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La lengua inglesa: empíricamente mercantil, y lengua hispana, teóricamente improductiva
Manuel C. Martínez M.
La productividad de la lengua inglesa, particularmente la americanizada, tiene, frente a otras, como la Española, el encanto de su incuestionable productividad, su fuerza activamente pragmática, su cortedad de reglas escriturarles y fonéticas y, sobre todo, su amplia elasticidad de uso. Y en esto los anglosajones nos llevan una morena.
Observemos que, gracias principalmente a Andrés Bello, la lengua castellana puede ser hablada, escrita e interpretada por sus interlocutores sólo a partir de una estricta reglamentación que guía a sus parlantes y escribientes sin temor a equívocos, salvo aquellos casos de elevada configuración semántica y dilatado acervo lexicográfico, y , en principio, esto no es malo, diletantemente hablando. Cierto también que se trata de reglas asequibles hasta por niños de corta edad, pero sustancialmente terminan traduciéndose en frenos productivos de largo alcance para dichos parlantes y escribientes.
Fruto de esa minuciosa y puntillosa reglamentación, y academizada con rango de Ortografía por la Real Academia Española desde hace bastante tiempo, es su bajo rendimiento comercial, en tanto que cada palabra suya, cada enlace oracional y cada una de sus frases se halla permanentemente asfixiada por cuanta disposición de uso se recoge en sus Diccionarios y Ortografía ad hoc. Y esta es su mala contraparte.
El punto es que la lengua inglesa es perfectamente asequible fonética y escrituralmente mediante su audición, lectura y escritura para cada uno de sus fonemas, lemas, lexemas y afines, con sujeción a pocas normas de construcción gramatical, cuya práctica misma da cuenta de las diferentes contextualizaciones que de su empleo eche manos el usuario de habla inglesa. Se aprende de oídas, mientras para la española se requiere de su ampulosa carga teórica y reglamentaria.
Cuando un hispanoparlante se dispone a hablar o escribir en su lengua, primeramente es gobernado mentalmente por determinadas e inviolables leyes de pronunciación, y le ocurre otro tanto cuando se dispone a plasmarlas por escrito. A diferencia del parlante y escribiente inglés cuyo empleo es marcadamente más veloz, al hallarse más liberado de esas ataduras gramaticales que tanto abundan en la feudalizada lengua española.
Ocurre que ineluctablemente antes de pensar y actuar solemos hallarnos reglamentados por la literatura gramatical que sistemática o empíricamente hayamos adquirido. El trabajador anglosajón está muchísimo menos atado a dichas reglas, y para él todo esto se traduce en una mayor productividad industrial, mientras dicha productividad resulta muchísimo menor para los de habla hispana. Digamos que el productivo y rendidor pragmatismo tecnocientífico del inglés y afines viene dado por su lengua misma, mientras la conducta económica rezagada del español, por su teorética manera de fabular y escribir.
De resultas, cuidado si los artesanos analfabetos de habla hispana piensan y actúan con una mayor velocidad que sus académicos, leídos y universitarios paisanos, aunque estos tienden a quedarse cortos ante sus colegas anglosajones.
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