Dios quer�a terminar su obra. Eran las �ltimas pinceladas de un cuadro, o los �ltimos toques de un escultor, para plasmar la talla perfecta.

La Madre fue a Argentina para convocar el Cap�tulo General, que deb�a celebrarse en la Casa Generalicia de Buenos Aires, pero necesitaba antes ir a Bolivia. Era algo que deseaba mucho. Oruro era la cuna del Instituto. All� estaban sus primeras hijas, que le acompa�aron en los duros a�os de la Fundaci�n. �Hab�a tantos recuerdos!.

S
o�aba con volar all�, pero Dios quer�a otra cosa. Necesitaba ese sacrificio para purificarla. El medico declar� que el viaje era muy peligroso para su salud, por la altura. Nuestras Reglas dec�an que en caso de enfermedad, se obedeciera a m�dicos y enfermeras, y obedeci�, aunque lo sintiera tan profundamente.

Al no poder ir personalmente a Bolivia, envi� a M. Mar�a Dilecta como Delegada. Parti� el 7 de abril de ese a�o de 1943. Nos despedimos de ella en el cuarto de la Madre, que estaba enferma en cama.

En vista de que la Madre no encuentra alivio a su enfermedad, y con el fin de ser reconocida detenidamente, el 14 de mayo a las 9 de la ma�ana sale para el Hospital Rivadia. Mucho se hab�an resistido las Madres a enviarla. Era triste la idea de llevarla al hospital, pero ella las animaba, diciendo sencillamente: "No me van a dejar morir por eso". Toda la vida am� la pobreza y Dios se la hizo sentir hasta el fin. muri� fuera de su casa en un hospital de caridad. La despedida de la casa fue muy triste. Sentada en su cuarto nos recibi� a todas, alent�ndonos a una mayor fidelidad a nuestras santas Reglas y a todos nuestros deberes.

Est�, adem�s, rendida por tanto sufrimiento. Todas emocionadas, recibimos su bendici�n y despu�s, evitando las l�grimas, salimos en un elocuente silencio, que dec�a tantas cosas...Era viernes, d�a tambi�n del mayor dolor.

La enfermedad de la Madre tuvo muchas alternativas. El primero de junio tuvimos la esperanza de que regresar�a a casa, ya establecida, o al menos, muy mejorada. Con grand�sima ilusi�n, nos prepar�bamos para recibirla, cuando M. Dolores anuncia que no vendr� por que el doctor la ha encontrado muy fatigada.

Al d�a siguiente, las noticias son mas alarmantes. Adem�s de su enfermedad de coraz�n, se ha declarado una congesti�n pulmonar, que hace su estado muy grave. En la noche, llega a tanto, que en un acceso de tos, se cree que va ha morir. Este ahogo se repite. A las ocho y media de la ma�ana del 12 de junio, recibe, con todo fervor, el Vi�tico y la unci�n de los enfermos. Las Madres que estuvieron presentes, nos cuentan detalles, que escuchamos impresionad�simas. Hay un momento de inmensa gravedad, un nuevo acceso de tos, le produce un ahogo tan intenso, que se pone completamente morada. El sacerdote hace una pausa. Todos creyeron que hab�a llegado el fin. Realmente, se mor�a. Se rehizo algo y el sacerdote pudo continuar.

Durante el d�a continuaban los ahogos. La muerte rondaba, pero "a�n no hab�a llegado la hora". En uno de los d�as en que estaba un poco mejor, la visit� el Sr. Nuncio. Mons. Fietta. Al hablar la Madre de lo bello que era morir por Cristo y la Iglesia, Monse�or le contest� sonriendo: "No, Madre, no le doy permiso para morir".

Otro d�a estaba como fuera de s�. Todas las Madres la rodeaban impresionadas.Con voz apagada y entrecortada dijo:

"De rodillas, de rodillas, �qu� silencio el del infinito...No interrump�is mi uni�n con Dios..."

Hizo una pausa, que puso en tensi�n a todas. Nuevamente intenta hablar: "Cantad el Himno"

Como era muy devota del Magn�ficat, una de sus hijas le pregunt�. "�El Magn�ficat, Madre? -"No", contest� - �El Tedeum? "Tampoco" y termin�: "Mi Himno s�lo puedo cantarlo yo"

Las Hermanas del Huerto, que dirigen el Hospital Rivadavia, estaban interesad�simas en la canonizaci�n de su Padre Fundador, el beato Antonio Mar�a. Le faltaba s�lo un milagro de primera clase. Organizan un triduo con exposici�n del Sant�simo. El d�a 14 de junio se celebra la Santa Misa con este motivo. Asiste casi toda la comunidad de las religiosas del Huerto y casi toda la nuestra, incluso el noviciado. El altar del Beato est� totalmente iluminado. Comienza la Misa. A todas se nos hiela el coraz�n al o�r el llanto de M. Dolores, que no puede contener. Al terminar la Misa, una hermana del Huerto le pregunta: "�Como est� la madre?" - "Yo la encuentro demasiado mal. Anoche le fallaba el pulso y a m� ya no me conoce" Al decirle la hermana que tuviera conformidad con la voluntad de Dios, respondi�: "As� es, hermana, estamos resignadas a todo, pero, si esa voluntad divina fuera la de dej�rnosla...

En una celada para religiosas estaba Nuestra Madre, recostada sobre varias almohadas, tranquila, serena, sonriente...pero su mirada ten�a algo especial, que a m� me hizo pensar en el m�s all�. Era profunda y, al mismo tiempo, vaga. Penetraba hasta el alma, en la que al mirarte, parec�a leerlo todo y, al mismo tiempo, como que miraba algo de la otra vida.

Al vernos a las novicias, con el velo de profesas acentu� su sonrisa y nos dijo: "Qu� guapas est�n". Estas palabras y el verla tan tranquila, nos hizo pensar si es que el milagro se hab�a realizado. Madre Dolores, al ver que miraba a una hermana, le pregunt�: ” �La conoce, Madre?, a lo que ella contest�: "Pues claro que la conozco". Nos fuimos acercando una a una para besarle la mano. A todas nos dirigi� unas palabritas, en las que no faltaba la recomendaci�n:

"Sea santa, sea santa"

Ya nos �bamos a retirar, cuando nos dijo que nos iba a bendecir. Nos arrodillamos y ella incorpor�ndose perfectamente, levantando la mano, hizo la se�al de la cruz sobre nosotras.  Al terminar, cerr� los ojos e inclin� la cabeza. Era la postura de la v�ctima que se entrega...
Puedo asegurar que abr� los m�os horrorizada. Me pareci� como si se muriera...
Le aplicaron un bal�n de ox�geno y ya nos retir�bamos, pues ella misma dijo:
"Si, v�yanse, no vayamos a estropearlo".

Volvimos a casa. A la tarde, llega la noticia de que cuatro doctores, que la han reconocido, la han encontrado mucho mejor. �Acabaremos locas?

No hay una noticia que dure m�s de dos minutos. A la mejor�a de ayer se sigue hoy un nuevo retroceso y la manifestaci�n de los m�dicos, que dicen que sigue la gravedad. Ha pasado mal la noche, con mucha agitaci�n. La congesti�n que, parec�a vencida, vuelve a sacar otra vez la cabeza. Siguen las alternativas. Pasamos del pesimismo a la m�s grande esperanza. El d�a 22 de junio volvemos a la angustia. Se le ha declarado una neumon�a, enfermedad entonces grave, y m�s, estando tan agotada. Los d�as 25 y 26 no hay nada de cambio en la salud de la Madre, pero, a la noche de este �ltimo d�a, Madre Victoria Vallejos trae malas noticias. A media noche o�mos ruidos de voces y pasos. La Madre Maestra dice: "Lev�ntense todas". Presentimos lo peor, que nos confirmaban las jaculatorias que la Madre Maestra repet�a: "Coraz�n agonizante de Jes�s...Coraz�n inmaculado de Mar�a". Bajamos todas a la capilla. Nuestra Madre hab�a entrado en agon�a.

De vez en cuando sonaba el timbre del tel�fono. Tembl�bamos, ped�an oraciones...A las ocho de la ma�ana, un toque de la campana del Noviciado nos hizo bajar corriendo. �Qui�n lo iba a pensar...Hab�a buenas noticias. Nuestra Madre, que llevaba diez horas de agon�a, a la invocaci�n de las Hermanas del Hospital al Beato Antonio Mar�a, la Madre hab�a abierto los ojos y comenzaba a hablar. Fue una resurrecci�n...pasajera. Sigui� el milagro los d�as 27 y 28 y el 29, nos anuncian que, como est� algo tranquila, podemos ir a verla las novicias �Qu� alegr�a!..
Al vernos entrar la Hermana enfermera nos dijo que estuvi�ramos solamente un minuto. Era bien poco, en verdad, lo que nos conced�an, pero era algo. Como la vez anterior, estaba sentada en la cama y recostada sobre gran cantidad de almohadas, pero siempre con aquel "algo" que atra�a. Fue realmente un minuto, como una visi�n rapid�sima...Le dimos con toda el alma un beso en la mano y...�ya no la vimos m�s, viva! Desde entonces, se fue iniciando una ligera mejor�a que, al confirmarse en los d�as sucesivos, nos dio grandes esperanzas.

La noticia de que una Fundadora estaba en el hospital y la virtud especial que en ella se percib�a, atrajo a muchas personas que quer�an verla y escuchar sus palabras llenas de Dios. Entre ellas las mismas religiosas del hospital, aprovechaban los ratos libres para visitarla. Buscaban sus consejos, le contaban sus problemas y sal�an siempre encantadas de la bondad y sencillez de la Madre. Hubo casos, como el del Padre Santiago, en el que ella como que entr� en su pensamiento, descubri�ndole los caminos de Dios para �l. Cuantos la visitaban, quedaban impresionados, como quien ha descubierto algo de Dios en una criatura.

El d�a 4, domingo, cuando est�bamos rezando las oraciones de la noche, avisaron que Nuestra Madre se hab�a agravado notablemente, d�ndole los m�dicos apenas algunas horas de vida. Dos d�as de mortal angustia y al amanecer del martes, 6, anuncian que est� agonizando y piden las cosas necesarias para su fin. Est� sufriendo mucho, peor no acaba de morir. M. Victoria, su hermana, piensa en las palabras del Sr. Nuncio, �Ser� porque no le dio permiso? Consulta con las hermanas, que deciden llamarlo por tel�fono para ped�rselo. Hablan con �l, dici�ndole la terrible agon�a de la Madre: Le dicen: "Monse�or, �ser� que no muere por que usted no le dio permiso?"

Despu�s de unas palabras de condolencia, dijo: "D�gale que le doy permiso y mi bendici�n para morir". Pocos minutos despu�s su alma vol� al cielo. A las once y cuarto toca la campana del Noviciado. Aquel toque nos lo dijo todo. Bajamos y lo que tanto tem�amos, lo que hab�a sido pesadilla de todas durante casi dos meses, lleg�:

Nuestra Madre estaba ya en la presencia del Se�or.
Tanto hab�a deseado ella ese encuentro!
Eran las once de la ma�ana del d�a 6 de julio de 1943.

No es dif�cil en un momento de intimidad con el Se�or, aceptar el compromiso de seguirlo, sin condiciones, hasta la muerte.

No es dif�cil hacer los primeros kil�metros a paso ligero y hasta cantando alegremente..., pero s� es f�cil que, casi sin darnos cuenta, vayamos, poco a poco, retardando el paso, haciendo peque�as concesiones a la naturaleza, con algunos descansos, cada vez m�s frecuentes y m�s largos que casi siempre terminan con la desilusi�n de llegar a la meta.

No es de muchos, los que siguen hasta el fin, pero los hay. Son los santos, aquellos que se dieron sin condiciones y para siempre. Por eso la Iglesia, ante la muerte de uno de sus hijos, con toda prudencia, espera pacientemente a�os y, a veces, hasta siglos, antes de la beatificaci�n. El punto clave est�n en si muri� santamente, si persever� hasta el fin. Es necesario que la muerte deje ese "olor de santidad" inconfundible, garant�a de sus virtudes heroicas. Madre Nazaria fue fiel hasta el fin. El "SI" que diera a Cristo el d�a que precedi� a su Primera Comuni�n, no lo silenci� nunca.

A lo largo de toda su vida, las dificultades de su caminar, no la rindieron. Ni el riesgo de la Fundaci�n, que fue un verdadero salto en el vac�o, ni aquellos primeros a�os de Fundadora, tan duros, ni la traici�n y abandono de algunas de sus hijas, pudo hacerla desistir. El odio de los que la llevaron a los tribunales, las pruebas y desprecios. Todo lo soport� con el gozo de poder hacer algo por Cristo.

Y, sobre todo, la oscuridad de la noche interior, que frecuentemente ensombreci� su alma, no la rindi� ni le quit� la alegr�a de su entrega a Dios. M�s bien, fueron un est�mulo para seguir hasta alcanzar la meta del querer divino, que fue el ansia de su vida, su gu�a y su norte. Fue fiel hasta el fin, hasta la misma frontera de la eternidad.

Como ya hemos visto, podemos decir que, aun en su inconsciencia, muri� en un acto de obediencia. La angustiosa agon�a se prolong� casi dos d�as, hasta que la Iglesia, a cuyo querer se hab�a entregado totalmente, dio por su representante, el Sr. Nuncio, el "visto bueno", envi�ndole el permiso para morir. Nazaria lleg� hasta el extremo en su fidelidad y entrega a la voluntad de Dios.

 
 

Al morir M. Nazaria, hubo, en las Madres que estaban allí, la consiguiente emoción. Lágrimas, sollozos y esa tristísima sensación de vacío, de soledad, porque el Instituto se había quedado sin Madre. Pero no había tiempo que perder, era necesario llevarla a casa, donde sus hijas reclamaban su presencia, para pasar a su lado el poco tiempo que les quedaba de verla.

Pero llega el momento del entierro: ¿Qué hacer? ¿Dónde darle sepultura? ... El Instituto no tiene panteón propio, por lo que tuvo que recurrir a las Esclavas del Sagrado Corazón, para pedirles prestado, por algún tiempo, un lugar en el suyo, en el cementerio de la Chacarita.

¡Qué significativo!, aún después de muerta la "señora pobreza ", de la que la Madre fue tan buena amiga, sacó la cabeza, con la intención de no romper todavía las relaciones. La hizo morir en un hospital de caridad y fue la caridad de las buenas religiosas Esclavas, la que le cedió prestada la sepultura. Hasta sus huesos debieron estremecerse de gozo. También a Jesús lo pusieron en un sepulcro prestado.



Era el 9 de junio de 1957, cuando pudieron ser trasladados los restos de la Madre a su casa de la Avenida de los Constituyentes. Todo estaba preparado para recibirla. En una habitación que se comunicaba con la capilla pequeña, se había hecho, con ladrillo revestido de mármol, y en la que destacaba el escudo pontificio, una tumba, donde se pondría la caja que contenía los restos de la Madre. Encima, sobre la pared, un gran crucifijo, que había sido regalado por Monseñor Cortesi. En la ventana, una vidriera, que representaba un barco, símbolo de la Iglesia, que tanto amó en su vida y que fue la razón de ser del Instituto.

Para la comunidad fue una gran alegría su llegada, pero, en el corazón de todas, había una gran inquietud: La Madre había deseado morir en Bolivia, tal vez con la esperanza de que, al menos, sus restos siguieran trabajando por ella. Al fin, después de mucho tiempo, aquella inquietud se hizo fuerte en esta idea: Si no murió en Bolivia, sí se la podía llevar a Oruro. Sería un nuevo traslado, mejor dicho, el definitivo.

Era doloroso para las argentinas, que tantos años la habían tenido con ellas. Además, la tumba de la Madre atraía a muchas personas, que, con problemas y sufrimientos, acudían a ella para pedir su intercesión, pero ante el requerimiento de las Superioras de Bolivia que se lo piden, su amor supo desprenderse de aquella querida presencia de la madre en la casa, para cederla a sus hermanas bolivianas.



Sin perder tiempo, M. Teresa Salvador consulta al Sr. Nuncio Apostólico de Bolivia, Mons. Gravelli, sobre la posibilidad del traslado de los restos. Él se interesa y hace personalmente los trámites necesarios. ROMA contesta: "Por no haber llegado a la Santa Sede los procesos para la beatificación de la Sierva de Dios, ese traspaso solicitado es de la competencia de los Obispos interesados."

M. Josefa Zegarra, Superiora General de la Congregación da su consentimiento. Hay reunión de Superioras en Cochabamba para la organización de todo: cartas a las Autoridades de la Iglesia y del Instituto, comunicándoles el acontecimiento y pidiendo colaboración.

Cada casa sintió el impacto de la noticia a su modo, pero todas, con un "SÍ" muy grande a todo trabajo que fuera necesario para demostrar su cariño a la Madre y su alegría por la llegada. Desde Buenos Aires se confirma la fecha del traslado para el domingo 18 de junio. Era el año 1972. Al fin llega el día en que la Madre deja a sus hijas argentinas. Sólo la acompañaron Hermana Nazaret Oneca, directora del Colegio y Hermana María Luisa Morani. Irán en un avión de Lloyd Aéreo Boliviano.




En el aeropuerto estaba un grupo grande de Misioneras Cruzadas de la Iglesia. Estaban impacientes, oteando el cielo, agudizando el oído, hasta que al fin lo vieron aparecer en el cielo azul del invierno del Altiplano Boliviano. Eran las 11, a.m.

Nos dicen: "Al divisarlo, nuestros corazones latieron más de- prisa, esperando el aterrizaje. ¡Qué emoción tan grande al abrirse la puerta! Salen las hermanas...y, al fin, se ve el cajón tosco del embalaje. Profundo silencio mientras los soldados presentan armas. Allí están presentes, además de las Hermanas, campesinos, obreros, choferes, mineros, todos mezclados con religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos. No faltaba la presencia de algunos Obispos.

Profundo significado de amor del pueblo, en sus distintos niveles. Todos representando a la Iglesia, Una Santa y Católica. Y con Ella, la Madre en brazos de los más amados de su corazón: la Jerarquía Eclesiástica, y los más humildes y sencillos. El cajón es depositado en la camioneta.

En ausencia del Sr. Nuncio, MonseñorTravaglino, Secretario de la Nunciatura, a nombre de la Iglesia Universal, como Delegado del Santo Padre, cubrió los restos de la Madre con la bandera Pontificia, el primer beso de amor que le diera su Madre, la Iglesia, a la que tanto amó. Representando a España, la tierra que la vio nacer, M. Consuelo Carrasco, la cubrió con la bandera española. Por último, la Madre Provincial, Car- men Rosa del Granado, puso sobre el cajón la bandera de Bolivia." ¿Habrá latido de alegría su corazón allá en el cielo?




Los restos de M. Nazaria han entrado en la plaza principal. Las campanas suenan cada vez más fuerte, más alegres. En la puerta de la Catedral espera un grupo grande de "cholitas" con sus "polleras" multicolor, que dan alegría al ambiente, y entre ellas, las "obreras" de la Madre, ya agobiadas por el peso de los años, pero fieles en su amor, lloraban de emoción, la "Mamita" estaba de regreso. i Quién sabe las cosas buenas que traería su llegada!

Concelebraron en la Eucaristía de acción de gracias, Mons. Travaglino, Mons. Jorge Manrique, Arzobispo de La Paz, Mons. René Fernández, Obispo de Oruro, Mons. Ademar Esquivel, Obispo Auxiliar de La Paz, Padres Franciscanos, Jesuitas, Redentoristas, Oblatos de María, Siervos de María y los sacerdotes diocesanos. Eucaristía vibrante y muy participada por el pueblo. También estaban, además de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, de todas las casas de Bolivia y de otros países, las religiosas de las congregaciones que hay en Oruro y, sobre todo, las Hermanitas. Como final, un Magníficat entonado solemnemente.



La Madre, acompañada por el Pueblo, llega a las puertas de su casa. La reciben algunas de las ancianitas que la habían conocido de niñas. Entre ellos, Agustín Chávez de la Rosa, "Florito", como cariñosamente lo llamaban, acompañado por Josefina, su mujer, los dos ciegos.
Con mucha dificultad, por la aglomeración que hay, los restos de la Fundadora entran en el vestíbulo. Ya están en el Beaterio. Todo está cambiado, pero aún conserva algunos montones de escombros, que están como deshecho de algo que existió entonces. Tal vez la Madre no hubiera reconocido sin ellos el Beaterio. Aquellos escombros también quisieron darle la bienvenida, como buenos amigos que eran ¿Cómo no recordarlos?

La habitación de la Madre estaba cambiada. El amor de sus hijas hizo la transformación. Todo sencillo, pero con detalles de cariño que decían mucho. En el lugar donde iban a poner a la Madre, había una mesa, que no resistió el peso del embalaje. Hubo que ponerla en el suelo, lugar preferido de la Madre, aunque ella estuviera perdida en Dios. Ya de noche, cuando todos se retiraron, sus hijas, sentadas junto a ella, ¿de qué hablarían? , sería de nunca acabar ...

Hermana Nazaret expuso los sentimientos de las Hermanas Argentinas ante el traslado de los restos de la Madre a Bolivia: Gozo por cumplir su deseo, y vacío de su orfandad. Varias Hermanas, representantes de diversas Provincias del Instituto, también dejaron sentir lo que llevaban en el alma como mensaje de las que no estaban presentes. Oruro, Casa Cuna, será el foco de irradiación de la espiritualidad del Instituto, porque el grano muerto dará su fruto.



Las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, al enterarse de la noticia, se hicieron presentes, ya que, según dijeron, se sentían obligadas a hacer un acto de reparación. Sorpresa y emoción por parte de las Misioneras. El abrazo que nos unió fue tan grande, que las lágrimas, imposibles de contener, se mezclaron, la de una y otra congregación. Esto fue el mayor regalo que el Señor nos podía hacer, después de tenerla a ella... Gracias sean dadas a Dios por el amor que Él derrama en nuestros corazones.

Recogido del libro "NAZARIA IGNACIA: Una mujer que se arriesg�", de Mar�a de la Caridad Palanca, mci.

 

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