o forma pura: Dios. Todo lo demás se compone de nateria y forma. La materia y la forma son seres, las dos; se distinguen una de otra en que la forma está in acto, mientras que la materia no está más que in potentia. En un sentido general, es materia todo lo que puede ser, todo lo que existe en posibilidad. La unión de la materia y de la forma es la generatio que es, a su vez, generación substancial o generación accidental. Todas las formas, excepto Dios, se unen a la materia, se individualizan y constituyen los géneros, las especies, los individuos. Sólo la Forma de las formas permanece inmaterial y no conoce ni generación ni corrupción. No es una especie compuesta por individuos separados, sino un ser único, en el seno del cual se funden incesantemente las diferencias de las personas en la unidad de la esencia. Siendo Dios sólo forma pura, actus purus, sin materia y por consiguiente sin imperfección, sólo Dios es la inteligencia completa y perfecta de las cosas.
   

Otros escritos del Maestro Lombardo:

La filosofía y el Proletariado.
La Bandera Mexicana y el Proletariado.
Summa
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