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Sitio del poeta y narrador Marcelo D. Ferrer |
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Como en un ciclo de
percepción perpetua
para la temporaria conciencia de los sentidos, la primavera daba inicio en los pálidos tallos adormecidos. Todo adquiría su renovado encanto... aunque lloviera, aunque hiciera frío.
El último domingo de
septiembre de ese año del jamás,
se abandonaba en sí mismo para siempre... no sin dejar sus señas sobre la tierra hecha barro o sobre lo majestuoso de aquellos prados reverdecidos.
Mirando a través de un
cristal que separaba el adentro del temporal,
dijiste en un suspiro: ---¡La alameda desafía al viento!
Está llenando de rumores
esta tarde de aire
enrarecido...
---¿Rumores? -susurré-
Y mirando tu ternura
imprudente, agregué:
---Si las sensaciones que
gobiernan el todo
arrancaran de mí la dolorosa quietud
que provoca la inmovilización
de mis sentidos
e hiciera que mi pena se desgrane a gajos
como pétalos del árbol
del olvido,
y pudiera yo verte y adorarte y extrañarte
como antes de este jamás
definitivo, me confundiría entre los álamos del parque y escribiría letra para que ellos a ti te cantasen...
Nada importó demasiado en
esa tarde y jamás importará ya.
Ni lo majestuoso de la naturaleza, que es ama y es señora de los destinos, aún con toda su sapiencia y poder esparcido.... ni tú, que eras capaz de poner brillo, aunque lloviera o hiciera frío, fueron suficientes para quitar el gris
de mi corazón endurecido.
Cada primavera, como en
esta, recuerdo a aquella,
la de los álamos y sus rumores que no fueron cantos; y un cristal, que además de separar el adentro del temporal, esparcía gotas de salado sabor a olvido. |
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