Magisterio de la Iglesia
San Bernardo
GRANDEZAS DE MARÍA
Capítulo Tercero
MARÍA ORÁCULO DEL ALTÍSIMO
|
Fue enviado, pues, el Ángel Gabriel por Dios, a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón que se llamaba José. de la casa de David y el nombre de la Virgen era María. 1. Que aquel nuevo cántico, que sólo se concederá a las vírgenes cantar en el reino de Dios, le cantará también la reina de las vírgenes con ellas, o, más bien, la primera de ellas, nadie lo duda. Mas yo juzgo que, a más de aquel cantar que (como he dicho) la será común con todas, aunque con solas las vírgenes, alegrará también con otros más dulces y más hermosos versos la ciudad de Dios, cuyas suavísimas y armoniosas voces y melodía ninguna, aun de las mismas vírgenes, será digna de componer o imitar; porque con razón será prerrogativa suya cantarlos sola, cuando ella sola se gloria del parto, y parto divino. Se gloría, he dicho, del parto, no en sí misma, sino en el Señor a quien dio a luz. Verdaderamente, Dios (pues es Dios a quien dio a luz), habiendo de dar a su Madre en el cielo una gloria singular, procuró prevenirla en la tierra con singular gracia, por la cual inefablemente concibiese intacta y diera a luz incorrupta. A la majestad de Dios convenía que no naciese sino de la Virgen, y a la Virgen convenía que no diera a luz a otro que a Dios. Así, el hacedor de los hombres, para hacerse hombre, siendo preciso nacer de una mujer, a aquélla entre todas debía escoger o, más bien, formar para Madre suya, que conocía era decente a El, y sabía que le había de agradar. Por tanto, quiso que fuese virgen para salir de una Madre purísima el que es infinitamente puro y que venía a limpiar las manchas de todos; quiso que fuese humilde, para salir de una Madre tal, el que es manso y humilde de corazón, a fin de mostrarnos en sí mismo el necesario y saludable ejemplo de todas estas virtudes. Dio, pues, a la Virgen parto el mismo Señor que la había inspirado el voto de virginidad y la había enriquecido antes igualmente con el mérito de la humildad. De otra suerte, ¿cómo diría el ángel después que estaba llena de gracia, si tuviera algo bueno que no procediese de la gracia? 2. Para que fuese, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de, los santos, santa en el cuerpo, recibió el don de la virginidad; para que fuese también santa en el alma, recibió el de la humildad. Adornada de estas preciosas piedras la Virgen regia, resplandeciendo con la doble belleza de cuerpo y alma, conocida por su agrado y hermosura en los cielos, se llevó la atención de todos sus ciudadanos, de suerte que inclinó hasta el ánimo del Rey a desearla y sacó al nuncio celestial de las alturas. Y esto es lo que el evangelista nos insinúa aquí cuando muestra al ángel enviado por Dios a la Virgen. Por Dios, dice, a la Virgen; esto es, por el Altísimo, a la humilde; por el Señor, a la sierva; por el Criador, a la de Dios criatura. ¡Qué dignación tan grande ¡Qué excelencia tan grande de la Virgen! Corred, madres; corred, hijas; corred todas las que, después de Eva y por Eva, os acercáis al alumbramiento con tristeza y dais a luz con dolor. Llegaos al tálamo virginal; entrad, si podéis, en el casto aposento de vuestra hermana. Ea, ya envía Dios su nuncio a la Virgen; ea, ya el ángel la habla; aplicad el oído a la pared, escuchad su embajada, por si acaso oís de que os podáis consolar. 3. Alégrate, Adán, padre nuestro; y tú, Eva, madre nuestra, llénate de gozo; vosotros mismos, que así como fuisteis padres, de todos, así fuisteis de todos homicidas, y, lo que es mayor desgracia, primero homicidas que padres, consolaos con esta hija, y tal hija; pero alégrese Eva principalmente, pues de ella primero nació el mal, y su oprobio pasó a todas las mujeres. Porque ya está cerca el tiempo en que se quitará el oprobio, ni tendrá ya de qué quejarse contra la mujer el hombre; el cual, pretendiendo excusarse imprudentemente a sí mismo, no dudó acusarla cruelmente diciendo: La mujer que me diste me dio del fruto del árbol, y comí. Así, corre, Eva, a María, corre a tu Hija; ella responderá por ti, quitará tu oprobio, dará satisfacción a su Padre por su Madre; pues ha dispuesto Dios que, ya que el hombre no cayó sino por una mujer, tampoco sea levantado sino por una mujer. ¿Qué es lo que decías, Adán? La mujer que me diste me dio del fruto del árbol, y comí. Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu culpa en vez de borrarla. Sin embargo, la sabiduría ha vencido a la malicia, pues aunque malograste la ocasión que Dios quería darte para el perdón de tu pecado cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbitrios para borrar tu culpa. Te da otra mujer por esa mujer, una prudente por esa fatua, una humilde por esa soberbia; la cual, en vez del árbol de la muerte, te dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bocado de amargura, te traerá la dulzura del fruto eterno. Por tanto, muda las palabras de la injusta acusación en alabanzas y acción de gracias a Dios, y dile: Señor, la mujer que me has dado me dio el fruto del árbol de la vida, y comí de él; y ha sido más dulce que la miel para mi boca, porque en él me has dado la vida. Mira a lo que fue enviado el ángel Gabriel a la Virgen. ¡Oh Virgen admirable y dignísima de todo honor, ¡Oh mujer singularmente venerable, admirable entre todas las mujeres, que trajo la restauración a sus padres y la vida a sus descendientes! 4. Fue enviado, dice, el ángel Gabriel a una virgen. Virgen en el cuerpo, virgen en el alma, virgen en la profesión, virgen, finalmente, como la que describe el Apóstol, santa en el alma y en el cuerpo; ni hallada nuevamente o sin especial providencia, sino escogida desde los siglos, conocida en la presencia del Altísimo y preparada para sí mismo; guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los antiguos Padres, prometida por los profetas. Registra las escrituras y hallarás las pruebas de lo que digo. Pero ¿quieres que: yo también traiga aquí testimonios sobre esto? Para hablar poco de lo mucho, ¿qué otra cosa te parece que predijo Dios, cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer? Y si todavía dudas que hablase de María, oye lo que se sigue: Ella misma quebrantará tu cabeza. ¿Para quién se guardó esta victoria sino para María? Ella sin duda quebrantó su venenosa cabeza, venciendo y reduciendo a la nada todas las sugestiones del enemigo, así en los deleites del cuerpo como en la soberbia del corazón. 5. ¿Qué otra mujer fijamente buscaba Salomón cuando decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? Conocía este hombre sabio la debilidad de este sexo, su frágil cuerpo y su corazón inconstante. Con todo eso, porque había leído que la había prometido Dios, y sabía que convenía que quien había vencido por una mujer fuese vencido por otra, con una vehemente admiración decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? Lo cual es decir: ya que está dispuesto por el consejo divino que de la mano de una mujer venga la salud de todos nosotros, la restitución de la inocencia y la victoria del enemigo, es necesario que se prepare una de todos modos fuerte, que pueda ser a propósito para obra tan grande. ¿Pero quién hallará una mujer fuerte? Y porque no se piense que preguntaba esto perdiendo la esperanza de que se encontrase, añade profetizándola: Lejos y de los últimos términos es el precio de ella; esto es, no es vil, ni pequeño, ni mediano; no, en fin, de la tierra, sino del cielo; pero ni aun del cielo próximo a la tierra es el precio de esta mujer fuerte, sino que de lo más alto del cielo viene su estimación. ¿Qué pronosticaba en otro tiempo aquélla zarza de Moisés, echando Ramas, pero sin consumirse, sino a María dando a luz sin sentir dolor? ¿Qué aquélla vara de Aarón, que floreció estando seca, sino a la misma concibiendo, pero sin obra de varón? El mayor misterio de este grande milagro le explica Isaías diciendo: Saldrá una vara de la raíz de Jesé, y de su raíz subirá una flor, entendiendo en la vara a la Virgen y en la flor a su Hijo divino Redentor. |