MICHEL
Foucault
�ltima actualizaci�n: 10 de noviembre de 2007.
Arqueolog�a del Saber
Los 3 primeros cap�tulos (en ingl�s), en el sitio
web de los Archivos Marxistas en Internet.
Michel Foucault Resources
Esta recopilaci�n de enlaces incluye textos de Foucault, foros de mensajes y art�culos relacionados, en el sitio web de Critical Thinkers Resources.
What is an Author?
Este art�culo, contenido en el sitio web de la Universidad de Colorado, explica en ingl�s algunos de los puntos principales del texto que yo he reproducido en esta p�gina en espa�ol.
Foucault Info
Repositorio de textos escritos por Michel Foucault. Adem�s contiene art�culos, entrevistas, conferencias, enlaces a publicaciones especializadas; en fin, textos en espa�ol, franc�s, ingl�s, ruso, portugu�s y alem�n.
Michel Foucault: Fotograf�as y notas
Una p�gina del sitio web de la Universidad Estatal de Georgia, que contiene interesantes fotograf�as relacionadas con el libro Disciplina y Castigo.
Who is Michel Foucault?
Un texto del neoyorquino John Haber, que se dio cuenta inteligentemente que no pod�a escribir un "Foucault para tontos", y prefiri� la libertad que le da el formato de "comentario a pie de p�gina".
Bienvenidos al mundo de Michel Foucault
Esta secci�n del sitio web de la Universidad Estatal de California Northridge contiene "enlaces apropiados para estudiosos de Foucault". Lo mantiene el profesor Bernardo Attias.
Michel Foucault: Nota biogr�fica
Philosophy Research Base: Michel Foucalt
Michel Foucault - Ficha en la Wikipedia
Michel Foucault - M�s recursos
Ensayos sobre Michel Foucault en Theory.org
Michel Foucault - Enciclopedia Stanford
Michel Foucault's Interpretative Analytics
Michel Foucault's - Ficha en Popcultures.com
Cr�ticos y te�ricos del posmodernismo
Otros v�nculos sobre Foucault
Foucault: Bibliograf�a y textos en The Foucauldian
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Bibliograf�a sobre Michel Foucault
El estructuralismo de Michel Foucault
M�s sobre Michel Foucault en Theory.org
A Genealogy of Michel Foucault
Melancholia
Enlaces externos
�Qu� es un autor?
La contribuci�n distintiva de estos autores es que produjeron no s�lo su propia obra, sino tambi�n la posibilidad y las reglas de formaci�n de otros textos. En este sentido, su rol difiere completamente de aquel novelista, por ejemplo, quien, b�sicamente, nunca es m�s que el autor de su propio texto. Freud no es simplemente el autor de La interpretaci�n de los sue�os o de El chiste y su Relaci�n con lo Inconsciente, y Marx no es simplemente el autor del Manifiesto Comunista o El Capital: ambos establecieron la infinita posibilidad del discurso.

Obviamente, puede hacerse una f�cil objeci�n. El autor de una novela puede ser responsable de algo m�s que su propio texto; si �l adquiere alguna "importancia" en el mundo literario, su influencia puede tener ramificaciones significativas. Para tomar un ejemplo muy simple, podr�a decirse que Ann Radclife no escribi� simplemente Los Misterios de Udolfo y algunas otras novelas, sino que tambi�n hizo posible la aparici�n de Romances G�ticos a comienzos del siglo XIX. En esta medida, su funci�n como autora excede los l�mites de su obra.

Sin embargo, esta objeci�n puede ser refutada por el hecho de que las posibilidades reveladas por los iniciadores de pr�cticas discursivas (usando los ejemplos de Marx y Freud, quienes, creo, son los primeros y los m�s importantes) son significativamente diferentes de aquellas sugeridas por los novelistas. Las novelas de Ann Radclife pusieron en circulaci�n un cierto n�mero de semejanzas y analog�as pautadas en su obra, varios signos, figuras, relaciones y estructuras que pod�an ser integradas a otros libros. En pocas palabras, decir que Ann Radclife cre� el Romance G�tico significa que hay ciertos elementos comunes a sus obras y al romance g�tico del siglo XIX: la hero�na arruinada por su propia inocencia, la fortaleza secreta que funciona como ciudad paralela, el h�roe proscrito que jura venganza al mundo que lo ha excomulgado, etc.

Por otro lado, Marx y Freud, como "iniciadores de pr�cticas discursivas", no s�lo hicieron posible un cierto n�mero de analog�as que pod�an ser adoptadas por textos futuros, sino que tambi�n, y con igual importancia, hicieron posible un cierto n�mero de diferencias. Abrieron un espacio para la introducci�n de elementos ajenos a ellos, los que, sin embargo permanecen dentro del campo del discurso que ellos iniciaron.

�No es �ste el caso, sin embargo, del fundador de cualquier ciencia nueva o de cualquier autor que exitosamente transforma una ciencia existente? Despu�s de todo, Galileo es indirectamente responsable de los textos de aquellos quienes mec�nicamente aplicaron las leyes que �l formul�; adem�s de haber preparado el terreno para la producci�n de afirmaciones muy diferentes a las suyas. Superficialmente entonces, la iniciaci�n de pr�cticas discursivas parece similar a la fundaci�n de cualquier empresa cient�fica, pero creo que hay una diferencia fundamental.


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En un programa cient�fico, el acto fundacional se encuentra en pie de igualdad con sus futuras transformaciones: es meramente una entre las muchas que hace posible. Esta interdependencia puede adoptar distintas formas. En el desarrollo futuro de una ciencia, el acto fundacional puede parecer poco m�s que una �nica instancia de un fen�meno m�s general que ha sido descubierto. Podr�a ser cuestionado, en forma retrospectiva, por ser demasiado intuitivo o emp�rico, y sometido a los rigores de nuevas operaciones te�ricas, a los efectos de situarlos en un �mbito formal. Finalmente, podr�a considerarse una generalizaci�n precipitada cuya validez deber�a ser restringida. En otras palabras, el acto fundacional de una ciencia puede ser siempre recanalizado a trav�s de la maquinaria de transformaciones que ha instituido.

Por otro lado, la iniciaci�n de una pr�ctica discursiva es heterog�nea con respecto a sus transfromaciones ulteriores. Ampliar la pr�ctica sicoanal�tica, tal como fuera iniciada por Freud, no es conjeturar una generalidad formal no puesta de manifiesto en su comienzo; es explorar un n�mero de ampliaciones posibles. Limitarla es aislar en los textos originales un peque�o grupo de proposiciones o afrimaciones a las que se les reconoce un valor inaugural y que revelan a otros conceptos o teor�as freudianas como derivados. Finalmente, no hay afirmaciones "falsas" en la obra de estos iniciadores; aquellas afirmaciones consideradas inesenciales o "prehist�ricas", por estar asociadas con otro discurso, son simplemente ignoradas en favor de los aspectos m�s pertinentes de su obra.

La iniciaci�n de una pr�ctica discursiva, a diferencia de la fundaci�n de una ciencia, eclipsa y est� necesariamente desligada de sus desarrallos y transfromaciones posteriores. En consecuencia, definimos la validez te�rica de una afirmaci�n con respecto a la obra del iniciador, mientras que en el caso de Galileo o Newton, est� basada en las normas estructurales e intr�nsecas establecidas en Cosmolog�a o F�sica. Dicho esquem�ticamente, la obra de estos iniciadores no est� situada en relaci�n con la ciencia o en el espacio que �sta define; m�s bien, es la ciencia o la pr�ctica discursiva que se relaciona con sus obras como los puntos primarios de referencia.


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De acuerdo con esta definici�n, podemos entender por qu� es inevitble que los practicantes de tales discursos deban "regresar al origen". Aqu�, adem�s, es necesario distinguir el "regreso" de los "redescubriemientos" o las "reactivaciones cient�ficas". "Redescubrimientos" son los efectos de la analog�a o el isomorfismo con formas actuales del conocimiento que permiten la percepci�n de figuras olvidadas u ocultas. "Reactivaci�n" se refiere a algo muy diferente: la incersi�n del discurso en �mbitos totalmente nuevos de generalizaci�n, pr�ctica y transformaciones.

La frase "regresar a", designa un movimiento con su propia especificidad, que caracteriza a la iniciaci�n de pr�cticas discursivas. Si regresamos, es debido a una omisi�n b�sica y constructiva, una omisi�n que no es el resultado de un accidente o incomprensi�n. En efecto, el acto de iniciaci�n es tal, en su esencia, que est� inevitablemente sujeto a sus propias deformaciones; aquello que expone este acto y deriva de �l es, al mismo tiempo, la ra�z de sus divergencias y parodias. Esta omisi�n deliberada debe estar regulada por operaciones precisas que pueden ser situadas, analizadas y reducidas a un regreso al acto de iniciaci�n.

La barrera impuesta por la omisi�n no fue agregada desde el exterior; se origina en la pr�ctica discursiva en cuesti�n, la que le aporta su ley. Tanto la causa de la barrera como el medio para su remoci�n -esta omisi�n- (tambi�n responsable de los obst�culos que impiden regresar al acto de iniciaci�n) s�lo pueden ser resueltos por medio de un regreso. Adem�s, se trata siempre de un regerso al texto en s� mismo, espec�ficamente, a un texto primario y sin ornamentos, prestando particular atenci�n a aquellas cosas registradas en los intersticios del texto, sus espacios en blanco y sus ausencias. Regresamos a aquellos espacios vac�os que han estado cubiertos por omisi�n u ocultos en una plenitud falsa y enga�osa.

En estos redescubrimientos de una carencia esencial, encontramos la oscilaci�n de dos respuestas caracter�sticas: "Esta observaci�n ha sido hecha, no puede evitar verla si sabe leer", o a la inversa, "No, esa observaci�n no est� hecha en ninguna de las palabras impresas en el texto, pero est� expresada a trav�s de las palabras, en sus relaciones y en la distancia que las separa". De ello resulta naturalmente que este regreso, que es una parte del mecanismo discursivo, introduce modificaciones constantemente y que el regreso a un texto no es un suplemento hist�rico que se adherir�a a la discursividad primaria y la redoblar�a bajo la forma de un ornamento que despu�s de todo, no es esencial. Es m�s bien un medio efectivo y necesario para transformar la pr�ctica discursiva.

Un estudio de las obras de Galileo podr�a alterar nuestro conocimiento de la historia, pero no de la ciencia de la mec�nica, mientras que un reexamen de los libros de Freud o Marx puede transformar nuestra interpretaci�n del sicoan�lisis o del marxismo.

Una �ltima caracter�stica de estos regresos es que tienden a reforzar el v�nculo enigm�tico entre un autor y sus obras. Un texto tiene un valor inaugural precisamente porque es la obra de un autor particular y nuestros regresos est�n condicionados por este conocimiento. El redescubrimiento de un texto desconocido de Newton o Cantor no modificar� la cosmolog�a cl�sica o la teor�a de grupos; a lo sumo, cambiar� nuestra apreciaci�n de sus g�nesis hist�ricas. Sin embargo, sacar a la luz Esquema del Psicoan�lisis, a tal punto que lo reconozcamos como un libro de Freud, puede transformar no s�lo nuestro conocimiento hist�rico sino tambi�n el campo de la teor�a sicoanal�tica, ya sea solamente a trav�s de un cambio en la focalizaci�n o a nivel medular. Estos regresos, componentes importantes de las pr�cticas discursivas, construyen una relaci�n entre autores "fundamentales" y mediatos, que no es id�ntica a aquella que liga un texto ordinario a su autor inmediato.


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Desafortunadamente, hay una decidida ausencia de proposiciones positivas en este ensayo ya que se refiere a procedimientos anal�ticos o directivas para investigaciones futuras, pero debo al menos dar las razones por las cuales atribuyo tanta importancia a la continuaci�n de este trabajo. Desarrolllar un an�lisis similar podr�a proveer la base para una tipolog�a del discurso. Una tipolog�a de esta clase no puede ser entendida adecuadamente en relaci�n con los rasgos gramaticales, las estructuras formales y los objetos del discurso ya que indudablemente existen propiedades discursivas espec�ficas o relaciones que son irreductibles a las reglas de la gram�tica y de la l�gica y a las leyes que gobiernan los objetos.

Estas propiedades requieren investigaci�n si esperamos distinguir las grandes categor�as del discurso. Las diferentes formas de relaciones (o la ausencia de �stas) que un autor puede asumir son evidentemente una de estas propiedades discursivas. Esta forma de investigaci�n podr�a tambi�n permitir la introducci�n de un an�lisis hist�rico del discurso. tal vez ha llegado la hora de estudiar no s�lo el valor expresivo y las transformaciones formales del discurso sino su modo de existencia: las modificaciones y variaciones, dentro de cualquier cultura, de los modos de circulaci�n, valorizaci�n, atribuci�n y apropiaci�n. En parte a expensas de los temas y conceptos que un autor ubica en su obra, el "autor-funci�n" podr�a tambi�n revelar la manera en que el discurso es articulado sobre la base de las relaciones sociales.

�No es posible reexaminar, como una extensi�n leg�tima de este tipo de an�lisis, los privilegios del sujeto? Claramente, al emprender un an�lisis interno y arquitect�nico de una obra (tanto sea un texto literario, un sistema filos�fico o un trabajo cient�fico) y al delimitar referencias sicol�gicas y biogr�ficas, surgen sospechas concernientes a la naturaleza absoluta y al rol creativo del sujeto. Pero el sujeto no deber�a ser abandonado por completo. Deber�a ser reconsiderado, no para reestablecer el tema de un sujeto originador, sino para captar sus funciones, su intervenci�n en el discurso y su sistema de dependencias.

Deber�amos suspender las preguntas t�picas: �c�mo un sujeto aislado penetra la densidad de las cosas y las dota de significado? �C�mo cumple su prop�sito dando vida a las reglas del discurso desde el interior?

M�s bien, deber�amos preguntar: �bajo qu� condiciones y a trav�s de qu� formas puede una entidad como el sujeto aparecer en el orden del discurso? �Qu� posici�n ocupa? �Qu� funciones exhibe? y �qu� reglas sigue en cada tipo de discurso? En pocas palabras, el sujeto (y sus sustitutos) debe ser despojado de su rol creativo y analizado como una funci�n, compleja y variable.

El autor, o lo que he llamado "autor-funci�n", es indudablemente s�lo una de las posibles especificaciones del sujeto y, considerando transformaciones hist�ricas pasadas, parece ser que la forma, la complejidad, e incluso la existencia de esta funci�n, se encuentran muy lejos de ser inmutables. Podemos imaginar f�cilmente una cultura donde el discurso circulase sin necesidad alguna de su autor. Los discursos, cualquiera sea su status, forma o valor, e independientemente de nuestra manera de manejarlos, se desarrollar�an en un generalizado anonimato.

No m�s repeticiones agotadoras. "�Qui�n es el verdadero autor?" "�Tenemos pruebas de su autenticidad y originalidad?" "�Qu� ha revelado de su m�s profundo ser a trav�s de su lenguaje?". Nuevas preguntas ser�n escuchadas: "�Cu�les son los modos de existencia de este discurso?" "�De d�nde proviene? �C�mo se lo hace circular? �Qui�n lo controla?" "�Qu� ubicaciones est�n determinadas para los posibles sujetos?" "�Qui�n puede cumplir estas diversas funciones del sujeto?". Detr�s de todas estas preguntas escuchar�amos poco m�s que el murmullo de indiferencia: "�Qu� importa qui�n est� hablando?"



Fragmento de "�What is an author?" (1969), en Critical Theory since 1965, Hazard Adams y Leroy Searle (eds.), Florida State UP, Tallahassee, 1966 (138/148).
Ensayo
Enlaces externos

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Creo que el siglo XIX en Europa produjo un tipo de autor singular que no debe ser confundido con los "grandes" autores literarios, o los autores de textos religiosos can�nicos y los fundadores de las ciencias. De manera algo arbitraria, podr�amos llamarlos "iniciadores de pr�cticas discursivas".
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