Los partidos, nadie lo ignora, son agencias de trámite para la colocación de políticos y sus lambistones, son parte integrante del sistema, un apéndice de él. Ni son entidades monstruosas, ni organizaciones corrompidas, son entidades reales en medio del mar del sistema que los arrastra. Son lo que son y si quieren seguirlo siendo tienen que aguantar las reglas del sistema, si no: nada de dinero, nada de TV, nada de Radio, nada de poder, nada de nada.
Ser militante de un partido es el acto más estéril e intrascendente. De hecho lo mismo da serlo o no, ya que los partidos dependen del dinero que les inyecta el sistema y sólo son significativos al cobijo del sistema, fuera de él no son sino entidades arcaicas, agrupaciones de lunáticos desfasados. Los partidos no dependen de su militancia, ésta es solo un requisito inicial de existencia, después, basta organizar bien su papel en el show de las elecciones para captar las simpatías de la gente y por ese medio el favor de su voto. Si la elección logra un nivel espectacular de entretenimiento, entonces se logra atraer a un número elevado de votantes, y eso basta para permanecer vivo y con los privilegios que el sistema otorga. Si los partidos son apéndices del sistema, los militantes lo son de los partidos. Debe recordarse que un apéndice está ahí, sirve de algo, pero puede extirparse cuando se quiera. Un partido es extirpable porque siempre pueden inventarse nuevos apéndices.
Los partidos siguen un calendario político riguroso que se traduce en actividades que ocupan todo el tiempo de sus administradores. Una elección se prepara burocráticamente, luego hay que organizar contingentes para las representaciones y pelearse para que nadie de los que se disputan los puestos cope todos los sitios, ya que puede trampear la elección. Previamente hay que conseguir la mayoría de los puestos de decisión del partido, para legitimar todo. Pero lo anterior es la parte fácil, la difícil consiste en platicar con un mar de gente para atraerla al partido, para ponerla a trabajar gratis, para prometerles puestos y cosas a cambio de aliarse o para que no diga cosas desfavorables. Hay que platicar con la prensa para que no hagan propaganda nociva a candidatos o al partido y en fin, no queda tiempo para nada. Las intenciones de los estatutos y de los discursos quedan en letra muerta, en un mero adorno retórico.
Cuando se deja el ámbito de los partidos, cuando se es ya gobierno, entonces ya se adquiere una responsabilidad universal, en la que se atiende a todos, sean del partido que sean, sea cual fuere su religión o ideología. Entonces hay menos tiempo porque hay que acudir a múltiples negociaciones, atender a enjambres de políticos, ciudadanos, conocidos, "viejos militantes", gente "muy bien preparada" y toda clase de bípedos que quieren un puesto en el gobierno, una ayuda monetaria, un apoyo con materiales y equipo, una cooperación para tal o cual obra o actividad. Surgen espontáneamente los grillos de pueblo para reclamar compromisos, para reclamar la realización de una u otra obra, para señalar "graves errores" administrativos; a todos ellos hay que atenderlos y torearlos. Pero la sociedad también reclama, hay que cuidar entonces el presupuesto, que las decisiones sean las correctas, que no haya fraudes y que si los hay no se noten tanto, que no haya irresponsabilidad de los colaboradores y si la hay que no rebase los límites de la decencia y en fin, que haya mucha administración. No hay tiempo para mirar el futuro, no queda nada para enfrentar los añejos problemas estructurales ni mucho menos hay tiempo para intentar alguna propuesta. De hecho, las cosas son así porque así las dejó el PRI y hay una larga historia creadora de una inercia que por ella sola se reproduce puntualmente.
El PRI dejó a un sistema andando capaz de funcionar y autoreproducirse automáticamente. Como el sistema es piramidal, entonces a los que están arriba no les interesa que esto cambie. De hecho serían tontos si lo hicieran. No se llega al gobierno siendo lerdo. Es cierto, a lo mejor no son tan listos los del poder, ya que se están acabando a la gallina de los huevos de oro, pero en lo que se la acaban, bien pueden acumularse los suficientes recursos para sobrevivir una revolución. Con esa lógica se funciona. El sistema no da tiempo para nada, salvo para su autoreproducción. Círculo vicioso que nadie quiere romper y se entiende por qué.
Por eso no queremos nada con los partidos ni con el sistema. No queremos nada con ellos porque ellos no tienen sino tiempo para ellos mismos. No es que sean malos o que estén en manos de los enemigos, es solo que así son las cosas y a quien no le guste que no le entre.
Todo está calmo, todo está bajo control; ni los zapatistas son problema, ya no dan show y mientras no lo hagan no tendrán gente para legitimarse. Nada escapa ya al sistema, por ello, no hay que aislarse, hay que echarse un clavado al sistema para poder intentar algo. Ese algo es la creación de un poder ciudadano mediante la creación de comunidades productivas confederadas. Ése algo es la creación de la autonomía ciudadana.
Oponerse al sistema es hoy por hoy un acto estéril, aislarse un heroísmo inútil, seguirlo una locura. ¿Entonces para donde hay que andar? Proponemos que el camino es andar por micro sistemas con nuevas orientaciones de sentido y nuevas direcciones. La otra opción es la que se cansó de esperar la izquierda, la opción catastrofista. Lenin la esperó y le cuajó, surgió ese monstruo llamado la Unión Soviética, con los mismos vicios del sistema que heredó pero en proporciones gigantescas. Eso de esperar a que el sistema se hunda en sus propias contradicciones es, lo menos, ingenuo. Es cierto, el imperio romano así se hundió, por eso la izquerda mexicana se cansó de esperar y alegremente se sumó al negocio.
Jorge Luis Muñoz
Julio de 2003