Al término de la lectura de este singular estudio, no sé por qué me han venido a la memoria horas infantiles en que ayudaba a mi madre a desenredar una madeja de lana para, al fin, convertirla en ovillo utilizable para hacer punto. La historia en este libro narrada se asemeja a la madeja enredadísima. Su desenredador es el P. Antonio Artola, docto biblista y teólogo, fino conocedor de la literatura mística y de la realidad en ella reflejada, y, además, dotado de esa rara cualidad que los griegos llamaban akríbeia. Todo ello, unido a un gran tesón y paciencia, le ha sido necesario para llevar a buen puerto su intento: desenredar el proceso de beatificación de la Madre Agreda.
Inicialmente todo parecía discurrir por caminos fáciles y llanos. La fama de santidad en vida y post mortem de la Madre Agreda hizo que su proceso se iniciase muy poco después de su muerte (1665), fue pronto aprobado por Roma (1671), abriendo paso al proceso apostólico también terminado en 1678. Había no poco de extraordinario en la vida de Madre Agreda y su familia: la madre transformó su casa en convento y profesó en él con sus dos hijas – una de ellas la Venerable – mientras el padre ingresaba en la Orden Franciscana en calidad de lego. No menos desborda los parámetros usuales que la Madre Agreda hiciese voto de castidad a lo diez años, se sintiese llamada a la vida religiosa a los doce y comenzase a recibir altas iluminaciones de espíritu ya a los catorce y que se prolongarían a lo largo de su vida. Inusual es que fue elegida Presidenta de las Concepcionistas antes de cumplir 25 años para, una vez, cumplidos convertirse en Abadesa casi hasta el final de su vida. Su época abunda en mujeres espiritualmente singulares como son las dos Anas carmelitas – la de Jesús y la de San Bartolomé –, Luisa de Carvajal, Mariana de Jesús, Marina de Escobar, etc...
Ciertamente en la vida de la Madre Agreda hay episodios misteriosos como el de su supuesta bilocación para adoctrinar a tribus indias americanas: hecho investigado por la Inquisición y del que ella salió indemne. También cae fuera de lo normal que recibiese ilustres visitas, y sobre todas la del Rey Felipe IV – 1ª en 1643 y tercera y última en 1646 – que dio lugar a una nutrida correspondencia entre ambos de más de seiscientas cartas, hoy editadas. Nada tiene de extraño que tras su muerte, se iniciasen peregrinaciones a su tumba del Rey Carlos II, de las reinas Ana de Neoburgo y María Luisa de Saboya, Cardenales, Virreyes, Duques, Marqueses, etc... sin contar la adhesión fervorosa del pueblo. En nada de esto trababa el arado de su proceso.
Y sí, inesperadamente, una obra escrita por la Madre Agreda La Mística Ciudad de Dios – en adelante MCD –, término bíblico con el que designa a la Virgen María y su misterio.
La redactó por primera vez entre 1637–1643, mas quemó sus papeles por orden de su Director espiritual; y por orden de otro posterior redactó por entero segunda y definitiva vez la obra, concluyéndola poco antes de su muerte. Era una extensa obra, escrita por una mujer con estilo que le mereció más tarde figurar entre las Autoridades de la lengua española. Obra bien estructurada, rica en conceptos teológicos escolásticos y no menos en intuiciones fruto de elevadas iluminaciones, elaborado todo con técnica narrativa cuyo resultado final es un grandioso poema mariano, cuyo epicentro es la Inmaculada Concepción de María.
La época era propicia a tal doctrina. Paulo V prohibió impugnar en público la Inmaculada Concepción. En las décadas siguientes, particularmente en España, se desata el fervor inmaculista, que incluye en su onda a los Reyes y sus embajadas a Roma, a ciudades y universidades, al voto inmaculista firmado a veces con propia sangre. Se multiplican las grandes obras de Mariología, hoy consideradas clásicas. Madre Agreda sintoniza con tal corriente, si bien ella apoya su convicción en revelaciones particulares prolongadamente recibidas. Se encontraba enfrentada a la tradición tomista y sus múltiples seguidores que mantendrían una lucha de varios siglos contra los inmaculistas, mientras la Iglesia, no dirimiese el combate mediante una, solemne decisión como la de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María. Mérito del P. Artola, en esta obra es el mostrar que toda la aparente panoplia de argumentos en contra de la MCD se reduce, primordialmente, a la impugnación velada de la Inmaculada Concepción de María, nunca explicitada, sino rebozada de argumentos indirectos, desde la negación de la autoría de la obra y la atribución a un franciscano, hasta acusarla de falsaria que escribió su obra inducida por su confesor franciscano para defensa de la conocida tesis escotista, lleva de espíritu humano y no sobrenatural. ¿Qué podía quedar tras semejantes juicios de las pretendidas revelaciones sobrenaturales? Aquí trababa el arado.
Editada la MCD al iniciarse el proceso de beatificación, se ocupó de ella la Inquisición que decretó su embargo (1670), inducida por la denuncia de los dominicos. Quince años más se emplearon en analizar las razones de las dos tesis contendientes, al cabo de los cuales la Inquisición, tras profundo estudio, defendió la ortodoxia de la obra y la autenticidad de las revelaciones de Madre Agreda. El libro quedó desembargado y la Madre Agreda, ajena a toda esta polémica, salió indemne y con honor.
Pero un poco antes de esta última resolución, y con el proceso de beatificación ya en Roma, el Santo Oficio censuraba la MCD a raíz de denuncias secretas. Se iniciaba una gran batalla descrita minuciosamente en el estudio que prologamos. El punto focal seguía siendo la Inmaculada Concepción de María. El voto de otro dominico, P. Bianchi, que no desvelará el verdadero motivo de su ataque, será decisivo, pues trató de desprestigiar a la Madre Agreda acusándola de falsaria. Roma determinó no proseguir el Proceso sin dictaminar antes sobre los escritos. La MCD fue incluida en el Indice de libros prohibidos, si bien tal decisión no se publicó en España. Reaccionó ante el Papa el Rey de España; el P. Samaniego redactó un amplio memorial en que disolvía las razones aducidas para la condenación, y la condena fue sobreseída. Poco después se producía el juicio positivo de la Inquisición española. ¿Una Inquisición contra otra? Clemente XI sacaba del Index la obra y autorizaba su lectura. Mas quedaron las espadas en alto.
En 1729 Benedicto XIII reanudó la causa, mas murió al año siguiente. Algo antes había entrado en liza la Sorbona de París. Un grupo de sus doctores, maculistas y minimalistas en Mariología, lanzaron un cúmulo de acusaciones denigratorias contra la Madre Agreda, definiéndola idólatra, pelagiana y hasta luterana. Tal juicio, por provenir de la Sorbona, pesó mucho en Roma, no obstante las reacciones contrarias que produjera en España y en Europa. El sapientísimo Benedicto XIV dejó antes de morir entre sus papeles un judicium, un dictamen adverso a la causa. Creía ver comprometida en ella la reformabilidad o no de decretos pontificios doctrinales y hasta la infalibilidad del magisterio. Tal juicio pesó mucho en el ánimo de Clemente XIV, quien a pesar de haber nombrado una comisión que estudiase la ortodoxia de la obra agredana, terminó por imponer perpetuo silencio a la causa (1773). Todo parecía perdido.
La definición dogmática de la Inmaculada Concepción por Pío IX (1854) supuso un giro total en la atmósfera ambiente. La tesis de la Madre Agreda, motivo de tantos ataques, se imponía a la Teología y al pueblo cristiano. Así y todo León XIII aún mantuvo el perpetuo silencio. Sólo en siglo XX con su año mariano (1954), la intervención de obispos estadounidenses sensibles la bilocación de Madre Agreda, el impulso del nuevo año mariano (1987–8), los logros de congresos dedicados a la Madre Agreda, han hecho el milagro. Juan Pablo II ha aceptado nuevo recurso que rompe el silencio impuesto. El Santo Oficio (1999) se ha pronunciado negando que haya errores en la MCD, mas ensombreciendo tal juicio con la afirmación de que la Mariología de la MCD contrasta, con la de los Evangelios y con la del Vaticano II.
Tras la noche, vuelve el rosicler esperanzador de la aurora. Mucho se debe al autor de este libro que, fijado en los hitos de este proceso con sus avances, retrocesos, paralizaciones, no se conforma con enumerarlos, sino que desentraña sus secretos ayudado por documentación hasta ahora olvidada. El punto neurálgico de tan prolongada oposición era la exaltación de la Inmaculada Concepción. La madeja ha sido desenredada, recobrado el hilo en forma de ovillo. La MCD salió del Indice y tras la definición dogmática va a conocer un éxito espectacular, traducida al portugués, italiano, francés, alemán, flamenco, neerlandés, polaco, tamil, griego moderno, árabe, vasco, etc. Naturalmente cada edición lleva la aprobación del respectivo Ordinario y han mostrado estimación por la obra santos y beatos, Universidades católicas, personalidades como Dom Guéranger, Faber, Arintero, etc. Mientras se libran batallas en las alturas, han corrido por el mundo desde 1970 más de veinte mil ejemplares, de la MCD.
¿Será verdad que contrasta la Mariología de la Madre Agreda con la bíblica y con la del Vaticano II? El P. Artola da cumplida respuesta a esta objeción exponiendo el valor de la tradición y su desarrollo, las características de la lectura de la Biblia en espíritu, analizando el valor del conocimiento vivencial o experimental de la fe animada por los dones del Espíritu Santo, presentando las dos vías del progreso dogmático: la discursiva o deductiva de lo implícito en lo explicito, vía mística o de los santos con conocimiento por connaturalidad, intuitivo, en base a luces sobrenaturales singulares. Era el último nudo de la enredada madeja. Las explicaciones serán bien recibidas. Después de más de tres siglos de tormentas con aparato eléctrico, llega la hora de la calma, se alumbra el semáforo verde que anima a proseguir el camino iniciado dos años después de la muerte de la Madre Agreda. Sólo queda por probar su santidad cuya fama le acompañó en vida y después de su muerte. Es mucho y lo principal, pero sospecho que no será inasequible, sino venturosamente alcanzable.
J. Ignacio Tellechea Idígoras.
Introducción
Esta obra se publicó en edición reservada el año 1993 con el título DICTAMEN HISTORICO–TEOLOGICO SOBRE LA MISTICA CIUDAD DE DIOS EN RELACION CON LA CAUSA DE CANONIZACION DE LA VEN. M. MARIA DE JESUS DE AGREDA, (OIC) como una investigación para preparar la reapertura de la Causa.
Al celebrarse en este año 2004 el 150º aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen publicamos la parte histórica de dicha obra con el fin de poner al alcance de un público más vasto el resultado de aquellas investigaciones.
Fundamentalmente la obra es del P. Benito Mendía OFM terminada en 1980. El coautor ha llevado a cabo la refundición de la misma, para su publicación, pues el benemérito Vice–Postulador de la Causa no había pensado en dar a la imprenta sus estudios. Son del P. Mendía los capítulos III–XIII, XV. En esta edición se incluye el Cap. VII sobre el conflicto de la Sorbona que en 1993 no se publicó. La documentación del P. Mendía ha sido completada con nuevos materiales obtenidos del Archivo del Santo Oficio, abierto ya a los investigadores desde 1998. Son del coautor los capítulos 1–II, XIII–XIV, XVI– XVIII y el Epílogo.
Este libro quiere ser una contribución a la celebración del sesquicentenario inmaculista (1854–2004).
Su aportación principal está en la revisión crítica a la Censura de la Sorbona y al Judicium de Benedicto XIV, dado el influjo que tales documentos tuvieron en la suspensión de la Causa de la M. Agreda.
Ofrendamos con amor sincero las largas horas de trabajo que nos ha llevado la composición de esta obra, a la incomparable figura de la Ven. M. María de Jesús de Agreda.
Roma, 3 de diciembre de 2004
A. M. Artola, CP
CAPITULO I
SOR MARIA DE JESUS DE AGREDA
Agreda, a principios del siglo XVII
Sor María de Jesús de Agreda nació en la villa de Agreda (Soria) el 2 de abril de 1602 en la calle Caballeros, actualmente Agustinas. Era su padre Francisco Coronel; su madre, Catalina de Arana. El 11 de abril fue bautizada en la parroquia de Nuestra Señora de Magaña de la Villa con el nombre de MARIA. Era a la sazón obispo de Tarazona – diócesis a la cua1 pertenecía Agreda – Fray Diego Yepes (1599–1613), pariente de San Juan de la Cruz Había sido confesor de Felipe II y biógrafo de Santa Teresa.
El 17 de julio de 1606 fue confirmada a la edad de 4 años por el mismo obispo Yepes, en la parroquia de San Miguel Arcángel de la Villa. A los 6 años recibe la primera comunión, y vive las primeras experiencias de ilustraciones e inteligencias especiales, muy por encima de su edad. Pero pronto cesaron las luces y consolaciones, y sobrevino un período de fuerte aridez. En este tiempo empieza también a frecuentar la única escuela de niñas de la Villa. Fueron los únicos estudios que cursó. Entre los 6 y los 13 años sufre grandes pruebas espirituales. Su salud no es fuerte. Toda su psicología se resiente provocando reacciones de un singular retraimiento, timidez y encogimiento de ánimo.
El día del Corpus de 1609 se representó en la procesión del Santísimo Sacramento – a modo de auto sacramental – la obra de Lope de Vega El Nuevo Mundo descubierto por Colón. Esta experiencia contribuyó, sin duda, a crear en el espíritu de la niña un desconocido anhelo misional. María Coronel empezó a sentir fuertemente la llamada a procurar la salvación de las almas, ofreciendo a este efecto sus trabajos y sufrimientos físicos. Esta presión interior suscitada por el drama de Lope de Vega estuvo, sin duda, en el origen de sus bilocaciones evangelizadoras en Nuevo México.
En la Nochebuena de 1610 – a sus ocho años – hace voto de castidad en la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de la Villa, y a los 12 años (1614) expone por primera vez a sus padres su llamada a la vida religiosa. Se pensó que, a su debido tiempo, podía ingresar en el convento de Santa Ana de Carmelitas Descalzas, de Tarazona (Zaragoza).
Fue en esta tierna edad cuando hicieron en ella eclosión los primeros fenómenos místicos. Según sus biógrafos, desde los 12 años a los 14 tuvo ya oración de quietud.
En el hogar de los Coronel–Arana había un auténtico aprecio por la vida religiosa. Cuando María manifestó sus deseos de vida religiosa, sus dos hermanos mayores – Francisco y José Coronel y Arana – decidieron hacerse religiosos, y en 1615 tomaron el hábito de la Orden de San Francisco en la Provincia franciscana de Burgos.
Catalina de Arana – madre de la familia – empieza también a sentir las primeras llamadas a la vida religiosa. Estando en oración ante el Cristo Crucificado de la iglesia de La Peña, se le revela su vocación confirmada con el dictamen favorable de su confesor. Para la realización de su plan decide transformar su casa en convento, e inaugurar en la misma la vida religiosa acompañada de sus dos hijas. A Francisco Coronel – marido de Catalina – la llamada divina le orienta hacia la orden franciscana, en la cual le habían precedido sus dos hijos. La decisión causó no poca agitación en la Villa, y abundaron los más variados comentarios.
En 1615 María Coronel cae víctima de una grave enfermedad que la tiene postrada en cama durante seis meses. Se ve a las puertas de la muerte; incluso se compra cera para sus funerales. Superada la grave dolencia, desiste de su idea de ingresar entre las MM. Carmelitas de Tarazona, decide colaborar en la fundación religiosa que proyectaba su madre. Las gestiones para la fundación empezaron en 1616. Tres largos años pasaron hasta su ejecución.
En este intervalo María se dejó atraer en los encantos del mundo. A pesar de las elevadas experiencias místicas vividas desde la niñez, entre los catorce y los dieciséis años la piadosa joven atravesó una crisis de tibieza y disipación. Le encantaba figurar y sobresalir y dio entrada en su corazón al placer de ser admirada.
Entretanto el plan de Catalina avanzaba imparable. El 1 de marzo de 1618 – ante el escribano Antón del Río – se firman las escrituras, por las que Francisco Coronel y Catalina de Arana destinan todos sus bienes a la nueva fundación. Inmediatamente comienzan las obras de adaptación para que la casa solar se convierta en un monasterio de clausura. El 13 de agosto de 1618 empiezan las obras. Se decide que el nuevo monasterio sea de la de la Orden de la Inmaculada Concepción. Tan rápida fue la adaptación que el 8 de diciembre se celebró la primera misa en el nuevo convento.
Para iniciar la vida religiosa hace falta un grupo de religiosas ya formadas. El 6 de enero de 1619 llegan a Agreda las tres Monjas Fundadoras. Son Concepcionistas calzadas del convento San Luís de Burgos. El 13 de enero toman el hábito María Coronel, su hermana Jerónima y su madre Catalina de Arana. El grupo familiar Coronel–Arana atrae a otras jóvenes agredanas. A los cuatro días ingresa el segundo grupo que consolida la reciente fundación. La clausura quedó establecida el 19 de enero.
El ingreso en el monasterio y su primera confesión general procuraron a María Coronel un total cambio de disposiciones interiores. Vuelven las gracias místicas y empieza una vida de rigurosa penitencia. Aunque tonan las tentaciones, las arideces y la falta de salud, a todo resiste la decidida novicia.
Una vez erigida la clausura en el hogar familiar, Francisco Coronel sale de Agreda para el convento franciscano de San Antonio de Nalda (La Rioja). Allí tiene lugar su toma de hábito el 24 de enero.
Al cabo de un año – el 2 de febrero de 1620 – emiten su profesión religiosa las nuevas religiosas de Agreda. María Coronel se llama ya Sor María de Jesús. Su madre toma el nombre de Catalina del Santísimo Sacramento. Por falta de edad, no puede profesar Jerónima. Está presente en la profesión Fray Francisco Coronel.
A los pocos meses de su profesión, Sor María experimenta un verdadero torrente de gracias divinas, con los inevitables epifenómenos de arrobos, éxtasis, levitación. El primer confesor de Sor María – P. Fray Juan de Torrecilla – actuó con cierta imprudencia en la dirección de su alma, y no vigiló debidamente la intimidad de tales fenómenos que transcendieron a los seglares. El Provincial Fray Antonio de Villalacre, sometió a un riguroso examen los favores divinos de la joven mística, y puso término a las indiscreciones de los devotos. Encargó la dirección espiritual de Sor María primero al P. Fr. Francisco, Lector de teología, y en 1623 a Fray Andrés de la Torre. El sería el guía espiritual de su alma durante 24 años, hasta su muerte en 1647. El P. Villalacre le prohibió severamente las exterioridades, y le aconsejó pidiera al Señor su cesación. A partir del día de Santa Catalina de 1623 los fenómenos exteriores desaparecieron cediendo el terreno a las elevaciones interiores. A raíz de este cambio brusco comenzaron las famosas bilocaciones que la llevaron a evangelizar a los indios de Nuevo México. Desde 1620 hasta 1623, estando en su Convento, se desplazó místicamente a catequizar, las provincias de Quivira, Jumanas y otras zonas de Nuevo Méjico, sin que nadie lo advirtiera en su Comunidad. Las zonas evangelizadas se sitúan en los llanos centro–orientales del estado norteamericano actual de Texas, en las riberas superiores de los ríos Rojo y Colorado.
En la Concepción
La tensión interior de Sor María buscó también el desahogo en una precoz actividad literaria. Fue en 1621 cuando comenzó su carrera de escritora. Entre 1621 y 1626 compuso sus obras primerizas. La primera de ellas es Jardín espiritual para recreo del alma que contiene sólo apuntes de uso personal. Le sigue un librito llamado Nivel del Alma. Mas pronto, tras las nuevas orientaciones del P. Provincial, arrojó al fuego todas sus notas espirituales.
Después de los primeros años de la Concepción calzada, la fervorosa Comunidad de Agreda anhela una vida más rigurosa y piensa en la Concepción Descalza. El 2 de noviembre de 1623 retornan a Burgos las religiosas que pusieron los fundamentos del monasterio de Agreda. En su lugar vinieron las Religiosas Concepcionistas Descalzas del convento de Caballero de Gracia de Madrid. Ellas fueron las que dieron el sello definitivo al Monasterio. Permanecieron en Agreda hasta 1627. El tiempo entre la salida de las religiosas de Burgos y la llegada de las Descalzas de Madrid ejerce de abadesa del Monasterio Sor Catalina del Santísimo Sacramento.
A causa de la estrechez e incomodidades del Monasterio erigido en la casa solar de los Coronel–Arana, Sor María solicitó del Ayuntamiento de Agreda un terreno más adecuado, con el fin de edificar un nuevo convento de clausura. El 5 de noviembre de 1624 le cede la Villa el terreno solicitado El lugar era un puro peñascal, vecino al Convento franciscano de San Julián, donde murieron mártires en tiempos de Decio los cristianos fugitivos de Zaragoza. La fecha coincidía con la memoria litúrgica que se hace de los dichos mártires. El 5 de mayo de 1625 se firmó ante Lucas Pérez Planillo, la escritura de la cesión de los terrenos.
El 10 de octubre de 1625, después de 7 años de ejemplar vida franciscana, murió en Nalda (La Rioja) el padre de Sor Maria, Fr. Francisco del Santísimo Sacramento. Había ejercido de hermano lego, y tenía 61 años de edad. Sus restos fueron trasladados al convento de Agreda, cuando se tomó posesión del mismo.
A comienzos de 1626, Sor María recibe gracias singulares en una visión del Niño Jesús. A consecuencia de tales gracias el 14 de enero formula unas muy exigentes Protestaciones de fidelidad y perfección. Al mismo tiempo, las obras del nuevo Monasterio avanzan. El 8 de septiembre de 1626 se bendice la primera piedra y se empieza el desmonte del lugar cedido por el Ayuntamiento. Fue un trabajo lento y duro que exigió seis años y medio hasta la inauguración.
Entretanto el plazo concedido a las religiosas de Madrid vence y, después de cuatro años de estancia en Agreda, el 19 de marzo de 1627 regresan las tres monjas del convento de Caballero de Gracia. El mismo día Sor María de Jesús – sin tener cumplidos los 25 años de edad – es nombrada por el P. Provincial Presidenta de la Comunidad. El cargo era provisional, para el tiempo que durara la tramitación de la dispensa papal. Al cumplir sus 25 años de edad y 8 de profesión, por Breve de Su Santidad, Urbano VIII, y con dispensa de edad, fue elegida Abadesa.
Ya habían cesado las bilocaciones, pero el recuerdo de la singular aventura mística trajo no pocas complicaciones. El 30 de abril de 1631 llegaba de Nuevo Méjico a Agreda el P. Benavides, para entrevistarse con Sor María de Jesús, y aclarar su posible participación en la milagrosa conversión de los indios de Nuevo México. El Memorial que de los extraordinarios hechos de bilocación escribió el P. Benavides lleva la fecha del 15 de mayo. De la misma fecha son las otras tres certificaciones sobre la autenticidad de dicho contenido, firmadas por la Venerable, el P. Sebastián de Marcilla y el P. Francisco Andrés de la Torre.
El plan de vida que seguía Sor María era increíblemente exigente. He aquí la distribución de su jornada, mientras los maitines no se trasladaron a la medianoche. Dormía un par de horas hasta las once de la noche, en un cilicio de madera a modo de reja, penitencias. Las empleaba en los siguientes actos. Durante media hora recorría dispuesto por ella misma a este efecto. A las once se levantaba con el cuerpo dolorido, para el ejercicio de la cruz, que duraba tres horas. En este tiempo practicaba las siguientes penitencias. Durante media hora recorría el suelo o con las rodillas desnudas y con una cruz de 52 kilos al hombro. Otra media hora la empleaba en estar postrada en el suelo en forma de cruz, contemplando la Pasión. Media hora más permanecía con los pies y manos puestos en una cruz adosada a la pared, recordando las siete palabras. A las dos de la madrugada acudía al coro para el rezo comunitario de Maitines y Laudes, hasta las cuatro. A continuación se retiraba a la celda hasta las seis de la mañana. Regresaba al coro para el rezo de Prima, seguido de una hora de oración, con la Comunidad. Todos los días se confesaba y comulgaba, prolongando hora y media la acción de gracias. Después de Tercia, venía la misa conventual. Seguía a la Comunidad en los actos regulares del trabajo y ocupaciones. En este tiempo se entregaba al cumplimento de sus deberes, dedicándose a escribir según las órdenes del director. A las cinco de la tarde, tenía una hora y media de oración con la Comunidad. A las 6 de la tarde tomaba el único alimento del día. Ayunaba a pan y agua tres días a la semana. A las siete rezaba Completas y se retiraba la habitación para el examen de conciencia y otras oraciones personales. A las nueve se echaba a dormir. Tomaba cada día cinco veces la disciplina: la primera en el ejercicio de la cruz, en expiación de sus propios pecados; la segunda después de Maitines, por la conversión de los herejes y de los moros; la tercera después de Prima, y antes de la comunión, con el fin de que ella misma y los demás cristianos – especialmente los sacerdotes – recibieran dignamente la comunión; la cuarta, al mediodía, por todos los pecados de gula: la quinta a la noche, por el florecimiento de la Orden franciscana.
En 1633 cuando se hizo cargo de su dirección el P. Francisco Andrés de la Torre, suavizó algunas penitencias en atención a sus responsabilidades como abadesa, especialmente en lo tocante al ayuno, y otras asperezas como la cota de malla, y el cilicio de dormir. Al introducirse el rezo de Maitines a medianoche, toda la distribución sufrió alguna alteración, pero manteniéndose en lo esencial. Desde 1644, en razón de la correspondencia con el Rey Felipe IV, y la atención a las personas que buscaban en ella consuelo y consejo se impuso alguna variación a esta distribución.
El 18 de noviembre de 1631, y a la edad de 68 años y doce de religión, murió la madre de la Venerable Sor Catalina de Arana, cuyo cuerpo – como el de Sor Maria – se conserva incorrupto en el Monasterio de Agreda.
La muerte de la fundadora del Monasterio marcó los preparativos para la inauguración del nuevo Monasterio. El 23 de julio de 1632 se trasladaron de Nalda al convento nuevo de Agreda los restos mortales – el cráneo y cinco canillas – de Fr. Francisco Coronel, padre de la Venerable. El gran acontecimiento tuvo lugar el 10 de julio. Hubo una gran fiesta popular y solemnes celebraciones litúrgicas. La Comunidad se trasladó procesionalmente al Monasterio recién terminado. El nuevo obispo, don Baltasar de Navarra y Arroytia, presidió la inauguración del convento levantado por Sor María. Se concentraron los 17 pueblos de la “Tierra de Agreda”, con cruz parroquial, pendón y dos hachas. La fundación fue considerada por todos como un milagro. No era humanamente explicable que una pobre religiosa, descalza y tan destituida de medios humanos, llevase a cabo en el término de pocos años la construcción de un Convento e Iglesia – todo de nueva planta – edificados en un terreno rocoso, de una estructura extraordinariamente armoniosa, artísticamente bien concebida y perfectamente realizada.
Estas actividades de Sor María de Jesús atrajeron la atención de poderosas personalidades que la querían para sus propias fundaciones. El 26 de marzo de 1633 Don Miguel de Camargo, regidor, notifica al Ayuntamiento de Agreda que el P. Cerain, religioso franciscano de Cantabria. Comisario y Visitador de los conventos de dicha Provincia, quiere llevarse a Sor María de Jesús. Se proyectaba una fundación en Rentería (Guipúzcoa) por obra de don Juan de Isasi. El Regidor rogaba a la corporación se hicieran todas las diligencias necesarias para impedir tal proyecto. Y la Villa acordó tomar en serio la información, y poner todos los medios para retener en la Villa a la M. María de Jesús.
Aunque la M. María de Jesús no tenía más que 32 años, su fama corría por todas partes. El 15 de mayo 1634 llegó a Agreda, para ver la Madre, César Monti, milanés, Nuncio en España – futuro Cardenal y Arzobispo de Milán – de paso para Roma. Deja en limosna un guión de plata de peso de dos mil reales y cien reales de a ocho.
Por este año reanuda la Ven, su obra literaria. Comienza la primera redacción de las Leyes de la esposa, entre las hijas de Sión... que concluirá en 1637.
El proceso de las bilocaciones
El viaje del P. Benavides a Agreda, y otras informaciones alertan a la Inquisición sobre las cosas extraordinarias de la Abadesa de Agreda. El 15 de abril de 1635 comienzan las primeras actuaciones de la Inquisición, en plan de información sobre los escritos y sucesos maravillosos que corren de boca en boca sobre Sor María. No se trata de ningún proceso, sino sólo de indagaciones. Estas pesquisas tuvieron su sede de actuaciones en la Audiencia del Santo Oficio de Logroño. Varias personalidades religiosas fueron interrogadas sobre determinados sucesos relacionados con Sor María. Se trataba de preguntas genéricas sobre sus arrobos, sobre unas Letanías a la Virgen atribuidas a ella, sobre venta de cuentas y cruces con indulgencias, sobre las conversiones milagrosas de los indios de Nuevo México. Como la investigación no procuró datos censurables, no se procedió a medias ulteriores.
Todos estos sucesos habían madurado grandemente el interior de Sor María, y sonó la hora de componer su gran obra La Mística Ciudad de Dios. Por espacio de diez años resistió cuanto pudo a la llamada de la Virgen. La primera redacción la comenzó 1637. Antes del 19 de mayo de 1641 o en 1643 logró poner término a la mayor obra teológica que una mujer haya compuesto en la Iglesia. La Parte Primera – que en la edición actual cuenta con 326 páginas – la escribió en el espacio de 20 días, delante de una imagen a la cual tradicionalmente se llama “la Virgen de la Historia”.
Durante diez años el cargo de Abadesa lo ocupó sor María, por directo nombramiento de los Superiores Religiosos. En 1638 se concedió a la Comunidad derecho de elección. Desde entonces, trienio tras trienio, Sor María fue elegida abadesa por su Comunidad hasta su muerte (1665). Sólo se interrumpió esta cadena cuando – para el trienio 1652–1655 – ella misma consiguió del Nuncio que se negase la dispensa para la reelección.
Coincidiendo con el final de la MCD1 Sor María inicia el 19 de mayo de 1641 la redacción de las Leyes de la esposa conceptos y suspiros, que acabará en 1642.
Una decisión importante del abadesado de Sor María fue el acto comunitario por el cual la imagen de la Virgen que preside el coro, fue declarada Abadesa y Superiora del Monasterio, depositándose a sus pies la Regla, las Constituciones y el sello del Monasterio. Para ello, el 22 de marzo de 1643 redactó Sor María el texto del llamado Patronato de la Madre de Dios sobre su convento, para ser firmado por todas las Religiosas. A partir de 1657 se renueva el 23 de diciembre de cada año, hasta nuestros días. Sin duda es el acto más trascendental que Sor María hizo en favor de su Monasterio. Si grande fue la obra material de la construcción, el Patronato era como el alma de toda la vida concepcionista del Monasterio agredeño.
Felipe IV en Agreda
El 10 de julio de 1643 tuvo lugar en Agreda el primer encuentro del rey Felipe IV con la M. Agreda. Por causa de la sublevación de Cataluña, el Rey se veía obligado a visitar a los combatientes y los escenarios de la guerra. En ruta a Zaragoza quiso desviarse hacia Agreda. Su finalidad era encontrarse con sor María, en el gran apuro político en que se encontraba el Rey de España.“Yo ando con deseo de acertar y no sé en qué yerro”. Tras el histórico encuentro empieza la correspondencia epistolar entre ambos personajes, que durará 22 años, hasta la muerte de Sor María (1665). Cuenta esta correspondencia íntima con 618 cartas en total. La primera carta de la Venerable lleva fecha de 16 de julio; y la primera del Rey es del 4 de octubre.
En aquel primer encuentro la Abadesa habló ya al Rey de la Mística Ciudad de Dios. El 19 de abril de 1646 pasó nuevamente por Agreda el Soberano, con su hijo el príncipe Baltasar Carlos. Después de la muerte del hijo heredero se presentó el Rey en Agreda el 5 de noviembre del mismo año. Era la tercera y última vez, que visitaba a la Villa y Convento de Agreda. En aquella ocasión suplicó a Sor María le escribiera cuanto sabía sobre la enfermedad y muerte del Príncipe.
El año 1643 llegó a Madrid el Nuncio de S.S. Julio Rospigliosi. Este ilustre personaje que en 1667 había de ser elegido Papa con el nombre de Clemente IX, visitó personalmente a Sor María, de la cual fue un sincero admirador.
El año 1645 fue fatal para la MCD. Por obediencia a un nuevo confesor ocasional – probablemente Fr. Tomás Gonzalo – Sor María quemó el manuscrito de la Mística Ciudad de Dios.
En 1647 moría el P. Fr. Francisco Andrés de la Torre. Había sido por 24 años el fiel confesor. Por atender a la Abadesa, renunció al nombramiento episcopal ofrecido por Felipe IV. Sor María aprovechó esta ocasión para recuperar de la celda del P. Andrés de la Torre lo principal de sus escritos que obraban en poder del confesor. Sirviéndose de un fraile lego, recuperó una arquilla llena de papeles suyos, y quemó de nuevo el original y copias de la MCD creyendo que ningún prelado le obligaría a escribirla de nuevo. Pero sintió en su interior el reproche del Señor. Por eso escribió: “Después tuve reprehensión interior, y nuevos mandatos del Señor y de los prelados para escribir la “Historia”; y para obedecer, y porque se quedasen estos papeles ocultos, sólo hice apuntamientos en papeles sueltos, que yo sola los puedo entender”.
Su estratagema no logró eliminar todos sus escritos. Antes de la quema de los originales se habían sacado ya copias de sus escritos, y andaban dispersos por algunos conventos.
En estos años sin dirección espiritual fija, Sor María corrió el mayor peligro político de su vida. En 1648 se urdió la llamada Conspiración de Aragón. Los hermanos Padilla – Carlos y Pedro – junto con Pedro de Silva, en colaboración con el portugués Domingo Cabral y al francés Durvaux, idearon un plan descabellado para sentar en el trono de Aragón al duque de Híjar don Rodrigo Sarmiento de Silva. Para el caso de que Felipe IV muriera sin sucesión, el de Híjar aspiraba al trono de España. Fracasada la conspiración, el nombre de Sor María apareció entre las piezas del proceso. El conspirador de Híjar utilizó el nombre de Sor María, presentando en propio descargo, una carta de la Abadesa de Agreda. El Rey supo descubrir el juego del pretendiente y escribió a Sor María tranquilizándola y exculpándola por completo. Mas no se olvidó por completo el incidente de la carta de Sor María. El 21 de noviembre, el Comisario del Santo Oficio de Logroño, el Licenciado Diego de Ojeda, pretendió una investigación sobre su relación con el Duque, y sobre el conocimiento que la Concepcionista tuviera de sus intenciones separatistas.
La falta del Director Espiritual repercute también negativamente en el desarrollo del interrogatorio instruido contra ella por la Inquisición. En efecto, el 8 de enero de 1649 se reabre la causa instruida a la M. Agreda por la Inquisición, ya archivada en 1635. La razón de semejante nuevo intento estaba, sin duda, en el relieve político extraordinario que la figura de Sor María había adquirido en el proceso del duque de Híjar.
A la vista de los documentos que formaban el sumario de la nueva causa, el 13 de enero, el Tribunal de Madrid encargó la emisión de sendos informes sobre dicha causa a tres Padres Calificadores del Santo Oficio: al jesuita P. Lucas Grandín, a Fr. Alonso de Herrera, de la Orden de San Francisco de Paula, y a Fray Tomás de Herrera, de la Orden de San Agustín. El jesuita declaró a favor de la Abadesa, por carecer de fundamento suficiente para un juicio definitivo sobre el espíritu de Sor María. En declaración conjunta los tres comisionados opusieron unos tímidos reparos al tema de los arrobos, del reparto de cruces y cuentas, y de las Letanías. Mostraban su recelo sobre las bilocaciones. Como conclusión, exigieron “nuevos interrogatorios e indagaciones sobre su vida, ejercicio de las virtudes y del modo de comunicarse con Dios, porque no había suficientes elementos para un juicio ultimado y definitivo”.
En plena actividad inquisitorial sobre su persona, y ajena a cuanto en Madrid se tramaba contra ella, el 18 de mayo Sor María firmó el cuaderno de diez hojas con los Treinta y tres propósitos de perfección, escritos por ella misma. En ellas se trazaba un riguroso plan de vida:
–1. Leer cada día estos avisos. –2. Considerar la grandeza y la bondad de la Majestad de Dios. –3. Considerar lo mucho, que me importa, ser buena y dar gusto a Dios y lo que merece Su Majestad. –4. No hacer cosa de las que obrare, por interés, ni por la Gloria, ni por el temor del infierno sino por amor de Dios y darle gusto. –5. Procurar las virtudes y trabajar por alcanzarlas. –6. Contrariar mi voluntad en todo, no cumpliendo los apetitos de ella, aunque sea en poca cosa. –7. Nunca ponerme en Oración delante del Señor, o en el oficio divino sino de rodillas o en pie, pues es toda reverencia, debida a Su Majestad y grandeza. –8. Nunca decir de mí cosa de alabanza, ni al confesor si no fuese menester comunicarse. –9. No disculparse en cosa, aunque me culpen. –10. De todos tomar consejo, aunque sean menores de edad. –11. Decir bien y juzgar bien de todos. –12. Por lo menos, tener cada día tres horas de oración sin falta, una en la muerte, juicio y cuenta que se ha de dar. –13. No dejar de hacer cada día el ejercicio de la Cruz, que dura tres horas, fuera de la oración. –14. Hacer cada día un ofrecimiento de padecer por las almas, y particularmente por las que están en pecado mortal. –15. No cometer pecado, ni imperfección advertidamente. –16. No atribuir de los trabajos que me sucedan, nada a las criaturas, sino pensar que me los envía y ordena el Señor por sus secretos juicios y mayor bien mío. –17. No mirar el rostro a ninguna criatura, sino al pecho, cuando se ofreciere hablarles, por no mirar a otra parte, considerando aquel lugar, como donde el Señor habita. –18. No comer, sino en la Comunidad. –19. Confesarse cada día si me dan lugar. –20. No dejar de hacer cada día los ejercicios espirituales determinados, antes añadir que quitar –21. Ser mucho devota de la Virgen Santísima, Madre de Dios. –22. Ofrecer cada día, una vez por lo menos, al Padre Eterno los méritos de su santísimo Hijo, su sangre y tesoro de la Iglesia Santa, pidiendo muy de veras por las almas, y suplicarle por ellas por el amor que las tiene. –23. Comulgar cada día espiritualmente muchas veces, y la una sacramentalmente. –24. Hacer cada día muchas obras de caridad, y acudir antes a ellas que a mis apetitos. –25. Que sean también las obras de caridad, ayudando espiritualmente a las almas. –26. Ofrecerme cada día a padecer por las almas del purgatorio y pedir por ellas muy de veras y ofrecer por ellas y por las que están en pecado mortal al Padre Eterno, su hijo Sacramentado y todos los sacrificios de aquel día. –27. No quebrantar ningún mandato de mi regla, ni constitución, sino cumplir en todo con el estado de mi profesión, y particularmente con los cuatro votos. –28. Ponerme siempre en el último lugar, tenerme por la menor en todo, escuchar a todos y no dar yo parecer persuadiéndome a que es mejor el de cualquiera que el mío. –29. Procurar en todo la paz exterior e interior, no turbándome por cosa de esta vida, pues todo se muda y todo se acaba. –30. Procurar ser fiel a todos, principalmente a mi Dios y Señor mirando lo que Su Majestad me manda y cumpliendo fielmente con ello. –3]. Procurar ser modesta a todos, y en todos tiempos mirarlos como hechuras de Dios y amarlos lo necesario y obligatorio, sin que me estorben la atención al Señor –32. En todo lo que hiciere, hablare, pensare o imaginare en las ocasiones, que se me ofrezcan, mirar primero lo mejor para dar gusto a Dios, para bien mío, y de los prójimos, y hacer lo que mejor esté a todo esto. –33. Gastar cada día un rato para consuelo del alma y animarla, a que cumpla lo dicho: mirar mi Patria para donde fui criada, y extender por ella la consideración, conociendo, engrandeciendo, amando y alabando la grandeza y bondad de Dios, y diciendo con los bienaventurados Santo, Santo, Santo es el Señor de los escuadrones celestiales, digno de alabanza; y pedir a los Santos intercedan por mi para cumplir lo que aquí ofrezco a honra y gloria de Dios, y de su Santísima Madre, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original.
Nuevo Director Espiritual
Estos propósitos prepararon a Sor María para el gran cambio que iba a sufrir su vida en 1650 cuando se pusiera bajo la dirección del P. Andrés de Fuenmayor.
La Inquisición, por su parte, mantiene su pretensión de someter a interrogatorio a Sor María. Desde Madrid se traslada la sede de la Causa a Logroño. El 23 de septiembre, el obispo de Plasencia, inquisidor General, ordena que “un Calificador de los más doctos, inteligente y de toda satisfacción”, vaya a Agreda y, ante un Notario del Santo Oficio “de los más diestros en actuar”, tome “puntual y secreta” declaración a Sor María. El 10 de enero de 1650 la Inquisición de Logroño ordena al P. Fr. Antonio Gonzalo del Moral de la Orden de la Santísima Trinidad, se traslade a Agreda, para dirigir el interrogatorio de Sor María conforme al cuestionario de 80 preguntas que se le entregan. El licenciado Juan Rubio sería el Notario. El 18 de enero comienzan las sesiones que durarán hasta el 29. Aunque la Abadesa esté enferma y sangrada, tendrá que levantarse de la cama y pasar por el tormento. El interrogatorio tiene lugar en la comulgatoria del coro bajo, en unas interminables sesiones de mañana y tarde, de tres horas de duración cada una. Las preguntas versaban sobre los temas ya conocidos: arrobos y visiones, bilocaciones, cruces y cuentas, relaciones con el duque de Híjar, etc. La información se cierra el 4 de febrero con el dictamen del P. Calificador, exculpando a la Madre de todos los cargos, y destacando sus virtudes y el conocimiento que tiene de la Sagrada Escritura. Se cierra la sentencia declarándola “católica y fiel cristiana, bien fundada en nuestra santa fe, sin ningún genero de ficción ni embeleco del demonio”. El 10 de febrero el Inquisidor General ordena la suspensión de la causa seguida contra Sor María de Jesús, quedando “triunfante la pureza de vida, doctrina y fe de la venerable Abadesa”. Sor Maria notifica todo lo sucedido, al Rey añadiendo por su parte: “He quedado aficionadísima al Santo Tribunal y a su pureza de proceder. El Señor me envió este trabajo, cuando no hay confesor ni religioso ninguno que sepa mi interior por haberse muerto los que se lo había comunicado”.
Terminada la pesadilla de la Inquisición, el P. Andrés de Fuenmayor empieza a dirigir espiritualmente a Sor María, desde 1650 hasta su muerte en 1665. A la muerte del P. de la Torre (1647), el Provincial franciscano no había encontrado la persona apta para su dirección. Durante los 3 años intermedios asumieron el cargo de atenderla, el P. General Fray Juan de Nápoles, y Fray Juan de la Palma. Tras la dolorosa experiencia del interrogatorio inquisitorial, estando desprovista de un Padre Espiritual, fue cuando recurrió al General P. Manero en demanda de ayuda para su alma.
Por mandato del nuevo confesor, el 24 de junio de 1651 comienza Sor María a escribir las llamadas Sabatinas. Son treinta y seis cuadernos de auténtico Diario espiritual que recogen sus vivencias interiores en el período de su máxima expansión espiritual, desde el 24.06.1651 al 15.08.1655. El P. Fuenmayor le impone también una confesión general para mejor informarse de su mundo interior. Con el fin de llevarla a cabo con toda seriedad el 18 de agosto empezó a prepararse a la misma. Duró la preparación hasta el 18 de octubre. Redacta por escrito su confesión, y dispone las cosas de su alma, como si fuera su última confesión. Comienza la confesión el 18 de octubre y dura hasta el 1 de noviembre. Con este acto comienza la plena expansión de su vida espiritual en una misteriosa interacción entre la segunda composición de la Vida de la Virgen, y las experiencias de su propio interior.
Un intermedio glorioso para el Monasterio de Agreda fue la expansión del mismo en la nueva fundación de Borja (Zaragoza) que tuvo lugar en 1652. Pero, deseosa de una liberación total de todas ocupaciones del cargo de abadesa para entregarse a la obra de la MCD, Sor María escribió una carta al entonces Nuncio, Julio Rospigliosi, para que la liberase del cargo de Abadesa.
Los Noviciados espirituales
El 21 de noviembre de 1652 comienza una práctica original. A semejanza de la iniciación a la vida religiosa que se realiza en el Noviciado, y con el fin de prepararse a una suprema entrega al Señor, entra en un noviciado espiritual de mayor recogimiento. En realidad serán tres noviciados sucesivos. El primero tuvo un carácter mariano, empleado en la más perfecta imitación de las virtudes de la Virgen. Dentro de este Noviado primero, el 2 de febrero de 1653, experimenté por primera vez el don de la Muerte mística. El 14 de marzo se le concedió el singular y admirable beneficio de la permanencia continua de la presencia sacramental de Cristo en su alma. Después de recibir al Santísimo Sacramento y haberse consumido las especies eucarísticas, advirtió que continuaba en su alma una verdadera y real presencia eucarística, por cierto modo extraordinario, de una comunión a otra. Este don se le mostró anticipadamente en la forma de una hermosísima mujer transparente, como si fuera de cristal; y, en su interior, como en una custodia, estaba la Humanidad de Cristo hermosísimo con extremo. El sueño le revelaba el don de la presencia eucarística continua en su cuerpo.
En Pascua de 1653 empieza el segundo Noviciado o Noviciado de la imitación de Cristo. El Domingo de la Santísima Trinidad del mismo año accede al Tercer Noviciado, de la Trinidad que la prepara a la máxima unión con Dios, “vida de mi alma y alma de mi vida”. El 15 de agosto del654 hace la profesión del primer estado ó religión, a los pies del Verbo humanado y de su Madre Santísima. Seguramente, en la profesión final de los tres noviciados vivió la gracia de la unión transformante.
Estos supremos años de la vida de Sor Maria coincidieron con la presencia en la diócesis vecina de Burgo de Osma, del santo Obispo Juan de Palafox y Mendoza (1654–1659). No se descarta alguna forma de comunicación entre las dos grandes personalidades, aunque falte documentación demostrativa.
Terminado el trienio de su exclusión del abadesado, en 1655 Sor María es elegida de nuevo Abadesa de su monasterio Sor María, cargo que desempeñará hasta su muerte (1665).
Elevada a cumbres tan excelsas por la intensa presión interior experimentada desde sus Noviciados, el 8 de diciembre de 1655 da comienzo sor María a la segunda y definitiva redacción de la MISTICA CIUDAD DE DIOS, “por voluntad del Señor y orden de la obediencia” a su confesor el P. Andrés de Fuenmayor.
A la muerte del Papa Inocencio X (1655) es elegido Alejandro VII (1655–1667), al que Sor María escribirá una carta, pidiéndole actúe de mediador y pacificador entre los príncipes cristianos. Le suplica también una bendición con indulgencia plenaria para la hora de su muerte.
La publicación de la Bula de Alejandro VII “Sollicitudo omnium ecclesiarum” (8.12.1661), sobre el sentido teológico de la fiesta de la Inmaculada Concepción, crea en toda España una oleada de satisfacción. Casi se equiparó la declaración a una definición dogmática. Sin duda, fue el documento inmaculista doctrinalmente más importante antes de la Bula Ineffabilis de Pío IX. El 10 de septiembre de 1662 se celebraron en Agreda, grandes fiestas por la declaración papal. Hubo procesión desde ‘La Peña’ hasta el Convento de la Concepción, con misa y sermón en el Monasterio. Hubo también otros festejos: luminarias y hogueras, la víspera; soldadesca, danzas y música, corrida de cuatro toros, etc.
El 6 de mayo, de 1660, día de la Ascensión, Sor María acaba la redacción segunda de la Mística Ciudad de Dios. El 15 de mayo concluye también la primera parte del cuaderno titulado Algunos sucesos de doctrina y enseñanza para el alma. El mismo año – hacia principios de abril – muere en el convento Franciscano de Agreda, Fr. Francisco Coronel y Arana, hermano mayor de Sor María.
En 1664 es nombrado obispo de Tarazona el monje cisterciense de Veruela, don Miguel Escartín. Conoció y trató personalmente a Sor María, y fue siempre grande admirador suyo. Por mediación del P. Miguel Gutiérrez, de Agreda, – confesor de Sor María – le había facilitado con todo sigilo, una copia de la MCD, para que, como Obispo de la Diócesis, conociera la obra. Terminada la lectura, devuelve escrupulosamente el Prelado, el precioso manuscrito. La carta adjunta lleva fecha del 21 de abril de 1665, treinta y tres días antes de la muerte de sor María.
Mons. Escartín fue también el obispo que incoó y presidió el Proceso diocesano para la Beatificación, y aprobó la publicación de la Mística Ciudad de Dios. Esta aprobación magníficamente documentada – firmada el 6 de mayo de 1667 – sirvió de prólogo a la edición de la obra. En ella se contenía una completa reivindicación de la Obra y de la figura de su Autora.
La muerte
El año 1665 había de ser el último de la vida terrena de Sor María. En el curso del mismo redactó la segunda parte del cuaderno Algunos sucesos de doctrina y enseñanza para el alma. El 3 de marzo le escribe por última vez el Rey (carta n°. 306). En ella le dice: “Puedo aseguraros que sólo quiero lo que sea mayor servicio de Dios, y no más salud ni otra cosa, sino que se ejecute en mí su santa voluntad; y esto es lo que habéis de suplicar a Su Divina Majestad y mi salvación, que es lo que más me importa”. El 27 de marzo firma la Venerable su última carta al Rey (n° 312). Es como el testamento, y la declaración definitiva de las motivaciones que le guiaron en toda esta correspondencia: “Dedicada estoy a trabajar por vuestra salvación como por la mía, servir y obedecer a Vuestra Majestad con título de esclava y sierva, cuanto la vida me durare. El Altísimo le guarde y prospere felices años.”
El día de Pascua – 5 abril – Sor María obtuvo el permiso de su confesor, para entrar en unos Ejercicios Espirituales. Estos solían ser de 33 días. Quería prepararse santamente a su muerte. No logró concluirlos. Salió de ellos el 11 de mayo, lunes anterior a la Ascensión. Los días restantes los emplea ordenando papeles, referentes al gobierno del Monasterio.
El 13 de mayo – miércoles Víspera de la Ascensión – le acomete su última enfermedad. Consigue levantarse para confesarse y comulgar el día de la Ascensión. Ese día se celebró en el Monasterio una profesión. Concluida la ceremonia, se retiró a la enfermería.
La noticia del grave estado de salud de Sor María conmovió a toda la Villa. Para ayudarle en el último trance se trajeron a su celda las imágenes más devotas de Agreda.
El 17 de mayo comulga de viático de manos del P. Provincial, José Ximénez Samaniego. Sor María había expresado su deseo de ser asistida por sacerdotes. El 18 de mayo, ignorante de la enfermedad de la Venerable, llega a Agreda el General de la Orden Franciscana, P. Salizanes. El día anterior, había llegado el P. Provincial de Burgos. Los dos prelados se dirigían a Santo Domingo de la Calzada, para la celebración del Capítulo.
El 21 de mayo, al recibir la santa unción, dice al P. General: «Me alegra, Padre, el tener el consuelo de morir con todos los sacramentos, como hija de la Iglesia Católica». Dirigió a cada una de las monjas unas palabras de despedida y de consuelo espiritual.
Hacia las 9 de la mañana, del 24 de mayo – domingo de Pentecostés – Sor María de Jesús, como si llamara al Espíritu Santo, dijo tres veces: «Ven, ven, ven», y expiró. Contaba 63 años de edad. De ellos, 46 años los había vivido en la vida religiosa. Había ocupado el cargo de Abadesa 35 años. Se la enterró en un nicho del cementerio común de las Religiosas, en el subterráneo de la iglesia. En cuanto la noticia de la defunción de Sor María llegó a la corte, el Rey en persona escribió el 3 de julio una carta de pésame a Sor Isabel María de los Angeles, Presidenta del Convento: “La falta de Sor María me ha causado muy particular sentimiento, por lo mucho que yo la estimaba, como lo merecía; y tengo muy gran confianza que en la presencia de Nuestro Señor continuará sus súplicas por mí que siempre tuvo viniendo tan a su cuidado”.
También de Roma se recibieron sentidas condolencias. El 28 de julio llegó al Convento una carta del Cardenal Julio Rospigliosi, Nuncio que había sido en España (1644–1652). Es tradición que Sor María le predijo su ascensión a la silla de Pedro.
La muerte de Sor María señaló el inicio de una peregrinación inacabable de personas que se acercaban a visitar su tumba. No sólo los habitantes de Agreda y de los pueblos vecinos, sino también numerosas personalidades de todo rango social emprendieron la peregrinación a Agreda. Mencionemos las personalidades más relevantes. Vinieron a Agreda el rey Carlos II, acompañado de su hermano D. Juan de Austria, María Ana de Neoburgo y María Luisa de Saboya; Felipe y; el marqués de Mejorada; D. Manuel, infante de Portugal y Doña Juana de Aragón; los cardenales Portocarrero y Borja; D. Antonio Manrique de Guzmán, patriarca de las Indias; el inquisidor General D. Juan de Camargo; D. Pedro de Aragón, duque de Frías y embajador en Roma; el marqués de Santisteban con su mujer, embajador de Alemania y virrey de Galicia; el virrey de Pamplona y conde de Maceda; los duques de Villahermosa, Alburquerque, Medinaceli, Alcalá, Cardona y Segorbe, de Pastrana y del Infantado, y de Hijar; los marqueses de Leganés, Almonacir y Castilrodrigo, Mejorada, Castelnovo, Montalvo, Aitona, Villena y Santa Cruz; los condes de Luna, Aguilar, Sástago, Talara, los Arcos, Vaños, Villanueva y Gómara; el condestable de Castilla: las duquesas de Béjar. Veragua, Atrisco, Fernandina, Arcos, Medinaceli, Fuensalida y de Alba; la marquesa de Mejorada y las condesas de Peralada, Aranda, Villarreal, Fonclara y Percalada. Era tal la afluencia de los que venían a visitar el sepulcro de Sor María que las religiosas pidieron al Papa no extendiera más licencias para ello; a lo cual accedió.
Fueron muchos los que se hicieron presentes en Agreda por peregrinación espiritual. Además de Felipe IV, los cardenales Rospigliosi, de Launa, Aguirre y Belluga, y otros como Don Pascual de Aragón, cardenal protector de España y virrey de Nápoles; la hija del marqués de Falces, la del marqués de Gelsa – religiosa – y otra de la Orden de S. Benito salieron de su religión y solicitaron vivir en el convento de Sor María.
A cuatro meses escasos de la muerte de Sor María – el 17 de septiembre – le siguió a la tumba el Rey. Murió a los 60 años. Un venerable personaje que intervino en el proceso de Sor María – el mercedario P. Arriola – al oír que Sor María había fallecido exclamó: “Muerto es el Rey”. Era persuasión en la Corte de que el Rey no podía vivir sin la ayuda y consejos de Sor María.
A finales del año mismo de la muerte de la Abadesa de Agreda, fueron cuidadosamente recogidos y guardados sus escritos, y especialmente la Mística Ciudad de Dios, por el P. Alonso Salizanes, Ministro General de la Orden y el P. José Ximénez de Samaniego, Provincial de Burgos, asistentes ambos a la muerte de Sor María.
El sábado 10 de septiembre de 1667 – a los 28 meses de la muerte de la Venerable – se procedió a la extracción del ataúd del lugar de la cripta donde había sido sepultada la Venerable. Por la humedad que destilaba la roca, todo el interior del ataúd estaba mojado. El hábito se había deshecho, pero el cuerpo estaba incorrupto. El cadáver fue trasladado a otro lugar de la cripta menos húmedo.
Pervivencia crucificada
La Venerable M. Agreda gozó en vida de una reputación extraordinaria que, saltando los muros de su monasterio, llegó hasta la Corte de Felipe IV, y a los mismos palacios vaticanos. Nuncios como Rospigliosi y Monti, obispos de varias diócesis, eclesiásticos del clero secular y regular, personalidades del mundo de la ciencia y de la política vinieron con frecuencia en devota visita al Monasterio concepcionista de Agreda. A la muerte de Sor María explotó en una manera increíble el fervor popular de la Villa y pueblos circunvecinos. Pero el funesto embargo de la Mística Ciudad de Dios decretado por la Inquisición, fue un rayo que presagió la furiosa tormenta que durante siglos había de turbar la paz de tan serena atmósfera. Desde entonces Sor María de Jesús de Agreda se ha convertido en una figura contradictoria sobre la cual parece cernerse la amenaza una imposible rehabilitación histórica. Para unos es la más extraña mezcla entre una mística verdadera y las peores deformaciones de una psicología enfermiza. Sor María de Jesús sería un híbrido de histeria y de religiosidad desviada y aberrante. Hay quien piensa que la monja agredeña es el caso más claro de una vida deformada por la clausura: encierro antinatural que favorece la eclosión de un mundo fantástico, carente de mesura y realismo. Muchos piensan con benevolencia, que la M. Agreda fue una santa mujer, pero traicionada por una fantasía desbocada, y una megalomanía espiritual mal disimulada. Los juicios más aberrantes parece que se dan cita cuando se trata de pronunciarse sobre la fundadora del Monasterio concepcionista de Agreda.
Pero frente a estas implacables apreciaciones sobre la figura histórica de la Abadesa de Agreda, surgen otras diametralmente opuestas. Muchos creen que Sor María es uno de los máximos personajes de la Historia nacional. Hay quien piensa que es la tercera mujer más grande de la historia de España, junto con Santa Teresa y la Reina Isabel la Católica.
Según otros es la autora del mayor poema teológico en honor de La Virgen; es también la mayor mística del siglo XVII español, la que sigue inmediatamente a Santa Teresa como la segunda en la galería de la rica espiritualidad española. Con Palafox comparte la singular historia de las dos Causas de Santos más conflictivos de toda la historia hagiográfica de España.
Aunque la vida de Sor María de Jesús es inseparable de su Mística Ciudad de Dios, este trabajo nuestro no pretende reconstruir su biografía terrena. Sólo nos interesa la historia póstuma de esta su gran obra, vista desde la gran polémica que suscitó su puesta en el Indice, y las fatales e inexplicables consecuencias que ha supuesto para la tramitación de su proceso de canonización.