Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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CRÓNICA DE UNA NOCHE DE NIEBLA
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.

       Desde el mediodía en la radio y la TV sólo se hablaba del clima. La confluencia de una elevadísima humedad ambiente y un frente de aire helado proveniente del sureste, preanunciaba la más espesa niebla de la que se tuviera registro.


       Tan agudo se presumía el fenómeno, que desde las 14 los partes de la defensa civil aconsejaban a las empresas dar asueto a sus empleados para que pudieran retornar a sus casas antes del anochecer. El cataclismo que se predecía sería de magnitud tal, que varios medios internacionales habían dispuesto reorientar sus satélites hacia esta zona del Río de La Plata, dando instrucciones precisas a sus corresponsales aquí. Con el sol de las 16 a medio caer y como consecuencia de una precoz neblina que ya se abatía sobre las zonas rurales dificultando la visión a escasos diez metros, las autoridades provinciales habían decidido cerrar al tránsito las rutas de la periferia, y miles de personas en sus automóviles eran desviadas por un circuito urbano que las devolvía nuevamente al centro de la ciudad. La terminal de ómnibus de larga y media distancia se encontraba inoperante por disposición municipal y la estación de trenes se abarrotaba de pasajeros ansiosos por retornar a sus hogares. Se esperaba que por la noche la temperatura descendiera varios grados por debajo de cero, tal que, algunos, impedidos de abandonar la ciudad, se apresuraban para procurarse un alojamiento. En su ambición, los que se movilizaban en autos cometían las más salvajes transgresiones y esto producía cerrados embotellamientos y grescas descomunales. Los más beneficiados resultaban ser los peatones que sin la carga de un inútil automóvil o no dependiendo del recorrido de un micro de línea, se anticipaban en las conserjerías para ocupar un lugar. Para las 19 la capacidad hotelera se había colmado y miles de personas que trabajaban en la ciudad, pero vivían en pueblos aledaños, estuvieran en auto o a pie, buscaban un lugar donde transcurrir la noche. Los automovilistas que permanecían presos en los taponamientos, simplemente se resignaban a quedarse donde se encontraban, o cerraban sus autos para marchase caminando. Los vehículos que aún podían circular, previendo -sus ocupantes- que para mantenerse calientes deberían conservar funcionando el motor, se apiñaban en las estaciones de servicio para llenar los tanques y proveerse a la vez de alimentos y bebidas. Los termos se habían agotado en la mayoría de las tiendas, al igual que las mantas y las prendas de abrigo. El municipio emitía comunicados cada quince minutos, que eran transmitidos por las radios locales, y cientos de agentes municipales y voluntarios de la defensa civil recorrían las calles dando instrucciones y orientando a quienes permanecerían a la intemperie. Oportunamente –les decían- se avisaría de la habilitación de las avenidas y rutas para abandonar la ciudad. Otra consecuencia del cataclismo era la congestión de las líneas telefónicas. Cientos se apretaban dentro de los locutorios para avisar a sus familiares y era una constante el ver pasar personas hablando desde sus teléfonos celulares con una expresión autista en los rostros. A las 20 una espesa bruma se había apoderado de la urbe. Una blanca cortina se mantenía suspendida cerca del suelo impidiendo la visión a cinco metros y dificultando el tránsito, incluso, de los peatones. Respirar el espeso aire saturado de agua producía en los más paranoicos síntomas de asfixia. Casi todos deambulaban con su cara tapada de la nariz hacia abajo, exhalando, por entre los tejidos o la tela que les cubriera el rostro, gruesas nubes de vapor. La condensación de agua contra la mampostería de las casas y edificios producía riachos que cruzaban raudos las veredas y se vertían como cataratas por los cordones hacia las calles, transformando las cunetas en arroyos destinados a sucumbir en alguna alcantarilla. A esa hora, los comercios, por razones de seguridad, comenzaban a cerrar sus puertas al igual que los cafés y restaurantes. Los menos precavidos habían quedado abandonados a las inclemencias de la temperatura o dependiendo de que algún agente municipal o voluntario de la defensa civil los condujera a un improvisado albergue o les proveyera una manta. A las 21, el alumbrado público era inútil. La blanca oscuridad lo envolvía todo. Los cuerpos parecían desaparecer de la cintura hacia abajo, generando en las personas una sensación de ingravidez. Los que todavía se encontraban en las calles deambulaban con sus brazos extendidos carentes de visión. Era frecuente el pedido de disculpas por los tocamientos involuntarios, y las voces y risas nerviosas, impacientes e impersonales, parecían llegar desde el limbo u otra dimensión. En la avenida 7, entre la legislatura y la plaza San Martín, se encontraba la aglomeración más importante de auto(in)móviles. Aquellos que podían mantener sus motores en marcha se procuraban calor; los que no, eran sepultados por la bruma dentro de sus habitáculos -aun con las ventanillas completamente cerradas-, haciendo desaparecer las curvas, las rectas, los vértices y los planos; sumergidos en una ceguera absoluta. La espesura, como un muro, afectaba de forma tal los sentidos que la opresión se percibía en el pecho y en la boca del estómago. La gente tomaba cortas bocanadas de aire debido a que la intensa humedad les provocaba accesos de tos al condensárseles el agua en las vías respiratorias. Algunos ruidos y el poder palparse a sí mismos, configuraban el único cable que los conectaba con la realidad. Hasta las 23, y en los automóviles en los que había más de un ocupante, se escuchaban voces y bromas que se percibían como de lontananza, aunque muy cercanas. Pasada esa hora los sonidos se habían ido acallando para ser esporádicos y por debajo de los que emitían las radios de quienes no temían agotar las cargas de sus baterías. Sin una coordinación preestablecida casi todos tenían sintonizada la misma estación, que pasaba partes informativos y comunicados cada tres o cuatro temas musicales. A eso de las 23.30 la nota la dio una mujer -de indeterminada edad- que a los gritos y presumiblemente asomada a su ventanilla, había obligado a un grupo de jóvenes a bajar el volumen de un CD. Posteriormente, los jóvenes, entusiastas y muertos de risa, le habían estado tomando el pelo a la pobre mujer -supuestamente sola en su vehículo-, propinándole aullidos fantasmagóricos.  Otros comenzaron a imitarlos y pronto, como por arte de magia, se había logrado una comunicación.  Las voces empezaron a emerger de los vehículos y de las personas que se encontraban en la plaza y bajo el pórtico de acceso a la legislatura, recobrándose nuevamente un bullicio intenso. A las cero treinta comenzaron a percibirse movimientos fuera de los vehículos dado que las conversaciones no se ahogaban en sus interiores. Podía advertirse que la gente salía de ellos y aun sin verse, se reunía en el presentimiento. Incluso, cerca de las escalinatas de acceso al palacio legislativo, alguien había subido el volumen de una radio y podía intuirse que algunos jóvenes, atraídos por el extravagante meteoro que se esparcía por las calles, se convocaban para bailar y departir al aire libre siete grados bajo cero.  Al poco rato no faltó una fogata que dibujó algunas siluetas que prontamente se fueron esfumando como devoradas por la bruma, cuando la llama se extinguió por falta de combustible. 

       La situación era exótica y extraña a la vez. La fisonomía de las personas  se intuía por las ondas que generaban sus voces y se podía determinar el sexo del que hablaba y hasta estimar su edad. Luego, por el tenor de la conversación, se establecían algunos parámetros de personalidad y educación. 

       En la espesura, la visión era introspectiva. Las imágenes que se construían entremezclaban fantasías y realidades resaltando la incongruencia sensorial de los sentidos; limitando y desterrando sus condicionantes. Este grupo de la escalinata se volvía cada vez más homogéneo dado que algunas voces se repetían tornándose familiares. 

         El paso siguiente a ese rudimentario conocimiento del otro lo dio un extrovertido, que por las vibraciones de su voz, no tendría más de 25 años. Conversando con una chica de su edad, o a lo sumo un poco más, extendió la mano hasta su eco y le tocó el rostro. La chica, sorprendida en un principio, le preguntó qué estaba haciendo, a lo que él sin vueltas respondió: viéndote. Entonces ella estiró su mano y la puso sobre el rostro de él, y ambos comenzaron a palparse los rasgos a menos de cincuenta centímetros de distancia, carentes por completo de sus sentidos oculares. En la yema de sus dedos estaba toda la energía de la comunicación, y a la vez, los millares de códigos que combinaban las formas. Uno y otro hurgaba con la suavidad del pudor: frente, ojos, pómulos, nariz, labios, mentón, etc., para volver a subir y bajar, recorriendo senderos que se diversificaban dentro de un plano de infinitos puntos y relieves.   A medida que los caminos se tornaron más conocidos, diminutos pasos fueron acercando sus cuerpos fundidos en la blancura. Esa sensación, la de fundirse, desapareció los límites. La extensión del uno mismo se alongó a territorios más allá, sin que se percibieran lejanos o prohibidos. Fue entonces que las manos se aventuraron por las orejas, la nuca, el cuello y el pecho, devolviendo precisos aspectos y dimensiones. En el entorno a ellos, se podía presentir que otros -más adelantados- acompañaban su extrovertida actitud con jadeos, conjugando texturas y aromas.  Todo en completo silencio de voces, flotando en el limbo de sus instintos.


    La percepción era un tenue cosquilleo que recorría los cuerpos como una nutriente espontánea que florecía los sentidos. Lo mágico era la fusión de ondas -de diversas intensidades- interactuando en una danza perfecta y armónica. Junto a los instintos primitivos de la atracción, la curiosidad y las más extravagantes fantasías. Con todo eso, la mística de una niebla impenetrable componiendo un irresistible impulso de continuidades sin límites.


    Al cabo de un momento pareció que esos impulsos podían transmitirse e interconectarse a través de las diminutas gotas que componían el aire. Fue entonces que una masa informe de espectros se abocó a una comunicación cuasi física y comenzó a interactuar como en una preconcebida clase de expresión corporal: descomponiéndose primero para presentirse luego; reconocerse y prodigarse
caricias sin la advertencia del tiempo y el espacio. 


    Una leve brisa espabiló por un momento los sentidos; ahuyentó levemente el instinto. Pero a los pocos segundos, en perenne búsqueda,  volvieron a aquella composición del equilibrio. Sólo cuando la brisa fue un golpe repentino y prolongado, se dio el despertar. Las manos cesaron cuando alguien al fin habló llamando a esa brisa, viento. Seguidamente comenzaron a formarse remolinos que fueron elevando el grosor de la nube y poco a poco se amplió el campo visual de los allí reunidos. Antes de eso, recobrado el movimiento y el murmullo y la geometría de las cosas, cada pieza fue extraviándose de su sitio para ocupar su antiguo lugar. Los más, a medida que les volvía su sentido de la visión y junto con ella su razón y ubicuidad,  se sumerg
ían en la espesura de sus propias limitaciones. 
 
   
Recobrado el movimiento y el completo desconocimiento del otro, la voz de un voluntario de la defensa civil, desde algún sitio en la profundidad de la niebla aún, anunció que ésta, cesaría al cabo de una hora.

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