¿Es cara
la carne o es bajo el salario?
Por Marcelo D.
Ferrer
Si las finanzas públicas hubieran
acompañado el esfuerzo de la población, a esta altura, a
cuatro años de la devaluación, el fisco no dependería ya
de la recaudación por retenciones a los exportadores,
con lo cual, nuestros gobernantes, no estarían obligados a
mentir descaradamente diciendo que la subvaluación del peso
-y del trabajo; esto no lo dicen- es para mejorar la
competitividad del país e incentivar la inversión y la
ocupación.
La competitividad del país se logra con
eficacia fiscal, que no es otra cosa que el hacer
cumplir las leyes al menor costo posible para los
contribuyentes y el de propender con políticas adecuadas a
la más equitativa distribución del ingreso.
Se logra con mano de obra idónea,
invirtiendo en capacitación o fomentando la actividad
privada en ese sentido.
Con infraestructura suficiente para
que las empresas puedan ubicarse cerca de los recursos y
transportar en forma segura y a costo razonable sus productos.
Con un relacionamiento armonioso
con la comunidad internacional que es el lugar donde residen nuestros
clientes e inversores; con un tratamiento serio y
respetuoso de ellos, que a través de la permanencia en
los negocios con reglas claras y estables, los invite a
expandir su volumen.
Saben nuestros actuales ineficaces
administradores de la cosa pública que se requiere
autoritarismo para dualizar al empresariado a una
mentalidad fronteras afuera y otra mentalidad fronteras
adentro.
Una economía devaluada obliga a eso; o,
a ejercer el autoritarismo para controlar las tensiones
sociales que provoca su inequidad.
Porque la cuestión es clara: el
empresario vende sus productos en el exterior a precios
internacionales con el beneficio de pagar los insumos a valor doméstico
devaluado.
El error consiste en pensar que todos
los empresarios deberían ser nativos y nacionalistas, y que
ese nacionalismo los debiera obligar también a subsidiar
la ineficacia del estado; a ocupar su rol, en cierto
sentido.
No es cara la carne, es bajo el salario.
Y es bajo el salario para comprar carne
(y para curarse y educarse) porque a través de un dólar
sobrevaluado el estado recauda para financiar la ineficacia
que hace incompetente a la economía, que cierra
mercados, que aleja a la inversión productiva -aunque no la
especulativa-.
El estado usufructúa el poder
adquisitivo del contribuyente al recaudar desde donde más le
duele a la economía: el salario.
Por supuesto que este presidente jamás
lo admitirá; mucho menos su ministra de economía que nada más
contribuye haciendo acto de presencia.
Porque para este presidente es
funcional la pobreza y el resentimiento que la pobreza
engendra, puesto que eso, no es ni más ni menos que el ABC del
populismo demagogo que practica.
La demagogia requiere de dos elementos
fundamentales -al menos-: un enemigo (los productores de
carne) y muchos crédulos (gran parte de nuestro pueblo).
El enemigo puede no ser el mismo siempre; en cuanto a los crédulos,
lo ideal es que aumenten.
El objetivo es demonizar a alguien y
convencer a los crédulos "que son ellos" los que
usufructúan su bienestar (y no el estado quedándose con
parte de su salario).
Es indispensable no educar a los crédulos
y de cuando en cuando regalarles algo, decirles cuánto uno
los quiere... y que Dios los bendiga.