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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
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La
Parra
Por: Marcelo D. Ferrer La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Odiaba tanto a esa parra, que cuando por primera vez la notó
mustia y con síntomas de enfermedad, se alegró. Entonces fue al living
de la casa, tomó una copa de cristal de bacará, sirvió en ella un exquisito
vino patero, y marchó bajo el sauce para verla morir. Al
poco rato comenzó la ceremonia que desde hacía años se repetía
invariablemente a la misma hora: la vieja matrona vestida de largo batón
negro con una mantita al croché sobre sus hombros, salía de la cocina asiendo un
tejido de mil horas, para sentarse bajo la parra, al reparo de su sombra. El
gato llegaba después.
Pacientemente, cada noche, luego de que el desprecio desencajara su
pasividad, inyectaba pequeñas dosis de cianuro por un conducto imperceptible,
minuciosamente
hecho por él mismo. Al fin se veían los resultados. Iba a
ser todo un espectáculo de días, o meses, o tal vez años, el de verla
morir.
Así, tarde a tarde alimentaba y satisfacía su odio
recorriendo los deteriorados tallos de la parra, iba al living, llenaba
su copa con vino patero, y marchaba bajo el sauce a paladear la sensación
agridulce de la vieja, su silla, el interminable tejido, el gato, y
la odiada parra.
Por las
noches, otro ritual: la salida a hurtadillas de la casa, ir donde estaba la botella de
cianuro, llenar cuidadosamente una jeringa, inyectar
la raíz, poner cada cosa en su sitio, y volver
subrepticiamente a su alcoba, satisfecho por el deber cumplido.
Los días se sucedieron y pasado un tiempo la devastación fue evidente, la parra languidecía y él disfrutaba el ensanche de su odio como un dulce fruto.
Un día de enero, sentado bajo el sauce mirando morir la parra, notó que a determinada
hora algunos rayos de sol
dificultaban la transparencia del espectáculo. Fue
entonces que observó en el sauce la raleada copa. Se preguntó si el cianuro
pudiera estar llegando a su raíz a través de la tierra; quizá fuera
una plaga.
Con el correr de los días resultó ser la plaga más eficaz que el cianuro. Evidentemente el sauce moriría bastante antes que la parra. Parado
bajo el sauce sin follaje, se despidió de él, y sin más, trasladó
la silla a la sombra del fresno. Desde allí la visión de la parra no era
muy buena; estaba claro que el limonero era un estorbo.
Los días con sus noches continuaron rutinariamente para convertirse en meses
y luego en años. Sólo la rápida
muerte del sauce y el limonero introdujeron alguna
variante. La parra
languidecía, y la vieja, como si no estuviese
enterada de su agonía, seguía bajo su sombra enhebrando las tardes.
Fue en abril, bajo la moribunda copa del fresno y mientras miraba la monótona
escena de la parra, la vieja, el tejido y el gato; sorbiendo de la copa de
bacará el cada vez más exquisito vino patero, que sintió los primeros efectos del cianuro. Su vista
se nubló y sus manos se entumecieron hasta quedar rígidas. A los
pocos días, y tan rápido como había muerto el sauce y el limonero, él
mismo murió viendo su sueño cumplido.
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