Magisterio de la Iglesia
Ad catholici
sacerdotii
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64. Consejos y normas de los santos Palabras severas, venerables hermanos; pero más terrible es aún la
responsabilidad que ellas indican, la cual hacía decir al gran obispo de Milán
San Carlos Borromeo: «En este punto, aun una pequeña negligencia de mi parte
puede ser causa de muy grandes pecados»(129).
Ateneos, por lo tanto, al consejo del antes citado Crisóstomo: «No es después
de la primera prueba, ni después de la segunda o tercera, cuando has de imponer
las manos, sino cuando lo tengas todo bien considerado y examinado»(130).
Lo cual debe observarse sobre todo en lo que toca a la santidad de la vida de
los candidatos al sacerdocio. «No basta —dice
el santo obispo y doctor San Alfonso María de Ligorio—
que el obispo nada malo sepa del
ordenando, sino que debe asegurarse de que es positivamente bueno»(131).
Así que no temáis parecer demasiado severos si, haciendo uso de vuestro
derecho y cumpliendo vuestro deber, exigís de antemano tales pruebas positivas
y, en caso de duda, diferís para más tarde la ordenación de alguno; porque,
como hermosamente enseña San Gregorio Magno: «Se cortan, cierto, en el bosque
las maderas que sean aptas para los edificios, pero no se carga el peso del
edificio sobre la madera, luego de cortada en el bosque, sino después que al
cabo de mucho tiempo esté bien seca y dispuesta para la obra; que si no se
toman estas precauciones, bien pronto se quiebra con el peso»(132),
o sea, por decirlo con las palabras claras y breves del Angélico Doctor, «las
sagradas órdenes presuponen la santidad..., de modo que el peso de las órdenes
debe cargar sobre las paredes que la santidad haya bien desecado de la humedad
de los vicios»(133). 65. Normas papales Por lo demás, si se guardan diligentemente todas las prescripciones canónicas,
si todos se atienen a las prudentes normas que, pocos años ha, hicimos Nos
promulgar por la Sagrada Congregación de Sacramentos sobre esta materia(134),
se ahorrarán muchas lágrimas a la Iglesia, y al pueblo fiel muchos escándalos. 66. Temores varios: calidad en lugar de cantidad Ni se dejen apartar, tanto los obispos como los superiores religiosos, de esta
bien necesaria severidad por temor a que llegare a disminuir el número de
sacerdotes de la diócesis o del Instituto. El Angélico Doctor Santo Tomás se
propuso ya esta dificultad, a la que responde así con su habitual sabiduría y
lucidez: «Dios nunca abandona de tal manera a su Iglesia que no se hallen
ministros idóneos en número suficiente para las necesidades de los fieles si
se promueve a los que son dignos y se rechaza a los indignos»(136).
Y en todo caso, como bien observa el mismo Santo Doctor, repitiendo casi a la
letra las graves palabras del concilio ecuménico IV Lateranense(137):
«Si no se pudieran encontrar tantos ministros como hay ahora, mejor es que haya
pocas buenos que muchos malos»(138). Que
es lo mismo que Nos recomendamos en una solemne circunstancia, cuando con ocasión
de la peregrinación internacional de los seminaristas durante el año de
nuestro jubileo sacerdotal, hablando al imponente grupo de los arzobispos y
obispos de Italia, dijimos que vale más un sacerdote bien formado que muchos
poco o nada preparados, con los cuales no puede contar la Iglesia, si es que no
tiene más bien que llorar(139).
¡Qué terrible cuenta tendremos que dar, venerables hermanos, al Príncipe de
los Pastores(140),
al Obispo supremo de las almas(141),
si las hemos encomendado a guías ineptos y a directores incapaces! 3. Medios para despertar vocaciones 67. Oración por fomento de vocaciones
Pero, aunque se deba tener siempre por verdad inconmovible que no ha de ser el número,
sin más, la principal preocupación de quien trabaja en la formación del
clero, todos, empero, deben esforzarse por que se multipliquen los vigorosos y
diligentes obreros de la viña del Señor; tanto más cuanto que las necesidades
morales de la sociedad, en vez de disminuir, van en aumento. Entre todos los medios que se pueden emplear para conseguir tan noble fin, el más fácil y a la vez el más eficaz y más asequible a todos (y que, por lo tanto, todos deben emplear) es la oración, según el mandato de Jesucristo mismo: «La mies es mucha, mas los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies» (142). ¿Qué oración puede ser más agradable al Corazón Santísimo del Redentor? ¿Cuál otra puede tener esperanza de ser oída más pronto y obtener más fruto que ésta, tan conforme a los ardientes deseos de aquel divino Corazón? Pedid, pues, y se os dará(143), pedid sacerdotes buenos y santos, y el Señor, sin duda, los concederá a su Iglesia, como siempre los ha concedido en el transcurso de los siglos, aun en los tiempos que parecían menos propicios para el florecimiento de las vocaciones sacerdotales; más aún, precisamente en esos tiempos los concedió en mayor número, como se ve con sólo fijarse en la hagiografía católica del siglo XIX, tan rica en hombres gloriosos del clero secular y regular, entre los que brillan como astros de primera magnitud aquellos tres verdaderos gigantes de santidad, ejercitada en tres campos tan diversos, a quienes Nos mismo hemos tenido el consuelo de ceñir la aureola de los Santos: San Juan María Vianney, San José Benito Cottolengo y San Juan Bosco.68. Fomento activo de vocaciones No se han de descuidar, sin embargo, los medios humanos de cultivar la preciosa semilla de la vocación que Dios Nuestro Señor siembra abundantemente en los corazones generosos de tantos jóvenes; por eso Nos alabamos y bendecimos y recomendamos con toda nuestra alma aquellas provechosas instituciones que de mil maneras y con mil santas industrias, sugeridas por el Espíritu Santo, atienden a conservar, fomentar y favorecer las vocaciones sacerdotales. «Por más que discurramos —decía el amable santo de la caridad, San Vicente de Paúl—, siempre hallaremos que no podríamos contribuir a cosa ninguna tan grande como a la formación de buenos sacerdotes» 69. El campo propicio de la Acción Católica
Aquí nuestro pensamiento se vuelve agradecido hacia esa Acción Católica, con
tan vivo interés por Nos imperada, impulsada y defendida, la cual, como
participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia, no
puede desinteresarse de este problema tan vital de las vocaciones sacerdotales.
De hecho, con íntimo consuelo nuestro la vemos distinguirse en todas partes (al
par que en los otros campos de la actividad cristiana), de un modo especial en
éste. 70. La colaboración de la familia: el influjo de los padres cristianos Pero el jardín primero y más natural donde deben germinar y abrirse como espontáneamente las flores del santuario, será siempre la familia verdadera y profundamente cristiana. La mayor parte de los obispos y sacerdotes santos, cuyas alabanzas pregona la Iglesia
¡Dichosos los padres cristianos que, ya que no hagan objeto de sus más
fervorosas oraciones estas visitas divinas, estos mandamientos de Dios dirigidos
a sus hijos (como sucedía con mayor frecuencia que ahora en tiempos de fe más
profunda), siquiera no los teman, sino que vean en ellos una grande honra, una
gracia de predilección y elección por parte del Señor para con su familia! |
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NOTAS (129)
Hom. ad ordinandos (1 junio 1577); Homiliae (ed. bibl. Ambros. Mediol. 1747)
4,270. (130)
Hom. 16 in Tim.: PG 62,587.
(131)
Theol. mor. de Sacram. Ordin. n.803.
(132)
Ep. 1,9,106: PL 70,1031. (133)
II-II q.189, a.l ad 3.
(134)
Instructio super scrutinio candidatorum instituendo
antequam ad Ordines promoveantur (27 dic. 1930): AAS 23 (1931) 120. (135)
Instructio ad supremos Religiosorum, etc. Moderatores
de formatione clericali, etc. (1 dic. 1931): AAS 24,74-81.
(136)
Suppl. 36,4 ad l. (137)
Conc. Later. IV, ann.1215, c.22. (138)
Suppl. 36,4 ad a. (139)
Cf. L'Osservatore Romano, año 69, n.21022 (año 1929) n.176, 29-30 julio. (140)
Cf. 1 Pe 5,4. (141)
Ibíd., 2,25. (142)
Mt 9,37,38. (143)
Mt 7,7. (144)
Cf. P. Renaudin, Saint Vincent de Paul, c.5. (145)
Mt 10,42. (146)
Cf. 1 Pe 2,9. (147)
Cf. Eclo 44,15. (148)
Cf. Tob 8,9. (149)
Mt 14,21.
(150)
Cf. Mt 4,19.