Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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¿Nadie muere en las vísperas?
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Marcelo D. Ferrer
       Saltó de nalgas sobre la tapa de la valija y arrastró los cierres a cada lado hasta que logró juntarlos entre sus piernas.

        -- ¡Me hartaste! Me estupidiza hablar siempre de lo mismo y que no entiendas nada.
        Se bajó de la valija y la asió con visible nerviosismo, la puso contra una pared en la salita.
        
        -- ¡Me voy! Me cansé de hablar con neuronas depresivas y muertas. Y esto tiene que ver con la amistad. Ya no me considero tu amiga. ¡No puedo! Imposible ver amistad entre tanto egoísmo. Tooodo tiene que ser como vos querés... ¡tooodo! Si no, la princesa, se deprime... La princesa, llora, ¡basta!
       
        En posición fetal sobre el sillón de la salita, Matilda, sollozaba y escuchaba la airada despedida de su compañera de cuarto. Iba a lamentar que se fuera. Jorgelina era su única amiga y tenía razón. Odió el darse cuenta de sus errores en medio de una crisis. Pero era orgullosa, eso le hacía porfiar sus puntos de vista hasta que la paciencia de Jorgelina llegaba al límite de la tolerancia. Como hoy. Sólo que... Jorgelina jamás había hecho sus valijas antes. Y lo que era aún peor, ella había tirado la ropa dentro sin preocuparle que se arrugara... Todo un signo de su determinación.
       
        -- Por la noche, ni bien tenga un lugar donde alojarme, paso a buscar la valija. 
 
       El golpe de la puerta contra el marco le indicó a Matilda el nivel de la ira de su compañera. Quizá, por la noche, cuando volviera ella por la valija, estuviera más calmada y pudiera pedirle perdón.

       En la vereda Jorgelina se detuvo y respiró profundo, sentía pena y arrepentimiento. Quizá, por la noche, cuando volviera por la valija, más calmada, le pediría perdón.


... - ...


        El remis se detuvo y el chofer encendió la luz interior, Jorgelina ya tenía no obstante el dinero preparado para pagarle, descendió del vehículo y miró hacia la planta alta. Una sombra pasó rauda cerca de la ventana y a los pocos segundos la luz del cuarto se apagó. Como en otras oportunidades en que Matilda permanecía montada sobre su orgullo,  de seguro fingiría estar durmiendo para no hablar. -- ¡En fin! -suspiró-.

        Con sigilo, haciéndose parte de la comedia, abrió la puerta del departamento para tomar la valija que había dejado en la salita esa misma tarde. Contuvo el impulso de encender la luz para  desenmascararla y así decirle algunas verdades más, pero no tenía el menor sentido hacerlo... Así que tomó su valija y se marchó.

        8.30 sonó el celular. Lo tanteó con los ojos cerrados por sobre la mesita de luz y se incorporó en la cama para atender. El identificador detecto el número de Matilda. Una sensación de inquietud se mezcló con la saturación del día de ayer al recordar los vaivenes en el carácter de su compañera.

        --¿Hola?
        --¿Es usted Jorgelina Burgos?
        --Si...
        --Soy el sargento Montero y debería hablar con usted ahora mismo, ¿dónde se encuentra?
        --Señor Montero, esta llamada desde el celular de mi amiga hecha por usted...
        --Señorita: siento decirle que hay motivos para su alarma, ¿en que sitio se encuentra?
        --En una pensión: calle Viamonte 363.
        --En segundos un patrullero pasará por usted, le ruego venga donde yo estoy.

        El auto se dirigió al lugar en el que por dos años había convivido con Matilda. En las inmediaciones deambulaban una decena de policías cerca de varios móviles con sus luces de techo encendidas. También había una ambulancia. La barbilla le comenzó a temblar preludiando el llanto. Jorgelina se aterró.  
 
       Un oficial le abrió la puerta para que descendiera. Alguien más la tomó por debajo de una axila al ver que sus piernas le temblaban. 
 
       --¿Matilda está... ?
        --Lo lamento mucho, -Dijo solemne el sargento Montero- la han asesinado. Jorgelina no pudo contener el vómito. 
 
        --Es preciso que entre con nosotros a la habitación, hay algo que quizá usted pueda aclararnos.
       
        La puerta de entrada al cuarto estaba vallada con una faja roja, el sargento la levantó para que ambos pudieran entrar. Más allá de la salita de entrada, trasponiendo la arcada, todo era un revoltijo. El sargento la condujo lentamente hacia la habitación donde se encontraba su cama y la de Matilda. En el centro, un bulto bajo una sábana revelaba la forma de un cuerpo que parecía estar en horrible contorción. Por un extremo del bulto se asomaba una mano pequeña ensangrentada. Nuevamente tuvieron que sostenerla. Le pidieron que mirara el espejo sobre una de las paredes. Allí, el asesino había dejado una leyenda con la propia sangre de su víctima. Jorgelina levantó la cabeza y leyó:

    " Si hubieses encendido la luz, también estarías muerta. ".

 

 


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