El vacío existencial contemporáneo
Es indudable que el vacío existencial tiene múltiples orígenes que van desde el quiebre de la cultura hasta las afecciones orgánicas. En efecto, con el quiebre de la cultura la vida pierde el sentido que le da el todo organizado. La vida en automático se pierde y se tiene que revisar cada paso que se da. Todo deviene inseguridad y futilidad. La histeria y el resentimiento poco a poco se apoderan del individuo, dejando un sentimiento perenne de torpeza, incomprensión y falta de posibilidades de realización.
La enfermedad, el abuso del tabaco, el alcohol y demás sustancias modernas que engullimos, nos postran en una perenne sensación de miseria físico-espiritual. Con el tabaco se está en un estado continuo de baja energía, en donde el cuerpo más que moverse se arrastra. Los ánimos para vivir suelen entonces venir de pequeños momentos, los cuales son buscados con ahínco y desespero pese a que terminan en el desencanto apenas aparecen.
La cultura tradicional en complicidad con el sistema del capital nos hace padres, hijos, médicos, ciudadanos, etc. para lo cual existe toda una reglamentación y una bolsa de recompensas. Por desgracia la premiación no siempre se cumple; es más, rara vez se cumple. Si la economía anda a la baja, las recompensas se escabullen, si anda a la alza las recompensas de buena vida inexplicablemente se alejan. Superados los umbrales de la subsistencia y otros vicios menores del cuerpo, emerge el estatus como rector de la vida y con el nace el vacío ante la evidencia de promesas incumplidas e imposibilidad de despliegue del individuo.
Promesas incumplidas, utopías en plan de fuga o de finales decepcionantes, brújulas extraviadas, cuerpos enfermos o intoxicados se conjugan en un cóctel que da con la vaciedad y el hastío.
Desde la perspectiva orgánica, un cuereo normal no debiera de acceder jamás al hastío. Un delicioso adormecimiento debiera ser el dulce preámbulo del desvanecimiento o del fin. Cuando el hastío y la vaciedad aparecen no es por falta de nutrientes, porque tal carencia, en última instancia trae la paz eterna. La vaciedad más bien deviene por falta de estímulos detonantes de segregaciones de neurotransmisores en los lugares y tiempos precisos. Un neurotransmisor bien aplicado en el proceso de la sinapsis nos mueve a pegar un brinco en el aire, a empuñar la pala y el pico; a amar, odiar, soñar y a todo lo que signifique acción o retozo del cuerpo, pasando por todos esos indescifrables estados como la experiencia interior, el furor, etc.
Dios nos hizo terriblemente ordinarios. La entereza de ánimo depende de sutiles cambios que provocan que la energía electro-bio-química corra por las redes neuronales precisas e induzca la inyección exacta de neurotransmisores (acetilcolina, dopamina, etc.) en el lugar apropiado (un músculo cualquiera, el corazón, etc.), justo al tiempo que hacen falta. Entonces el cuerpo se yergue y el sentido de la vida surge espontáneamente como si el mismo Dios nos hubiese iluminado y dotado de la fuerza y la energía necesarias para realizar cualquier tarea y no solo para aquella para la cual la irrigación de neurotransmisores fue la adecuada.
Ese juego sutil de intercambios electro-bio-químicos es muy frágil, y no existe ni cultura ni sistema que por él solo lo pueda concitar o controlar. Por ello, en el juego de circunstancias que es el cuerpo (y mucho muy antes de que se inventara la conciencia), este devino con su propia motivación. Ni siquiera la conciencia tiene mucho que hacer, ya que llega a entender que el estado energético y anímico óptimo del cuerpo es la sanidad; pese a que ésta es un estado indescifrable. En todo caso:¿Es la intoxicación perenne con nicotina un estado normal? ¿en que medida es anormal? ¿qué tiene que ver lo normal con lo sano?
El hastío y la vaciedad atacan lo mismo a normales que a anormales, lo mismo a sanos que a enfermos; de ahí que pueda decirse que desde el punto de vista orgánico tales estados de vacío y hartazgo son producto de una inadecuada motivación.
El delicado equilibrio que requiere la función sináptica evidentemente depende no sólo del aceitado trabajo orgánico, sino de la relación del cuerpo con el medio físico y social. Un medio físico hostil avivará instintos como el de la sobrevivencia, por el contrario, una situación social inhóspita podría inhibir tales instintos. De eso se desprende que la entereza de ánimo varía según la motivación a que pueda acceder cada individuo en un momento dado.
En tal sentido el vacío existencial deviene cuando el sistema es incapaz de provocar secreciones adecuadas que activen mente y cuerpo y cuando el individuo es incompetente para autoestimularse. En ese momento los organismos entran en fase de elemental reproducción biótica, son meros cuerpos bovinos, máquinas funcionando al ritmo que el capital impone. Por ello el sistema aprieta sin ahogar, golpea sin matar (pese a que de cuando en cuando se le pase la mano), apapacha sin desactivar en un juego de premios y castigos que nos mantiene es un estado "neutro" segregando los neurotransmisores apenas necesarios para activarnos; dándonos mantenimiento mediante periodos vacacionales, videogames e internets: APRISIONÁNDONOS EN NUESTRO PROPIO CUERPO, convertido éste en una cárcel miserable, apenas remozada con aerobics, emplastos, drogas, perfumes y "garritas".
18 sep 99-nov 2000
Jorge Luis Muñoz