Magisterio de la Iglesia

Menti Nostrae
Exhortación Apostólica

V. SOLICITUD POR EL CLERO JOVEN

103. Cuidado del clero joven

   Y en este momento, Venerables Hermanos, no podemos menos de exhortaros a que tengáis un cuidado muy especial de los jóvenes sacerdotes.

104. Preparación prudente al ministerio sacerdotal

   El paso, de la vida sosegada y tranquila del seminario a la actividad apostólica de sus ministerios, puede ser bastante peligrosa para los sacerdotes que entran en el campo abierto de su apostolado, si antes no estuvieran suficientemente preparados para semejante género de nueva vida. Por ello, oportunamente habréis de considerar muy bien que todas las esperanzas puestas en los jóvenes sacerdotes pueden fallar por completo, sino se les introdujere poco a poco y con cuidado en el trabajo, y si alguien prudentemente no les vigilare y moderare paternalmente en su primer acceso a los trabajos en su ministerio.

105, Promover instituciones adecuadas a ejemplo del Instituto San Eugenio 

   Razón ésta por la cual Nos aprobamos de buen grado el que los nuevos sacerdotes, allí donde fuere posible, durante algunos años, sean acogidos en especiales colegios o institutos, en los cuales, bajo la guía de hombres de prudencia y experiencia probadas, puedan ejercitarse más profundamente en la piedad y en las sagradas disciplinas, capacitándose, cada uno según su ingenio, para los ministerios sacerdotales. 

   Por este motivo quisiéramos Nos que semejantes colegios se fundaran en todas y cada una de las diócesis o, si las circunstancias lo exigieren, uniéndose varias diócesis para ello.

   Por lo que a nuestra Ciudad Eterna se refiere, ya Nos hemos cuidado de ello pues, al cumplirse el quincuagésimo aniversario de Nuestra ordenación sacerdotal, hemos erigido el Instituto de San Eugenio dedicado singularmente a los jóvenes sacerdotes[83]

106. Prudente distribución del clero joven, no lanzarlo al ministerio sin experiencia

   Os exhortamos, pues, Venerables Hermanos, para que evitéis, cuanto posible sea, el lanzar hacia la plenitud de la actividad sacerdotal a sacerdotes todavía inexpertos o el mandarlos a lugares muy apartados de la capital de su diócesis o de las ciudades más importantes de ésta; porque si se hallaren en semejante situación, aislados, inexpertos, expuestos a los peligros, lejos de prudentes maestros, tan sólo se seguirán graves daños así para ellos como para su actividad ministerial.

107. Ponerlos junto a sacerdotes ancianos 

   También aprobamos Nos de buen grado, Venerables Hermanos, el que estos jóvenes sacerdotes vivan algún tiempo junto a algún párroco y sus coadjutores, porque de este modo, con el ejemplo y guía de personas más avisadas, podrán adiestrarse más fácilmente para cumplir los deberes de su sagrado ministerio al mismo tiempo que perfeccionarse más aún en el espíritu de piedad. 

108. Obligaciones de la virtud y celo de los ancianos

   Por ello recordamos a todos los Pastores de almas que con el futuro éxito de estos sacerdotes jóvenes está, en gran parte en sus propias manos. Porque el celo ardiente y el generoso entusiasmo de que se encuentran ellos animados, cuando por primera vez inician su ministerio, ciertamente puede disiparse, o al menos debilitarse por el ejemplo mismo de los ya ancianos, si estos no brillan con el esplendor de sus virtudes, o si, so pretexto de no cambiar las viejas costumbres a que se hayan habituados, se muestran muy inclinados a un género de vida ya acostumbrado.

109. Vida común del clero 

   Cuanto ya hace tiempo deseaba la Iglesia[84], Nos lo aprobamos y recomendamos vivamente, esto es, que se introduzca y se extienda la vida común en los sacerdotes de una misma parroquia o de parroquias limítrofes.

110. Ventajas de la vida en comunidad

   Práctica esta de la vida común, que ciertamente puede llevar consigo ciertas dificultades, pero que indudablemente tiene grandísimas ventajas: ante todo, alimentar cotidianamente, cada vez más y más, entre los sacerdotes el celo y el espíritu de caridad; además, el que den admirable ejemplo a los fieles en su separación -la de los ministros de Dios- de sus propios intereses y aun de sus propias familias; finalmente, el que den testimonio, ante todos, de su escrupulosa solicitud por salvaguardar la virtud de la castidad sacerdotal.

111. Continuar su propia formación por el estudio 

   Por lo demás, necesario es que los sacerdotes se consagren plenamente al estudio, según manda el Código de Derecho Canónico: Los clérigos en ningún modo interrumpan sus estudios principalmente los sagrados, después que hubieren recibido el sacerdocio[85]. Y el mismo Código, además de exigir que los sacerdotes jóvenes se sometan a examen todos los años en el decurso de un trienio completo[86], manda que con la mayor frecuencia, cada año, tengan ellos reuniones encaminadas a promover la ciencia y la piedad[87].

112. Importancia de las bibliotecas sacerdotales 

   Y para bien favorecer tales estudios, que a veces son difíciles a los sacerdotes a causa de las precarias condiciones económicas, sería muy oportuno el que los Ordinarios, siguiendo la antigua y luminosa tradición de la Iglesia, se cuidaran de devolver su antigua dignidad a las bibliotecas, catedrales, colegiales y parroquiales.

113. Riquezas que encierran

   Bibliotecas estas eclesiásticas que, no obstante las muchas expoliaciones y destrucciones sufridas, poseen con frecuencia una preciosa herencia así de documentos como de códices manuscritos o de libros impresos, testimonio muy preclaro, en verdad, de la gran actividad y autoridad de la Iglesia, así como de la fe y piedad de nuestros mayores, de sus estudios y de su refinada distinción[88].

114. Salas de consultas y de lectura; recto uso de las bibliotecas

   Que jamás estas bibliotecas sean consideradas como abandonados almacenes de libros, sino que presenten más bien una organización viva, de suerte que haya en ellas una sala dedicada a la consulta y estudio de libros. Pero, sobre todo, que dichas bibliotecas se hallen puestas al día, cuidando de proveerlas con toda clase de publicaciones, singularmente de las que tocan a las cuestiones religiosas y sociales de nuestro tiempo. Y así, tanto los profesores como los párrocos, y singularmente los jóvenes sacerdotes, podrá buscar en ellas, la doctrina necesaria ya para difundir las verdades del Evangelio, ya para combatir todos los errores.

4ª PARTE

SITUACIÓN Y PROBLEMAS DE ACTUALIDAD

I. PELIGROS ESPÍRITU DE NOVEDADES

115. Ansia de novedad en concepciones y conducta

   Finalmente, Venerables Hermanos, juzgamos que pertenece a Nuestro oficio el dirigiros una especial advertencia sobre las dificultades propias de nuestros tiempos. 

   Bien habéis advertido, y tenéis muy comprobado, que entre los sacerdotes, singularmente entre los menos dotados de doctrina y de una vida severa, cada día se va difundiendo, más grave y más extenso, cierto afán de novedades.

   Novedad, por sí misma, nunca es un criterio cierto de verdad, y tampoco puede ser laudable, sino cuando, al mismo tiempo que confirma la verdad, conduce a la rectitud y a la probidad.

116. Afán pernicioso de novedades

   Ciertamente que son graves los errores de la época que vivimos: sistemas filosóficos, que nacen y mueren sin haber logrado mejorar en nada las costumbres de los hombres; manifestaciones artísticas verdaderamente monstruosas, que pretenden mostrarse bajo el falso nombre cristiano; sistemas de gobernación pública, que atienden más bien a las ventajas de los individuos que al bien común, y ello en no pocos lugares; organizaciones económicas y sociales, que maquinan mayores peligros para los honrados que para los hombres sin escrúpulos. De donde necesariamente se sigue que no faltan, en estos nuestros tiempos, sacerdotes inficionados de alguna manera por semejante contagio; que con frecuencia manifiestan tales opiniones y llevan un género tal de vida, aun en su propio vestir y en el porte de su persona, que ciertamente están muy ajenos así a su dignidad como a su ministerio; que se dejan llevar por el afán de novedad, así cuando predican a los fieles como cuando combaten los errores de los adversarios; y que, finalmente, al obrar así, no sólo debilitan la fe de su propia alma, sino que, pisoteada su fama personal, aniquilan totalmente la eficacia de su ministerio.

117. A los Obispos de lugar toca poner al día los métodos de apostolado 

   Sobre todas estas cosas, Venerables Hermanos, llamamos vivamente vuestra atención, bien seguros de que vosotros, en medio del desmesurado afán -que hoy se ha apoderado de no pocos-, de admirar ora los tiempos pasados ora los futuros, usaréis aquélla prudencia, que, unida con la sabiduría y la vigilancia, sepa encontrar los nuevos métodos para la actividad y la lucha por el triunfo de la verdad. Estamos muy lejos de pensar que el apostolado no deba adaptarse a las realidades de la vida moderna y de que las iniciativas actuales no deban corresponder a las exigencias de nuestro tiempo. Pero como quiera que todo apostolado, que en la Iglesia se desarrolla, necesariamente ha de organizarse por los grados de la dignidad legítima, no se han de introducir nuevos métodos sino tan sólo con el beneplácito del Ordinario. 

   Que los sagrados Pastores de una misma región o nación procuren en esta materia comunicar entre sí sus criterios, proveyendo de modo conveniente a las necesidades de sus regiones y estudiando seriamente los métodos más idóneos y ajustados al apostolado religioso. Y si todo esto se hiciera con orden y disciplina, nunca jamás podrá faltar la correspondiente eficacia a la acción sacerdotal. Pero que todos estén bien persuadidos de esto: que es preciso obedecer más bien a la voluntad de Dios que a la de los hombres, y que la actividad del apostolado no deberá regularse según las opiniones personales, sino más bien según las leyes y las normas de la Jerarquía. Vana ilusión es creer que cualquiera pueda ocultar su pobreza espiritual y dedicarse eficazmente a la difusión del reinado de Cristo tan sólo porque empleare extravagantes y absurdos métodos de actuación externa.

II. EL CLERO Y LA CUESTIÓN SOCIAL 

118. Nada de incertidumbres ante el comunismo

   Y también juzgamos que se requiere una posición igualmente recta, por parte de los sacerdotes, cuando se trata de las doctrinas sociales, tal como se presentan en la época presente.

   Porque no faltan actualmente quienes, frente a las maquinaciones de los comunistas, que, al prometer un perfecto bienestar temporal, intentan arrancar la fe a aquellos mismos a quienes prometen la plena felicidad temporal, no sólo se muestran temerosos sino que se hallan agitados; pero esta Sede Apostólica, en muy recientes documentos, ha indicado con toda claridad el camino que todos han de seguir y del que nadie puede apartarse, si no quiere faltar a la conciencia de su deber.

119. Denunciar las consecuencias dañosas del capitalismo

   Pero otros se muestran no menos temerosos e inciertos ante aquel sistema económico que se llama capitalismo; cuyas graves consecuencias la Iglesia repetidas veces ha denunciado claramente. La Iglesia, en efecto, ha indicado no sólo los abusos del capital y del exagerado derecho de propiedad que semejante sistema promueve y defiende, sino que ha enseñado también que el capital y la propiedad han de ser instrumentos adecuados de la producción en beneficio así de toda la sociedad como del sostenimiento y defensa de la libertad y dignidad humanas. Los daños consiguientes a ambos sistemas económicos deben persuadir a todos, pero singularmente a los sacerdotes, a que se mantengan siempre fieles a la doctrina social enseñada por la Iglesia, y a que la propaguen entre los demás y la lleven por todos los medios a la práctica. En efecto; esta doctrina es la única que puede curar los males que cada día crecen en mayor extensión; porque ella sola es la que une y perfecciona conjuntamente las exigencias todas de la justicia junto con los deberes de la caridad y promueve un orden social que ni oprime a los individuos, ni los separa mutuamente por los exagerados afanes de las propias ventajas, antes bien los une en admirable armonía de relaciones y con el vínculo de la caridad fraternal.

120. Ir al encuentro de ricos y pobres sin acepción de personas 

   Los sacerdotes, imitando los ejemplos del Divino Maestro, deberán ir por todos los medios al encuentro de las necesidades de los pobres y de los trabajadores, y aun de todos aquellos que gimen en la angustia y la miseria, entre los cuales han de contarse no pocos de la clase media y aun del mismo orden sacerdotal. Pero de ningún modo olviden jamás a aquellos que, abundando en las riquezas, son muy pobres en su espíritu y que, por lo tanto, han de ser llamados a una plena renovación de su vida, siguiendo el ejemplo de Zaqueo, que dijo: La mitad de mis bienes... la doy a los pobres; y, si en algo he defraudado a alguno, le restituyo el cuádruplo[89]. En el fervor de las disputas sociales, los sacerdotales jamás deberán olvidar la finalidad de su ministerio: con valor y sin temor alguno, propongan siempre aquellos principios doctrinales que, en las diversas clases sociales, se refieren ya al derecho de propiedad, ya a las riquezas o a la justicia y a la caridad; pero cuiden bien de enseñar con su ejemplo, en la forma más perfecta, aquellos mismos principios.

121. Formar y guiar a los seglares en sus deberes sociales

   Pero sean seglares quienes se encarguen de que semejantes principios sean llevados a la práctica. Si aquellos no estuvieran bien capacitados para ello, al sacerdote le corresponde el instruirlos y prepararlos.

SIGUE

CONTÁCTENOS:

Contenido del sitio


NOTAS 

Hosted by www.Geocities.ws

1