MAGNOTERRORISMO (I)




Abdel M. Fuenmayor P.
 

I: EL CONCEPTO Y SUS APLICACIONES SEMÁNTICAS:

La palabra terrorismo, según el Diccionario de la Real Academia (21ª edición) significa: 1) Dominación por el terror; 2) Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror. En el lenguaje común de hoy día, este vocablo se aplica para nombrar actos preparados y ejecutados en secreto, con el objeto de provocar terror en determinada población o sociedad mediante la destrucción de bienes materiales y/o vidas humanas. El terrorismo tiene una finalidad política, la de luchar contra un poder establecido en alguna sociedad ante el cual el o los terroristas se rebelan y pretenden derrocarlo o cambiarlo. El o los autores intelectuales o materiales del acto terrorista no toman en cuenta –o menosprecian– los daños que ocasionan ni tampoco les preocupa la identidad, condiciones o situación de las eventuales víctimas de estos intentos. El objetivo, como se dijo, es provocar terror, y, por su intermedio, llamar la atención acerca de un proyecto político diferente o desestabilizar un gobierno o un poder cualquiera.

Son actos terroristas, en consecuencia, los carros-bomba explotados por palestinos en su lucha contra el dominio israelí; los que ejecuta la organización vasca llamada ETA en su contienda por la independencia del así llamado país vasco; varios de los intentos del grupo IRA en Irlanda; los ataques contra las torres gemelas en Nueva York el 11 de Septiembre. En esta calificación de terroristas en los casos citados están de acuerdo la casi totalidad de las personas, yo entre ellas, y, también, en un pronunciamiento o juicio condenatorio de este tipo de lucha donde perecen víctimas inocentes. 

Este tipo de terrorismo tiene, sin embargo, algunos aspectos sobre los que es conveniente llamar la atención. En primer término, constituyen parte de una lucha en la que los terroristas, equivocados o no, participan en un ideal que los trasciende. Luchan, por ejemplo, por un ideario político en bien de las clases necesitadas; por la independencia de su país, por la liberación de un yugo opresor o por alguna causa religiosa. No combaten por afán de lucro, de poder o prepotencia para su provecho personal o el de su grupo. Otro aspecto que debe destacarse en estos terroristas en su entrega total a la causa por la que combaten, que los lleva al desprecio de su propia vida, como fue el caso de los pilotos que conducían los aviones que estrellaron contra las torres gemelas mencionadas, o la de palestinos que perecen en la explosión de sus bombas. Por último, y no menos importante, el número de víctimas, aun en el mayor de los casos de este tipo de terrorismo, es casi siempre limitado. Otras dos características comunes a todo acto terrorista son: a) la de que su resultado es probabilístico: Nunca se puede afirmar de antemano si el acto tendrá éxito, cuál la medida de ese éxito, cuánto daño material pueda causar, y cuántas y qué clase de víctimas pueda cobrar, y b) la de ser consciente y deliberado, sujeto a planificación previa, con una finalidad, perversa en sus medios si se quiere, pero sujeta a cierta racionalidad. No pueden, por tanto, considerarse como actos terroristas los cometidos por personas insanas mentalmente, sin conciencia de sus actos, los cuales son engendrados en el seno de la locura.

Hay otro tipo de terrorismo que nace en los poderes establecidos y poco o nada cuestionados, aunque esos terrorismos no se distingan habitualmente como tales. Sin embargo, ellos poseen, en demasía, las mismas propiedades; vale decir, tienen un propósito político, se valen del terror para imponer sus fines y utilizan la destrucción de bienes materiales y de vidas como instrumento para sus propósitos. Este tipo de terrorismo, que en una publicación anterior he llamado “terrorismo de Estado” para distinguirlo del anteriormente descrito, tiene diferencias importantes con el terrorismo de grupos minoritarios o en desventaja. En este último caso se trata del empleo del arma –única o casi única– que usa el indefenso contra el poderoso (v.g. el terrorismo palestino contra Israel); en el terrorismo de Estado, son las armas –múltiples, variadas y muy poderosas– del fuerte contra el débil. En el terrorismo del débil, el terrorista expone a menudo su propia vida y con frecuencia sucumbe en su intento (caso de los pilotos en la empresa destructiva de las torres gemelas de N.Y); en el del fuerte, el terrorista actúa sobre seguro desde su fortaleza inexpugnable, v.g., los ataques aéreos o terrestres de los israelitas contra la población palestina; los bombardeos del Sudán, de Afganistán, de Irak o de Panamá perpetrados por los EE.UU. con pretextos inválidos e injustificables, o la abundante ayuda militar que la potencia del Norte brindó a Suharto para mantener el dominio sobre el pueblo del Timor Oriental que costó cientos de miles de víctimas civiles. El terrorismo del débil, por lo común, persigue liberar, sacudir un yugo que considera insoportable; el del fuerte es dominar; asegurar un poder, aumentarlo o sostenerlo y aprovecharse de su ventaja. El terrorismo del débil no busca beneficios materiales. El del fuerte persigue poder y riquezas, dominio para continuar e incrementar privilegios y ventajas materiales. 

Muchos analista políticos e intelectuales destacados han calificado de terrorismo la guerra de los EE.UU. y sus asociados europeos contra Afganistán; la explosión de sendas bombas atómicas arrojadas por los EE.UU. sobre las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki al final de la 2ª. Guerra Mundial; la intromisión militar urdida y practicada en Nicaragua para derrocar a Arbenz, primero, y después a Daniel Ortega, y las auspiciadas en otros países centroamericanos; el complot para liquidar el gobierno de Allende en Chile y el apoyo a la consecuente dictadura de Pinochet; el terrorismo persistente de las dictaduras militares latinoamericanas (con saldo de numerosas víctimas torturadas y asesinadas) impuestas o apoyadas abiertamente por los EE.UU.

II: EL MAGNOTERRORISMO EN VENEZUELA:

Veamos, ahora, a la luz de los argumentos precedentes, la situación actual de Venezuela. Este país, sin duda alguna, vive del petróleo. Es su principal, casi única, fuente de ingresos. Sin petróleo, el país y su sociedad entera se derrumban; caen en la más total carencia y se provoca el caos social. Al interrumpirse brusca y totalmente la producción petrolera sobreviene, necesariamente, la paralización de toda actividad económica y, por ende, una hambruna espantosa y un desastre social de incalculables y trágicas consecuencias. Al no haber comida ni transporte ni medicinas ni dinero para  pagar empleos ni comprar productos, la mortalidad se contará, no por miles, sino por cientos de miles: los niños serán, inicialmente, los más afectados, así como los ancianos y los enfermos: no habrá antibióticos para tratar infecciones infantiles, ni sueros para hidratarlos en casos de gastroenteritis, ni funcionarán pabellones de cirugía para tratar casos de urgencia. Sin los tratamientos que los mantienen, morirán como moscas los enfermos de sida, los que padecen de insuficiencia renal avanzada, los cancerosos, los leucémicos, los diabéticos, los hipertensos, los que padecen de afecciones coronarias y muchos otros. No habrá ambulancias para trasportar enfermos graves; los hospitales tendrán que cerrar sus puertas y lo mismo ocurrirá con los ambulatorios y otras instituciones de salud. A la posibilidad muy firme de todo este panorama se enfrenta hoy día la sociedad venezolana en su totalidad. ¿En su totalidad? Bueno, no exactamente. Casi en su totalidad, sería más propio decir. Un porcentaje mínimo, quizás no superior al 0.1% de la población, los hiper-poderosos, estarán a salvo. La mayoría no tiene como escapar del holocausto; pero esta pequeñísima minoría, precisamente la autora del MAGNO-TERRORISMO desatado, quedará a salvo. Ella posee enormes fortunas, extraídas en forma ilegítima del país, y depositadas en cuentas secretas de bancos del exterior; tiene fabulosas quintas en los EE.UU. o en otros países y goza de excelente acogida de sus gobiernos, amén de que sus aviones privados están listos para, en el momento oportuno –ése en el que el caos se extienda y se vuelva incontrolable (saqueos, asaltos, robos, asesinatos)–,  conducirlos a lugares seguros para su integridad física y la continuidad de su acomodado vivir.

Es esta la situación que están provocando unos pocos venezolanos hiper-terroristas: por derrocar un gobierno que no les viene a sus anchas –motivo político– porque lesiona sus exagerados e ilegítimos privilegios; por tal motivo político-personalista, desencadenan un magno terror que con gran probabilidad arrastre consigo cientos de miles de víctimas inocentes. Este terrorismo de grupos o clases, de magnas proporciones en sus consecuencias, es lo que designamos con el nombre de MAGNOTERRORISMO. Sus actores, los magno-terroristas, que se saben impunes de su posible genocidio y del desastre económico nacional que provocarán, se valen (como en todos los casos de magnoterrorismo), de los medios de comunicación social –que están en sus manos– para sugestionar a vastos sectores de población y hacerles creer sus pobres argumentos, que sólo representan un mal ropaje de sus verdaderos, egoístas y mal disimulados motivos. Estos magnoterroristas atentan contra la vida, la salud, el bienestar, la posibilidad de educación y de superar la pobreza y la miseria de la mayor parte de la población venezolana. Son supercriminales amparados por su posición, por la ceguera de muchos de los habitantes del país y por la corrupción de buena parte del poder judicial. El mal que crean no se detiene allí; se prolongará inevitablemente a lo largo del tiempo. El Estado venezolano está dejando de percibir, desde el 4 de Diciembre pasado y por causa de la paralización de la industria petrolera, la suma de cincuenta millones de dólares diarios, lo cual equivale, para el momento de la escritura de este artículo, a más de mil millones de dólares en el período transcurrido hasta ahora; es decir, ¡de un tercio del ingreso nacional por concepto de la venta de petróleo y sus derivados! Las consecuencias de esto bien se pueden vislumbrar: la pobreza y la miseria incrementarán sustancialmente; la carencia de recursos para impulsar los programas de educación y salud, los de fomento de la actividad agrícola y artesanal y muchos otros de corte social se verán muy limitados o clausurados, y la recuperación, si es que se da, será lenta. Como decía Voltaire, “el mal viene volando, pero se va renqueando”. Todo ello afectará profundamente el nivel de vida del pueblo venezolano. ¿Puede imaginarse un crimen peor? Y los responsables, ¿quiénes son? Están allí, a plena luz del día, confesos sin rubor, cínicos en sus declaraciones, seguros en su impunidad, identificados plenamente por ellos mismos y por sus actos. Pero, como ocurre en todos los casos de MAGNOTERRORISMO, salen, en profusión repetitiva, los discursos que pretenden justificar lo injustificable, y de estos discursos, con su refinada técnica de manipulación de masas, se encargan los medios de comunicación social, que en su mayoría son propiedad de los poderosos y adinerados dirigentes del movimiento de oposición contra el actual gobierno.

En un próximo artículo, analizaremos las pretendidas justificaciones que proporcionan estos medios. 

Mérida; 22 de Diciembre de 2002-12-21

Abdel M. Fuenmayor P.

 

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