Magisterio de la Iglesia
San Bernardo
GRANDEZAS
DE MARÍA
Capítulo Primero
MARÍA LA ESCOGIDA
DEL SEÑOR (Cont)
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Y aunque durante muy largo
tiempo pareció que no se daba por entendido el Padre de las
misericordias, a fin de satisfacer entretanto al celo de la justicia y de
ia verdad: sin embargo no fue infructuosa la importunidad de las
suplicantes, sino que fueron oídas en el tiempo oportuno.
Tal vez se puede creer que instando ellas mucho, las dio esta respuesta: ¿hasta cuando durarán vuestros ruegos? Soy deudor también a vuestras hermanas la Justicia y la Verdad, a quienes veis dispuestas para hacer venganza en las naciones: que sean, pues, llamadas a consejo, que vengan y conferenciaremos sobre el particular. Se apresuran los nuncios celestiales a cumplir esta orden, pero al ver la miseria de los hombres y la plaga cruel que les aquejaba, lloraban amargamente, como habla el Profeta, los nuncios de la paz(18). ¿Quiénes más fielmente buscarían y rogarían lo que condujese a la paz, que los ángeles de la misma? Y puesta de acuerdo con su hermana la Justicia, acudió a la cita la Verdad el día señalado, pero subió hasta las nubes, no todavía brillante, sino algo obscurecida y anublada por el celo de la indignación. Y sucedió lo que el Profeta dice: Señor, en el cielo está vuestra misericordia y vuestra verdad llega hasta las nubes(19). Sentado en medio de las dos el Padre de las luces, una y otra alegaban los argumentos que creían más convincentes. ¿Quién te parece que mereció asistir a este coloquio, para que pueda decirnos lo que pasó? ¿Quién lo oyó y nos lo podrá contar? Tal vez son cosas inefables y no es permitido al hombre hablar de ellas. Pero el resumen de toda la controversia parece haber sido el siguiente: Necesita de conmiseración la criatura racional, dice la Misericordia, porque se ha hecho mísera, miserable en gran manera. Llegó el tiempo de compadecerme de ella, sin que sea posible dilatarlo para más adelante. Y replicaba a ésto la Verdad: Señor, que se cumpla la palabra que Vos pronunciasteis. Es preciso que muera Adán enteramente, con todos los que estaban con él el día que pisoteando vuestro mandato, comió la manzana prohibida. ¿Para qué, dice la Misericordia, para qué, Padre, me habéis engendrado, si tan presto he de perecer? Sabe la misma Verdad que vuestra piedad perecería, quedando reducida a la nada, si alguna vez no os compadecieseis de las miserias del hombre. E insiste a su vez la Verdad resueltamente: ¿quién ignora Señor, que si el trasgresor evita la sentencia de muerte que está promulgada contra él, perecerá para siempre vuestra verdad y no durará eternamente? Mas he ahí, que uno de los Querubines sugiere la idea, de que todas las litigantes comparezcan ante el Divino Salomón: porque al Hijo se le ha dado toda la potestad de juzgar, dice el Señor(20). Y así se hizo en efecto: juntáronse en presencia del Hijo divino, la Misericordia y la Verdad, alegando cada cual en su favor las razones antes indicadas. Confieso dice la Verdad, que la Misericordia tiene buen celo, pero ojalá fuera conforme a la prudencia. Ahora, ¿con qué razón juzga que se haya de perdonar al trasgresor más bien que atenderme a mí que soy su propia hermana? Y tú, le replica la Misericordia, ni a uno ni a la otra perdonas, sino que te enardeces con tanta indignación contra el trasgresor, que envuelves con ella a tu hermana juntamente. ¿Qué mal te he hecho yo? Si tienes algo contra mí, dímelo: y si no ¿por qué me persigues? ¡Grande controversia, en verdad, disputa sobremanera intrincada! ¿Quién no diría: mejor que este hombre no hubiera nacido? Así era: no parecía posible que en lo relativo a la salvación del hombre pudieran llegar a un acuerdo la Misericordia y la Verdad: tanto más, cuanto que ésta dirigiéndose al Juez, le hacía notar que el agravio de que ella fuera víctima resultaría desfavorable al mismo Juez; e insistía en que a todo trance era necesario que la palabra de su Padre no quedara frustrada, y que por ningún pretexto debía quedar letra muerta aquélla palabra viva y eficaz. En esto interviene la Paz: dejaos, os ruego, de discusiones, cese vuestro altercado: que es indecoroso contender entre sí las virtudes. Y mientras tanto, inclinándose el Juez, con el dedo escribía en tierra. Las palabras de aquélla Escritura, que la Paz iba leyendo en alta voz a medida que el Señor las trazaba, por estar sentada más cerca de El, eran éstas: La Verdad dice: pereceré yo si no se ejecuta la sentencia dada contra Adán: y la Misericordia replica: Estoy perdida si no consigo que se apiaden de él: pues bien, establezcamos una muerte buena y santa, con lo cual una y otra habrán obtenido lo que piden. Todos se pasmaron al oír las palabras de la Sabiduría eterna, al oír aquel arbitrio que era composición y sentencia al mismo tiempo: pues era manifiesto que no se las dejaba ocasión alguna de queja, con tal de que se pudiese hacer lo que una y otra pretendían: esto es, que muriese el hombre y juntamente consiguiese misericordia. Pero, ¿cómo, dicen las dos, se podrá conseguir ésto? La muerte es cruelísima y amarguísima la muerte infunde a los mismos oídos espanto y horror. ¿De qué modo podrá hacerse buena? La muerte de los pecadores, dice el Juez, es pésima, pero la muerte de los Santos puede hacerse preciosa. ¿Por ventura no será preciosa, si fuere la puerta de la vida y la entrada de la gloria? Sí, contestan; preciosa será entonces: mas ¿cómo se podrá hacer ésto? Será, prosigue el Juez, si hallamos a alguno que, sin deber nada a la muerte, consienta en morir por amor al hombre: porque no podrá la muerte agarrar al inocente, sino que éste como está escrito taladrará con un garfio las quijadas del infernal Leviatán(21); y entonces será derribado el centro de la muralla y se llenará el caos inmenso ahondado por el pecado entre la muerte y la vida. Sin duda el amor, fuerte como la muerte, y aun más fuerte que la muerte si penetrase en el atrio de aquel valiente armado, le atará y saqueará todas sus alhajas y al penetrar abrirá paso en lo profundo del mar del pecado, a fin de que puedan pasar tras él los que por él hayan sido librados. Pareció buena la propuesta, como que era fiel y digna de todo acatamiento. Pero ¿dónde encontrar ese ser inocente e inmaculado que se preste a morir no por solventar una deuda propia, sino por pura liberalidad; no por haberla merecido, sino por puro beneplácito? Sale al punto la Verdad a dar la vuelta al orbe entero y no halla a nadie totalmente libre de mancha, ni aún el niño cuya vida es de un sólo día sobre la tierra. La Misericordia a su vez registra todo el Cielo y aún en los mismos Ángeles encuentra sino la maldad, a lo menos una caridad menor que la que se busca. Sin duda esta victoria estaba reservada para aquel Señor cuya caridad fue la mayor de todas, pues entregó su vida por siervos inútiles e indignos. Porque, aun que el Señor ya no nos llama siervos, esto mismo es efecto de un amor inmenso y de una dignación insigne. Mas nosotros aun que hiciésemos enteramente cuanto nos han mandado, ¿qué otra cosa deberíamos decir sino que somos siervos inútiles?(22). Pero ¿quien presumiría proponerle esto? Incapaces vuelven el día señalado la Verdad y la Misericordia muy acongojadas por no haber encontrado lo que tanto deseaban. y entonces las llama aparte la Paz, y procura consolarlas diciéndoles: vosotras no entendéis nada de este asunto y es inútil que discurráis para solventarlo porque no hay nadie, absolutamente nadie que pueda realizar esta maravilla. Sólo Aquel que indicó el remedio, es capaz de aplicarlo. Entendió el Rey lo que quería significarse con ésto y exclamó: Pésame de haber hecho al hombre(23) Pena tengo, sí, pues a mí me toca tolerar la pena y hacer penitencia por el hombre que yo crié. Mas vedme ahí, ya vengo; no puede pasar este cáliz sin que Yo le beba. Y llamando en seguida al Angel Gabriel: anda, le dice, di a la hija de Sión: Mira que viene tu Rey(24). Apresuróse el Ángel a cumplir este enargo y dijo a María. Oh hija de Sión, prepara tu tálamo porque has de recibir en él a tu Rey y Señor. Y se adelantaron al Rey que había de venir la Misericordia y la Verdad, pues está escrito: La Misericordia y la Verdad irán delante de vuestro rostro(25). Y la Justicia le preparó el trono, según el Profeta que dice: La Justicia y el Juicio son la preparación de vuestro trono(26). Y la Paz vino en su compañía también para que se viera que había sido fiel el Profeta que dijo: Habrá Paz en nuestra tierra cuando El viniere: de ahí es que habiendo nacido el Señor cantaba el coro de los Ángeles: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad(27). Entonces a Justicia y la Paz que parecían estar discordes entre sí, se dieron el beso amistosamente. Pues, a la verdad, la primera justicia, si es que merece tal nombre, que procedía de la ley, no llevaba en sus labios el dulce beso, sino más bien un aguijón, oprimiendo más con el temor que atrayendo por el amor. Por esto no tuvo eficacia para la reconciliación, como la tiene ahora la presente justicia, que viene por la fe en Jesucristo. Porque ¿de dónde procedía, que ni Abraham, ni Moisés, ni los demás justos de aquel tiempo podían recibir en su muerte la paz de la bienaventuranza, ni entrar en el reino de la paz, sino de que todavía la justicia y la paz no se habían dado el beso de la reconciliación? Por eso, debemos amar y seguir la justicia con el más fervoroso celo, pues la justicia y la paz se han dado ya el ósculo de reconciliación, y han establecido entre sí un pacto indisoluble de amistad: de suerte, que cualquiera que traiga consigo el testimonio de la justicia, será recibido con placentero rostro y alegres abrazos por la paz, durmiendo ya y descansando en su regazo dulcemente. Y fue enviado, dice el Evangelista, el Ángel Gabriel por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret a una Virgen desposada con un varón que se llamababa José de la Casa de David y el nombre de la Virgen era María. y habiendo entrado el Ángel a donde estaba le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres. Cuando oyó esto se turbó y pensaba qué salutación sería ésta. Y el Ángel le dijo: No temas María porque has hallado gracia delante de Dios, he aqquí que concebirás en tu seno y tendrás un Hijo y le llamarás Jesús, Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre y reinará en la Casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Y dijo Maria al Ángel: ¿cómo puede ser ésto, si no conozco varón? Y respondiendo el Angel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo, por eso lo Santo que nacerá en Ti será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel tu parienta también ha concebido un hijo en su vejez, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y se retiró de Ella el Ángel(28). MARÍA ADMIRACIÓN DE CIELOS Y TIERRA Fue enviado, pues, el Ángel Gabriel por Dios, a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen despo sada con un varón que se llamaba José. de la casa de David y el nombre de la Virgen era María. 1. ¿Qué fin tendría el evangelista en expresar con tanta distinción los propios nombres de tantas cosas en este lugar. Yo creo que pretendía con esto que oyésemos con negligencia nosotros lo que él con tanta exactitud procuraba referir. Nombra, pues, el nuncio que es enviado, el Señor por quien es enviado, la Virgen a quien es enviado, el esposo también de la Virgen, señalando con sus propios nombres el linaje de ambos, la ciudad y la región. ¿Para qué todo esto? ¿Piensas tú que alguna de estas cosas esté puesta aquí superfluamente? De ninguna manera; porque si no cae una hoja del árbol sin causa. ni cae en la tierra un pájaro sin la voluntad del Padre celestial, ¿podría yo juzgar que de la boca del santo evangelista saliese una palabra superflua, especialmente en la sagrada historia del que es Palabra de Dios? No lo pienso así: todas están llenas de soberanos misterios y cada una rebosa en celestial dulzura; pero esto es si tienen quien las considere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra y aceite del peñasco durísimo. Verdaderamente en aquel día destilaron dulzura los montes y manó leche y miel de los collados, cuando, enviando su rocío desde lo alto de los cielos y haciendo las nubes descender al Justo como una lluvia, se abrió la tierra alegre y brotó de ella el Salvador; cuando, derramando el Señor su bendición y dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pingüe, salieron a encontrarse mutuamente la misericordia y la verdad y se besaron la paz y la justicia. En aquel tiempo también en que este no pequeño monte entre los demás montes, este bienaventurado evangelista, digo, escribió con estilo dulcísimo el principio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, como que, soplando el austro y rayando el sol (le justicia más de cerca, se difundieron de él algunos espirituales aromas. Y ojalá que ahora envíe Dios su palabra y los derrita; ojalá que sople su espíritu y se hagan inteligibles para nosotros las palabras evangélicas, se hagan en nuestros corazones más estimables que el oro y las piedras más preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal. 2. Dice, pues: fue enviado el Ángel Gabriel por Dios. No juzgo que este ángel sea de los menores, quienes suelen ser enviados por cualquiera causa con embajadas a la tierra; lo cual se deja entender claramente en su mismo nombre, que significa fortaleza de Dios; y también porque no se dice que haya sido enviado (como acostumbra hacerse entre los ángeles) por algún otro espíritu más excelente que él, sino por el mismo Dios. Por eso se expresó en el Evangelio que fue enviado por Dios; o quizá por eso se dijo por Dios, para que no se piense que reveló Dios su designio acerca de la encarnación aun a alguno de sus bienaventurados espíritus antes que a la Virgen, exceptuando solamente el arcángel San Gabriel; el cual sin duda tuvo tanta excelencia entre los suyos que fue reputado digno de tal nombre y de tal embajada. Ni deja de haber mucha proporción entre el oficio de nuncio y el nombre del ángel. Porque a Cristo, que es la virtud de Dios, ¿quién mejor le podía anunciar que este espíritu, a quien ilustra un nombre semejante? Pues ¿qué otra cosa es fortaleza, sino virtud? Ni parezca indecente o impropio que el Señor y el nuncio se nombren de un mismo modo, cuando la causa de llamarse ambos con semejante nombre no es semejante en ambos. De un modo se llama Cristo fortaleza o virtud de Dios y de otro modo muy diferente el ángel; el ángel sólo por denominación, pero Cristo substancialmente también. Cristo se llama y es virtud de Dios, que viniendo con mayores fuerzas contra aquel fuerte armado que solía guardar en paz el atrio de su casa, le venció con su propio brazo; y así le quitó valerosamente todas las alhajas que en otro tiempo había hecho cautivas. El ángel San Gabriel es llamado fortaleza de Dios o por haber merecido la prerrogativa de ser encargado de anunciar la venida de la misma fortaleza, o porque debía confortar a una virgen naturalmente tímida, sencilla, vergonzosa, para que no la sorprendiese el pavor a la novedad de tan grande milagro; lo cual hizo él diciéndole: No temas, María; has hallado gracia a los ojos de Dios. Tampoco quizá será fuerza de razón creer que este mismo ángel fue quien confortó y libró de sus dudas a su esposo, varón ciertamente humilde y timorato, aunque no se nombre entonces por el. evangelista. José, dijo, hijo de David, no temas recibir a María por tu, esposa. Oportunamente, pues, es elegido San Gabriel para este negocio; o, más bien, por encargarse a él negocio semejante, se distingue justamente con tal nombre. 3. Fue enviado, pues, el ángel Gabriel por Dios. ¿Adónde? A una ciudad de Galilea, cuyo nombre era Nazareth. Veamos si (como dice Natanael) puede salir de Nazareth algo que sea bueno. A mí se me representan como una simiente del conocimiento de Dios, echada desde el cielo a la tierra, las revelaciones y promesas hechas a los padres Abraham, Isaac y Jacob; simiente de la cual está escrito: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado la simiente, hubiéramos sido como Sodoma y seríamos semejantes a Gomorra. Floreció esta simiente en las maravillas que se mostraron en la salida del pueblo de Israel de Egipto, en las figuras y enigmas misteriosos por todo el camino en el desierto hasta la tierra de promisión y, después, en las visiones y vaticinios de los profetas, en la ordenación también del reino y del sacerdocio hasta Cristo. Pero no sin razón se entiende ser Cristo el fruto de esta simiente y de estas flores, diciendo David: Derramará Dios su bendición y nuestra tierra dará su fruto; y otra vez: Colocaré a tu descendencia sobre tu trono. En Nazareth, pues, se anuncia que Cristo ha de nacer, porque en la flor se expresa el fruto que ha de venir; pero en saliendo el fruto se cae la flor, porque, apareciendo la verdad en la carne, pasó la figura. Por lo cual también Nazareth se dice ciudad de Galilea, esto es, de la transmigración; porque, naciendo Cristo, pasaron todas aquellas cosas que arriba conté; las cuales, como dice el Apóstol: Les sucedían a ellos en figura. También nosotros, que tenemos ya el fruto, hemos dejado atrás estas flores; que, aun cuando estaban en su belleza, se previó que habían de pasar. Por lo que dijo David: Dura un día como el heno, en la mañana florece y se pasa; por la tarde inclina la cabeza, se deshoja y se seca. En la tarde, esto es, cuando vino la plenitud del tiempo, en que envió Dios a su Unigénito, hecho de una mujer, hecho bajo de la ley, diciendo el mismo: Mira que hago nuevas todas las cosas, las viejas pasaron y desaparecieron, así como al romper el fruto, se caen y se secan las llores. Sobre lo cual se halla también escrito: Se secó el heno cayó la flor; mas la palabra de Dios queda para siempre. Creo que no dudas que la palabra es el fruto; pues la Palabra es Cristo. 4. Buen fruto es Cristo, que permanece para siempre. ¿Pero dónde está el heno que se secó? ¿Dónde la flor que se cayó? Responda el profeta: Toda carne es heno y toda su gloria como la flor del heno. Si toda carne es heno, luego aquel pueblo carnal de los judíos se secó como el heno. ¿Por ventura no se secó como el heno cuando el mismo pueblo, vacío de todo jugo del espíritu, se pegó tenazmente a la letra seca? ¿No cayó también la flor cuando aquella gloria que tenían en la ley desapareció para siempre? Si no cayó la flor, ¿en dónde está el reino, en dónde el sacerdocio, en dónde los profetas, en dónde el templo, en dónde aquellas grandezas de que solían gloriarse y decir: ¡Cuántas cosas hemos oído y conocido y nuestros padres nos han contado! Y también: ¡Cuántas cosas mandó a nuestros padres que hiciesen manifiestas a sus hijos! Y esto se ha dicho para exponer aquellas palabras a Nazareth, ciudad de Galilea. 5. A esta ciudad, pues, fue enviado el ángel Gabriel por Dios. ¿A quién? A una Virgen desposada con un varón, cuyo nombre era José. ¿Qué virgen es ésta tan respetable que un ángel la saluda? ¿Tan humilde, que está desposada con un artesano? Hermosa es la mezcla de la virginidad y de la humildad; y no poco agrada a Dios aquella alma en quien la humildad engrandece a la virginidad y la virginidad adorna a la humildad. Mas ¿de cuánta veneración, te parece, que será digna aquella cuya humildad engrandece la fecundidad y cuyo parto consagra la virginidad? Oyes hablar de una Virgen, oyes hablar de una humildad; si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la Virgen. Loable virtud es la virginidad, pero más necesaria es la humildad: aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan; te convidan a aquélla, a ésta te obligan. De aquélla se dice: El que la puede guardar, guárdela; de ésta se dice: El que no se haga como este párvulo, no entrará en el reino de los cielos. De modo que aquélla se premia, como sacrificio voluntario; ésta se exige, como servicio obligatorio. En fin, puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la humildad que llora la virginidad perdida; mas sin humildad (me atrevo a decirlo) ni aun la virginidad de María hubiera agradado a Dios. ¿Sobre quién descansará mi espíritu, dice el Señor, sino sobre el humilde y manso? Sobre el humilde, dice, no sobre el que es virgen. Con que si María no fuera humilde, no reposara sobre ella el Espíritu Santo; y, si no reposara sobre ella, no concibiera por virtud de El. Porque, ¿cómo pudiera concebir de El sin El? Es claro, pues, que para que de El hubiese de concebir, como ella dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva mucho más que a la virginidad; y, aunque por la virginidad agradó a Dios, con todo eso, concibió por la humildad. De donde consta que la humildad fue la que hizo agradable su virginidad también. 6. ¿Qué dices, virgen soberbia? María, olvidada de que es virgen, se gloria de la humildad, y tú, menospreciando la humildad, ¿te glorías en tu virginidad? Miró, dice ella, a la humildad de su sierva el Señor. ¿Quién es ella? Una virgen santa, una virgen pura, una virgen devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a Dios que la de María, para que puedas tú sin humildad agradarle con la tuya, no habiéndole ella, sin esta virtud, agradado con la suya? Finalmente, cuanto más digno de honor eres por el don singular de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti mismo, afeando en ti la hermosura de ella con la mezcla de tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen que hacerte soberbio por la virginidad. No es de todos la virginidad, ciertamente, pero es de muchos menos todavía la humildad acompañada de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar la virginidad de María, procura imitar su humildad, y te basta. Pero si eres virgen y al mismo tiempo humilde, grande eres, cualquiera que seas. 7. Con todo eso, hay en María otra cosa mayor de que te admires, que es la fecundidad junta con la virginidad. Jamás se oyó en los siglos que una mujer fuese madre y virgen juntamente. O si también consideras de quién es madre, ¿adónde te llevará tu admiración sobre su admirable excelencia? ¿Acaso no te llevará hasta llegar a persuadirte que ni admirarlo puedes como merece? ¿Acaso a tu juicio o, más bien, al juicio de la verdad, no será digna de ser ensalzada sobre todos los coros de los ángeles la que tuvo a Dios por hijo suyo? ¿No es María la que confiadamente llama al Dios y Señor de los ángeles hijo suyo, diciéndole: Hijo, ¿cómo has hecho esto con nosotros? ¿Quién de los ángeles se atrevería a esto? ¿Quién de los Ángeles se atrevería a esto? Es bastante para ellos y tienen por cosa grande que, siendo espíritus por su creación, han sido hechos y llamados ángeles por gracia, testificando David: El Señor es quien hace ángeles suyos a los espíritus. Pero María, reconociéndose madre de aquélla Majestad a quien ellos sirven con reverencia, le llama confiadamente hijo suyo. Ni se desdeña Dios de ser llamado lo que se dignó ser; pues poco después añade el evangelista: Y estaba sujeto a ellos. ¿Quién?, ¿a quiénes? Dios a los hombres. Dios, repito, a quien están sujetos los ángeles, a quien los principados y potestades obedecen, estaba obediente a María, ni sólo a María, sino a José por María. Maravíllate de estas dos cosas, y mira cuál es de mayor admiración, si la benignísima dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de tal Madre. De ambas partes está el pasmo, de ambas el prodigio: que Dios obedezca a una mujer, humildad es sin ejemplo, y que una mujer tenga autoridad para mandar a Dios, es excelencia sin igual. En alabanza de las vírgenes se canta como cosa singular que siguen al Cordero a cualquiera parte que vaya. ¿Pues de qué alabanzas juzgarás digna a la que también va delante y el Cordero la sigue? 8. Aprende, hombre, a obedecer; aprende, tierra, a sujetarte; aprende, polvo, a observar la voluntad del superior. De tu Autor habla el evangelista y dice: Y estaba sujeto a ellos; sin duda a María y a José. Avergüénzate, soberbia ceniza: Dios se humilla, ¿y tú te ensalzas? Dios se sujeta a los hombres, ¿y tú, anhelando dominar a los hombres, te prefieres a tu Autor? Ojalá que a mí, si llego a tener tales pensamientos, se digne Dios responderme lo que respondió también a su apóstol reprendiéndole: Apártate de mí, Satanás, porque no tienes gusto de las cosas que son de Dios. Puesto que, cuantas veces deseo mandar a los hombres, tantas pretendo ir delante de mí Dios; y entonces verdaderamente ni tengo gusto ni estimación de las cosas que son de Dios, porque del mismo se dijo: Y estaba sujeto a ellos. Si te desdeñas, hombre, de imitar el ejemplo de los hombres, a lo menos no puedes reputar por cosa indecorosa para ti el seguir a tu Autor. Si no puedes seguirle a todas partes adonde El vaya, síguele al menos con gusto adonde por ti bajó. Quiero decir: si no puedes subir a la altura de la virginidad, sigue siquiera a tu Dios por el camino segurísimo de la humildad, de la cual, si las vírgenes mismas se apartan, ya no seguirán al Cordero en todos sus caminos. Sigue al Cordero el humilde que se manchó, le sigue el virgen soberbio también; pero ni el uno ni el otro a cualquiera parte que vaya; pues ni aquél puede subir a la limpieza del Cordero, que no tiene mancha, ni éste se digna bajar a la mansedumbre de quien enmudeció paciente, no delante de quien le esquilaba, sino delante de quien le mataba. Sin embargo, mas saludable modo de seguirle eligió el pecador en la humildad que el soberbio en la virginidad; pues purifica la humilde satisfacción de aquél su inmundicia, cuando mancha la castidad de éste su soberbia. 9. Dichosa fue en todo María, a quien ni faltó la humildad ni la virginidad. Singular virginidad la suya, que no violó, sino que honró la fecundidad; no menos ilustre humildad, que no disminuyó, sino que engrandeció su fecunda virginidad; y enteramente incomparable fecundidad, que la virginidad y humildad juntas acompañan. ¿Cuál de estas cosas no es admirable? ¿Cuál no es incomparable? ¿Cuál no es singular? Maravilla será si, ponderándolas, no dudas cuál juzgarás más digna de tu admiración; es decir, si será más estupenda la fecundidad en una virgen o la integridad en una madre; su dignidad por el fruto de su castísimo seno o su humildad con dignidad tan grande; sino que ya, sin duda, a cada una de estas cosas se deben preferir todas juntas, y es incomparablemente más excelencia y más dicha haberlas tenido todas que precisamente algunas. ¿Y qué maravilla que Dios, a quien leemos y vemos admirable en sus santos, se haya mostrado más maravilloso en su Madre?Venerad, pues, los que os halláis en estado de matrimonio, la integridad y pureza del cuerpo en el cuerpo mortal; admirad también vosotras, vírgenes sagradas, la fecundidad de una virgen; imitad, hombres todos, la humildad de la Madre de Dios; honrad, ángeles santos, a la Madre de vuestro Rey, vosotros que adoráis al Hijo de nuestra Virgen, nuestro Rey y vuestro juntamente, reparador de nuestro linaje y restaurador de vuestra ciudad. A cuya dignidad, pues entre vosotros es tan sublime y tan humilde entre nosotros, sea dada, por vosotros igualmente que por nosotros, la reverencia que se le debe; y a su dignación, el honor y la gloria por todos los siglos. |
(18) Isaías,
XXXUI, 7.
(volver) (19) Salmo
XXXV, 6.
(volver)
(20)
Juan,
V. 22. (volver) (21)
Job, XL, 19. (volver) (22)
Lucas, XVII, 18. (volver) (23)
Génesis, VI, 7.
(volver) (24)
Zacarías, IX, 9. (volver) (25))
Salmo LXXXIV, 11. (volver) (26)
Salmo LXXXVIII, 15.
(volver) (27) Lucas,
11, 14. (volver) (28) Lucas, I, 26 - 38. (volver)