POLÍTICA Y MILITANCIA

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UNA LECCIÓN DE POLÍTICA MEXICANA

Vito Alessio Robles en su "Historia de tres ciudades..." nos ofrece una espléndida lección de política. Nos ilustra magistralmente como se defienden las causas y como se pagan los favores. El siguiente texto nos habla no sólo de la historia del soborno, sino de como el poder se deja pagar en oro. Pero dejemos que el propio Alessio Robles nos lo narre:

DATOS PARA LA HISTORIA DE LA REGIÓN LAGUNERA DE COAHUILA Y DURANGO (México)
En la región de La Laguna existe un hondo problema de carácter social. Aunque los campesinos ganaban allí mejores salarios que en el resto del país. su situación económica era verdaderamente precaria. Esos crecidos salarios solo se pagaban en la época de recolección de cosechas y, en general, en los tiempos bonancibles cuando el padre Nasas, cuyo nombre debe escribirse cas- tizamente con s y no con z, acudía solicito con sus benéficas crecientes; pero como dicho curso de agua se mostraba esquivo en la mayoría de los años. entonces la situación de los mismos campesinos era aflictiva y hasta desespe- rada. Casi se morían de hambre. Yo presencié en el mes de mayo de 1922 que muchos peones habían sido despedidos por los hacendados y que una corta minoría de ellos se empleaban en obras de recomposición de bordos, desazolve de canales, etc., con ruines jornales de treinta centavos. El río no había traído agua. Si los peones morían o emigraban, serían substituidos por otros. Los años de las vacas gordas compensaban ampliamente las pérdidas de los anos de las vacas flacas, pero esa compensación se refería únicamente a los terratenientes y nunca alcanzaba a los peones. El valor de las tierras llegó a alcanzar precios fabulosos y el rendimiento de ellas, en los años buenos era amplia y espléndidamente remunerador.

* * *

A principios de 1925 el azar me hizo ser compañero en un viaje tras- atlántico de un rico e inteligente agricultor de La Laguna, hombre que es famoso por haber sido el espléndido mecenas de una legión de escritores y artistas. En las largas conversaciones. me enteré con sorpresa que él desde 1911 había vendido sus tierras y que. después de una larga estancia en Europa había regresado a Torreón a cultivar algunos lotes de tierras, pero no en calidad de propietario, sino de arrendatario de las mismas. Inquirí los motivos y aquel hombre, enérgico y culto, me respondió con estas palabras
-Las tierras de La Laguna son riquísimas. En un año bueno pueden resarcir con creces las pérdidas de tres años malos y las ganancias obtenidas pueden soportar gastos muy crecidos que se emplean en halagos áureos destinados a funcionarios, candidatos y generales. Me tocó presenciar la entrada de las fuerzas maderistas a Torreón en los comienzos del año de 1911, y desde entonces quedé convencido de que, tarde o temprano, se habrían de repartir las propiedades entre los peones, pues la tierra es del que la trabaja. Por eso, vendí mis tierras y me marché a Europa, pero años después la nostalgia me hizo regresar a Torreón, en donde trabaje varios años como arrendatario, pagando a los propietarios el veinticinco por ciento de los preductos, y me fue muy bien...
Y aquel hombre inteligente y de gran comprensión, que frisaba en los sesenta años, agregó sentenciosamente:
-Ya ve usted, en México ha comenzado el reparto de las tierras, pero éste habrá de retardarse en la región lagunera. Los de allí son los únicos te- rratenientes que han sabido eludirlo basta ahora empleando para ello variados procedimientos y el principal ha sido el de ganarse la buena voluntad de los funcionarios. Dádivas quebrantan peñas y los agricultores de La Laguna son muy obsequiosos con los Jefes de Operaciones. A Obregón lo colmaron de agasajos. Hubo un gobernador de Coahuila al que obsequiaron más de cien mil pesos por la abrogación de un decreto que gravaba con más de trescientos mil pesos a la semilla de algodón. Al general Calles, que acababa de asumir la presidencia de la República, le hicieron un obsequio de cien mil pesos.
-Seguramente, no aceptó -interrumpí asombrado.
-Yo también creí que nunca aceptaría. El año pasado de 1924, cuando la Cámara de Diputados declaró que el citado general era el presidente electo y se anunció que éste, antes de tomar posesión de su cargo, emprendería un viaje de estudio a Europa, se reunieron varios hacendados. En media hora se juntaron en Torreón cien mil pesos oro nacional y se nombró una comisión para que entregase ese dinero al general Calles. Yo fui designado presidente de la comisión. Para eludir el compromiso, que yo creía peligroso, alegué que el mismo General, dadas sus ideas socialistas, no aceptaría el regalo y despediría a la comisión con cajas destempladas. Insistieron y hube de aceptar. Ya en la ciudad de México, el general nos recibió. Yo, con gran temor, expresé que los agricultores de La Laguna al enterarnos de que con el carácter de presidente electo se disponía a hacer un viaje a Europa, habíamos reunido una pequeña cantidad para ayuda de sus gastos de Viaje y de representación en el Viejo Mundo y la comisión había recibido el encargo de entregarle en propia mano un cheque al portador por valor de cien mil pesos. Yo medía y estudiaba cada una de mis palabras observando atentamente el rostro del general Calles, pues esperaba a cada momento una explosión súbita v terrible. Pero noté que a medida que avanzaba en mi corto discurso, la mirada penetrante y adusta del General y sus facciones duras, se dulcificaban. Se tornó sonriente. Cuando le extendí el cheque, poco faltó para que me lo arrebatase de las manos. Con la alegría retratada en el semblante, contestó:
-No saben cuánto las agradezco esta atención y la falta que me hacía este dinero. Doy las gracias a los agricultores de La Laguna por este obsequio les ruego se Sirvan transmitirles las expresiones de mi gratitud, diciéndoles que en cualquier dificultad que se les presente me tendrán Siempre a sus ordenes.

* *

Lo que sigue ocurrió en el año de gracia de 1934. Se anunciaba el arribo a Torreón del candidato presidencial general Lázaro Cárdenas. Un jefe militar se acercó a los agricultores y les indicó reiteradamente la conveniencia de que ayudasen pecuniariamente a dicho candidato para los gastos de la campaña electoral. Los agricultores, acostumbrados a presiones idénticas, pues en tal forma el general Obregón obtuvo de ellos grandes cantidades para los gastos de su campaña reeleccionista, reunieron cuarenta mil pesos, que pusieron solícitos en manos del mílite. Inmediatamente después del arribo del general Cárdenas, se presentó a los agricultores el militar de la indicación, diciendo que el mismo general Cárdenas no quería ni podía ni debía aceptar aquel regalo de los terratenientes.
Desde aquel día la suerte de la comarca lagunera se consideró echada.

 

Vito Alessio Robles

Tomado del libro "Historia de tres ciudades: Acapulco, Saltillo y Monterrey"
Ed. Porrua
, México.

 


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Actualización al 15 de mayo de 2006

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