Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

 
LA DESQUICIADA
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.
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Dolores subió lentamente las escaleras que conducían al desván y se paró frente a él. Habían pasado 30 años y seguía imperturbable. Se aproximó con manifiesto respeto, metió su mano entre el polvo y las telarañas del cajón del péndulo y un alivio recorrió su cuerpo; aun estaba allí.

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Falleció. Se fue del mundo como pasó por él, inadevertidamente. La encontraron un día después, en el desván, junto al viejo reloj que extrañamente funcionaba de nuevo. De vuelta aquí, en su casa, quedó recluida en su cuarto; y como eran de Leticia los quehaceres: incluido llevarle a ella el desayuno, el almuerzo, la  merienda y la cena; pues, al faltar Leticia estos días... debieron dejarla donde estaba.

En realidad, Dolores había dejado el mundo hacía rato. La pobre se la pasaba en la mecedora de su pieza, junto a la ventana sobre el pórtico, con la expresión ansiosa de quien espera a alguien. Nadie más que Leticia conversaba con ella. Incluso, mientras estuvo en el hospicio, sólo Leticia la visitaba con asiduidad. En un rapto de claridad, durante una de esas visitas, Dolores le había rogado a Leticia que la trajera a morir aquí; y ella, que la quería, cumplió su deseo.

.../...

A Dolores se le mezclaban sueños y recuerdos; a menudo no discernía si tal o cual situación la había soñado o vivido. Leticia solía ponerle el ancla a algunas cosas. Con otras, dada su menor edad, sólo podía aportar su parecer a la probabilidad de que hubieren ocurrido. Mientras Leticia no lo negara rotundamente, Dolores daba todo por cierto. Leticia, sin importarle que las historias de Dolores fueren genuinas o soñadas, por igual disfrutaba de los relatos de su media hermana.

--Recuerdo cuando lo vi por primera vez; tan enorme como majestuoso dominando con su prominencia la sala. Era imposible pasar por allí y no girar la cabeza para mirar sus manecillas del tamaño de una persona. ¡Imagínate Leticia! Yo, con sólo tres añitos, frente a ese estrafalario monstruo que a cada segundo cobraba vida como dando pasos directos hacia ti; toc! toc! toc! Por aquel tiempo no era como ahora, el terror podía matarla a una, incluso bajo las polleras de su propia madre. El espanto debía padecerse en absoluto silencio; como decía mamá: "no es de señoritas bien educadas andar haciendo bulla". Su aspecto era escalofriante debido a la talla que exhibía la madera de su porte; mucho más por las noches cuando el reflejo de la luna le sumaba relieves. Luego se detuvo. Semejante máquina; imperturbable, y por demás perseverante en dar dos veces al día la hora exacta... Era juez y testigo con impávido mutismo. Parecía mirarte interrogativamente aun cuando no hubieres hecho ninguna macana. Lo peor era la mística que lo envolvía. Un día antes de morir mi padre, fue que dejó de funcionar. La terrible coincidencia era que a la misma hora del día siguiente: 5.15, fallecía papá. Celidonia me dijo un día que ese reloj y papá tenían el mismo carácter y que sólo él entendía su funcionamiento y admiraba. Entre la peonada se rumoreaba que el alma del patrón estaba ahí atrapada y que por las noches salía a recorrer el campo y las barracas. Cuando los peones venían a la casa, ya era rito que se quitaran la boina o el sombrero que llevaran, miraran a la mole de la pared sur de la sala, y agacharan su cabeza como saludando al ánima. Pero papá era un santo; y aunque era él el que daba las ordenes en la estancia, mamá era la que mandaba. Celidonia me lo dijo la noche del velatorio..., ahí, donde la capilla ardiente: --¡un santo! y ella sabía de esas cosas porque se la pasaba rezando y encendiendo velas por toda la casa. --¡Un santo! Y lo repetía a cada rato, incluso después de que mamá volviera a casarse.

 --Una noche, después de tres años de fallecido papá, estando en mi habitación de la planta alta, siento que una voz me llama: Dolores... Dolores; tal que me levanto de la cama y cuando me disponía a bajar las escaleras rumbo a la planta baja, la voz se repite venida del cuarto de mamá: Dolores... Dolores. Al asomarme a su puerta, la vi a ella bajo las sábanas abrazada a papá. Eso fue lo que le conté cuando me desperté sobre su falda, mientras ella me reanimaba calentándome del frío de la mañana. Cuentan que Celidonia, que se levantaba antes de que el gallo cacareara, me había encontrado en el piso de la sala, durmiendo o atontada. Mamá insistió con que había sido un mal sueño. Pero entre la peonada el rumor creció, sobre todo cuando a los pocos días se repitió, y a poco de repetirse, volvió a suceder. Fue entonces que mamá me llevó de visita a lo de una tal Clotilde Belloso, que decía que curaba de esos males provocados por la luz mala. La tal Clotilde era una anciana de huesos vencidos apoyada sobre un bastón, con una rara cara, en el mango de nácar. Hablaba y hablaba en un murmullo, mientras tosía al unísono, diciendo palabras que ni mamá, ni Celidonia, comprendían para nada. De resultas, volvimos a casa con unos yuyos con los cuales había que hacer un té para que yo lo ingiriera todas las noches, una hora antes de que me despacharan para la cama. Celidonia fue perseverante con el preparado de la pócima y yo dócil en tomarla. Las pesadillas no regresaron, salvo la noche de bodas de mamá, que ante tanto ajetreo, me dormí antes de que Celidonia la preparara, y ella, apiadándose de mí por haber adquirido padrastro sin chistar siquiera, me puso en mi cama sin dármela. A media noche, la voz me visitó: Dolores... Dolores. Esa vez no me levanté de la cama y evité todo comentario al respecto. Pocos meses después nacías vos, Leticia, y tu llegada me llenó de inspiración.

El mito del reloj se expandió para luego disiparse por completo. Antes de que Leticia comenzara a deambular por la casa, don Raimundo -padrastro de Dolores-, lo mandó quitar de la sala. Su orden había sido que hicieran con él una fogata, pero Dolores hizo tanta bulla y Celidonia la consintió tanto, que don Raimundo desistió y mandó que lo llevaran al desván.

--Celidonia se fue apagando como una vela inspirada a un santo. La vieja Celidonia, que había comenzado sus servicios bajo las ordenes de la abuela Victoria, al fallecer ésta en tiempos del cólera, a poco de nacer mamá, se había convertido en el alma máter de la casa. Ella sola, con la anuencia del desconsolado viudo, había sacado adelante la familia. Cuando yo nací, Celidonia tenía enorme influencia sobre todos; mamá la respetaba como hubiera respetado a su propia madre, aunque Celidonia cuidaba bien su rol de criada. Cuando don Raimundo contrajo enlace con nuestra madre, la autoridad de Celidonia se fue apagando. Una mañana el gallo cacareó antes de que Celidonia encendiera la estufa de la cocina; al poco tiempo, gastada y enferma, dios prefirió que estuviera con él. Hasta que Celidonia quedó postrada en su cama, todas las noches sin fallar una, me había preparado mi té; ella lo llamaba: "el conjuro de ánimas".   

--Cada domingo mientras todos hacían la siesta, recorría los jardines rebosantes de las flores que cultivaba Celidonia; que, en homenaje a su ausencia, prodigaban belleza y perfume: clavelinas, gladiolos, rosas, conejitos, flor del cerezo, margaritas, violetas, pensamientos, crisantemos... Las reunía en ramos por colores para adornar el acceso al pórtico y los estribos de la hamaca; me hacía con ellas un delicado arreglo en el cabello, y descontando segundos a la ansiedad, lo esperaba. Yo era una dulce joven, de dieciocho años, enamorada. Él, sobrino de los Álvarez Unzué, venía a cortejarme con el permiso de mamá y de don Raimundo todos los domingos a la sexta. De Impecable ambo, pañuelo al cuello y sombrero bombé, Florencio -que así se llamaba- era un joven entusiasta de la política, aunque no cuajara con el malandrinaje del ambiente. Pero a mí poco me importaba eso; mi impaciencia adolescente deseaba que llegara. Una tarde, habiendo retornado las pesadillas, sentados en la hamaca bajo el pórtico, le conté. Al parecer fue un desvarío para él; mucho más cuando fue rumor que me levantaba por las noches, subía al desván y hablaba sola hasta que, exhausta, me dormía junto al viejo reloj. Un domingo, en lugar de venir él, llegó el capataz de los Unzué; me entregó una carta con unas dispensas que trascendían la ausencia de ese día. Luego de unos meses, supe que andaba en amoríos con la hija del médico. Una pena aguda se me instaló en el pecho. Como el pueblo era chico, los rumores de la causa de nuestro desencuentro se esparcieron con rapidez. Al poco tiempo era Dolores la desquiciada, o, sencillamente, la desquiciada.

--Mamá deambulaba su pena: ¡no era posible que yo hubiera perdido la coherencia! Entonces fue al boticario en consulta para que éste reeditara la pócima de doña Clotilde Belloso cuya fórmula yacía sepultada junto a Celidonia. Volvió con unos yuyos que perseverantemente me dio por un tiempo. Jamás tuvieron efecto. Simplemente, por las noches, cuando la voz... me levantaba de mi cama, iba al desván y allí me quedaba; luego, regresaba a mi cuarto a esperar la mañana. Sospecho que mamá conocía mis salidas a hurtadillas porque la madera rechinaba, y porque seguía siendo, en el rumor, la desquiciada.

--Una de tantas noches que la voz me llama, voy al desván. Me encuentro con el imperturbable péndulo del reloj, que en quietud de ancla fondeada, brillaba. Entonces abro la portezuela de vidrios biselados y me reflejo en su bronce como una niña de seis años. Aún con la experiencia que había adquirido en ánimas, me aterré. Me convencí luego de que estaba soñando y una paz ingrávida se adueñó de mí. Tanto énfasis se daba a mis desquicios, que poco a poco perdí el discernimiento sobre mis actos y sueños. Sin embargo, al día siguiente regresé donde el péndulo; opaco por el arrumbe de los años y el polvo del ático. No parecía el mismo. Dispuesta a hallar su mensaje, revisé palmo a palmo el viejo reloj. La madera del techo del cajón del péndulo estaba suelta..., la quité. Metí mi mano entre el polvo y las telarañas, y palpé un objeto, que no siendo parte de la estructura, estaba suelto.

"Año de 1898. Diario de Melania Harters".

"1898 me halla casi mujer... Mmh, mujer".

"6 de enero. Papá regresó de su ida a Buenos Aires con un carruaje nuevo. Según me dijo, ese carruaje viene directamente de Inglaterra y pertenecía a un duque de no sé dónde, amigo de no sé quién, que es pariente de una abuela que no conozco. Por suerte estará para mi cumpleaños y podré bajar las escaleras tomada de su brazo. El vestido que está cociendo Celidonia -en máximo secreto- promete ser una belleza; a juzgar por el tiempo que le dedica -que ni duerme siquiera dado que sus candelabros continúan encendidos hasta tarde- lo terminará pronto".

"10 de enero. Hoy Celidonia me hizo la primera prueba de un vestido que es digno de una princesa. Estoy muy contenta, pero más ansiosa de que llegue el día de la fiesta. Hay algo que me preocupa: cuando papá estuvo en Buenos Aires se entrevistó con un pariente de los Menéndez Carmona a quienes invitó a mi fiesta; vendrán con su hijo Fernando. Celidonia cree que me han prometido para casamiento; pero que ella misma se va a ocupar de echar al tal Fernando si es que no lo encuentra digno de una princesa."

"18 de enero. En un rato estarán aquí los invitados. Ya siento los pasos de Celidonia que viene para fajarme. Estoy nerviosa por el tal Fernando, o mejor dicho, simplemente: estoy nerviosa."

"19 de enero. Todavía floto por los aires al ritmo de la orquesta. Fue la mejor fiesta que jamás haya tenido. Todo el mundo estaba allí haciendo sendero para que, luego de bajar por las escaleras como una princesa dentro de un mágico vestido, pasara entre la gente y recibiera bendiciones, saludos y congratulaciones. Al final de la pasarela lo vi a él. Desde que mis ojos lo hallaron no pudieron dejarlo de mirar; bello, elegante y refinado. Me enamoré en cinco pasos; los que di hasta recibir su reverencia y un beso en mi mano. ¡Fernando! -susurraron mis labios- Pero me petrifiqué cuando él dijo su nombre: Raimundo Menéndez Belssi".

"27 de enero. Sueño con Raimundo. Desde el día de la fiesta no lo he vuelto a ver. Resuenan en mis oídos las breves palabras que conversé con él y que robaron mi corazón. Mañana vendrá Fernando de visita. Es un señor muy dulce y de buena familia; parece responsable e inteligente, pero es bastante más grande que yo. Mi corazón le pertenece a Raimundo."

"30 de abril. Apreciado diario: desde la última vez no he encontrado los ánimos suficientes para relatarte mi tragedia. Aquel 27 de enero, papá y Fernando conversaron por una hora en la biblioteca. Al cabo de ese tiempo, Celidonia vino por mi. Papá me anunció que Fernando había solicitado permiso para cortejarme y que él se lo había concedido seguro de mi asentimiento. Simplemente baje mi cabeza y consentí. Luego me dijo que tal cosa sucedería en el mes de mayo, cuando él -por Fernando- pusiera algunas cosas en orden en Buenos Aires. Esa noche me prometí que al día siguiente hablaría con papá para expresarle mis dudas y confesarle mis sentimientos. Le diría lo de Raimundo. Incluso le diría, que me había propuesto, que si lo consentía yo, hablaría con él por una venia de visitas. Pero papá partió de madrugada hacia Inglaterra. Celidonia le preparó un baúl de urgencia. Mi salvación es Celidonia; ella tiene ascendencia sobre papá... Sólo que aún faltan dos meses para que papá regrese, y pasado mañana, Fernando me visitará por primera vez".

"10 de octubre. Mi vida finaliza. Fernando, en comunicación epistolar con papá, ha acordado la fecha de la boda. ¡Oh Dios querido! Me he convertido en dos personas: la que posee un alma y ama, que está junto a Raimundo; y la vacía de esperanza e inerte, que se casará con Fernando. ¡Celidonia ven en mi ayuda!"

Dolores volvió a poner el pequeño cuaderno lleno de polvo donde antes estaba: sosteniendo el contrapeso del péndulo de bronce e impidiendo que el reloj funcionara. Le temblaban las manos. No se atrevía a continuar leyendo; al menos, no lo haría hoy. Quizá nunca.

Al día siguiente Dolores amaneció con fiebre, al mediodía, deliraba. En su delirio estaba aprisionada entre las páginas del diario de su madre frente al inmenso reloj. Una de sus agujas lo atravesaba. Espesa y brutal la sangre se esparcía en el piso de la sala formando una isla. Ella era una niña enmudecida de terror. Delante suyo una espalda que le era familiar; en el suelo, la mirada agónica del que era su padre. Un vestido negro de niña venía extendido entre dos brazos; detrás, la transfigurada cara de su madre; a su lado, Celidonia y su pócima. El silencio era hielo. La aguja del minutero, como blandida desde los cielos por un samurai, asestaba un golpe, y otro, y otro. Junto al cuerpo en el suelo, un pequeño reloj con su cadena de oro: 5.15, y la asfixia mural de la caoba con su mueca sórdida reflejando en el cristal biselado la hora: 5.15. Luego, la tarde fría y soleada... y ella, con su vestido negro. De sus manos unas flores con aroma a Celidonia, y la grava y el mármol... y aquel epitafio, que ya no recordaría.

Despertó en un internado, en Buenos Aires, con escaso uso de su lógica. Junto a ella estaba su madre con la pócima: "El conjuro de ánimas". La bebió, y al hacerlo, elevó un rezo a Dios... y a su padre, que era santo... y a Celidonia... que tanto había amado a su madre.

 

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