189_28_09_KK4                                                           Manuel C. Martínez M.

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Curiosidades judaicas

 Como lego y seglar  en estas tradiciones, y con todo el respeto que   merecen sus creyentes, sus adoradores varios y toda la población musulmana que honra y y festivamente se alumbra con las luces de sus emblemáticas MONORAHS, trazo a continuación una hipótesis personal de la curiosa planitud de la copa del árbol simulado con este siempre e interesante  candelabro.

Si las menorahs representan físicamente un árbol oriental(?), tenemos que darle explicación a sus recortada copa, en su parte capital, comúnmente llamada *copito*. Se oye decir, por ejemplo: Fulano estaba encaramado en el copito del mamón; con ello aluden a la parte cuspidal de ese  cítrico en cuestión.

Estamos acostumbrados a mirar y observar árboles de copa esferoide  o cónicas con mayor   o menor agudeza para sus lados superiores. La planitud de las menorahs me recuerda, aunque a  la inversa,   los   suculentos árboles y arbustos que las  jirafas  y demás rumiantes afines suelen podar niveladamente mientras van dando cuenta de todo el follaje inferior que su  estatura les permita.

Por eso, cuando observamos una merorah con sus siete quinqués nivelados cual horizonte marino no podemos menos que deducir que se trata de un artilugio bien montado, que, de otra manera, sus alumbrantes luces competirían entre sí, y terminarían por desunir lo que de partida y teóricamente busca integrarse: la fiesta de todos ellos, para todos y con energía creciente y correspondiente a: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho fotones de mágicos, titilantes, armoniosos  y automáticos brillos.

El caso es que resulta impráctica la colocación de velas escalonadas a ambos lados de cualquier artilugio ad hoc, salvo que estén tan separadas que ya no podrían conjugar sus luces, y que perderían el  encanto buscado con esa curiosa, religiosa y arcana batería  de eficaz alumbramiento nocturno desde antes de Édison y aun  después del mismo.

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 188_28_09_KK4                                                                                Manuel C. Martínez M.

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Los favoritos de Dios

Desde las primeras impresiones tipográficas de los relatos bíblicos, y desde más atrás ciando privó la historia de viva voz, la demografía del mundo terrenal nos aparece destacadamente partida en dos grupos no necesariamente iguales entre sí; sólo las mitades, los tercios, etc.,  logran determinado  equilibrio numérico entre sus respectivas particiones.

Esta realidad divisionaria sufrida por  quienes supuestamente tienen un origen ancestral remotísimamente común debe tener explicaciones más o menos racionales y desapasionadas, más o menos especulativas,y en el este caso cercano debido a la impenetrabilidad de las causas últimas y las ínsitas limitaciones con las que venimos al mundo.

De entrada, una notoria y connotada clasificación poblacional  es  la oprobiosa  aparentemente división humana entre ricos y pobres. Obsérvese que prejuiciadamente citamos según el orden de poder material donde nos desenvolvemos hasta ahora, pero nada nos priva para  darle un giro y poner en primer plano  las pesadas mayorías de los misericordiosos, a los pobres y abandonados de Dios.

Decimos aparentemente oprobiosa  porque es innegable que todos queremos ser muy ricos, y nadie quisiera ser pobre o continuar con ello. Sigamos:

Entonces nos preguntamos: ¿por qué ese abandono divino para unos y máxima premiación para otros? ¿qué nos mantiene en el profundo e insondable hueco de la pobreza?

Previamente, nos detendremos en la división de los pobres y de los ricos, de cara a la separación entre  sus aspectos meramente materiales, tangibles y cognoscibles por cualquier mortal de cromosomas completos, y  sus contrapartes,  las personalidades que nos permiten desenvolvernos en lo moral, educativo, y solidario.

Se nos ha explicado y educado en una escuela que habla de pecadores, de inicuos,  y de respetuosos y  bondadosos, con absoluto deslinde de su  estatus económico. Digamos que hay pobres y ricos que han venido dando mucho de sí, y los hay que ora  han tomado mucho de las pertenencias de terceros,,ora se niegan a reconocer su pobreza y luchan por la hipotenusa del camino fácil y sin mayores exigencias espirituales. 

Y concluimos en que Dios tiene una lista de favoritos que pudiera estar configurada con quienes han ganado su gracia. Una primera recomendación que se nos ocurre es que primeramente reconozcamos nuestra condición de pobres, ya que en estricto orden de aparición primero está la penuria, la escasez, la ausencia de riqueza en cúmulos.

 Visto así, cuando empecemos por reconocer nuestras propias limitaciones podríamos estar aprendiendo el lenguaje de Dios, para hacernos ricos merecedores de sus favores, lo que no significa que los ricos sean sus elegidos a priori, a menos que estos dejen de ser tan *pobres*y  pecaminosos como aquellos pobres que arrastran su pesada carga de  egoísmos, de lucros indebidos, de  envidia y  del diabólico terror  y temor a ser n pobres. Cosas así.

El tema. lo sé, ha sido plantado desde hace mucho tiempo. No pre3tendemos crear nuevas hipótesis, pero sí reconocer y divulgar que mientras no pisemos tierra terrenal y abroguemos por un poco de misericordia, seguiremos siendo pobres y no entraremos en la citada  lista de los favoritos de Dios.

 

 187_28_09_KK4                                                                                Manuel C. Martínez M.

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Las coordenadas bíblicas

Ptolomeo, Brahe, Kepler, Copérnico, Galileo (ciego de tanto mirar   el universo), Colón (más pela'o que rodilla 'e chivo), Magallanes y tantos otros famosos navegantes y estuiiosos del globo terráqueo, todos en sus distintos tiempo se valieron de variados instrumentos tecnológicos como las breújulas, rosa naútica, astrolabios sextantes, mapas y mapitas,.sólo que todos se movieron en un plano bidimensional, valga la reddundancia.

Cuando nos movemnos sobre la Tierra, lo hacemos necesariamente en tres inevitables dimensiones.

(se completará después).

 186_28_09_KK4                                                          Manuel C. Martínez M.

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Bolas Chinas en movimiento orbital

Secretos  de la inteligencia formal

(Hipótesis)

Hemos venido elucubrando sobre el origen recóndito  que podría dar cuenta  de la diferenciación cuantitativa imperante  entre los   conciudadanos del mundo en materia de *inteligencia*, abstracción hecha de rasgos  étnicos, económicos o culturales que pudieran coadyuvar con esa variable. Conste que no dudamos de la inteligencia común de los seres humanos.

De entrada, es bueno observar la etología cognoscitiva de muchos animales. Del caballo, por ejemplo, se dice que obra  maravillas, y hasta sirve de mofa a muchos seres mejor dotados en la escala zoológica. Nunca he tenido uno bajo mi observación directa, pero sí muchos perros y perritas: Mi Irlanda, mi Paipo, mi Jaspita, mi Monona, mi Lucky, mi recordatísima Edil. Todos han dado demostraciones de saber desenvolverse excelentemente.

¿Qué explicaría, groso modo, esa *inteligencia* animal? Podría ser su innata capacidad para no distraerse con tantas influencias externas  de encantadoras manifestaciones externas a nuestra pelleja. Pero, Sociólogos Psicólogos y Psiquiatras y Filósofos  están contestes en que la realidad de afuera recibe mandatos de nuestro propio ego, y este de aquella.

 El hombre, por el contrario, vive rodeado de fuertes y poderosos atractivos de los que muy difícilmente puede abstraerse. Entre mis anécdotas como profesor universitario está aquella  sesión de clases cuando me vi  obligado a girar en 180 grados el mobiliario y  a sus correspondientes usuarios. La puerta del salón era una pantalla donde  a cada minuto,  cual pasarela sin fines de lucro, desfilaban preciosos y tentadores especimenes de ambos sexos.

La concentración del alumno ha sido exigida como requisito sine qua non para una mejor y más pronta asimilación de los temas tratados por el docente de marras. Y ha funcionado bien.

Entonces, podemos aventurarnos a disparar la siguiente flecha: La capacidad intelectiva de todo ser humano, estadística y medianamente  hablando, es de partida  igual para todos. Sólo que hay personas con una mayor sensibilidad genérica para reaccionar ante las variables de su entorno y sus polivalentes     manifestaciones.

 Ante ese escenario de múltiples y paralelos fenómenos y actores, el cerebro de cada quien se ve conflictuado en mayor o menor grado, para unos y otros, de tal manera que un buen método para *sobreinteligenciarnos* sería la el aislamiento o congelación  de todas las variables o sucesos menos uno, para que sea este el que máximamente nos polarice toda nuestra potencial capacidad de observación, de inferencias, comprensión y demás acciones constituyentes de lo que solemos llamar inteligencia.

De Perogrullo, la inteligencia es una variable más que se mueve entre los distraídos lunáticos y los geniales de aposentos cerrados con olor a probetas y demás parafernalias  propias de la investigación tecnocientífica, razón por la cual nadie puede emprender con éxito ninguna tarea sino pone de su parte, mediante una  máxima concentración en lo que aisladamente nos propongamos conocer y dominar.

De allí que si bien el azar (Cfere. Sadelas:  El clonaje antiidiotas) daría cuenta de nuestra variada composición neuronal en el  tablero de la  carga genética, una   sensibilidad dependiente de nuestras recónditas  endocrinas nos potenciaría  en más o en menos para el buen, regular, excelente o pésimo empleo de nuestra inteligencia formal, mediante la sana administración y advertencia del polarizante  magnetismo propio de los estímulos circundantes. 

 

 

 185_28_09_KK4                                                                                Manuel C. Martínez M.

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Los vestidos no hacen la belleza

Desde que apareció el vestido de verano, y con ellos los diferentes y cambiantes vestidos que han engalanado el cuerpo de todos nosotros, mujeres, hombres y niños, más que por razones climáticas han privado las de carácter frívolo, y eso no es del todo despreciable, pero debemos considerar hasta qué punto esa vestimenta y ese calzado nos embellece, o somos nosotros los que vitalizamos y embellecemos a esos trapos y cueros de mutante presentación.

El inolvidable  cronista español Julio Camba citó en una de sus siempre extraordinarias entregas el caso : *Sobre las mujeres-Penagos*. Allí apreció  Camba que era tan  difícil reconocer en los lienzos del pintor a las modernizadas y revestidas y enzapatadas madrileñas como reconocer en estas las pinturas de aquél. Porque ora Penagos las modeló, ora P. las creó tal como iban acomodándose a las modas de la alta, mediana y baja costura, según se inspiraban en la rica pinacoteca de sus creaciones.

Es que cuando observamos las artificiales bellezas del hombre vestido y calzado, así como las de   sus contratrapartes; cuando se nos priva de ver in situ con la transparencia  e in púribus ,   pies, bustos, caderas, brazos, muslos, cabezas y etc.,  debido a las preciosas y atractivas coberturas cual pieles exógenas, de  pertenencia ajena e incorpórea, caemos en   cuenta de que no necesariamente la belleza que exhibimos pertenece al vestido o al calzado, sino que tal  belleza nos pertenece   por naturaleza propia, y que  la atribuida a aquellos son más bien préstamo o proyección de esta.

Inferimos, pues,  que hombres y mujeres están predotados de belleza de una belleza  subyacente y que ni el  vestido ni el calzado tienen belleza per se.

 184_ La Falacia Del Progreso BurguEs

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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