
El justificar la superioridad propia al auspicio de quien determina estados egocentricos, basados en la unicidad como modo de expresi�n, hacen que lo lejano se presente como hostil. Los deseredados pasan de exoticos a malvados ante la atenta mirada de miles de ciegos. Ciegos que pueblan el mundo y pasean pensando en cuanto se deben a si mismos.
La estanca unidad nunca da paso a las nuevas mentes, para el poder solo son bocas y manos.
El primer mundo es la carcel de los desprotegidos, el lugar idoneo donde refugiar almas olvidadas y confundirlas con la muerte. El lugar donde las promesas y leyendas se convierten en mentiras, donde el sol a veces se esconde sin darnos de comer.
Hizo falta que Lucrecia muriera rodeada de escombros para que algunos reconocieran que este a�n no era un lugar de solidaridad, hizo falta matar muchos abrazos para darnos cuenta de lo lejos que aun estamos.
Cada d�a hay nuevos brotes de magnicismo, nueva gente mejor que gente. Cada d�a hay mentes mas cerradas que achacan a la g�ntica lo fragil de su existencia, su total dependencia de unos rancios valores que los incautos demonios nos dictaron hace a�os.
En las nuevas cumbres del poder mundial el arcoiris parece ensuciarse, necesitamos un manual de humanidad. Entre grandes n�meros las razas no parecen importar, los colores se catalogan por productividad: �Alguien sabe cuanto dinero necesita un inmigrante para empezar a ser un hombre?
Por suerte aun hay quien piensa que "la solidaridad es la ternura entre pueblos". Que la vida no es una carrera por la acaparaci�n de medios en la que los obstaculos toman formas de compa�eros.
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