Magisterio de la Iglesia
San Bernardo
GRANDEZAS DE MARÍA
PRÓLOGO
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Aunque me impelía la devoción a tomar la Pluma, las muchas ocupaciones me lo estorbaban. Sin embargo, ya que, impedido por mis achaques, no puedo al presente seguir con mis hermanos los ejercicios monásticos, este poquito de ocio que, aunque sea quitándolo del sueño, me dejan tomar por las noches, no quisiera pasarlo sin aprovecharlo. Quiero, pues, hacer prueba de emprender antes de todo una obra que muchas veces me ha venido al pensamiento; que es escribir las "Grandezas incomparables de María", sobre la lección del Evangelio de San Lucas en que se narra la historia de la anunciación de de María y la Encarnación del Señor. Y, aunque a la empresa de esta obra ni me obligue alguna necesidad de mis hermanos en cuyo aprovechamiento, como Superior estoy precisado a emplearme; ni me mueva alguna utilidad suya, con todo eso, siempre que ella no me impida estar pronto a acudir a cuanto necesiten, no me parece que deben llevar a mal que satisfaga en esto a mi propia devoción. MARÍA ESCOGIDA DEL SEÑOR Dice el salmista que para que exista la gloria en nuestra tierra, la misericordia y la verdad mutuamente vinieron a encontrarse, y se dieron un beso la justicia y la paz. y el Apóstol afirma que la materia de nuestro gozo, es el testimonio de nuestra conciencia(1). Pero no es este testimonio como el de aquel fariseo(2), que con pensamiento falso y engañoso hablaba de sí mismo, no siendo, por lo tanto, verdadero su testimonio, sino que es aquél que da el espíritu de Dios a nuestra alma. En tres cosas, a mi parecer, consiste este testimonio. Pues, en primer lugar, debes creer que no puedes recibir el perdón de los pecados, sino por la misericordia de Dios: después, que nada puedes hacer que "sea bueno, si igualmente no te viene de su mano; y últimamente, que con ningunos méritos puedes conseguir la gloria, si el mismo no te la da graciosamente. Porque, dime, ¿quién podrá volver puro al que de impura simiente fue concebido, sino el que está limpio de toda mancha y puro de toda impureza? A la verdad, lo que está hecho, no puede menos de haber sido hecho; pero si Dios no lo atribuye, será como si no se hubiera hecho. Esto consideraba David cuando decía: Dichoso el hombre a quien el Señor no arguye pecado alguno(3). Y de las buenas obras, ¿cuán cierto es que ninguno las puede hacer por sus propias fuerzas?, porque si no supo mantenerse firme nuestra naturaleza estando sana, ¿cuánto menos podrá levantarse por sí misma estándo corrompida? Todas las cosas, en cuanto está de su parte, tienden a su origen, y hacia él se sienten constantemente inclinadas. Así nosotros, que fuimos criados de la nada, es constante que, dejados a nuestras propias fuerzas, nos inclinemos siempre a la nada del pecado. En cuanto a la vida eterna, sabemos que los trabajos del tiempo presente no tienen proporción alguna con la gloria que se ha de manifestar algún día en nosotros, y esto aunque un hombre sólo los tolerase todos. Ni son tales los méritos de los hombres que por derecho se les deba la vida eterna; ni pios les haría injuria alguna si no se la diese. Porque, sin contar que todos los méritos de los hombres son dones de Dios, y así el hombre por ellos se hace más deudor de Dios que Dios del hombre. ¿Qué son todos los méritos para gloria tan grande? ¿Quién es mayor que el profeta de quien el mismo Dios dio un testimonio tan insigne diciendo: He hallado un hombre según mi corazón?(4). Y, sin embargo, él también tuvo necesidad de decir: No entréis, Señor, en juicio con vuestro siervo(5). Ninguno pues se engañe, porque si lo quiere pensar bien, hallará que ni con diez mil puede salir al encuentro de quien viene a él con veinte mil(6). Con todo, no bastan enteramente estas cosas, más bien deben reputarse como el principio y fundamento de nuestra fe. Si crees que no pueden ser borrados tus pecados sino por aquel Señor contra quien pecaste, y en quien no cabe pecado, bien haces; pero debes añadir a esto, la confianza de que El te perdonará. Este es el testimonio que da en tu corazón el Espíritu Santo cuando dice: Se te han perdonado tus pecados. Y así juzga el Apóstol que el hombre graciosamente se justifica por la fe. Igualmente en cuanto a los méritos, si crees que no se pueden tener sino por El, no es bastante, hasta que el Espíritu de verdad te dé testimonio de que por Ellos has obtenido. Y lo mismo acerca la vida eterna, es necesario que tengas el testimonio del espíritu de que has de llegar a ella con el favor divino. El mismo, pues, condona los pecados, da los méritos y confiere los premios. Además, estos testimonios son dignos de la mayor fe, pues acerca del perdón de los pecados tienes el más poderoso argumento en la Pasión de Cristo. La voz de su sangre evidentemente es mucho más poderosa que la voz de la sangre de Abel, clamando en los corazones de los escogidos por la remisión de todos los pecados, puesto que por nuestros pecados fue entregado. y no hay duda que es más poderosa y eficaz su muerte para el bien, que nuestros pecados para el mal. No es menos eficaz argumento tampoco en cuanto a las buenas obras, su Resurrección; porque resucitó Jesucristo para nuestra justificación(7). Y respecto a la esperanza del premio eterno, es testimonio su Ascensión, puesto que ascendió el Señor a los Cielos para nuestra glorificación. Estas tres cosas las tienes consignadas en los Salmos cuando dice el Profeta: Dichoso el hombre a quien el Señor no imputó pecado alguno(8), y en otra parte: Dichoso el hombre que tiene de vos el auxilio(9). Y también: Dichoso aquel a quien escogisteis y tomaSteis a vuestro servicio; pues habitará en los atrios de vuestra casa(10). Esta es la gloria verdadera, ésta es la gloria que mora en nosotros, porque viene de aquel Señor que habita en nuestros corazones por la fe. Mas los hijos de Adán, buscando la gloria de unos y de otros, no querían la gloria que viene de Dios sólo; y así, ambicionando la gloria que procede del exterior, tenían la gloria no en sí mismos, sino más bien en los demás. Y ¿queréis saber ahora de dónde le viene al hombre la gloria que en él habita? Dirélo brevemente. Esta gloria, habitará aquí en nuestra tierra, si la misericordia y la verdad mutuamente se encontraren y si se dieren un beso de amistad la justicia y la paz. Es necesario que a la misericordia, que se anticipa y nos previene, salga a su encuentro la verdad de nuestra confesión y sigamos en lo demás la santidad y la paz, sin las cuales ninguno verá a Dios. Porque, cuando el hombre se compunge, ya la misericordia se adelanta y le previene, pero de ningún modo entrará en él hasta que la verdad de la confesión salga a encontrar la por sus pecados. Pequé ¿contra el Señor, dice el mismo David al Profeta Natán al ser reprendido. También el Señor ha transferido y perdonado tu pecado(11), le contesta el Profeta. Y sin duda en esto se encontraron mutuamente la misericordia y la verdad. Te digo esto para que te apartes de la maldad. Mas para que obres lo bueno, debes cantar acompañado del tímpano y en el coro, de suerte que la mortificación de tu cuerpo, los frutos de la penitencia y las obras de justicia, se hagan en espíritu de concordia y unidad, porque esta unidad de espíritu es el vínculo de la perfección. A más de esto, no debes desviarte a la diestra, ni a la siniestra; porque hay algunos cuya diestra está llena de maldad; como lo estaba la de aquel Fariseo de quien más arriba hablamos. El no era, a su parecer, como los demás hombres; sino que se daba a sí mismo como dijimos, una aprobación y un testimonio que no eran verdaderos. Pero cualquiera que sea aquel en quien la misericordia y la verdad se encontraren mutuamente, y se dieren un beso amistosamente la justicia y la paz, que se gloríe sin temor ninguno: pero que se gloríe en el Espíritu que le da testimonio, que es el Espíritu Santo y Espíritu de verdad. Para que, pues, la gloria exista en nuestra tierra; la misericordia y la verdad mutuamente se encontraron, y se dieron un beso la justicia y la paz. Si el hijo sabio es la gloria del padre, no habiendo otro más sabio que la misma Sabiduría, es claro que Cristo, fortaleza de Dios y sabiduría de Dios es la gloria del Padre Celestial y Eterno(12). A ello se refiere David al indicar por cuantos y varios modos se había predicho de El en los hombres; de qué manera ha sido hecho esto, y se han cumplido las cosas que estaban predichas por los Profetas, y como ha habitado la gloria en nuestra tierra. Es como si más claramente dijera: Para que el Verbo se hiciera carne, y habitara entre nosotros, la misericordia y la verdad mutuamente vinieron a encontrarse, y se dieron un beso la justicia y la paz(13). Misterio grande, digno de ser considerado con la mayor diligencia, si tuviéramos inteligencia capaz de penetrar su profundidad, y a la misma inteligencia no la faltasen palabras. Diré de ello lo que alcanzo, aunque sea muy poco, y con esto tal vez daré ocasión al sabio para que profundice más este misterio. Me parece que veo al primer hombre cubierto desde su creación, con estas cuatro virtudes, y adornado, según lo que dice el Profeta, con el vestido de la salud. Porque la perfección e integridad de la salud consiste en estas cuatro virtudes, y sin estar todas ellas no puede encontrarse, especialmente no pudiendo ser virtudes estando separadas unas de otras. Había recibido el hombre la misericordia como una guardia y criada que había de ir delante de él y también debía seguirle y que igualmente debía de protegerle y ampararle en todas partes. He aquí qué ayo puso Dios a su niño y que paje señaló al hombre recién nacido. Pero tenía también necesidad de un maestro, como noble y racional criatura, no debía ser guardada como un irracional, sino más bien educada como un niño. Para este magisterio ninguno era más a propósito que la Verdad misma, que le llevaría después al conocimiento de Aquel que es la veracidad por esencia. Además para que el hombre no fuese sabio para hacer lo malo, y esto mismo se le atribuyese a pecado, como a quien sabía lo bueno y no lo hacía, recibió también la justicia para ser regido por ella. y le añadió la mano benignísima del Criador, la paz, para que reposase y se deleitase: paz verdaderamente duplicada, de suerte que ni sintiese en su interior guerra alguna ni por fuera ningún temor, que es como decir, que ni su carne combatiese contra el espíritu, ni le infundiese terror ninguna criatura. Y así puso libremente nombre a las bestias de toda especie y la serpiente misma no se atrevió a acometerle a cara descubierta. en la tentación, sino que lo hizo con fraude. ¿Qué le faltaba pues, a aquel a quien custodiaba la misericordia, enseñaba la verdad, regía la justicia y recreaba la paz? ¡Mas ay! Este hombre por una gran desdicha suya y necedad, bajó de Jerusalén a Jericó: cayó en manos de ladrones y según leemos, lo primero que hicieron fue despojar le de sus vestidos. ¿Pero acaso no estaba despojado el que viniendo el Señor se queja de que estaba desnudo? Sí, y ni podía volver a vestirse o tomar los vestidos que le habían quitado, sin que Cristo perdiese los suyos. Porque así como no podía ser vivificado en el alma sino interviniendo la muerte corporal de Cristo, así no podía tampoco volver a vestirse, sin que Cristo fuese despojado. Y ¿quién sabe si para simbolizar estas cuatro partes del vestido que perdió el primer y viejo hombre, no fueron divididos en otras tantas partes los vestidos del segundo y nuevo Adán? ¿Preguntas acaso qué significa la túnica inconsútil que no se dividió en la muerte del Señor sino que se dio por suerte? Yo creo que en ella se significa la divina imagen, que no siendo cosida y ajustada, sino innata e impresa en la naturaleza misma, no puede partirse, ni dividirse, tampoco. Porque a imagen y semejanza de Dios fue hecho el hombre: consistiendo la imagen en la libertad de su arbitrio, y la semejanza en las virtudes. La semejanza sin duda pereció, pero la imagen durará tanto cuanto dure el hombre: en el infierno mismo podrá esta imagen quemarse, pero no consumirse: podrá abrasarse, pero no borrarse. La imagen, pues, no se parte sino que viene por suerte, y a cualquiera parte que vaya el alma, allí estará juntamente con ella. No sucede lo mismo con la semejanza: pues o permanece en la virtud del alma, o si ésta peca, se trueca miserablemente, volviéndose entonces el hombre semejante a los animales irracionales. Pero puesto que dijimos que había sido despojado el hombre de las cuatro virtudes, conviene que digamos de qué modo fue despojado de cada una. Perdió el hombre la justicia cuando Eva obedeció a la voz de la serpiente, y él a la voz de la mujer prefiriéndola a la divina. Quedaba todavía algún arbitrio que les podía valer: y esto mismo les insinuaba el Señor en aquel cargo y residencia que les hizo después de su culpa: pero le desecharon dejando ir su corazón a palabras de malicia para alegar excusas de su recado: El primer oficio de la justicia es no pecar: el segundo es condenar el pecado por la penitencia. Perdió el hombre la misericordia, cuando de tal modo se dejó arrastrar Eva de su concupiscencia, que ni tuvo compasión de sí misma, ni de su esposo. ni de sus hijos que habían de nacer, entregándolos a todos juntos a una maldicién terrible, y a la necesidad de la muerte. Adán también expuso a la mujer, por cuya causa había pecado, a la divina indignación como queriendo detrás de su espalda evitar la saeta, de la ira de Dios. Dice: Vio la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer y bello a los ojos y de aspecto deleitable(14): y dio oídos a la serpiente que le aseguraba serían como dioses. ¡Ay! Con dificultad se rompe una cuerda triplicada, de curiosidad de deleite y de vanidad. Esto sólo tiene el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida. Y embelesada y atraída por estas cosas, desechó de sí esta madre cruel, toda misericordia. Adán también que con tanta imprudencia se había apiadado antes de la mujer para pecar en su compañía no quiso tener de ella misericordia; cuando lo dictaba la prudencia sufriendo así mismo la pena. Fue igualmente privada la mujer de la verdad, primeramente torciendo y pervirtiendo lo que había oído: Moriréis ciertamente, y diciendo: No sea acaso que muramos: y después creyendo a la serpiente que completamente lo negaba y decía: De ningún modo moriréis. De esta misma manera fue privado Adán de esta virtud cuanto tuvo vergüenza de confesarla, poniéndose a tejer las hojas, esto es, el velo de pretextos y excusas que presentó: pues la misma Verdad ha dicho: Si alguno tuviere vergüenza de mi delante de los hombres, tendré yo vergüenza de él delante de mi padre(15). Y al punto perdieron también la paz, porque no hay paz para los impíos dice el Señor. ¿Por ventura no encontraron en sus miembros una ley contraria a la razón, cuando por primera vez comenzaron a avergonzarse de estar desnudos? Temí, dice, porque estaba desnudo(16) No temías así poco antes, miserable, no temías así: no buscabas las hojas, aunque estabas desnudo en el cuerpo como ahora. Desde entonces (prosiguiendo la parábola de David, que dice, que la misericordia y la verdad mutuamente se encontraron y se reconciliaron con un beso de amistad), parece haber nacido una grave contienda entre las virtudes. La verdad y la justicia afligían al hombre miserable: la paz y la misericordia, no tomaban parte en este celo y juzgaban que más bien se le debía perdonar. Tienen estas dos virtudes entre sí la conexión de hermanas de leche, así como también son de esta manera las primeras. De esto se siguió que perseverando aquellas en pedir venganzas y afligiendo por todas partes al hombre delincuente y juntando a las molestias presentes las amenazas del futuro suplicio; se retiraron éstas al corazón del Padre, volviéndose al Señor que las había dado al hombre. De esta manera, cuando todo se veía lleno de aflicción, El sólo meditaba pensamientos de paz. No se daba punto de reposo la paz, la misericordia tampoco guardaba un momento de silencio, sino que ambas a dos se esforzaban. en conmover con piadoso susurro las paternales entrañas del Señor, diciendo: ¿Nos desechará Dios para siempre o podrá resolverse a no sernos jamás favorable? ¿Se olvidará Dios de tener misericordia, o su cólera detendrá el curso de sus piedades?(17).. |
NOTAS
(2) Lucas,
XVIII, 11-12. (volver) (3) Salmo XXXI, 2.
(volver) (4) 1 Reyes, XIII, 14.
(volver) (5) Salmo
CXII,
31. (volver) (6) Lucas, XIV, 31.
(volver) (7)
Romano, IV, 25.
(volver) (8) Salmo XXXI, 2.
(volver) (9) Salmo LXXXIII, 6
(volver) (10) Salmo LXIV, 4.
(volver) (11)
II Reyes, XII, 13.
volver)
(12)
Hebreos,
I, 1..
(volver) (13) Salmo LXXXIV, 11.
(volver) (14) Génesis, III, 6.
(volver) (15) Lucas, IX, 26,.
(volver) (16)
Génesis, III, 10.
(volver) (17)
Salmo LXXVI, 8 y 10.. (volver)
(1)
II
Corintios, I, 12
(volver)