Magisterio de la Iglesia

Menti Nostrae
Exhortación Apostólica

II. SOLICITUD DEL PAPA POR LAS NECESIDADES MATERIALES DEL CLERO

122. Paternal solicitud del Supremo Pastor por las estrecheces que sufren hoy no pocos sacerdotes 

   Creemos ahora oportuno tratar también algún tanto de las difíciles condiciones económicas que afligen a la mayoría de los sacerdotes después de la última guerra, principalmente en aquellas regiones que, o por causa de ella o por los trastornos políticos, más han sufrido. Semejante estado de cosas Nos angustia profundamente, y nada hemos omitido, en cuanto estuviera en Nuestras posibilidades, para aliviar los sufrimientos, tristezas y extrema pobreza de muchos.

123. Facultades extraordinarias concedidas a los Obispos

   Bien sabéis vosotros, Venerables Hermanos, cómo Nos -en aquellos lugares en donde la necesidad parecía sentirse mayor- por medio de la Sagrada Congregación del Concilio, hemos concedido extraordinarias facultades a los Obispos y les hemos dado normas singulares, por las cuales pudieran de algún modo eliminarse las más grandes diferencias, en la situación económica, entre sacerdotes pertenecientes a una misma diócesis. Nos consta muy bien que en determinados lugares no pocos sacerdotes, dignos en verdad del mayor encomio, han obedecido a la invitación de sus Pastores; pero en otras partes, por razón de ciertas dificultades, dichas normas no han surtido íntegramente los efectos deseados. 

124. Informe del trabajo realizado

   Por ello os exhortamos a que, con un espíritu verdaderamente paternal, prosigáis el camino empezado, pues de ningún modo es admisible que falte el pan cotidiano a los obreros enviados a la viña del Señor. Y en esta materia, asimismo, no dejéis de comunicarnos el éxito que hayan tenido vuestros intentos.

125. Promover la previsión social entre los sacerdotes 

   Alabamos, además, y recomendamos mucho, Venerables Hermanos, las iniciativas que toméis de común acuerdo para que no sólo no falte actualmente lo necesario a los sacerdotes, sino que se provea también a lo futuro con aquel sistema de previsión -que celebramos que se haya aplicado ya en otras clases de la sociedad civil-, y ello principalmente cuando los sacerdotes se hallaren enfermos, o sufran enfermedades, o desfallezcan por vejez. De este modo aliviaréis por completo a los sacerdotes en todo lo que toca a la incertidumbre de su porvenir.

126. Encomio del socorro mutuo de los sacerdotes

   A este propósito Nos place el manifestar paternal complacencia hacia todos aquellos sacerdotes que, aun a costa de grandes sacrificios, han auxiliado y auxilian en las necesidades de sus hermanos indigentes, especialmente si éstos se hallan enfermos o ancianos. 

   Haciendo esto, dan una prueba luminosa de aquélla caridad que Cristo señaló como divisa clara de sus discípulos, para que todos los reconocieran: En ello conocerán todos que sois mis discípulos, si os amareis los unos a los otros[90]

127. Práctica del espíritu de amor universal

   Y deseamos Nos que los sacerdotes de todas las naciones se unan cada vez más con los vínculos más estrechos de la caridad fraterna, para que cada vez se ponga más de manifiesto que ellos, al ser ministros de Dios, Padre universal, se hallan unidos entre sí por el fuego de la caridad, cualquiera que sea la nación a que pertenezcan.

128. Educar a los fieles en el socorro del clero pobre; obligación de los fieles y perjuicio del abandono 

   Pero bien comprendéis que este problema tan grave no se puede resolver adecuadamente, si los fieles no se convencen de que están íntimamente obligados a auxiliar al clero, cada uno según sus propias posibilidades, y si no se adoptan toda las medidas bien conducentes a semejante fin.

   Por ello haced comprender bien a los fieles encomendados a vuestra pastoral solicitud la obligación que tienen de socorrer a los propios sacerdotes que se hallaren necesitados, porque siempre mantiene su valor aquélla palabra del Salvador: El operario es digno de su paga[91]. ¿Cómo, pues, se podrá esperar una entusiasta actividad de los sacerdotes en su ministerio, si les faltare lo necesario? 

   Por lo demás, los fieles que se olvidan de semejante deber, sepan que preparan, aun sin quererlo, el camino a los enemigos de la Iglesia, que en no pocos países buscan precisamente condenar al clero a la miseria para así mejor poder separarlo de sus legítimos pastores.

129. Obligación de los poderes públicos

   También los poderes públicos, según la diversa condición de cada nación, tienen obligación de proveer a las necesidades del clero, de cuyo ministerio bien cumplido recibe la misma sociedad muchos beneficios espirituales y morales, así en los individuos como en sí misma.

CONCLUSIÓN: EXHORTACIÓN FINAL

130. Resumen y programa de vida 

   Finalmente, antes de terminar Nuestra Exhortación, no podemos menos de resumir y reiterar todo cuanto deseamos que continuamente tengáis ante vuestros ojos, como normas que son muy principales de vuestra vida y de vuestra actividad. 

131. La meta: encaminar todas las almas a Jesús

   Siendo sacerdotes de Cristo, necesario es que con todas nuestras fuerzas trabajemos para que la Redención, por El llevada a cabo, tenga la máxima eficacia en todas las almas. Al considerar atentamente las gravísimas necesidades de nuestra época, hemos de empeñarnos con todo esfuerzo para hacer que vuelvan a Cristo los hermanos desviados del recto camino, o los cegados por las pasiones; para iluminar a los pueblos con la luz de la doctrina cristiana, formándoles en una más perfecta conciencia de sus deberes de cristianos según las rectas normas de nuestra religión y, finalmente, para excitar a todos a que se entreguen con valentía a las batallas por la verdad y por la justicia.

132. Irradiar a Cristo. Modelo de bondad

   Pero tan sólo alcanzaremos la meta deseada, cuando antes hayamos llegado a tal grado de santidad que podamos comunicar a los demás aquélla virtud y vida que de Cristo hayamos derivado hasta nosotros.

   Así, pues, a todo sacerdote le repetimos aquellas palabras del Apóstol: No descuides la gracia que está en ti, que te ha sido dada... por la imposición de las manos del presbiterio[92]. En todas las cosas muéstrate como modelo de buenas obras, en la doctrina, en la integridad, en la gravedad; que el hablar (sea) sano, irreprensible, de tal suerte que los enemigos queden confundidos, al no tener nada que decir contra nosotros[93].

133. Estimar la vocación y vivirla santamente

   Amados hijos: Tened en suma estima la gracia de vuestra vocación, y vividla de tal modo que se mantenga siempre fuerte y produzca los frutos más copiosos así para la edificación espiritual de la Iglesia como para la conversión de sus enemigos.

134. Renovar el espíritu de este Año Santo

   Y para que esta Nuestra Exhortación consiga el fin que persigue, una y otra vez os avisamos con estas palabras, que tan oportunas resultan sobre todo al declinar ya el Año Santo: Renovaos... en el espíritu de vuestra mente y revestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad[94]; sed... imitadores de Dios, como hijos muy predilectos, y caminad en el amor como Cristo nos amó y se dio a sí mismo a Dios como oblación y como hostia[95]; llenaos del Espíritu Santo, hablando entre vosotros con salmos e himnos, con cánticos espirituales, cantando y diciendo salmos en vuestro corazón al Señor[96], velando con toda perseverancia y orando por todos los santos[97].

135. Exhortación a una tanda extraordinaria de ejercicios espirituales

   Al meditar en el espíritu estas exhortaciones del Apóstol de las Gentes, Nos parece oportuno el aconsejaros que antes de terminar este mismo Año Santo, hagáis un curso extraordinario de Ejercicios Espirituales, de tal suerte que, movidos por una ferviente piedad, que allí lograréis, podáis conducir mucho mejor las otras almas a que se gocen en los tesoros de la divina misericordia.

136. Confianza en Maria, Madre de los sacerdotes 

   Y cuando experimentareis la gran dificultad de seguir por el arduo camino de la santidad y de cumplir los deberes de vuestro ministerio, dirigid entonces confiadamente vuestros ojos y vuestro espíritu a aquélla que es Madre del Eterno Sacerdote y que, por ello mismo, es la Madre amantísima de todos los sacerdotes católicos. Bien conocida os es la bondad de esta Madre; y en muchas regiones habéis sido instrumento de la misericordia del Inmaculado Corazón de María en el despertar así la fe como la caridad del pueblo cristiano.

137. Amor de predilección de María

   Si María ama a todos con tiernísimo amor, de modo singular ama a los sacerdotes, que llevan en sí viva la imagen de Jesús. Y así, luego que con gran consuelo de vuestra alma hubiereis plenamente considerado el singular amor y la especial protección de la Bienaventurada Virgen María hacia cada uno de vosotros, sentiréis entonces cómo son mucho más llevaderas las fatigas así de vuestra santificación como de vuestro ministerio sacerdotal.

138. El Padre Santo confía a la Virgen el clero de todo el mundo

   Y Nos con todo amor confiamos todos los sacerdotes del mundo entero a la Santa Madre de Dios, medianera de todas las gracias celestiales, de suerte que, por su intercesión, Dios haga descender una muy exuberante efusión de su espíritu, que a todos los ministros del altar empuje hacia la santidad y que renueve espiritualmente a todo el linaje humano.

139. Bendición especial al clero perseguido

   Confiados en la poderosa intercesión y en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María para la realización de todos estos deseos, imploramos la abundancia de las gracias divinas para todos; pero de modo singular para los Obispos y sacerdotes que en el cumplimiento de su deber, por defender los derechos y la libertad de la Iglesia, padecen persecución, cárcel y destierro. Singular amor es el que les profesamos; y les exhortamos paternalmente a que continúen dando buen ejemplo de la fortaleza y virtud sacerdotal.

140. Bendición a todos los sacerdotes

   Sea auspicio de estas gracias celestiales y prueba de Nuestra benevolencia la Bendición Apostólica, que con todo amor damos a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y también a todos vuestros sacerdotes.

   Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de septiembre de 1950, año del gran jubileo y duodécimo de Nuestro Pontificado.

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