Sadelas

 Sociedad Amigos de la Salud

NEOSOCIALISMO UTÓPICO

Manuel C. Martínez M.

Mucha tinta derramaron los estudiosos de la problemática sociológica, quienes como  hombres de buena voluntad la invirtieron buscándole fallidamente  una explicación a/y las causas de las crónicas injusticias sociales, de la desigualdad económica con sus oprobiosos extremos de opulencia desmedida y avasalladora en unas pocas y contadas personas, terrestres y  de carne y hueso, y pobreza en diferentes medidas sufridas por la mayoría de sus connaturales, de sus compatriotas, de sus connacionales, y, lo que es más grave e imperdonable, una pobreza sufrida por  las mismas personas a quienes se les va la vida sirviéndoles a los primeros y reciben de estos como contraprestación su hundimiento irremediable en las arenas movedizas del oscuro hueco donde le toca moverse   al asalariado medio. (Cfr. mi Sadelas: # 113, Los embustes de la   Economía Burguesa).

Ahora, cuando la Globalización arrasante e indeteniblemente nos vislumbra la cristalización de la *profecía* marxiana, acerca de la autoextinción del sistema burgués, detonada por una tasa decreciente de ganancia media internacional que ya no podrá dará cuenta de la conservación de las ingentes riquezas atesoradas en unas pocas manos, estacionarias e inempleables para el industrial de ahorita, entonces, surgen ahora nuevos epígonos, nuevos *magos de la cosa pública*, y   echando manos de toda la carga teorética especulativa y subjetiva, de su mera  prédica moralista  que caracterizó a los socialistas utópicos del temprano  siglo XIX, y con ellos se viene configurando una especie de NEOSOCIALISMO UTÓPICO.

Tal neosocialismo  utópico (irrealizable)  consistiría en solicitar, rogar, implorar y vender la idea de que los dueños actuales de la riqueza industrial pudieran suavizar  sus apetitos de ganancia, que es tanto como pedirles que  renuncien a la sacrosanta Ley  del Capitalismo imperante: *Máxima ganancia con cargo a mínimos  costes*.

Por ejemplo, los salarios mínimos que tanto fruto económico y político le garantizan al industrial, al comerciante y a los  administradores de la cosa pública, son una clara expresión de que los salarios deben ser mínimos en el más estricto sentido de la palabra, y que otros salarios superiores ya caerían en el terreno de la  riqueza comercial, en tanto y cuanto sólo podrán mejorar de  posición económica , más allá de ese mínimo vital, dentro de este sistema, quienes hagan suya y coadmitan la explotación de sus respectivos patronos, que es tanto como *aburguesarse*, o sea,   hacerse coexplotadores de sus mismos compañeritos de clase asalariada.

Y si los socialistas utópicos  decimonónicos no llegaron al meollo del asunto porque negaron o no percibieron de partida la coexistencia de clases sociales, los neosocialistas  de ahorita  basan su defensa de otro socialismo no menos utópico  en los fracasos del ensayo socialista científico de los rusos, sin ni siquiera pasearse por  la causa de su desmoronamiento prematuro.

Es claro, para algunos, que el industrial capitalista impidió   que ese primer ensayo de socialismo científico, que no utópico, prosperara como aconseja la ciencia de la Economía, la que no es vulgar o pulperosa propia de mercachifles, ni epígona del capitalismo. Y como ese muerto no tiene ahora un doliente económicamente poderoso, y como quiera que la problemática de la injusticia social crece sin medida y se globaliza, los nuevos socialistas utópicos se aprestan para embobalicar a las  grandes y analfabetizadas masas con la engañifa de que podríase   vivir en paz, *los ricos y los pobres*, los patronos y los asalariados, clases estas con radicales e inzanjables diferencias culturales, económicas, ínsitas o reciclada y generacionalmente engendradas por el mismo sistema que les sirve de piso, cual sisifoana maldición.

Otrora no hubo forma de desligar a los *socialistas utópicos* de ese siglo de que el problema nos es de trabajadores y no trabajadores, de empleados y desempleados, de laboriosos y ociosos, sino entre clases económicas, una que vive a expensas de la otra que es la única constituida por trabajadores (unos mejor pagados que otros, pero en común explotados todos ). De manera que  siempre será utópico o demagógico pretender resolver los problemas que engendra el empresarismo burgués mediante la conseja que este a sí mismo se autodespacha.

Este  neosocialismo utópico, llámese como lo usted lo desee, sólo  busca oxigenar al decadente sistema burgués, y para ello  recurre a las prédicas morales  de todos los más connotados sociólogos subjetivistas del siglo XIX (Víctor Hugo, por ejemplo), quienes, armados de buena voluntad, desconocieron que los hombres se habían diferenciado desde hace milenios no sólo por el color de su tez, de su cultura y  de sus logros tecnológicos, sino que fundamentalmente se hallan irreconciliablemente divididos en explotadores,  amantes de la propiedad individual e individualizadora, y trabajadores, explotados que jamás podrán aspirar a una sociedad más justa para todos, ya que quienes, desde la condición de trabajador logren  salir del *hueco de la pobreza* lo hace forzosamente para convertirse en nuevo explotador de  los mismos trabajadores que hasta poco antes lo acompañaban en la nómina de de cobranza para los 15 y últimos de cada mes.

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