Dolores subió lentamente las
escaleras que conducían al desván y se paró frente a él. Habían
pasado 30 años y seguía imperturbable. Se aproximó con manifiesto
respeto, metió su mano entre el polvo y las telarañas del cajón
del péndulo y un alivio recorrió su cuerpo; aun estaba allí.
.../...
Falleció. Se fue del mundo como pasó por él, inadevertidamente. La
encontraron un día después, en el desván, junto al viejo reloj
que extrañamente funcionaba de nuevo. De vuelta aquí, en su casa,
quedó recluida en su cuarto; y como eran de Leticia los quehaceres:
incluido llevarle a ella el desayuno, el almuerzo, la merienda
y la cena; pues, al faltar Leticia estos días... debieron dejarla
donde estaba.
En realidad, Dolores había dejado el mundo hacía
rato. La pobre se la pasaba en la mecedora de su pieza, junto a la
ventana sobre el pórtico, con la expresión ansiosa de quien
espera a alguien. Nadie más que Leticia conversaba con ella.
Incluso, mientras estuvo en el hospicio, sólo Leticia la visitaba
con asiduidad. En un rapto de claridad, durante una de esas visitas,
Dolores le había rogado a Leticia que la trajera a morir aquí; y
ella, que la quería, cumplió su deseo.
.../...
A Dolores se le mezclaban sueños y recuerdos; a
menudo no discernía si tal o cual situación la había soñado o
vivido. Leticia solía ponerle el ancla a algunas cosas. Con otras,
dada su menor edad, sólo podía aportar su parecer a la
probabilidad de que hubieren ocurrido. Mientras Leticia no lo negara
rotundamente, Dolores daba todo por cierto. Leticia, sin importarle
que las historias de Dolores fueren genuinas o soñadas, por igual
disfrutaba de los relatos de su media hermana.
--Recuerdo cuando lo vi por primera vez; tan enorme
como majestuoso dominando con su prominencia la sala. Era imposible
pasar por allí y no girar la cabeza para mirar sus manecillas del
tamaño de una persona. ¡Imagínate Leticia! Yo, con sólo tres añitos,
frente a ese estrafalario monstruo que a cada segundo cobraba vida
como dando pasos directos hacia ti; toc! toc! toc! Por aquel tiempo
no era como ahora, el terror podía matarla a una, incluso bajo las
polleras de su propia madre. El espanto debía padecerse en absoluto
silencio; como decía mamá: "no es de señoritas bien educadas
andar haciendo bulla". Su aspecto era escalofriante debido a la
talla que exhibía la madera de su porte; mucho más por las noches
cuando el reflejo de la luna le sumaba relieves. Luego se detuvo.
Semejante máquina; imperturbable, y por demás perseverante en dar
dos veces al día la hora exacta... Era juez y testigo con impávido
mutismo. Parecía mirarte interrogativamente aun cuando no hubieres
hecho ninguna macana. Lo peor era la mística que lo envolvía. Un día
antes de morir mi padre, fue que dejó de funcionar. La terrible
coincidencia era que a la misma hora del día siguiente: 5.15,
fallecía papá. Celidonia me dijo un día que ese reloj y papá tenían
el mismo carácter y que sólo él entendía su funcionamiento y
admiraba. Entre la peonada se rumoreaba que el alma del patrón
estaba ahí atrapada y que por las noches salía a recorrer el campo
y las barracas. Cuando los peones venían a la casa, ya era rito que
se quitaran la boina o el sombrero que llevaran, miraran a la mole
de la pared sur de la sala, y agacharan su cabeza como saludando al
ánima. Pero papá era un santo; y aunque era él el que daba las
ordenes en la estancia, mamá era la que mandaba. Celidonia me lo
dijo la noche del velatorio..., ahí, donde la capilla ardiente: --¡un
santo! y ella sabía de esas cosas porque se la pasaba rezando y
encendiendo velas por toda la casa. --¡Un santo! Y lo repetía a
cada rato, incluso después de que mamá volviera a casarse.
--Una noche, después de tres años de
fallecido papá, estando en mi habitación de la planta alta, siento
que una voz me llama: Dolores... Dolores; tal que me levanto de la
cama y cuando me disponía a bajar las escaleras rumbo a la planta
baja, la voz se repite venida del cuarto de mamá: Dolores...
Dolores. Al asomarme a su puerta, la vi a ella bajo las sábanas
abrazada a papá. Eso fue lo que le conté cuando me desperté sobre
su falda, mientras ella me reanimaba calentándome del frío de la
mañana. Cuentan que Celidonia, que se levantaba antes de que el
gallo cacareara, me había encontrado en el piso de la sala,
durmiendo o atontada. Mamá insistió con que había sido un mal sueño.
Pero entre la peonada el rumor creció, sobre todo cuando a los
pocos días se repitió, y a poco de repetirse, volvió a suceder.
Fue entonces que mamá me llevó de visita a lo de una tal Clotilde
Belloso, que decía que curaba de esos males provocados por la luz
mala. La tal Clotilde era una anciana de huesos vencidos apoyada
sobre un bastón, con una rara cara, en el mango de nácar. Hablaba
y hablaba en un murmullo, mientras tosía al unísono, diciendo
palabras que ni mamá, ni Celidonia, comprendían para nada. De
resultas, volvimos a casa con unos yuyos con los cuales había que
hacer un té para que yo lo ingiriera todas las noches, una hora
antes de que me despacharan para la cama. Celidonia fue perseverante
con el preparado de la pócima y yo dócil en tomarla. Las
pesadillas no regresaron, salvo la noche de bodas de mamá, que ante
tanto ajetreo, me dormí antes de que Celidonia la preparara, y
ella, apiadándose de mí por haber adquirido padrastro sin chistar
siquiera, me puso en mi cama sin dármela. A media noche, la voz me
visitó: Dolores... Dolores. Esa vez no me levanté de la cama y
evité todo comentario al respecto. Pocos meses después nacías
vos, Leticia, y tu llegada me llenó de inspiración.
El mito del reloj se expandió para luego disiparse
por completo. Antes de que Leticia comenzara a deambular por la
casa, don Raimundo -padrastro de Dolores-, lo mandó quitar de la
sala. Su orden había sido que hicieran con él una fogata, pero
Dolores hizo tanta bulla y Celidonia la consintió tanto, que don
Raimundo desistió y mandó que lo llevaran al desván.
--Celidonia se fue apagando como una vela inspirada
a un santo. La vieja Celidonia, que había comenzado sus servicios
bajo las ordenes de la abuela Victoria, al fallecer ésta en tiempos
del cólera, a poco de nacer mamá, se había convertido en el alma
máter de la casa. Ella sola, con la anuencia del desconsolado
viudo, había sacado adelante la familia. Cuando yo nací, Celidonia
tenía enorme influencia sobre todos; mamá la respetaba como
hubiera respetado a su propia madre, aunque Celidonia cuidaba bien
su rol de criada. Cuando don Raimundo contrajo enlace con nuestra
madre, la autoridad de Celidonia se fue apagando. Una mañana el
gallo cacareó antes de que Celidonia encendiera la estufa de la
cocina; al poco tiempo, gastada y enferma, dios prefirió que
estuviera con él. Hasta que Celidonia quedó postrada en su cama,
todas las noches sin fallar una, me había preparado mi té; ella lo
llamaba: "el conjuro de ánimas".
--Cada domingo mientras todos hacían la siesta,
recorría los jardines rebosantes de las flores que cultivaba
Celidonia; que, en homenaje a su ausencia, prodigaban belleza y
perfume: clavelinas, gladiolos, rosas, conejitos, flor del cerezo,
margaritas, violetas, pensamientos, crisantemos... Las reunía en
ramos por colores para adornar el acceso al pórtico y los estribos
de la hamaca; me hacía con ellas un delicado arreglo en el cabello,
y descontando segundos a la ansiedad, lo esperaba. Yo era una dulce
joven, de dieciocho años, enamorada. Él, sobrino de los Álvarez
Unzué, venía a cortejarme con el permiso de mamá y de don
Raimundo todos los domingos a la sexta. De Impecable ambo, pañuelo
al cuello y sombrero bombé, Florencio -que así se llamaba- era un
joven entusiasta de la política, aunque no cuajara con el
malandrinaje del ambiente. Pero a mí poco me importaba eso; mi
impaciencia adolescente deseaba que llegara. Una tarde, habiendo
retornado las pesadillas, sentados en la hamaca bajo el pórtico, le
conté. Al parecer fue un desvarío para él; mucho más cuando fue
rumor que me levantaba por las noches, subía al desván y hablaba
sola hasta que, exhausta, me dormía junto al viejo reloj. Un
domingo, en lugar de venir él, llegó el capataz de los Unzué; me
entregó una carta con unas dispensas que trascendían la ausencia
de ese día. Luego de unos meses, supe que andaba en amoríos con la
hija del médico. Una pena aguda se me instaló en el pecho. Como el
pueblo era chico, los rumores de la causa de nuestro desencuentro se
esparcieron con rapidez. Al poco tiempo era Dolores la desquiciada,
o, sencillamente, la desquiciada.
--Mamá deambulaba su pena: ¡no era posible que yo
hubiera perdido la coherencia! Entonces fue al boticario en consulta
para que éste reeditara la pócima de doña Clotilde Belloso cuya fórmula
yacía sepultada junto a Celidonia. Volvió con unos yuyos que
perseverantemente me dio por un tiempo. Jamás tuvieron efecto.
Simplemente, por las noches, cuando la voz... me levantaba de mi
cama, iba al desván y allí me quedaba; luego, regresaba a mi
cuarto a esperar la mañana. Sospecho que mamá conocía mis salidas
a hurtadillas porque la madera rechinaba, y porque seguía siendo,
en el rumor, la desquiciada.
--Una de tantas noches que la voz me llama, voy al
desván. Me encuentro con el imperturbable péndulo del reloj, que
en quietud de ancla fondeada, brillaba. Entonces abro la portezuela
de vidrios biselados y me reflejo en su bronce como una niña de
seis años. Aún con la experiencia que había adquirido en ánimas,
me aterré. Me convencí luego de que estaba soñando y una paz ingrávida
se adueñó de mí. Tanto énfasis se daba a mis desquicios, que
poco a poco perdí el discernimiento sobre mis actos y sueños. Sin
embargo, al día siguiente regresé donde el péndulo; opaco por el
arrumbe de los años y el polvo del ático. No parecía el mismo.
Dispuesta a hallar su mensaje, revisé palmo a palmo el viejo reloj.
La madera del techo del cajón del péndulo estaba suelta..., la
quité. Metí mi mano entre el polvo y las telarañas, y palpé un
objeto, que no siendo parte de la estructura, estaba suelto.
"Año de 1898. Diario de Melania Harters".
"1898 me halla casi mujer... Mmh, mujer".
"6 de enero. Papá regresó de su ida a Buenos
Aires con un carruaje nuevo. Según me dijo, ese carruaje viene
directamente de Inglaterra y pertenecía a un duque de no sé dónde,
amigo de no sé quién, que es pariente de una abuela que no conozco.
Por suerte estará para mi cumpleaños y podré bajar las escaleras
tomada de su brazo. El vestido que está cociendo Celidonia -en máximo
secreto- promete ser una belleza; a juzgar por el tiempo que le
dedica -que ni duerme siquiera dado que sus candelabros continúan
encendidos hasta tarde- lo terminará pronto".
"10 de enero. Hoy Celidonia me hizo la primera
prueba de un vestido que es digno de una princesa. Estoy muy
contenta, pero más ansiosa de que llegue el día de la fiesta. Hay
algo que me preocupa: cuando papá estuvo en Buenos Aires se
entrevistó con un pariente de los Menéndez Carmona a quienes invitó
a mi fiesta; vendrán con su hijo Fernando. Celidonia cree que me
han prometido para casamiento; pero que ella misma se va a ocupar de
echar al tal Fernando si es que no lo encuentra digno de una
princesa."
"18 de enero. En un rato estarán aquí los
invitados. Ya siento los pasos de Celidonia que viene para fajarme.
Estoy nerviosa por el tal Fernando, o mejor dicho, simplemente:
estoy nerviosa."
"19 de enero. Todavía floto por los aires al
ritmo de la orquesta. Fue la mejor fiesta que jamás haya tenido.
Todo el mundo estaba allí haciendo sendero para que, luego de bajar
por las escaleras como una princesa dentro de un mágico vestido,
pasara entre la gente y recibiera bendiciones, saludos y
congratulaciones. Al final de la pasarela lo vi a él. Desde que mis
ojos lo hallaron no pudieron dejarlo de mirar; bello, elegante y
refinado. Me enamoré en cinco pasos; los que di hasta recibir su
reverencia y un beso en mi mano. ¡Fernando! -susurraron mis labios-
Pero me petrifiqué cuando él dijo su nombre: Raimundo Menéndez
Belssi".
"27 de enero. Sueño con Raimundo. Desde el día
de la fiesta no lo he vuelto a ver. Resuenan en mis oídos las
breves palabras que conversé con él y que robaron mi corazón. Mañana
vendrá Fernando de visita. Es un señor muy dulce y de buena
familia; parece responsable e inteligente, pero es bastante más
grande que yo. Mi corazón le pertenece a Raimundo."
"30 de abril. Apreciado diario: desde la última
vez no he encontrado los ánimos suficientes para relatarte mi
tragedia. Aquel 27 de enero, papá y Fernando conversaron por una
hora en la biblioteca. Al cabo de ese tiempo, Celidonia vino por mi.
Papá me anunció que Fernando había solicitado permiso para
cortejarme y que él se lo había concedido seguro de mi
asentimiento. Simplemente baje mi cabeza y consentí. Luego me dijo
que tal cosa sucedería en el mes de mayo, cuando él -por Fernando-
pusiera algunas cosas en orden en Buenos Aires. Esa noche me prometí
que al día siguiente hablaría con papá para expresarle mis dudas
y confesarle mis sentimientos. Le diría lo de Raimundo. Incluso le
diría, que me había propuesto, que si lo consentía yo, hablaría
con él por una venia de visitas. Pero papá partió de madrugada
hacia Inglaterra. Celidonia le preparó un baúl de urgencia. Mi
salvación es Celidonia; ella tiene ascendencia sobre papá... Sólo
que aún faltan dos meses para que papá regrese, y pasado mañana,
Fernando me visitará por primera vez".
"10 de octubre. Mi vida finaliza. Fernando, en
comunicación epistolar con papá, ha acordado la fecha de la boda.
¡Oh Dios querido! Me he convertido en dos personas: la que posee un
alma y ama, que está junto a Raimundo; y la vacía de esperanza e
inerte, que se casará con Fernando. ¡Celidonia ven en mi
ayuda!"
Dolores volvió a poner el pequeño cuaderno lleno
de polvo donde antes estaba: sosteniendo el contrapeso del péndulo
de bronce e impidiendo que el reloj funcionara. Le temblaban las
manos. No se atrevía a continuar leyendo; al menos, no lo haría
hoy. Quizá nunca.
Al día siguiente
Dolores amaneció con fiebre, al mediodía, deliraba. En su delirio
estaba aprisionada entre las páginas del diario de su madre frente
al inmenso reloj. Una de sus agujas lo atravesaba. Espesa y brutal
la sangre se esparcía en el piso de la sala formando una isla. Ella
era una niña enmudecida de terror. Delante suyo una espalda que le
era familiar; en el suelo, la mirada agónica del que era su padre.
Un vestido negro de niña venía extendido entre dos brazos; detrás,
la transfigurada cara de su madre; a su lado, Celidonia y su pócima.
El silencio era hielo. La aguja del minutero, como blandida desde
los cielos por un samurai, asestaba un golpe, y otro, y otro. Junto
al cuerpo en el suelo, un pequeño reloj con su cadena de oro: 5.15,
y la asfixia mural de la caoba con su mueca sórdida reflejando en
el cristal biselado la hora: 5.15. Luego, la tarde fría y
soleada... y ella, con su vestido negro. De sus manos unas flores
con aroma a Celidonia, y la grava y el mármol... y aquel epitafio,
que ya no recordaría.
Despertó en un
internado, en Buenos Aires, con escaso uso de su lógica. Junto a
ella estaba su madre con la pócima: "El conjuro de ánimas".
La bebió, y al hacerlo, elevó un rezo a Dios... y a su padre, que
era santo... y a Celidonia... que tanto había amado a su madre.