| Informe del General de Divisi�n Mariano Escobedo dirigido al Presidente de la Rep�blica, general Porfirio D�az | |||||||||||
| Julio 8 de 1887 | |||||||||||
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| Se�or Presidente: Los acontecimientos pasados hace veinte a�os en Quer�rtaro ha venido a removerlos en la actualidad la aparici�n de un folleto escrito en franc�s y publicado en Roma por el se�or V�ctor Dar�n, y cuya publicaci�n tiene el t�tulo de El General Miguel Miram�n. En ella, entre otros episodios de nuestras gurras internas, se narran las operaciones emprendidas sobre la plaza de Quer�taro por el Ej�cito Rep�blicano. Estando la narraci�n que me contraigo, escrita bajo un color enteramente inexacto, y sobre todo en lo que se refiere al motivo que origin� aquella misma operaci�n dio lugar a que el coronel imperialista Miguel L�pez publicara en uno de los diarios de esta capital una carta, en la cual me ped�a con toda sinceridad expresara la verdad hist�rica relativa a aquellos sucesos. La prensa reaccionaria de M�xico toma del libro mencionado lo que m�s puede afectar la historia de nuestra lucha contra el llamado Imperio. Se esfuerza en una obstinaci�n vehemente y del todo extra�a hoy, a que divulgue la parte secreta de aquel desenlace y que se realciona con la supuesta traici�n de L�pez y la toma de la plaza de Quer�taro, pretendiendo que a efecto de la intervenci�n directa que este jefe inperialista tomara en ello, traicionando a su Soberano y vendiendo a peso de oro su consigna, la plaza cayera en poder del ej�rcito mexicano. Consideraciones personales posteriores a aquella ocupaci�n y las cuales voy a revelar han hecho que guarde un profundo silencio sobre aquellos acontecimientos.Al oferecer entonces callar, sab�a perfectamente que con mi conducta no sufrir�a el prestigio y el lustere de la patria; ni tampoco el honor del ej�rcito que estuvo a mis �rdenes en aquella gloriosa �poca, ni mucho menos la causa la causa por la que combatiera. La cuesti�n se reduc�a �nicamente a dos personlidades; la m�a, que yo conscientemente juzgara de poca importancia, despu�s de despojarme de la alta investidura militar, a que me hab�an llevado las circunstancias especiales del pa�s, despu�s de realizado el triunfo de la Rep�blica sobre sus m�s encarnizados enemigos, y la del coronel imperialista Miguel L�pez, intermediario en fecto, entre el Archiduque y yo, en la conferencia tenida para la soluci�n en que se interesaba el provenir de M�xico, el prestigio deun pr�ncipe extanjero, y mi particular honor como soldado y como mexicano, �nico t�tulo de cuya adquisici�n me siento orgulloso... Descorro a mi pesar el velo que oculta sucesos de importancia desconocidos del pais, y que por lo mismo han sido mal juzgados... Por espacio de veinte a�os se me ha puesto como blanco a la calumnia, las �pocas se han sucedido en que mi nombre ha sido insultado y puesto en duda la parte que por derecho, y s�lo como mexicano me corresponde, en el triunfo de la patria. Multitud de extranjeros de todas las nacionalidades, presintiendo que algo oculto ten�a el funesto fin de Maximiliano, han venido con insitencia a inquirir de m� la verdad y hasta ahora nada hab�a dejado traslucir del ofrecimiento hecho por un soldado victorioso a un pr�ncipe sentenciado a muerte... El coronel imperialista Miguel L�pez, aunque infidente para con la patria, ni traicion� al Archiduque Maximiliano de Austria, ni vendi� por dinero su puesrto de combate. Las circunstancias porque atravesaba la patria desde 1862 a 1867 vinieron a colocarme en la elevada posici�n de general en jefe del cuerpo de Ej�rcito del Norte, y despu�s, sin quererlo, sin pretenderlo, y todav�a m�s, renunci�ndolo, como general en jefe del Ej�rcito de Operaciones sobre Quer�taro. En esa capital, como es sabido, se encontraban los principales elementos de guerra del llamdo Imperio Mexicano, con los generales y jefes imperialistas, valerosos y de conocimientos militares. All� estaban Miram�n, Mej�a, del Castillo, M�ndez, Arellano y otros m�s de conocido prestigio. Entramos en lucha con ellos. Por alguna vez, y aisaldamente, les fue propicia la victoria; pero de ef�meros resultados, porque enseguida aquella se tornaba en desastre... Despu�s de la operaci�n ofensiva contra los sitiadores el 27 de abril de 1867, sobre las colinas del Cimatario, en que fueron a la vez vencedores y vencidos los soldados del Archiduque, sus posteriores ataques y empe�os fueron m�s flojos y sin ning�n �xito, porque aquellas tropas ya no resist�an le fuego del adversario... El ej�rcito del pr�ncipe austriaco encerrado en Quer�taro, carec�a de v�veres; las municiones de guerra eran de mala calidad, y lo m�s lamnetable para �l, ya no ten�an sus tropas esa cohesi�n que dan la moral y la disciplina militares... Todo me indicaba y con justicia, el pr�ximo y violento fin de aquella situaci�n tan tirante. Ello me hac� poneren constante actividad, redoblando m�s y m�s la vigilancia en la linea de sitio para hacer de todo punto imposible la comunicaci�n con los sitiados por la parte de afuera y viveversa... El d�a 14 de mayo recorr�a yo la l�nea de sitio. A las siete de la noche un ayudante del coronel Julio M. Cervantes vino a comunicarme de �rden de su jefe, que un individuo porcedente de la plaza, y que se encontraba en el puesto republicano, deseaba hablar conmigo; en el acto me dirig� al punto indicado en donde me present� el coronel Cervantes al coronel imperialista Miguel L�pez, jefe del Regimiento de la Emperatriz. �ste me manifest� que hab�a salido de la plaza con una comisi�n secreta que deb�a llenar cerca de m�, si yo lo permit�a. Al principio cre� que el citado L�pez era uno de tantos desertores q ue abandonaban la ciudad para salvarse y que su misi�n secreta no era m�s que un ardid de que se val�a para hacer m�s interesantes las noticias que tal vez iba a comunicarme del estado en que se encotnraban los sitiados; sin embargo acced� a hablar resevadamente con el coronel imperialista Miguel L�pez, apart�ndome a cierta distancia del coronel Cervantes y de los ayudantes de mi Estado Mayor que me acompa�aban. Entonces brevemente L�pez me comunic� que el Emperador le hab�a encargado de la comisi�n de procurar una conferencia conmigo, y que al conced�rsela me significaba de su parte que, deseando ya evitar a todo trance que se cotinuara por su causa derramando la sangre mexicana, pretend�a abandonar la plaza, para lo cual ped�a �nicamente se le permitiera salir con las p�rsonas de su sevivio y custodiado por un escuadr�n del regimiento de la Emperatriz hasta Tuxpan o veracruz, en cuyoos puertos deb�a esperarle un buque que lo llevar�a a Europa, asegur�ndome que en M�xico, al emprender su marcha a Quer�taro, hab�a depositado en poder de su primer ministro su abdicaci�n. Para satisfacci�n suya y para que estuviera yo en la inteligencia de que sus proposiciones eran de entera buena fe, me manifest� el coronel L�pez que su soberano compromet�a para entonces y para siempre su palabra de honor de que al salir del pa�s no volver�a a pisar territorio mexicano, d�ndome adem�s en garant�a de su prop�sito, cuantas seguridades se le pidieran, estando dispuesto a obsequiarlas. Mi contestaci�n a L�pez fue precisa y decisiva, concret�ndome a manifestarle que pusiera en conocimiento del Archiduque que las �rdenes que ten�a del Supremo Gobierno Mexicano eran terminantes, para no aceptar otro arreglo que no fuera la rendici�n de la plaza sin condiciones. En seguida el coronel L�pez manifest� que su Emperador hab�a previsto de antemano la resoluci�n de sus ateriores proposiciones. Siguiendo el curso dela conferencia establecida, me expres� de parte de su soberano, que eran bien conocidos por mi los jefes militares que estaban a su lado, por su prestigio, valor y pericia; e igualmente la buena organizaci�n y disciplina de las tropas que defend�an la plaza, con las cuales pod�a a cualquier hora forzar el sitio y prolongar los horrores de la guerra por mucho tiempo; que en verdad esto era sumamente grave y un irreparable mal para M�xico, y al cual no quer�a exponerlo, siendo esta la raz�n por la cual quer�a salir del pa�s. Juzgando yo demasido altivas las frases �ltimas vertidas por el coronel imperialista L�pez, a nombre de su soberano, le contest� que nada de lo que me refer�a era deconocido para m�, pero que ten�a exacto conocimiento del estado en que se encontraban los defensores de Quer�taro; que estaba enterado de los preparativos que hac�an en la plaza para efectuar una vigorosa salida, en la que estaba basada su salvaci�n, que estas columnas formadas ya, esperaban solamente el momento en que se les diera la orden de pasar las trincheras y chocar con los republicanos; que esto era para m� sumamente satisfactorio, de tal suerte que para facilitarles su movimiento ten�a pensado dejarles paso abierto en cualquier punto de la linea de circunvalaci�n por donde se presentaran; bie entendido de que despu�s de qaue hubieran salido todos, caer�a sobre ellos con os doce mil caballos del ej�rcito, victorioso una parte en San Jacinto y otra en San Lorenzo, y cuya formidable caballer�a dejar�a el campo convertido en un lago de sangre imperialista. El comisionado del Archiduque volvi� a reanudar la conferencia que yo ya cre�a terminada, dici�ndome que el Emperador le hab�a dado instrucciones para dejar terminado el asunto que se le hab�a encomendado, de todas maneras, en caso de encontrar resistencia obstinada por mi parte. En seguida me revel� de parte de su Emperador que ya no pod�a ni quer�a continuar m�s la defensa de la plaza, cuyos esfuerzos los conceptuaba enteramente in�tiles; que en efecto, estaban formadas las columnas que deb�an formar la l�nea de sitio; que deseaba detener esa imprudente operaci�n, pero que no ten�a seguridad que se obsequiaran sus �rdenes por los jefes que obstinados en llevarla a cabo ya no obedec�an a nadie, que no obstante lo expuesto, se iba a aventurar a dar las �rdenes para que se suspendiera la salida; obedeciendo o no, me comunicaba que a las tres de la ma�ana dispondr�a que defend�an el Pante�n de La Cruz se reconcentraran en el convento del mismo; que hiciera yo un esfuerzo cualquiera para apoderarme de ese punto en donde se me entregar�a prisionero sin condici�n. Era preciso dudar del que se llamaba agente del Archiduque. No pod�an entrar en mi �nimo semejantes proposiciones del pr�ncipe despu�s de sus en�rgicas y varoniles determinaciones de Orizaba pocos meses antes. As� con toda franqueza lo expres� al mensajero del Archiduque, quien inmediatamente me manifest� qiue deb�a desechar toda sospecha hacia su persona y su cometido; que no hac�a m�s que cumplir estrictamente las �rdenes del Emperador, por quien no evitar�a sacrificio, esperando que mis determinaciones lo salvar�an de la situaci�n en que se encontraba. L�pez se retir� de la plaza, llevando la noticia al Archiduque de que a las tres de la ma�ana se ocupar�a La Cruz, hubiera o no resistencia. Tom� desde luego a mi cargo la reponsabilidad de los acontecimientos que iban a surgir. Con toda oportunidad envi� orden a los jefes de l�nea y puntos que estuvieran listos para emprender una operaci�n sobre la plaza. En el momento pas� a ver al general Francisoc A. V�lez, y le comuniqu� a �l �nicamente la conferencia tenida con el comisionado del Archiduque en lo concerniente a la comisi�n que deb�a desempe�ar. Le di a conocer mi resoluci�n de aprovecharme de la debilidad y aturdimiento en que se hallaba el pr�ncipe alem�n para llevar a cabo la operaci�n propuesta por �l de ocupar La Cruz. En esta virtud, dese luego, puse a las �rdenes del general V�lez a los batallones Supremos Poderes mandado por el general Pedro Y�pez, y el de Nuevo Le�n, cuyo jefe accidental era el coronel Carlos Marg�in, por estar herido su coronel Miguel Palacios, debiendo acompa�arle el general Feliciano Chavarr�a, mi ayudante teniente coronel Agust�n Lozano con dos ayudantes m�s de mi Estado Mayor, para que me comunicaran todo incidente que fuera preciso que yo conociera, y para que si necesitaba la cvooperacipon de las fuerzas que guarnec�an puestos inmediatos al del enemigo, que deb�a ocupar, pudiera llevarlas con oportunidad el teniente coronel Lozano. Personalmente acompa�� al general V�lez con su columna hasta la l�nea avanzada de sitio, indicano detalldamente los puntos por donde deb�a emprender la operaci�n que se le encomendaba, esperando que la ejecutara con arrojo, apoder�ndose del Convento de La Cruz a la hora prefijada. Di instrucciones al general V�lez para que si al tomar esta posesi�n del enemigo se encotraba en ella el Archiduque Maximiliano, lo hiciera prisonero de guerra, trat�ndolo con las consideraciones debidas. Advert� adem�s al mismo general que era de temerse una traici�n, y bajo tal influencia deb�a normar su movimiento a fin de no caer en un lazo, tal vez bien premeditado. Preparado para toda eventualidad, di orden al coronel Julio M. Cervantes para que cubriendo su linea con el Batall�n de Cazadores, estuviera listo para hacer el movimiento que se le indicara con los batallones 4�, 5� y 6� de su brigada. A los generales Francisco Naranjo y Amado A. Guadarrama para que la cabller�a que estaba a sus �rdenes, estuviera lista, brida en mano, para moverse a primera orden. La operaci�n se practic� a la hora prescrita por el general Francisco V�lez, a entera satisfacci�n m�a; pero el aprte de la ocupaci�n de La Cruz se hizo a mi juicio dilatar, e impaciente por no haberlo recibido, me adelant� personalmete hacia La Cruz, y al entrar al pante�n, recib� de teniente coronel Lozano el parte de estar ocupado aquel punto enemigo. Mand� oren al general V�lez para que si cre�a convenioente, avanzara hasta un punto m�s al centro de la ciudad; a los generales Naranjo y Guadarrama para que con la caballer�a se movieran amenazando el Cerro de las Campanas; al coronel Julio M. Cervantes, nombrado con anterioridad comandante militar del Estado, para que con la columna avanzara por San Sebast��n, amagnado el citado Cerro de las Campanas; al general S�stemnes Rocha para que con su columna fuera al punto donde fuera necesaria su cooperaci�n. La noticia de la toma de La Cruz por los ej�rcitos re�blicanos, cundi� entre los sitiados, caus�ndoles un p�nico horroroso...Parte de aquellas tropas, quiz� sin atender a la voz de mando de sus jefes y oficiales, se desbandaba present�ndose en masas desordenadas, en la linea de sitio; el resto, en confusi�n, mezcladas la infanter�a y la cabller�a con la artiller�a y sus trenes, se dirig�a en tropel hacia el Cerro de las Campanas, en donde se encontraban ya los generales Mej�a y Castillo, y el Archiduque que a pie se hab�a salido de La Cruz al ser ocupada, seg�n se me ha comunicado. Al amanecer el d�a 15, las fuerzas repulicanas que guarnec�an las alturas del Cimatario descendieron la colina y asaltaron la Casa Blanca, todav�a defendda tenazmente por los imperilistas...A la seis de la ma�ana qued� ocupada la l�nea interior de defensas de Quer�taro, qie antes estaba guarnecida por los imperialistas. El Archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo entreg� su espada, que en nombre de la Rep�blica recibi� el general en jefe del ej�rcito de operaciones, y todos los generales, jefes, oficiales y tropa que defend�an a Quer�taro, quedaron hechos prisioneos de guerra y puestos a disposici�n del Supremo Gobierno para que dispusiera de su suerte.... El d�a 18 de mayo recib� parte del jefe que custodiaba los prisioneros en la Cruz, que el Archiduque deseaba hablar conmigo. Impid�endome salir fuera de mi tienda la enfermedad que sufr�a, mand� mi coche para que viniera en �l Maximiliano, y bajo la custodia de los coroneles Juan C. Doria y RicardoVillanueva. Habl� conmigo el pr�ncipe prisionero; me expres� el deseo que ten�a de ir a San Luis Potos�, si se le permitpia y hablar all� con el Presidente Ju�rez, a quien ten�a secretos que revelar y que importaban mucho el porvenir del pa�s. Yo le notifiqu� que no ten�a autorizaci�n para conceder ese permiso pero que en obsequio de �l, telegrafiar�a al Supremo Gobierno pidi�ndole instrucciones sobre el particular; que �l por su aprte pod�a dirigirse al Presidente de la Rep�blica directamente, remiti�ndome su mensaje al cuartel general para que por este conducto fuera despachado. El Archiduque se manifest� contrariado por la contestaci�n que yo diera, pero luego con insinuante modo me manifesto que agradecer�a que el se�or Ju�rez conociera su deseo. En seguida me pregunt� si le ser�a permitido al coronel L�pez que lo viera para hablar con �l; yo le manifest� que no hab�a inconveniente alguno, que tanto L�pez como cualquier otra persona pod�a verlo, previo aviso del cuartel general. Empezaba a comprender que el coronel imperialista L�pez no me habpia engan�ado en la conferencia tenida conmigo, no obstante no haberse entregado priisonero el Archiduque en La Cruz conforme lo habp�a ofrecido. El d�a 24 se me present� L�pez pidiendo permiso para hablar conmigo privadamente: convine en ello, y al efecto alej� de mi lado a mis ayudantes y qued� solo con aquel individuo. Este me manifest� que el Emperador le hab�a recomendado que se acercase a m� para suplicarme guardara el m�s impenetrable secreto sobre la conferencia tenida conmigo la noche del 14 como su comisionado, porque quer�a salvar su prestigio y condici�n en M�xico y Europa los cuales se perjudicar�an si se divulgaran los puntos de aquella conferencia y sus resultados. Contest+e al enviado del Archiduque que para m� era del todo indiferente guardar o no la reserva que se me ped�a; que ni en uno ni en otro caso quedaba afectado mi honor ni el de mi causa; que a �l s� le afecta�ia directamente mi silencio, porque ra bien sabido que ya le criminaban sus compa�eros como desleal para el Archiduque, al cual hab�a vendido miserblemente. Mas como yo dudara tambi�n de la legalidad de esa petici�n, porque no ten�a una prueba para creerle, no quer�a celebrar con �l ning�n compromiso por juzgarlo impropio y fuera de mi car�cter. L�pez respondi� con toda indiferencia que le afectaba poco el fallo anticipado que se hab�a dado a su conducta; que �l callar�a, poruqe era para �l un deber ceder en todo a los deseos del Emperador, a quien deb�a mucho y no pod�a ser ingrato con �l. A�adi� que estaba provisto de un documento que lo lavaba de cualquier mancha de que pudiera inculp�rsele, y que para darme a m� una satisfacci�n , solamente por las dudas que hubiese manifestado yo, me ense�aba el documento expresado, consistente en una carta que le dirig�a el Archiduque, y cuya autenticidad me pareci� indudable. Tom� una copia de ella cuyo contenido textual es el siguiente: " Mi querido coronel L�pez: Os recomendamos guardar profundo sigilo sobre la comisi�n que para el general Escobedo os encargamos, pues si se divulga, quedar� mancillado nuestro honor. Vuestro afect�simo- Maximiliano" En seguida L�pez me pregunt� si por fin no ten�a embarazo en conservar ese secreto, puesto que en nada le perjudicaba. Contest� que me reservaba yo la divulgaci�n de �l ara cuando lo creyera conveniente, y sin comprometerme a un tiempo determinado. L�pez cocluy� por pedirme un pasaporte para M�xico y Puebla por tener que arreglar algunos negocios de familia, as� como una carta de recomendaci�n para el se�or general en jefe del Cuerpo del Ejercito de Oriente; le mand� extender el pasaporte y la carta por creer que debpia desempe�ar alg�n encargo especial del Archiduque. El 22 recib� del Supremo Gobierno las �rdenes para que fueran juzgados por la ley de 25 de enero de 1862, los generales Miguel Miram�n, Tom�s Mej�a y el Archiduque Maximiliano de Habsburgo. Del Convento de La Cruz hab�in hecho pasar a los prisioneros al de Teresitas por ser el local m�s amplio. Despu�s pas� al Convento de Capuchinas a los tres prisioneros por estar el local inmediato a mi alojamiento, y adem�s, por tener las condiciones de seguridad y las comodidades requeridas. El d�as 28 les hice una visita particular para saber qu� necesidades ten�an que yo pudiera satisfacer, y me impuse la obligaci�n de verlos en su prisi�n dos veces por semana. Durante mi permanencia en el cuarto destinado al Archiduque, entr� en posici�n conmigo sobre su posic�n asaz desgraciada, y fue desliz�andose hasta preguntarme c�mo tratar�a el gobierno republicano a los defensores de Quer�taro. Contest� que conoc�a la ley porque se me ordenaba que fuesen juzgados, y que particularmente no habpia recibido ningunas instrucciones; que esto me hacia comprender que el Supremo Gobierno estaba resuelto a hacerla cumplir. Vi conmoverse al Archiduque, pero de momento volvi� a tomar el aspecto cotristado que se not� en �l desde la toma de la plaza; realmente sufrpia moral y fpisicamente: como si no se hubiese fijado en mi contestaci�n, continu� dici�ndome que me deb�a muchas consideraciones, y que estas eran m�s apreciables, supeusto que se dirig�an a un hombre en la lenitud de la desgracia; pero que esperaba de m� todav�a mpas: que le concediera un favor se�alado; que las obligaciones que este favor me impon�an, para m� no eran consecuencias, pero que al conced�rselo, quedar�a aliviado del peso que gravitaba sobre su conciencia, porque a pesar de poseer ideas liberales, siempre se inclinaba hacia el recuerdo respetuoso de sus ilustres antepasados. Me manifest� sereno que tal vez ser�a condenado a muerte, y tem�a el fallo de la historia al ocuparse un d�a de su ef�mero y escolloso reinado.Me pregunt� si me hab�a hablado el coronel L�pez. Con mi afirmaci�n sigui� dici�ndome que no se encontraba con bastante fuerza de �nimo para soportar el reproche que le har�an sus compa�eros en desgracia si tuvieran conocimiento de la conferencia habida entre m� y L�pez por orden de �l, y que por lo mismo, y no apelando a otro m�rito que a su situaci�n, me suplicaba guarara secreto sobre aquella conferencia, lo que no era ni dif�cil ni deshonroso para m�. Le manifest� que �l aparec�a como una v�ctima de la traici�n de L�pez a su persona; pero en verdad m�s bien que dirigirse a m� deb�a hacerlo con L�pez, que era la persona que quedaba moralmente lastimada en estos acontecimientos El pr�ncipe contest� que L�pez no hablar�a mientras yo callara; que el plazo que me pon�a para que no dijera el resultado final de la conferencia era cort�simo, "hasta que dejara de existir la princesa Carlota, cuya vida se apagar�a al conocer la ejecuci�n de su esposo". Como �ltimo recurso a las s�olicas del Archiduque, le expuse que me parec�a materailmente imposible guardar ese secreto aunque L�pez callara; porque sus defensores, sus generales, los ministros extranjeros o la princesa de Salm Salm, que empleaba cuantos medios estaban a su alcance para salvarlo, no dejar�an de hacer uso de las versiones que corr�an respecto a la traici�n de L�pez y su incalificable conducta hacia �l como su jefe y protector. A pesar de esto volvi� el Archiduque a insistir para que guardara aquel secreto requerido, signific�ndome que la princesa Salm Salm ten�a prevenci�n, no tan s�lo para no expresar nada en ese sentido, sino tambi�n para prevenir a las personas que por �l se interesasen, que en ninguna de sus gestiones se mezclara cualquier frase que pudiera referirse a la deslealtad del coronel L�pez, asegur�ndome que todas esas personas cumplir�an exactamente, no tocando al coronel citado. La condici�n que guardaba el pr�ncipe, con su salud quebrantada, preso y juzg�ndose pr�ximo a ser sentenciado a muerte; su deseo de conservar todav�a, aun despu�s muerto, un nombres sin reproche, me conmovi�, y cediendo a un sentimiento de consideraci�n por aquel desgraciado reo, le ofrec� que guardar�a su secreto mientras las circunstancias no me obligaran a levantar el velo con que hasta ahora he cubierto los precedentes que violentaron la toma de la plaza de Quer�taro el 15 de mayo de 1867. A las siete de la ma�ana del 19 de junio de 1867, los generales don Miguel Miram�n, don Tom�s Mej�a y el Archiduque de Austria Maximiliano de Habsburgo fueon pasados por las armas, conforme a los mandatos de la ley. Se�or Presidente: la larga exposici�n de los hechos que acabo de narrar, tom�ndolos del Diario de operaciones del cuartel general del ej�rcito de operaciones, es la verdad hist�rica, que deposito en manos del Supremo Magistrado de la Naci�n, para los fines que crea m�s convenientes. M�xico, julio 8 de 1887,- El General de Divisi�n retirado M. Escobedo |
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| Publicado en "El Sitio de Quer�taro", Editorial Porr�a | |||||||||||